El arte de mentir

Uno de mis ídolos de la ficción de series televisivas es Carl Lightman, el ficticio protagonista de la serie “Lie to me” (la podían ver por Netflix hasta hace poco) encarnado magistralmente por Tim Roth, que investiga a quienes mienten mediante sus rasgos y cambios faciales (me encanta y se las recomiendo). Usando como motivación esta serie, sabemos que la detección de mentiras hoy en día se convirtió en una ciencia y en una especialidad dentro del rubro de empresas que brindan servicios de seguridad. Pululan por la web y por los periódicos servicios de detección de mentiras y detectores de todo tipo.


¿Pero esto tiene realmente un fundamento neurocientífico? Hoy en día, existen aparatos que preguntan la verdad y buscan detectar mentiras no directamente a los individuos, sino a sus cuerpos, buscando mínimos e imperceptibles cambios dentro de la fisiología normal de las personas analizadas. Con mayor o menor rigor científico, nos encontramos con estos detectores en todos lados. Con el tiempo, la mayoría de las empresas con cargos de confianza donde se manejan valores, seguridad o secretos de todo tipo recurrirán como norma a estos detectores. Y se basan en la simple premisa de que si un individuo miente, su cuerpo comenzará a delatarlo aunque este no lo desee. Pero, Houston tenemos un problema: el margen de error de estos aparatos ronda el 20%, y en cualquier “googleo” normal se pueden encontrar consejos para burlar a los detectores de mentiras, que van desde morderse los labios hasta tensar los músculos, por lo que su uso en procesos penales es cada vez más restringido.

Sin embargo, las neurociencias han acudido a solucionar este problema, y han ayudado a estudiar zonas del cerebro y su funcionamiento en estas condiciones. Un simple electroencefalograma (colocación de electrodos en el cuero cabelludo para detectar ondas eléctricas en la superficie cerebral) que muestre ondas cerebrales características delataría a un mentiroso. Estas ondas se denominan P300 porque aparecen exactamente 300 milisegundos después de una percepción que evoca en el examinado el oír, ver o identificar en el examinado algo que tenga una carga o representación emocional singular. A diferencia del famoso polígrafo que detecta alteraciones, estas ondas aparecen solo cuando lo que se nombra tiene alguna información determinada respecto a lo mencionado, pues se familiariza con ello: “bomba”, “atentado”, “muerte”… No se requiere de preguntas, sino de enfrentar al examinado con pruebas relacionadas al hecho en sí: fotografías, audios, referencias exactas. De esta manera, por ejemplo, al mostrar al examinado fotos de armas específicas, el inocente solo las conocería por la televisión, mientras que el culpable emitiría una señal cerebral de vinculación con hechos, es decir… una P300.
Otro método muchísimo más eficaz descubrió mediante pruebas que cuando una persona miente, se activa una porción específica del cerebro. Esto se realizó introduciendo voluntarios en un resonador magnético funcional y realizando test de verdad y mentira con ellos, se comprobó que siempre, al mentir, se activaba una zona cerebral llamada giro del cíngulo a nivel de la región límbica. Esta zona participa de la toma de decisiones conflictivas, porque se activa en los momentos en que no decimos la verdad, lo cual nos lleva a demostrar que el cerebro humano es un órgano noble que siempre está predispuesto “de fábrica” a decir la verdad, pero que al no hacerlo de manera voluntaria, activa esta zona. Por ende, para mentir, hay que gastar energía, hay que trabajar más.

Un método menos aparatoso y más barato consiste en medir la irrigación sanguínea de la región facial. Se ha descubierto que al mentir aumenta la irrigación a la cara por una vasodilatación a ese nivel. Esta puede ocurrir a un nivel alto que muestre que el individuo miente por “ponerse colorado”, pero también a un nivel indetectable mirándolo desde afuera. Al observar a los individuos que mienten en una cámara infrarroja de alta detección (unas 20 milésimas de grado), se puede observar en la zona de los ojos donde la piel es más delgada, un delator cambio en la temperatura.

Como ven, esto de mentir… es toda una ciencia que nos puede llegar a tener DE LA CABEZA. ¡Nos vemos el otro sábado!

POR EL DR. MIGUEL ÁNGEL VELÁZQUEZ

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