“Olga”, de Bernhard Schlink

“¿Qué es la añoranza? A veces es como un objeto que no puedo pasar por alto, que no se puede mover, que a menudo obstruye el camino, pero que forma parte de la habitación y al que ya me he acostumbrado. Y entonces, de repente, me cae encima como un rayo y me falta poco para gritar”.

No me voy a hacer de la intelec­tual con ustedes. Ya me cono­cen los gustos y la afición por la cholulez. Sí, sí, sí… Bernhard Schlink, autor de “El Lector”, gran libro (aunque yo solo vi la película). Todos esos factores sumaron, pero mi nombre en la tapa fue el verdadero motivo por el cual compré este libro. Lo tuve entre mis pendientes como diez meses, me daba “mie­dito” leerlo, la contratapa no te describía precisamente una lectura ligera. La vida de esta “Olga” no parecía la de una bai­larina de cabaret. Por suerte, al miedo siempre le ganan el ego y la curiosidad. Tenía que leerlo. Y como mi cumpleaños caía un domingo, es decir hoy, tenía que publicar la columna justamente hoy. Mi autorregalo. Poco sabía que el verdadero autorregalo estaba dentro de las páginas del libro. Métale a subrayar párrafos enteros, a identificarme con una señora que nació a principios del Siglo XX y lo vivió casi entero. Que sobrevivió dos guerras mundiales y un corazón roto. Y encon­tró en todo ello una inmensa sabiduría.
La estructura del libro es vital para su narración, casi desde tres ángulos: la primera parte es la narración de Olga de su vida, con lagunas a llenar. Es una chica humilde que se ena­mora de su vecino desde niño, Herbert; con la juventud, ese amor se convierte en algo más tangible y los padres de Her­bert, de una clase social supe­rior, se niegan rotundamente. Esto es lo que desencadena los primeros “escapes” de Herbert. Primero como sol­dado en la Guerra Colonial en Africa Occidental, ejecu­ción en el terreno de los sue­ños imperiales de Bismarck, a quien Olga, a lo largo de su vida, termina culpando de toda la locura expansionista que llevó al pueblo alemán más tarde a provocar dos guerras mun­diales y el genocidio de millones de seres humanos. Cuando “se le acaba la guerra”, en los primeros años del Siglo 20, Her­bert decide que su destino es la exploración: después de viajes por África y América del Sur, su obsesión es una expedición al Polo Norte, que no tiene miras de éxito. Parte en 1913 y nunca más se sabe de él. Olga, que lo espera por años, le escribirá el resto de su vida, relatándole sus aventuras al hijo de su vecina, Eik, a quien prácticamente cría. Las elecciones y el destino de Eik serán la decepción más grande en su vida.

La segunda parte es el resto de la vida de Olga, después de la guerra, y la relata un hombre que la conoció en los años 50, cuando ella era costurera en su casa, él apenas un niño, que forma con ella una relación de afecto que sobrevive más allá de la muerte de esta. El hombre logra localizar una cantidad de cartas que Olga le escribió a Herbert durante su expedición ártica y años después, a una oficina de Correos en Noruega, donde permanecerán hasta que un anticuario se hace con ellas y el relator las rescata. Allí, en la tercera parte, constituida sim­plemente por las cartas de Olga a Herbert, que nunca recibió, está la pieza faltante del relato: los sentimientos, la lealtad, el amor, a pesar de todo, por un hombre que, en el fondo, más que gloria y reconocimiento, solo ansiaba perderse en el vacío. Y un par de secretos que, de una forma u otra, lo cambian todo.

por Olga Dios

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