Un tributo al inolvidable Lolek

Nadie hubiera imaginado el futuro del pequeño Lolek. Cuando joven se desempeñaba como obrero en una cantera y en medio de un ambiente de destrucción de la Segunda Guerra Mundial y la invasión nazi, él se las arreglaba para disfrutar y promover entre sus amigos sus dos pasiones juveniles: El teatro y la literatura. Y hasta lo hacía en forma clandestina; prefería los riesgos antes que renunciar por miedo. De seguro, cada tarde al regresar de aquellas fosas de piedras, sudoroso y cansado, Lolek recobraba fuerzas contemplando las miradas de Karol y Emilia, sus padres, retratadas en aquella pequeña y opaca fotografía que guardaba tan celosamente junto a su cama, al igual que el escapulario que tenía puesto desde su primera comunión y que lo conservaría hasta su muerte. Eran días duros, pero también llenos de preguntas y deseos de libertad y justicia para el muchacho nacido un día de primavera de 1920, en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kilómetros de Cracovia.

Al investigar su existencia, llama la atención que estuvo llena de riesgos, desafíos y mucha templanza, características que lo acompañarían hasta el final de sus días. En una ocasión fue atropellado por un camión nazi, quedando hospitalizado. Durante un levantamiento polaco, en agosto de 1944, soldados alemanes tomaron su ciudad para arrestar a todos los hombres jóvenes; él logró huir y esconderse en un hueco de la casa. A los 21 años de edad ya había perdido a todos sus familiares directos, pero se mantuvo en pie.

Sí, hablamos de Karol Józef Wojtyla, llamado Lolek por sus familiares, y hoy más conocido como San Juan Pablo II, “el Grande”, por su aporte a la Iglesia y al mundo durante sus casi 27 años de pontificado. El pasado lunes se celebraron sus 100 años de nacimiento.

Su liderazgo positivo fue reconocido por investigadores y autoridades, despertando la pregunta sobre el origen de su fortaleza, pues en 2002 había adelantado que “subiría a la cruz” y cumpliría su misión hasta el final. Aficionado al esquí y a escalar montañas, el hoy santo polaco llegó a más de 130 países en misión pastoral; hablaba más de 6 idiomas con fluidez y fue un gran diplomático, mediando numerosos conflictos internacionales; instando al diálogo y realizando permanentes llamados a la paz, a través de cartas personales y mensajes directos a jefes de estado, reyes y ministros. En forma pública, pidió perdón por las faltas humanas cometidas en la Iglesia Católica en toda su historia; fue el primer Papa en visitar una sinagoga (Roma, 1986), y una mezquita (Gran Mezquita Omeya de Damasco, 2001). Igualmente, ha sido también el primero que ha entrado en la celda de una prisión al encontrarse en diciembre de 1983 con Ali Agca, el turco que atentó contra su vida en mayo de 1981, entre otros.

Sus mensajes siguen actuales. “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”; “el respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad”, o aquel dirigido a los gobernantes: “El diálogo basado en sólidas leyes morales facilita la solución de los conflictos y favorece el respeto de la vida, de toda vida humana. Por ello, el recurso a las armas para dirimir las controversias representa siempre una derrota de la razón y de la humanidad”.

Rafael Navarro-Valls, catedrático de Navarra, en un artículo de 2003, comentaba que a Juan Pablo le urgía el tiempo, y solía recordar el escrito de un reloj de la calle Koscielna en que vivía: “El tiempo se va, la eternidad espera”. Así, cuando se le insistía en que baje el ritmo de trabajo, solía contestar: “Ya descansaré en la vida eterna”, y añadía: “El don de la vida es demasiado precioso para que nos cansemos de él”. En un tiempo marcado por el desgano y la falta de sentido a la existencia, resulta saludable y necesario inspirarse en personalidades cargadas de ideales humanos. La vida del gran Lolek es hoy un atractivo reclamo a vivir la existencia con intensidad, sin despreciarla, buscando la verdad, la justicia y la auténtica libertad.

Por Gustavo Olmedo

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