El cuento del cerebro que no podía ser empático

Había una vez un cerebro que no podía ser empático. No podía colocarse en el lugar del otro para poder entender lo que pasaba, algo determinante para la realización y el desarrollo de las relaciones interpersonales. Por mucho tiempo, muchos científicos atribuyeron esa discapacidad empática de ese cerebro a un trastorno meramente afectivo, pensando que era consecuencia de ese déficit de afecto más que realmente causante del mismo. Sin embargo, el desarrollo de las técnicas de neuroimágenes, así como los avances en genética han demostrado que ese cerebro que no podía ser empático tenía una causa neurobiológica más que emocional en su carencia. Ese déficit se relacionaba con alteraciones cerebrales durante la vida intrauterina y con trastornos relacionados con la herencia. Y sobre todo, que había más “cerebros que cerebras”, es decir, había seis cerebros masculinos por cada cerebro femenino que no podían ser empáticos, lo cual indicaba que algo anormal podría haber en el cromosoma Y que es el que determina el sexo masculino.

El cerebro que no podía ser empático era examinado constantemente desde la perspectiva biológica (con las técnicas de neuroimagen y las pruebas genéticas), el aspecto cognitivo (los test neuropsicológicos sobre las funciones comprometidas) y el enfoque clásico comportamental (la interacción del cerebro con su entorno, los familiares y la sociedad). De estas tres formas de examen, el cerebro que no podía empatizar era trabajado en los tres ambientes, pero encontraba los mayores progresos en el enfoque cognitivo, donde se obtenían los mejores logros para que mejore esa carencia. Muchos de esos cerebros, con inteligencia prodigiosa, encontraban severos problemas de relacionamiento, los cuales solucionaban aplicando reglas estrictas a la convivencia, reglamentando las conductas, lo cual hacía que estos cerebros tengan conductas rígidas respecto al entorno, no procesando actitudes aparentemente simples como las bromas o la ironía. Otros cerebros simplemente tenían serios problemas de comunicación, de lenguaje, de comprensión, y su capacidad de empatía quedaba sepultada por la dificultad enorme de procesar las emociones como una fuente de información de lo que les rodeaba, no comprendiendo el por qué de las cosas, más que mecanicámente.

El cerebro que no podía ser empático tenía dificultad no solo para saber lo que sentían los demás, sino también lo que sentía él mismo. Decía que parecía sentir algo pero no podía explicarlo ni describirlo, lo que en psiquiatría se llama “alexitimia” (no poder explicar con palabras las emociones). Incluso se llegó a pensar que este cerebro no sentía nada. Pero estudios de neuroimágenes demostraron que las zonas relacionadas con las emociones se activaban normalmente con los estímulos, pero no había respuesta en la zona de la ínsula anterior, que es donde se reconocen los propios sentimientos. Es decir, el cerebro se emocionaba… pero no sabía que lo hacía. Ni lo podía entender. Igualmente, el cerebro que no podía ser empático se comparó con otros cerebros que no tenían problema alguno con esto, y se encontró que en ambos se activaban las mismas zonas de la corteza en el momento de la mentalización de acciones, es decir, de la toma de conciencia: la corteza prefrontal medial, la parte posterior del surco temporal superior, del precúneo, de la amígdala y de la corteza temporoparietal, zonas que suenan muy complejas, pero que regulan en realidad las emociones. Y al activarse en todos los cerebros las mismas zonas, demostraron que el cerebro que no podía ser empático tenía problemas en conocer que estas zonas se activaban, en saber que se emocionaba, en “sentir que sentía”.

Había una vez uno y cientos de miles de cerebros que no podían ser empáticos. Y las neurociencias les han puesto un nombre y un diagnóstico a algo que no es una enfermedad sino una condición. Son los maravillosos cerebros de las personas que se encuentran dentro del espectro autista. Personas adorables y un mundo por conocer. Yo soy padre de uno de ellos y me tiene de la cabeza de amor. Conocerlos es entenderlos. Empatizar con ellos es lo mejor que podemos hacer, aunque ellos, en apariencia, no puedan hacer lo mismo con nosotros o con otros.

Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez

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