Evangelio del domingo: Perdonar a nuestros hermanos

Publicamos el comentario al pasaje evangélico (Mateo 18, 15-20) de este  domingo, 11 de septiembre, XXIII del tiempo ordinario, redactado por monseñor Carlos Escribano Subías, obispo de Teruel y Albarracín.

* * *

En el Evangelio de este domingo Jesús, a través del relato de una parábola, nos muestra el rostro misericordioso de Dios. Sigue mostrándonos las características del Reino de Dios y en él debe imperar la misericordia.

La oportunidad surge cuando Pedro suscita una pregunta que seguro albergamos todos nosotros en nuestro corazón. ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano si me ofende? Su respuesta, teóricamente, nos parece estimulante, hermosa, digna de ser alabada: siempre. El problema surge, y lo sabemos por experiencia, cuando somos nosotros los ofendidos, en ocasiones con gravedad, y nos resulta muy difícil perdonar de corazón a nuestro hermano.

Para Jesús esta enseñanza es fundamental. La propone Él mismo, nada más y nada menos, como una de las siete peticiones del Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dios nos pide con esta propuesta, que no olvidemos en nuestra relación con lo demás, nuestra relación con Él.

La primera lectura nos recuerda la Alianza que existe entre Dios y el hombre. Fruto de esa Alianza de amor que Dios establece con la humanidad y con cada uno de nosotros, debería surgir el perdón casi, podríamos decir, de modo espontáneo. Por eso el libro del Eclesiástico en la primera lectura nos advierte: “no tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?” Obviar la Alianza, es decir, olvidarnos en la práctica de Dios, tiene fatales consecuencias para el hombre y para el mundo. Nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en su mensaje a los jóvenes para la JMJ de Madrid (nº3): “En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un «paraíso» sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un «infierno», donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva”.

No asumir la enseñanza de Jesús, como nos advierte el evangelio, crea una inquietante reacción en Dios: su enfado. Este procede del efecto que produce el hombre que actúa sin amor, en el amor infinito de Dios. Es el problema de circunscribir el perdón en un mundo en el que Dios ha sido desterrado. El hombre que no practica el amor, que no deja entrar en él la misericordia divina, se condena a sí mismo. El amor de Dios, no condena a nadie, el juicio consiste en que el hombre no acepta el amor de Dios.

Olvidar lo que Dios ha hecho con nosotros es, en la práctica, olvidar el hecho de que Dios está presente. Si olvidamos lo mucho que nos ama, y en ese amor, lo mucho que nos perdona, que difícil nos resultará perdonar a los demás. Quizá porque nuestro amor hacia ellos se haya quedado raquítico, empequeñecido por nuestro olvido de Dios. Recuperar Su presencia, valorar Su entrega y Su amor, revivir Su Alianza con todos y con cada uno de nosotros, nos ayudará a entender el mensaje del Evangelio de Jesús.

6 comentarios en “Evangelio del domingo: Perdonar a nuestros hermanos”

  1. El perdón de las ofensas (Mt 18,21-35)
    Semana XXIV del Tiempo Ordinario – 11 de septiembre de 2011

    El perdón de las ofensas es un punto en el cual podemos examinar el progreso de la revelación divina en la historia humana. El ser humano no habría llegado jamás a la verdad en este punto si no hubiera mediado la enseñanza de Cristo. ¿Y cuál es esa verdad inalcanzable a la razón humana y enseñada por Cristo? Que debemos perdonar siempre y sin limitación («hasta setenta veces siete») las ofensas que nos hagan; y esto no por estrategia, sino de corazón.

    El primer texto que encontramos en la Escritura sobre este tema es el siguiente: «Dijo Lámec a sus mujeres: ‘… mujeres de Lámec, escuchad mi palabra: Yo maté a un hombre por una herida que me hizo y a un muchacho por un moretón que recibí. Caín será vengado siete veces, mas Lámec lo será setenta y siete» (Gen 4,23-24). De este nivel de venganza es capaz la naturaleza humana. Lo vemos a menudo en la historia y también en hechos de nuestro tiempo.

