El atentado contra las Torres Gemelas muestra que el camino de la intolerancia es equivocado

Se cumplen mañana diez años del más grande atentado terrorista suicida sufrido por los EE. UU. El mundo se estremeció con la conmovedora caída de las Torres Gemelas de Nueva York, el avión estrellado en el Pentágono y la aeronave sacrificada para evitar males mayores. Ningún argumento será suficiente nunca para justificar un atropello tan descomunal como perverso. Para que ese episodio trágico no solo sea un recuerdo puntual en el calendario, es necesario aprender que por el camino de la intolerancia la humanidad retrocede al tiempo de las cavernas.

Ningún ser humano que merezca el calificativo de civilizado, según los parámetros de la cultura occidental y gran parte de la oriental, puede aprobar lo sucedido. Por eso, el rechazo y el repudio fueron universales.

Razones, sin claudicaciones éticas, no las hay ni puede haberlas. Matar a miles de inocentes escapa al raciocinio, la moral, el sentido de justicia y la condición humana. Causas, sí existieron. El motivo, la excusa o la causa que movilizan a muchos humanos, no se basan en el pensamiento, la reflexión, el análisis crítico o el sentido ético.

Los hijos de esta tierra, desde sus orígenes, se movilizan por fanatismos, odios ge- nuinos o instigados, rencores, adoctrinamientos dolosos, excusas religiosas y todo aquello que atenta contra la razón, los valores y principios que posibilitan una con- vivencia con libertad y dignidad.

No hace falta abrevar de las ciencias que estudian el comportamiento humano -aunque siempre es loable hacerlo- para llegar a la conclusión de que los asesi- nos-suicidas eran el producto de mentes alteradas por verdaderos maestros en el patético arte de enturbiar el cerebro y el espíritu de los seres humanos. Estos criminales sin armas son el mayor peligro que los sucesos del 11 de Setiembre han dejado como secuela.

Este peligro de los atentados sigue incólume. No se trata de un pequeño grupo de alienados. Son muchos, y están en todas partes. Los instrumentos del horror desatado en Londres, luego del ataque a EE. UU., eran ingenieros de ascendencia musulmana y nacioalidad británica. Lo que pasó en Atocha, España, después, tuvo como correlato la dirigencia en los delitos de españoles nativos, dispuestos a seguir las sinrazones de sus predecesores en el tiempo. Este panorama aterrador sube de punto cuando nos damos cuenta de que no hay armas que destruyan esas alteraciones del espíritu hu- mano.

EE. UU. tuvo la desgracia complementaria de que en los tiempos de los ataques fuera presidente George Bush (h). A sus conocidas deficiencias intelectuales sumó una prepotencia sin límites, que no hesitó en atropellar los consejos de la alicaída Naciones Unidas, no dejó sitio libre de bombas en Afganistán y desató un genocidio sobre Irak, buscando armas químicas que no existían.

Barack Obama, lo más opuesto a Bush, es una llama de esperanzas. No podrá solu- cionar todo lo que destruyó su predecesor, pero EE. UU. tiene un hombre en la Casa Blanca que quiere basar sus actos en la razón y el diálogo. Proviene de una etnia des- preciada hasta hace poco tiempo.

Es posible que esa dura escuela del dolor haya posibilitado el desarrollo de una sensibilidad proclive a entender los extravíos de las mentes enceguecidas. Y eso haga posible que EE. UU. inicie una gran campaña para mostrar al mundo, no su poderío militar o económico, sino sus grandes valores morales, sus magníficos intelectuales y sus mejores filósofos y catedráticos. Esta lucha por hacer saber lo más excelso es factible que sea más exitosa que la amenaza de las armas. Los pueblos deben conocer, más que el numero de aviones y acorazados, el peso y la trascendencia que dejaron como legado Jefferson, Lincoln, Adams, F. D. Roosevelt, Kennedy y Carter.

La gran lección de aquel atentado está a la vista: con la intolerancia -cualquiera fuese su motivo y sea cual fuere el sector que lo provoca-, una señal evidente de barbarie, la humanidad no puede avanzar un solo milímetro.

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Día Mundial llama la atención sobre la necesidad de prevención del suicidio

En promedio, casi tres mil personas ponen fin a su vida cada día en el mundo. El dato es de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y demuestra un relevante problema de salud pública, que figura en la lista de las principales causas de muerte trágica. El 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, alerta a los gobiernos y a la sociedad sobre la necesidad de reforzar las medidas de prevención, como terapias adecuadas y medidas de atención para quien ha intentado suicidarse. Seguir leyendo Día Mundial llama la atención sobre la necesidad de prevención del suicidio