“Largo pétalo de mar”, de Isabel Allende

Este libro me reconcilió con Isabel Allende después de muchos años. Sus primeras novelas me fascinaron, durante años “Eva Luna” fue uno de mis libros favoritos. Después se fue a vivir a California y me empezó a aburrir, salvo dos o tres honrosas excepciones, entre ellas el sublime “Paula”.


Compré “Largo pétalo de mar” por el poema de Neruda que le da título: “Oh Chile, largo pétalo de mar, y vino y nieve”. Era irresistible. La historia real que recupera también lo era: el 4 de agosto de 1939 partió del Puerto de Burdeos, el Winnipeg, con más de dos mil exiliados españoles republicanos, de todas las banderías políticas y algunos sin ellas, muchos retenidos por meses en campos de refugiados en Francia, en una de las aventuras más maravillosas de la vida de Pablo Neruda. Como enviado del gobierno chileno de Pedro Aguirre Cerda, rentaron un barco, lo llenaron de perseguidos políticos en plena guerra civil española y esa “nave de la esperanza” los llevó a ese país desconocido, donde empezarían una nueva vida, se arraigarían y se harían parte del paisaje y la historia, en lo que considero uno de los episodios más gloriosos de la misma. Recibir al perseguido, nunca debería olvidarse esa lección.

Los personajes de ficción que le dan vida a esta novela son Víctor Dalmau, miliciano y médico a la fuerza porque de tanto “remendar” a soldados en el frente aprendió gran parte del “oficio”. La otra es la formidable Roser Bruguera, en la práctica su cuñada, pues parte de Burdeos con un recién nacido fruto de su relación con el hermano de Víctor, Guillem, fallecido en batalla antes de saber de su hijo, Marcel. Para poder declarar a Roser como su familia, y llevársela en el barco, Víctor le propone un matrimonio “de mentiras”, anotar a Marcel como hijo suyo y no le pide más que su amistad, su compañía y ser una familia. Se divorciarán apenas puedan y cada cual por su lado, si no fuera por el pequeño detalle de que en Chile no existe el divorcio legal. Roser es pianista y muy buena en ello. También es costurera, pero Neruda la acepta con un razonamiento indiscutible: “En Chile hay costureras, pero sí que necesitamos pianistas”. Gente nueva para sacudir la modorra e inyectar sangre, ideas y pasión en su tierra.

Se integran en la vida social del país, Víctor se hace amigo de un joven político, Salvador Allende, con quien los une la pasión por el ajedrez. Esa larga amistad, décadas después, cuando Allende llegue a la Presidencia de Chile para ser derrocado en 1973 por un golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet, le costará a Dalmau la cárcel, la tortura y el destierro, ese viejo fantasma. Esta vez, Venezuela, pero ni la vuelta de la democracia a España luego de la muerte de Franco los hace olvidar la añoranza de lo que para ellos ya es su única tierra: “Porque uno es de donde están enterrados sus muertos”.
Esa amistad y ese matrimonio de conveniencia terminan convirtiéndose en el amor más profundo y en el descubrimiento de que esa pasión siempre estuvo allí. Porque “si uno vive lo suficiente, todos los círculos se cierran”.

por Olga Dios

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