    Un paso inmenso se dio cuando Dios entregó la ley a Moisés. La ley del Talión ponía un límite a la sed de venganza: «Si alguno causa una lesión a su prójimo, se le hará lo mismo que hizo él: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente…» (Lev 24,19-20). Esta es la ley que regía en Israel en el tiempo de Jesús. Así lo recuerda él mismo: «Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo…» (Mt 5,38-39).

    Otro paso se dio como consecuencia de la enseñanza de los profetas y los sabios en Israel, como lo atestigua el libro del Eclesiástico: «Perdona la ofensa a tu prójimo, y, cuando lo pidas, tus pecados te serán perdonados… Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?» (Sir 28,2•4). El sabio llama a superar la ley del Talión: Si tu hermano te ofende, no exijas que él sufra el mismo daño, sino perdonalo. Y la motivación que da es religiosa: «Tus pecados te serán perdonados».

    Hasta aquí se había llegado en el tiempo de Jesús. Pero Jesús nos ofrece la revelación definitiva de la verdad en dos aspectos: en la reacción a tener ante la ofensa y en el número de veces que hay que hacerlo.

    Habíamos dejado en suspenso la enseñanza de Jesús sobre el primer aspecto. Ahora la completamos. La ley del Talión decía: «Al que te abofetee en la mejilla derecha, abofetealo tú en la mejilla derecha». La enseñanza de Jesús, en cambio, es esta: «Yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra…» (Mt 5,39).

    Respecto al número de veces, es lo que indaga Pedro en el Evangelio de hoy: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Jesús enseña que debemos perdonarnos unos a otros siempre y sin limitación, es decir, «perdonar de corazón al hermano». Y la razón es que Dios nos ha perdonado a nosotros una ofensa de magnitud infinita, en tanto que las ofensas nuestras son limitadas, insignificantes, en comparación con aquélla.

    + Felipe Bacarreza Rodríguez
    Obispo de Los Angeles (Chile)

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  2. domingo 11 Septiembre 2011

    XXIV Domingo del Tiempo Ordinario A

    Libro de Eclesiástico 27,30.28,1-7.
    También el rencor y la ira son abominables, y ambas cosas son patrimonio del pecador.
    El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados.
    Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados.
    Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane?
    No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados!
    El, un simple mortal, guarda rencor: ¿quién le perdonará sus pecados?
    Acuérdate del fin, y deja de odiar; piensa en la corrupción y en la muerte, y sé fiel a los mandamientos;
    acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.

    Carta de San Pablo a los Romanos 14,7-9.
    Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí.
    Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor.
    Porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos.

    Evangelio según San Mateo 18,21-35.
    Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».
    Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
    Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
    Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
    Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
    El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo».
    El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
    Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: ‘Págame lo que me debes’.
    El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: ‘Dame un plazo y te pagaré la deuda’.
    Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
    Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
    Este lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
    ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?’.
    E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
    Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

    Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Beato Juan Pablo II
    Encíclica «Dives in misericordia» cp. 7, §14 (trad. © Libreria Editrice Vaticana)

    «¿No deberías, a tu vuelta, tener compasión de tu hermano?»
    La Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales—en cada etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea—el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús. Este misterio, no sólo para la misma Iglesia en cuanto comunidad de creyentes, sino también en cierto sentido para todos los hombres, es fuente de una vida diversa de la que el hombre, expuesto a las fuerzas prepotentes de la triple concupiscencia que obran en él, está en condiciones de construir. Precisamente en nombre de este misterio Cristo nos enseña a perdonar siempre. ¡Cuántas veces repetimos las palabras de la oración que El mismo nos enseñó, pidiendo: «perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12), es decir, a aquellos que son culpables de algo respecto a nosotros!
    Es en verdad difícil expresar el valor profundo de la actitud que tales palabras trazan e inculcan. ¡Cuántas cosas dicen estas palabras a todo hombre acerca de su semejante y también acerca de sí mismo! La conciencia de ser deudores unos de otros va pareja con la llamada a la solidaridad fraterna que san Pablo ha expresado en la invitación concisa a soportarnos «mutuamente con amor» (Ep 4,2). ¡Qué lección de humildad se encierra aquí respecto del hombre, del prójimo y de sí mismo a la vez! ¡Qué escuela de buena voluntad para la convivencia de cada día, en las diversas condiciones de nuestra existencia!

