Doña Rusia, la peste y el señor con corona

Es cierto, es posible que la nueva Constitución rusa, que será puesta a consideración del pueblo de ese país en abril, sea más que nada la puerta que necesita el señor Putin para seguir en el poder que ya detenta desde hace años, pero a nadie escapa tampoco los llamativos ítems que propuso incluir el mismo Putin y que analistas asocian a una suerte de legado del líder ruso en su lucha por mantener la identidad de su país fuera del alcance del globalismo y su débil moral “sin género y estéril”, según sus propias expresiones.

Identidad nacional que está unida a un estilo de vida familiar, para lo cual Putin y sus asesores han visto fundamental y urgente la implementación de políticas de fomento de la natalidad en contexto de relaciones estables (“no habrá progenitor 1 y progenitor 2, sino madre y padre, mientras gobierne yo”, afirmó el polémico Putin), considerando los beneficios socioeconómicos y geopolíticos (debido a los desastres que ha producido el invierno poblacional en esa zona del mundo). Esta estabilidad social y fortaleza identitaria las ha conectado enseguida con una vuelta a sus raíces valóricas más trascendentes.

Quizás Putin es el líder que más ha sabido leer entre líneas cómo ganar ese voto que gran parte de los políticos occidentales han intentado ignorar y han menospreciado en las últimas décadas: el de los millones de personas creyentes en Dios (casi el 90% de la población rusa hoy) y respetuosas de la ley moral natural, contrarias, por tanto, a que el Estado se arrogue el poder de redefinir todo el orden social contrarrestando la familia natural, que es una institución anterior y más esencial que el Estado mismo.

Ya en 1993 la histórica nueva Constitución postexperimento colectivista comunista asumía en Rusia el desafío de reconstruir las bases legales que pudieran dar sustento a una nueva forma de convivencia libre y pacífica, pero no alcanzaba a tocar el alma de los millones de habitantes deseosos de superar el triste pasado de persecución religiosa y de hostigamiento brutal contra las libertades básicas de conciencia, de expresión, de enseñanza, que el totalitarismo soviético impuso.

“La Federación Rusa, unida por una historia de mil años, preservando la memoria de los antepasados que nos transmitieron los ideales y la fe en Dios”, dice la enmienda propuesta por Putin. Y a más de un cristiano (la mitad de la población rusa) sin duda le causa estupor y le viene el recuerdo de aquellas proféticas palabras que pronunciaron en forma de petición unos analfabetos niños campesinos portugueses que aseguraron ver a la Virgen en 1917, justo al inicio de la revolución comunista en Rusia, de la cual no tenían ni idea, y que solicitaban que una tal “doña Rusia” se consagrara al corazón de Jesús. Era impensable sospechar siquiera que la estructura política más influyente del nihilismo colectivista y ateo en el Poder desde 1917 en Rusia, caería un día de su pedestal de soberbia y que sus ciudadanos en 2020 pudieran votar por incluir de nuevo a Dios en su Constitución y regir según sus convicciones más esenciales.

Putin también pidió agregar a la nueva Carta Magna una cláusula que establezca que en Rusia los activos más importantes del país son los niños, a quienes el Estado debe crear condiciones para ser educados “en el patriotismo, la ciudadanía y el respeto a los ancianos”, teniendo en cuenta su desarrollo “espiritual, moral, intelectual y físico”.

Hoy que estamos enfrentando la peste del coronavirus en todo el mundo, y que constatamos que ni siquiera los sistemas de salud más avanzados del planeta pueden asegurar la salud de los ciudadanos, este reconocimiento de la naturaleza humana, tan frágil y a la vez trascendente, puede constituir un camino de regreso a nuestras raíces más genuinas y nobles. No está todo perdido, porque no está todo determinando por el poder o las estructuras. Somos libres y todavía hay mucho bien para hacer con nuestra libertad.

Por Carolina Cuenca

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