¿Quién reza por vos?

Agobiado por las prisas del día a día, una vez más mi vieja camioneta decidió dejarme a pata. Ni coronavirus ni sarampión, era su gastada homocinética que ya no daba más y por la cual el incomprensivo mecánico insistía en cobrarme una suma de dinero que no tenía en ese momento, porque se salía del presupuesto del mes.

Así que sin vehículo y apurado, andaba por el mundo haciendo parada a los colectivos o pidiendo un aventón a cuanto conocido estuviera a mano: vecinos, parientes, amigos, conocidos… y hasta desconocidos.

En una de esas, cuando iba a salir del trabajo, escuché que un compañero al que solo conocía de vista y por el saludo de cortesía que nos debíamos por los pasillos, mencionó que se dirigiría hacia donde yo debía ir.

Ante la necesidad, sin ninguna vergüenza y con la mayor caradurez, le insinué que me acercara hasta cierto tramo porque estaba retrasado. Él, con una sonrisa, solo me respondió “vamos”.

Al subir a su vehículo, con parsimonia se colocó el cinturón de seguridad y me aconsejó que hiciera lo mismo. A continuación dijo: “Oremos”, y cuando esperaba que de su boca saliera el clásico “Padre nuestro”, recitó una muy cortita y contundente plegaria que yo nunca había oído antes.

A continuación arrancó el motor y sin dudarlo aceleró por los caminos llenos de baches, semáforos descompuestos y zorritos asaltantes. Como si fuera un sortilegio, íbamos envueltos por la protección de su rezo.

Un poco por curiosidad y otro poco por socializar, sentado a su lado, le mencioné que me parecía extraño su rezo y pregunté de dónde lo aprendió. Me respondió que lo había oído en una reunión y que la fórmula le gustaba porque tenía algo de especial: ese tejido de palabras, más que una plegaria egoísta, incluía un pedido por los demás. Y sin solicitárselo, repitió pausadamente en voz alta: “Jesús, te doy gracias por todo lo que me das. Te pido perdón y que nos protejas a mí y a todos mis seres queridos de todos los males y peligros, que nos des salud, felicidad y prosperidad en abundancia. Amén”.

Quedé extasiado; era simple y breve. Tras un momento de silencio, me preguntó: “¿Quién reza por vos?”. Lo miré desconcertado, sin saber qué contestar.

Agregó: “Hoy día ya nadie reza por los demás. Casi todos solo piden, y piden para ellos mismos. Ya ves, lo único que pide el papa Francisco, por ejemplo, es que se rece por él. ¿Cuántas veces lo hiciste?

Cuando somos adultos ya nadie reza por nosotros. De niños, tal vez nuestras madres, pero a nuestra edad, ¿cuál compañero o amigo reza por tu bienestar? Ni siquiera los familiares. ¿O te consta que algún primo o hermano “pierda el tiempo” pidiéndole a Dios que te vaya bien a vos?

“Ni los más encumbrados personajes tienen quién se ocupe de pedir con sinceridad por su salud o para que les sea leve la jornada, sino que viven rodeados de aduladores. Los hijos piden cosas, los demás dinero. En las redes sociales sí, como un ‘buenos días’ por las mañanas llegan originales memes rogando por el grupo, pero son copias de copias de copias reenviadas automáticamente. En la era del celular, nadie suelta el teclado para reflexionar y sentir de verdad”, opinó.

Seguimos en silencio y al llegar a la esquina un “ya llegamos” me despertó de mis cavilaciones. Bajé y no tuve tiempo de agradecerle su gesto de generosidad, porque un conductor impaciente nos tocaba la bocina.

El resto del día seguí como siempre, tratando de solucionar todos los problemas cotidianos y olvidé esa conversación. Pero cuando llegué a casa, de noche, mi inquisidora almohada me esperaba para preguntarme por cuántos había rezado yo ese día. Y una soledad muy grande como la oscuridad eterna me estremeció en la cama al darme cuenta de que nadie en todo el mundo rezaba más por mí. Menos el mecánico, o todas aquellas personas que me usaban en el día a día, ni siquiera las que dependían del sudor de mi frente. Nadie se detenía un segundo y rogaba para que yo estuviera mejor.

Traté de hacer de abogado del diablo y rebuscar en la lista más profunda de mis conocidos. Y no pude hallar un solo nombre. Con la muerte de las abuelas y de mi madre se había agotado para siempre la ración de plegarias que estaba destinada para mi vida.

A partir de ese día decidí usar la fórmula de ese compañero que era casi un extraño y no me arrepiento. Duele existir y sentir que alrededor pasa gente sin ver a los costados y si lo hace es para obtener una ganancia. Tal vez si todos recordaran pedir por los demás, el mundo sería diferente, sin tantos locos asesinos, ladrones, corruptos y drogadictos sin esperanza.

Esta noche podés preguntarle a tu almohada, ¿quién de entre tus conocidos reza por vos? ¿Quién? Espero que la respuesta no sea un vacío tan grande como el universo.

por Alex Noguera

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