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  3. el evangelio del domingo | Domingo, 11 de Septiembre de 2011
    EL PERDóN ILIMITADO

    Dios concede su perdón a quien perdona. Este es el sentido de los textos de la misa de hoy. En la primera lectura, leemos: «Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor y pedir la salud al Señor?»

    El Señor perfecciona esta ley extendiéndola a todo hombre y a cualquier ofensa, porque con su muerte en la cruz nos ha hecho a todos los hombres hermanos y ha saldado el pecado de todos. Por eso, cuando Pedro convencido de que proponía algo desproporcionado le pregunta a Jesús si debe perdonar a su hermano que le ofende hasta siete veces, el Señor le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir, siempre. La caridad de Cristo no es setenta veces superior al comportamiento más esmerado de los mejores cumplidores de la ley, sino que es de otra naturaleza, infinitamente más alta. Es otro su origen y su fin.

    Nos enseña Jesús que el mal, los resentimientos, el rencor, el deseo de venganza, han de ser vencidos por esa caridad ilimitada que se manifiesta en el perdón incansable de las ofensas. Él nos alentó a pedir en el Padrenuestro de esta manera: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Por eso, como recuerda hoy la Liturgia de las Horas, cuando rezamos el Padrenuestro hemos de estar unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros. Solo así atraeremos sobre nosotros la misericordia infinita de Dios.

    A veces son cosas pequeñas las que nos pueden herir: un favor que no nos agradecen, una recompensa que esperábamos y nos es negada, una palabra que nos llega en un momento malo o de cansancio… Otras, pueden ser más graves: calumnias sobre lo que más queremos en este mundo, interpretaciones torcidas de aquello que hemos procurado hacer con rectitud de intención… Sea lo que fuere, para perdonar con rapidez, sin que nada quede en el alma, necesitamos desprendimiento y un corazón grande orientado hacia Dios.

    Él está dispuesto a perdonarlo todo de todos. San Pablo, siguiendo al Maestro, exhortaba así a los cristianos de Tesalónica: «Estad atentos para que nadie devuelva mal por mal, al contrario, procurad siempre el bien mutuo». Y a los de Colosas les apremiaba: «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo también vosotros».

    Si aprendemos a disculpar ni siquiera tendremos que perdonar, porque no nos sentiremos ofendidos. Mal viviríamos nuestro camino de discípulos de Cristo si al menor roce en el hogar, en la oficina, en el tráfico… se enfriase nuestra caridad y nos sintiéramos ofendidos y separados.

    A veces en materias más graves, donde se hace más difícil la disculpa haremos nuestra la oración de Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Otras veces bastará con sonreír, devolver el saludo, tener un detalle amable para restablecer la amistad o la paz perdida. Las pequeñeces diarias no pueden ser motivo para que casi siempre por soberbia, por susceptibilidad perdamos la alegría, que debe ser algo habitual y profundo en nuestra vida.

    El Señor, después de responder a Pedro sobre la capacidad ilimitada de perdón que hemos de tener, expuso la parábola de los dos deudores para enseñarnos el fundamento de esta manifestación de la caridad. Debemos perdonar siempre y todo, porque es mucho mayor, sin medida lo que Dios nos perdona, y ante lo cual lo que debemos tolerar a los demás apenas tiene importancia: cien denarios (un talento equivalía a unos seis mil denarios).

    Del mismo modo que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos, también nosotros debemos estar prontamente dispuestos a perdonarnos mutuamente. Y ¡qué grande es la necesidad de perdón y reconciliación en nuestro mundo de hoy, en nuestras comunidades y familias, en nuestro mismo corazón! Por esto, para perdonar, el sacramento de la penitencia, es un don sumamente preciado.

