Cuidar el cerebro en tiempos de COVID-19

En estos tiempos de coronavirus y bombardeos estresantes de noticias durante el día y la noche, cuando en la otrora paz del hogar convertido en trinchera forzada contra la expansión del virus, nos intranquilizamos por el ocio improductivo que nos hace refugiarnos en las comunicaciones de medios, redes y rumores, conocer cómo el cerebro actúa en momentos de crisis puede ser un arma fundamental para preservar algo que es tan importante como la salud pulmonar de la afección del virus: la salud mental en tiempos de crisis. Leemos miles de tips día a día sobre cómo manejar la crisis, qué hacer con el tiempo muerto, se dan videotutoriales o se envían libros digitales para eso. Pero el conocer el funcionamiento nos da la clave para la gestión de las emociones, ese motor que definitivamente guía nuestra vida y nos puede hacer salir airosos de la peor de las pruebas o estrellarnos de la peor manera en el más profundo pozo de nuestra propia desesperación.

El cerebro en situaciones críticas posee una manera de responder diferente a la que utilizamos día a día, activa un sistema neuronal de respuesta ultrarrápida que pone en marcha una serie de respuestas comportamentales y hormonales que tienen como objetivo sobrevivir. Este modo de funcionar nos viene dado, es innato y es diferente del que utilizamos día a día de manera consciente. En muchas circunstancias, nuestro cerebro funciona de manera consciente y procedimental (poniendo en marcha funciones ya aprendidas, como andar y hablar). Sin embargo, ese modo de funcionar no es el único disponible en el cerebro. En situaciones críticas, en las que detecta un riesgo o amenaza para la vida, el cerebro funciona con otras redes neuronales encargadas de poner en marcha el sistema de supervivencia. Nuestro cerebro está preparado para tomar decisiones de forma inmediata en el caso de identificar un peligro inminente. En este sentido, tenemos un sistema de redes neuronales diseñadas para funcionar como sistema de alarma y es este sistema el encargado de tomar decisiones en situaciones críticas. Este sistema de alarma no es perfecto y en ocasiones puede empujarnos a tomar decisiones equivocadas o poco ajustadas. Por eso se pide siempre calma para poder tomar las decisiones más acertadas.

El cerebro humano posee un sistema neuronal encargado del procesamiento emocional y de las respuestas relacionadas con el miedo y la ansiedad; hablamos del sistema límbico, ubicado en el lóbulo temporal. En el sistema límbico poseemos una estructura dedicada específicamente a la detección y procesamiento del peligro: la amígdala cerebral. La amígdala está conectada con diferentes áreas cerebrales y tiene capacidad de poner en marcha comportamientos rápidos e intensos. Prácticamente, todas las especies de mamíferos poseen una reacción innata de huída-lucha-parálisis frente a estímulos peligrosos y esta reacción es desencadenada por la amígdala. La reacción de alarma puede ser “encendida” de manera consciente al darse cuenta de que existe un peligro grave, o bien de manera inconsciente mediante un “atajo” cerebral. Dicho de otro modo, existe la posibilidad de que antes de que nos demos cuenta ya se haya encendido el sistema de supervivencia y que la amígdala ponga en marcha diferentes respuestas.

En primer lugar, el cerebro, en situaciones críticas, puede dar la orden de huir y esta orden no será meditada. Es decir, nuestro cerebro no preguntará si creemos que es adecuado huir o permanecer en la situación. Por ello, la respuesta en momentos de peligro puede empeorar la situación,porque tomamos decisiones a modo de reflejo sin medir las posibles consecuencias. La función de la huída es simplemente alejarnos del peligro para buscar refugio y ayuda, y en una situación crítica puede llevarnos a escapar de un sitio sin detectar los peligros a los que nos enfrentamos al elegir esa opción como cruzar una calle sin mirar el tráfico o saltar por un balcón.

Otra respuesta posible es la lucha o pelea (en inglés, fight) y es la respuesta mediante la cual el individuo lo da todo por su vida o por eliminar el estímulo peligroso. Cuando el sistema activa esta respuesta de lucha, se elevan notablemente los niveles de adrenalina en sangre y se genera una respuesta de estrés aguda que hace que los músculos sean más resistentes, la piel menos sensible y que los pulmones tengan mayor capacidad. Todo ello se traduce en una mayor resistencia y fuerza. En tercer lugar, otra de las respuestas puede ser la parálisis o perplejidad; es decir, perder la capacidad de reacción, esconderse y no poder hacer nada. La parálisis –como respuesta– busca que la amenaza pase sin reparar en nuestra presencia. Asimismo, es muy importante tener presente que si se desata esta respuesta, la persona no tiene capacidad de activar su sistema locomotor (del movimiento muscular) y, por ello, se queda inmóvil.

