La naturaleza desencantada

El dominio de una naturaleza desencantada es el sueño de una civilización que comenzó a prefigurarse en Europa hacia el siglo XII, en una época de intenso miedo metafísico. La idea del fin de los tiempos asolaba el Viejo Continente. Al poder le era difícil ponerle coto a la imaginación emancipadora. La cruzada contra el Islam a menudo fue eso: Hordas hambrientas de campesinos enfangados, buscando morir por algo o persiguiendo fortuna. A veces esta gente adhería a herejías religiosas o gnósticas que solían reclamarse también políticas. Contra ellas hubo una cruzada en Occitania que San Bernardo trató de evitar con la paciente tolerancia que no tenía hacia el enemigo externo. En el siglo XIII se inclinó a la plebe a ir contra sus vecinos, a denunciarlos y a celebrar su asesinato. Siempre sucede en las crisis. El poder, sin embargo, también reprimió a quienes los financiaban, nobles y comerciantes que, gracias a su dinero, eludieron la pira reservada para los pobres.

Fueron siglos de intenso tráfago comercial con Oriente, de florecimiento de una red de ciudades que hablaban ya su propio idioma, distinto del latín. Aunque tributarios de este, podían leer la Divina Comedia y el Decamerón sin necesidad de desentrañar el hermetismo de los monasterios. Las ciudades regaban los caminos de bardos lenguaraces, pródigos en idiomas nuevos que, desde Cristóbal Colón, se extenderían por el orbe y formarían en convivencia a veces con la lengua indígena, el castellano americano. Además, por supuesto, estaban el inglés, el alemán y el ruso, palpitantes y literarios.

Para cuando una nueva clase impuso al cierre del siglo XVIII la idea de dominio de la naturaleza, había alambrado ya a Europa y no tardaría en fabricar máquinas para el progreso, expulsando a humanos y otras especies de sus enclosures: Cercamientos reales y metafóricos de la naturaleza, en nombre de la propiedad privada. La voraz clase empujaría a campesinos de diversas generaciones a sobrevivir en ciudades con las que, siglos atrás, sus antepasados no habían soñado siquiera. Ciudades donde, en los tiempos de Dante Alighieri o de Giovanni Boccaccio, aún bullían los artesanos en un mundo material y cultural menos incierto que en la era del capital y de los trenes.

En plena Revolución Industrial, después de que los philosophes libraran (y ganaran) una batalla contra la preponderancia de la religión (amparados en diferentes niveles de fidelidad a la ciencia y contra las supersticiones), las grandes ciudades hervían de proletarios que se iban acostumbrando a la civilización de las máquinas que los capitalistas, genealógica e ideológicamente herederos de aquellos herejes del siglo XII, habían imaginado desde las quimeras maquínicas del Renacimiento.

La generación de Leonardo Da Vinci, Giordano Bruno y Galileo Galilei influyó en la racionalidad creciente de la vida pública a la puerta de acontecimientos políticos y materiales revolucionarios. Un libro canónico sobre esta etapa es La cultura del Renacimiento en Italia (1860), del suizo Jacob Burckhardt. No en vano su primer capítulo se titula El Estado como obra de arte: La narración vibrante de este aserto nos deja la misma sensación, a veces sorprendente, de nuestras modernas querellas en la vida pública.

Cuatro años después de haber escapado del estado hitleriano en plena Segunda Guerra Mundial atronadora con las máquinas sembrando el terror, el filósofo Martin Buber (1878-1965) publicó ¿Qué es el hombre? (1942). Allí reflexionó sobre la falta de hogar para el ser humano contemporáneo, no solo social sino cósmico. Buber abogaba por una recuperación del hogar tanto material como metafísico. Con el sonido de fondo de la metralla, el sentido religioso que había en Buber pedía además un reencantamiento de la naturaleza humana mediante el compromiso con el otro y con el cosmos. Sin conocer la inteligencia artificial ni el capitalismo consumista del “me gusta” y la autocomplacencia, Buber se hubiera horrorizado de que se hayan convertido en nuestro hogar.

Por Blas Brítez

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