    Pidamos a Nuestra Señora un corazón grande, como el suyo, para no detenernos demasiado en aquello que nos puede herir, y para aumentar nuestro espíritu de desagravio y de reparación por las ofensas al corazón misericordioso de Jesús.

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  4. GOTAS DE PAZ
    Perdón y sanación

    por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

    Durante cinco domingos consecutivos Jesús nos irá contando parábolas, de tal modo que entendamos mejor en qué consiste el Reino que Él vino a inaugurar y a invitarnos a colaborar decididamente en su construcción.

    Hoy enseña una parábola del perdón. Delante de la pregunta de Pedro: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”.

    El Maestro narra el caso del rey que perdonó a uno que le debía cien millones de dólares, el cual sin embargo, no quiso perdonar a su compañero que le debía cien dólares.

    El rey se pone indignado con la dureza de corazón del que sabe pedir perdón, pero no sabe perdonar. Y notemos que los montos son asustadoramente diferentes.

    Con esto Jesús quiere enseñarnos que lo tanto que nosotros ofendemos a Dios es el equivalente a cien millones de dólares, en cuanto los agravios que hacemos entre nosotros es como de cien dólares.

    Sin embargo, perdonar no es tarea fácil, pues hay heridas que duelen en el hondo del alma y dejan cicatrices importantes.

    Además, hemos de comprender que perdonar es un proceso, es una cosa que se va dando con el paso del tiempo y con actitudes de nobleza.

    Solamente el paso de los días y de los años no asegura el perdón: hay que tomar iniciativas para conseguirlo.

    Sabemos que la naturaleza no da saltos y por esto, a veces, es un proceso demorado, pero se consigue mucho si hay humildad, confianza en Dios y gestos de liberación.

    Un aspecto fundamental del perdón es tratar de no recordar mucho lo que pasó, así como no repetir demasiado a los otros la humillación que le tocó a uno vivir.

    Consideremos también que la reconciliación con Dios es el fundamento de la reconciliación y concordia humana, así que para lograr el perdón entre nosotros, hemos de acudir al Sacramento de la Reconciliación: ¿cuándo fue la última vez que usted se confesó?

    Asimismo, el libro del Eclesiástico (cap. 27-28) da sabias indicaciones: “Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados”.

    Y sigue: “Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane?” “Piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa”.

    Hay una íntima unión entre perdón y sanación. Sanación que abarca todos los males, sean físicos o emocionales.

    Si usted tiene algo en contra de alguien, llame ahora por teléfono y pídale perdón.

    Paz y bien.

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  5. XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

    AÑO A
    Citaciones di

    Sir 27,33-28,9: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bog14cn.htm

    Rm 14,7-9: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ak0ran.htm

    Mt 18,21-35: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bara3r.htm

    «Le fue presentado uno que le debía diez mil talentos». El Señor, en diálogo con el apóstol Pedro, introduce en el mundo una nueva e inimaginable medida de Misericordia – «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» – y, a travéz de la sencillez de la parábola, guia a los que lo escuchan a la más alta realidad del perdón divino, es decír, a la realidad del mismo Reino de los Cielos, que es Su Persona.

    Él indica que hay una deuda que, de alguna manera, define la relación del hombre con su Creador: se trata de una deuda incalculable –diez mil talentos–, que ni siquiera miles de «generaciones» podrían pagar. En la economía romana del siglo I, de hecho, un talento correspondía al menos a seis mil denarios y un denario constituía el salario diario de un trabajador. Con esta parábola, entonces, el Maestro informa a Sus discipulos a cerca de dos verdades fundamentales: el hombre tiene una deuda con Dios, pero esta deuda es insolvente.

    Una imágen semejante, ciertamente, podría ofender la sencibilidad de nuestro tiempo, pero examinandola detenidamente, es posible descubrir la capacidad de mostrar al hombre, como creatura de Dios, en toda la propia dignidad.

