El spermólogo, la tolerancia y la risa

Cuando el ciudadano romano que hablaba griego llamado Saulo de Tarso estuvo en Atenas lo invitaron a conferenciar en el Areópago, el viejo tribunal que a mediados del siglo I a. C. oficiaba de ágora para charlatanes en general, lejos del esplendor de otros tiempos.

Como registra en los Hechos de los Apóstoles, los atenienses eran tolerantes. Estaban acostumbrados a escuchar cualquier “idea nueva”, discutirla sin necesidad de convertirla en herejía de ningún tipo. Más todavía si era extranjera. No como en Tesalónica, de donde acababa de llegar y había tenido que huir durante la noche.

Astuto como todo publicista, Saulo notó en Atenas que los habitantes de la ciudad rendían culto a un Dios desconocido. Vio otros ídolos desagradables a sus ojos, pero a estos no citó en su perorata. Saulo les dijo a sus oyentes que venía a presentarles, precisamente, ese Dios: Único, el que había creado todo lo que podía conocerse.

Sin dudas para agradar a su exigente auditorio, “el histérico de Tarso” (como lo llama el filósofo francés Michel Onfray en el segundo volumen de Contrahistoria de la filosofía) citó en su discurso fórmulas de poetas griegos que conocía bien por haberlos estudiado, lo mismo que a sus filósofos.

Por lo demás, era consciente de que entre su público había sagaces epicúreos y estoicos, sus mortales enemigos materialistas y dueños del momento filosófico. Lo cual encendía aún más a Saulo.

Solo cuando el antiguo perseguidor de cristianos habló del fin de los tiempos y, consecuentemente, del Juicio Final de aquel Dios que él venía a presentar a los atenienses, estos pararon la oreja y se sobaron las barbas en señal de duda. Habían escuchado de todo, pero aquello de la resurrección de la carne no la habían oído ni en sueños y les parecía una tontería.

Los atenienses eran tolerantes, pero también estaban acostumbrados a la comedia desde hacía siglos. Por ende, sabían reírse. Fue lo que hicieron cuando escucharon por primera vez una de las grandes ficciones humanas, el de la resurrección. Obviamente, se rieron porque no habían visto resucitar a nadie ni lo verían nunca. Por eso llamaron espermólogo a quien siglos después sería considerado santo. Charlatán. Alguien que tira su simiente en cualquier sitio, sin sentido. Palabrero. Alguien inofensivo a quien escuchar no hacía daño, a pesar de sus ideas extrañas.

Siglos después, negar la anástasis, que es la palabra que usó Saulo en Atenas y en Corinto (en donde fue más allá, afirmando que sin la resurrección la creencia en Jesús es “vacía”), paradójicamente, podía significar la muerte del negador a manos de fanáticos cristianos formados en las ideas de Saulo.

Una de las teorías más nuevas en torno al proceso de la Santa Inquisición contra Galileo Galilei en el siglo XVII dice que fue a causa de su defensa de ideas científicas contrarias a la resurrectio, uno de los pilares doctrinales más antiguos de la cristiandad. La misma que proscribió, después y en algunos casos para siempre, casi la totalidad de los manuscritos los epicúreos que escucharon a Saulo aquel día en la Atenas del año 50.

La burla, según palabra de San Pablo, le costó a su auditorio no acostumbrado a la insólita imaginación judeocristiana, el destierro de la memoria de los hombres y de las mujeres.

Después de todo, Saulo era el orgulloso ciudadano de un imperio que más tarde adoptaría sus manías como oficiales. Y, con el poder de su parte, en el futuro cobraría caro aquella burlona risa ateniense proscribiendo la risa misma. Por algo, Umberto Eco ubicó los hechos de su novela El nombre de la rosa en una abadía benedictino del siglo XIII, centrando la trama en torno a la desaparición del segundo libro de la Retórica de Aristóteles, el que versa sobre la comedia, sobre la risa. La intolerancia desapareció ese libro para siempre.

Por Blas Brítez

 

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