Miedo, egoísmo y seguridad

Asombra que haya coincidencia entre un estado de ánimo y una filosofía política. Parecería que nada tienen que ver. Que esa filosofía, que se plasma en un régimen, tendría valor objetivo, independientemente de las emociones de los ciudadanos. Pero no es así. Y no lo es por un sinnúmero de razones. La crucial es que todo régimen político responde o, se plasma en torno a una visión del ser humano que una sociedad posee. O de la mayoría en esa sociedad. No es lo mismo, autopercibirse como pura materia que como ser espiritual, como seres autosuficientes que como relacionados con un creador. Esto ha sido siempre así y no digo que esté mal o bien: señalo un hecho.

Hay otras razones, pero, por el momento, quedamos con esto: un régimen político y constitucional refleja o es influido por la apreciación que una sociedad tiene de sí misma. Es cierto, que dicha apreciación puede cambiar y de hecho eso ocurre: una sociedad no es estática sino histórica. Evoluciona, cambia, acicateada por un sinnúmero de factores. Incluso por agentes no humanos como un microorganismo, que no es un ser vivo, pero sí, un ladrón de material genético de otros seres vivos. Y con esa acción, pueden eliminarlos o enfermarnos a os seres humanos hasta cambiar la historia. E influir decisivamente en la filosofía política.

EL MIEDO COMO “GATILLO” POLÍTICO

Pero para ese cambio se necesita un “disparador” o lo que yo llamo un gatillo. El gatillo del miedo. La pandemia del coronavirus, real y no imaginaria, provoca ese gatillo. El miedo a perder rápidamente la vida o quedar seriamente afectado, paraliza. Ese miedo es vivido, por lo menos desde mi experiencia, como un estado de progresiva inseguridad, angustia, ansiedad, que adelanta hechos (que aún no ocurren) como inminentes y que queremos a toda costa evitarlos. Queremos huir, negar la realidad. Emocionalmente, nos sentimos atrapados. Sin salida. No solo nuestros movimientos son limitados o constreñidos, sino que, tarde o temprano, se siente la inadecuación de pensar claramente.

Se dirá, tal vez con razón, que no todas las personas reaccionan igual. Ciertamente. Habrá “grados” de emoción miedosa, pero que ese miedo es sobrecogedor, es difícil negarlo. Algunos serán más cautelosos, otros tal vez más ansiosos. Más de uno, sentirá pánico o incluso terror de solo pensar las posibilidades infinitas de tragedia acicateadas por la imaginación. Lo invisible y real asusta, estremece. De ahí que se busca mitigar el miedo, disparando hacia un blanco seguro. Algo o alguien que nos conserve la vida. Que nos preserve del peligro. Es más cómodo la certidumbre y, visto lo riesgoso de la libertad, queremos confiar en aquello que nos cuide, nos proteja. Ya no interesa mucho lo que le ocurra al prójimo, cuya situación es similar a la nuestra. Queremos sobrevivir. Todos miramos a ese objetivo que al final, en medio del tembladeral del miedo, nos asegure que la vida no es “sucia, brutal, solitaria y breve”, al decir del filósofo inglés Thomas Hobbes.

HOMBRE LOBO PARA EL HOMBRE

Hobbes, nacido en 1588 en plena declinación de poder inglés con la destrucción de la Armada Real, tiempo en que había experimentado, nos dice, “el miedo como un hermano gemelo”. Tenía una visión pesimista de la condición humana. Su percepción de la realidad y sobre todo del ser humano era estrictamente material. Era un materialista que, obviamente, no venía ningún rol en lo espiritual. Entre el ser humano y los animales no hay sino una diferencia de grados. De ahí que la existencia humana se reduce al progreso o no de ese ser puramente material. Pero, como los bienes materiales que le “harían feliz” están limitados, como la materia, ese ser humano –todos nosotros–, muestra su egoísmo innato.

Los humanos somos incansablemente depredadores y de ahí que, en nuestro estado “natural” estemos en guerra de todos contra todos. No podemos no ser egoístas. Ser egoísta es bueno, pues el miedo nos sobrecoge y, buscamos sobrevivir siendo lobos los unos contra los otros. ¿Y cómo nos protegemos de esa situación apocalíptica? Por un contrato y, así pedimos un Estado sobreprotector. El Leviatán: absoluto, conveniente al que solo le pedimos una cosa: seguridad.

¿HACIA UN LEVIATÁN DEMOCRÁTICO?

La crisis del coronavirus ha acelerado un deslizamiento hacia la propuesta hobbesiana. Es que, como dije al principio, el estado de ánimo afecta a la filosofía política. La situación de temor ante un enemigo invisible y la limitación de la ciencia (irónicamente Hobbes creía que era el único saber confiable), ha hecho que los sistemas políticos, democrático-constitucionales, comiencen, en su gran mayoría, a limitar libertades individuales. La democracia contra las libertades. Es que la libertad o mejor, los ciudadanos no son capaces de ejercitar las mismas con responsabilidad por lo que se debe retribuirla, coartarla. El Estado se va convirtiendo en un absoluto, en la bestia que anunciaba Hobbes devorando a los individuos.

Repárese que ese Leviatán, como ahora, absorbe a la religión, a la moral. Así como Hobbes anunciaba un Estado laicista, hoy, la Iglesia lucha para que se la deje ejercer su libertad de culto. Se ha dejado todo en manos del Estado, quien abre un negocio o que es esencial al punto que ese leviatán democrático hace honor al materialismo hobbesiano: un negocio de licores es considerado esencial como también una clínica de aborto, pero no así un templo religioso. Lo que indica que, muchas democracias liberales contemporáneas, están socavadas culturalmente en su interior por un vacío de valores sustantivos. Constituciones hacen la vista gorda de su parte dogmática. Y de entre esos valores, una escasa comprensión de lo que significa la libertad o el bien común. Que la libertad también puede crear formas de seguridad, sin limitarla. En todo caso, se ha olvidado que el ser humano no es necesariamente un ser egoísta, algo que el materialismo de Hobbes no podía, como hoy el secularismo democrático, captar.

Mario Ramos Reyes

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