    El hombre, de hecho, es “deudor” hacia su Señor, al menos en un doble sentido. En primer lugar, es deudor de la existencia como creatura: el hombre, de hecho, es “introducído” por Dios en la realidad de la vida, cual don a sí mismo y, por natural consecuencia, es llamado a responder de si mismo a Aquel que lo ha creado y tal deuda se configura como “responsabilidad”.

    La segunda deuda, aquella con prioridad mencionada, depende del abuso que el hombre cumple de su propia libertad. En vez de usar de la realidad que lo circunda y de sus propias faculdades para buscar, conocer y alabar a su Creador, el hombre busca el hacerce independiente de Dios y cae, de tal modo, en un absurdo: quiere vivir sin Dios, mientras, en verdad, le sería imposible hasta el solo existir sin El; evita toda dependencia hacia el Creador, mientras es solo la dependencia de amor de la creación que lo genera continuamente a la vida. Esta segunda deuda del hombre hacia Dios se configura como “pecado”.

    Mientras el primer lazo, aquel de la dependencia de creatura, no constitúye propiamente una deuda, más bien un don – el cual, por su naturaleza, implíca una responsabilidad –, el pecado tiene como efecto la distorsión de la dependencia de amor en deuda.

    Pero es imposible, parar tal deuda, como es imposible pagar la vida de su significado, en vez de reconocerlo y abrazarlo en Aquel que nos ha hecho para El.

    El único posible éxito de un semejante tentativo es “la perdición”, el perder la propia vida y, tendencialmente, aquello que se cree de poseer: «Como no tenía con que pagar, ordenó el señor que fuese vendido èl, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase» (Mt. 18,25).

    En la parábola, a este punto, sucede una cosa totalmente nueva e inesperada: el servidor, condenado justamente se arroja a los pies del patrón y todavía con la ilusión de rescatarse así mismo, pide extender el plazo, este se compadece ante la petición y le perdona toda la deuda. Los justos intereses del patrón, por su misericordia son sacrificados por el servidor-. El patrón paga con su persona.

    La relación entre ellos, entonces, es transformada y el perdón de la deuda constitúye una fuente de vida nueva para el servidor y para su familia. De este gesto de misericordia el patrón y el servidor resultan aún más estrechamente legados.

    Pidámosle al Espíritu Santo, la gracia de tomar conciencia viva del Don de Misericordia recibído en el Bautismo, cuando Cristo anuló el documento escrito de nuestra deuda, clavandolo a la cruz (cr. Col. 2,14), y nos ha sumergido en Su misma Vida Divina. Con María Santísima, adoramos al Señor Jesús, Presente y Obrante y permanezcamos de frente al Memorial de Su Muerte y Resurrección: la Santisima Eucaristía. De ella acojamos nuestra dignidad filial, la certeza del amor de Dios y su infinita Misericordia, que sanando todas las yagas del corazón, se derrama como rio luminoso en el camino de nuestra vida.

