La presencia humana

“En el hombre existe un subsuelo de potencias activas procedentes de los tiempos de su formación”, eso lo escribió Karl Jaspers (1883-1969), psiquiatra y filósofo alemán, en su obra “Origen y meta de la historia”. El maestro hacía referencia a la prehistoria, y en ese arte de pensar sobre lo lejano, se planteaba acerca de las condiciones y las situaciones de la humanidad de hace veinte mil años atrás, de las cuales no tenía información; con el paso de los milenios, vendría lo que consideró como la fundación de las culturas antiguas, después lo que denominó un tiempo eje más cercano, el cual enmarcó entre el ochocientos y el doscientos antes de Cristo, en ese plazo, tanto de Occidente como de Oriente, se inician las búsquedas destinadas a entender la esencia del ser humano, lo que ocasionó el crecimiento del pensamiento acerca de la naturaleza humana.

Es reciente la presencia humana, si se tiene en cuenta el dato que aportó el profesor Karl: “La historia de la Tierra se puede extender aproximadamente a dos mil millones de años”. De manera que, si se trata del tiempo de la humanidad, “… la historia es como el primer minuto de un nuevo acontecer. Justo acaba de comenzar”, concluyó Jaspers.

Un ser, una vida. Un tiempo, deseos de larga vida. ¿Qué tanto puede ser?, lo suficiente para dignificar el paso existencial. Y, ¿qué es suficiente?, en el mundo de las subjetividades, la calidad de las vivencias impera ante la cantidad de los años. Sea bienvenido el momento del origen, sea valorado el suspiro de vivir. En sus potencias está la clave, esas que inyectan la adrenalina de admirar; en donde el subsuelo está lleno de raíces, las que crecen en silencio y necesitan el riego afectivo para su desarrollo. En el frío y en el calor, en toda estación, siempre una atención.

Entre miles de millones, uno. Es asombroso el estar del ser, su estadía tiene grandeza, está presente por algo, por alguien, con enormes condiciones, con desafiantes misiones. Cada uno es ese ser vital que está llamado a crecer. En él reside la historia, esa que vive en su cultura, en los genes del cariño, en los ambientes de su comunidad, en el mundo donde vive. Son los miles de años en un instante.

Jaspers se preguntaba: “¿Cuáles son los motivos elementales del hombre, sus impulsos vitales?, ¿cuáles de ellos son los mismos en todos los tiempos y cuáles se modifican?”, en sus respuestas destacó la labor de la etnología y de la etnografía, como también el aporte de la historia; sus lecciones ayudan a entender que las catástrofes forman parte de la vida, que la conciencia de uno mismo permite interpelarse, transformarse y moverse. Y, por sobre todo, comprender que los momentos están unidos a la manifestación empírica de la libertad.
Marcelo Pedroza

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