De este modo, el cerebro en situaciones críticas posee un sistema de supervivencia que es activado de manera ultrarrápida e inconsciente, en milisegundos, y puede llevarnos a dar una respuesta poco acertada en dicha situación. De hecho, muchas veces la respuesta de alarma aumenta el peligro y es por ello que existe todo un grupo de profesiones encargadas de entrenar a las personas para que sepan actuar en una emergencia. Situaciones como la que vivimos en estos días hace que el cerebro tome decisiones paralizantes, de fuga o de lucha, pero… ¿Podemos vencer ese miedo si luchamos contra él? ¿No sería mejor tomar otras acciones? Lo veremos si seguimos estando DE LA CABEZA el sábado que viene.

El sábado pasado habíamos visto que el cerebro, en situaciones críticas, posee un sistema de supervivencia que es activado de manera ultrarrápida e inconsciente, en milisegundos, y puede llevarnos a dar una respuesta poco acertada en dicha situación. Consecuencias de activar el sistema de alarma y supervivencia. La consecuencia segura e inmediata de pasar por una situación crítica, una vez finalizada la misma, es el agotamiento físico y emocional. Este cansancio extremo es resultado del desgaste que provoca pasar por una situación de peligro o extrema delicadeza y puede durar más de un día, e incluso puede mantenerse a pesar de dormir y descansar. Esto ocurre porque todos los recursos neuronales y físicos se destinaron a sobrevivir y a superar la situación y lo último que tiene lugar es la recuperación de la energía perdida.

 

Otra posible consecuencia, además del agotamiento, es la huella que deja la situación crítica en nuestra memoria. Esto ocurre porque la amígdala y el hipocampo (estructura encargada de fijar los nuevos aprendizajes y crear recuerdos) trabajan juntos. Así, la amígdala activa al hipocampo de manera tan intensa que hace que el recuerdo quede fijado con mucha fuerza. Por este motivo, las situaciones críticas tienden a recordarse durante toda la vida y con una buena cantidad de detalles.

 

Asimismo, otra de las posibles consecuencias de la activación del cerebro en situaciones críticas puede ser el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Esta condición se desarrolla cuando el nivel de activación física es extremadamente alto y la emoción principal es el miedo intenso, aunque no siempre que se pasa por una situación crítica se desarrolla TEPT. Por otro lado, este síndrome requiere de terapia psicológica especializada, ya que se caracteriza por flashbacks de lo ocurrido, momentos de mucha tristeza y la percepción de una amenaza constante en el entorno más cercano. Por último, es importante recordar que el cerebro puede aprender a responder de manera más adaptativa a situaciones críticas o de peligro. El entrenamiento, los protocolos de actuación en emergencias y las estrategias de defensa personal son elementos clave que pueden ayudarnos a mejorar nuestra respuesta de supervivencia.

 

La mejor solución en estos tiempos de crisis es descontextualizar la acción emocional del cerebro y llevarla al campo de la razón; es decir, sacarla de la zona límbica y llevarla a la zona frontal. Porque allí podríamos ver que el preocuparnos por la situación que no podemos cambiar con la elevación excesiva de nuestros niveles de estrés solo contribuye a debilitarnos no solo física, sino también inmunológicamente. Y eso porque el cerebro trabaja junto con las glándulas del cuerpo y su sistema de defensa (en una especialidad que hoy en día se conoce como psiconeuroinmunoendocrinología), por lo que hoy ya sabemos que el estrés excesivo desgasta nuestras defensas y nos propende a contraer enfermedades con mayor facilidad. Y el COVID-19 no será la excepción, no olvidemos que ataca a los inmunodeprimidos por elección.

 

¿Qué puedo decirte en estos tiempos de incertidumbre? Que al coronavirus no se lo gana emocionalmente, sino con inteligencia. En resumen, estando DE LA CABEZA.

 

Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez

 

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