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  6. Señor, ¿cuántas veces debo perdonar las ofensas de mi hermano? Mt 18,21.
    El evangelio de este domingo nos ofrece una nueva oportunidad de meditar sobre la importancia del perdón en nuestras vidas. La pregunta de Pedro sobre la cantidad numérica de veces que debemos perdonar a nuestros hermanos revela una preocupación legalista sobre el perdón, que talvez esté presente también en nuestras vidas.
    ¿Cuántas veces debo perdonar a la misma persona, para estar bien con Dios, para cumplir su ley: una vez, dos veces, tres veces, siete veces…? Pedro había comprendido que Jesús enseñaba a las personas a perdonar a quienes les ofendían… pero él quería saber un número preciso: ¿hasta cuantas veces?
    Naturalmente, nosotros tenemos un instinto que nos lleva a querer pagar con la misma moneda el mal que nos hacen. Cuando alguien nos hace sufrir, nos parece que solo tendremos paz cuando veamos a aquella persona sufriendo lo mismo o peor de lo que nos hizo. Es nuestro instinto de venganza. Es la ley del: ojo por ojo, diente por diente. Cumpliendo esto, creemos que los demás sabiendo que recibirán el mismo mal que nos van a hacer, podrán pensar antes y desistir de hacernos el mal. No porque hayan madurado y entendido que deben evitar el mal, solo porque tendrán miedo de sufrir lo mismo.
    Este modo de entender busca impedir el mal por la represión, por el miedo de sufrir lo mismo, para evitar el castigo. No forma a la persona para el bien; no le enseña el valor de la justicia, de la caridad, del servicio, del respecto; no le capacita para una vida comunitaria donde todos son llamados a hacer el bien y promover a los demás, sino que le impone el miedo de la punición. Es como cuando convencemos a una persona que no debe matar a otras, solamente por la amenaza del castigo de la cárcel en vez de enseñarle el valor y la sacralidad de la vida su importancia. Esto significa que, cuando esta persona piense que no le van a descubrir para penar, entonces hará el mal. Esto todo se puede comparar a una persona que tiene una debilidad curable en la columna y no consigue caminar, se puede buscar un tratamiento de sus huesos o entonces construir una armadura. Con los dos medios ella podrá caminar, el problema es que en el segundo caso el día que se quite la armadura ella caerá.
    La sociedad en que Jesús nació estaba fundada en la condena, la venganza y el castigo. Hablar del perdón, de dar la otra mejilla, de renunciar a la venganza era algo muy extraño y difícil de entender. Todavía, con Jesús había llegado la plenitud de los tiempos. Él no quería perpetuar con la armadura de ley, quería formar el corazón de las personas. En su nueva sociedad el perdón es fundamental. Las personas deben renunciar al mal, no porque tienen miedo al castigo, sino porque descubren el placer del bien, la felicidad del amor. Pero esto solo es posible cuando estamos dispuestos a renunciar al derecho natural de la venganza, para asumir el valor sobrenatural del amor y el perdón.
    Para Pedro también era aun difícil de entender este nuevo modo de ver las cosas, este nuevo modo de organizar la sociedad. Esta novedad del perdón le parecía muy rara. Él quería entender: ¿hasta cuantas veces tengo que perdonar antes de entrar en el viejo esquema del castigo? ¿Después de cuantas veces que he perdonado, debo empezar a vengarme? Seguramente tenía la duda que muchos de nosotros aun tenemos: – y si continuo perdonando ¿el otro no se aprovechará para hacerme de nuevo lo mismo o aun algo peor?
    Sin embargo, en la comunidad de Jesús el perdón es ilimitado. No estamos jamás autorizados a recurrir a la venganza. Para Jesús, cuando una persona es madura lo único que le puede cambiar y formar es el amor, no el castigo. En su mundo nuevo, no tendrá espacio para los que dejan de hacer el mal solo por miedo, sino para los que hacen el bien por la necesidad interna de ser coherentes, por el gusto de ser buenos, por una exigencia del corazón.
    Además, Jesús sabe que solo es verdaderamente libre quien no tiene el corazón atado a las personas que lo hirieron. Cada vez que alguien me hace un daño nuestro corazón continúa siendo torturado mientras no le damos el perdón. Por eso, quien decide de no perdonar jamás por las ofensas recibidas, termina por estar completamente encadenado y despacito va perdiendo el brillo de su vida, se van envenenando todas sus relaciones, pierde la paz y la serenidad, se transforma en un esclavo de la tristeza … Quien cree que no debe perdonar a un hermano, aunque sea muy terrible lo que él hizo o porque ya no es la primera vez, se está condenando a sí mismo, a perder el sentido de la vida, a vivir como esclavo de sus heridas.
    Es por eso que el Señor insiste con Pedro diciendo que se debe perdonar al menos setenta veces siete, esto es, siempre. Y nos consuela el hecho que se Jesús dice esto a Pedro, es porque ciertamente él lo hace con nosotros. El Señor está dispuesto a perdonarnos siempre, no para que podamos pecar sin preocupaciones, sino para que trasformemos nuestras vidas contagiados por su amor.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino
    Gotas de Paz – 459 Asunción, 09 de septiembre de 2011

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