Tarjeta roja

¿Fin del “centro, cabeza, gol?”

Es un clásico del futbol. Muchos de los goles más espectaculares en la historia de este de­porte han sido hechos de cabeza, algunos con características que metieron directamente en la historia al cabeceador. Hay nombres gra­bados en bronce como Sanfilipo, Erico, Pelé, Platini, Zidane, Ronaldo, Messi… Todos se han ganado un sitio en el palmarés “clavan­do” alguna pelota de cabeza en la red.

Pero este es el siglo de la revisión de verdades probadas y aceptadas. Un par de décadas atrás a nadie se le hubiera ocurrido que esperar una pelota que viaja a una considerable velocidad para rebotarla de cabeza en un pase o un tiro al arco podría tener consecuencias graves para la salud física y mental del jugador.

Hoy ya es algo más que una hipótesis. Se ha convertido en axioma médico en base al cual, la Federación de Futbol de EE.UU. (United States Soccer Federation) ha prohibido cabecear la pelota en las ligas infantiles con jugadores por debajo de los 10 años de edad, después de comprobar que el golpe de pelota en la cabeza puede provocar lesio­nes y conmociones cerebrales de leves a severas. Como ocurre en la ciencia contemporánea, las conclusiones deben basarse en una casuística ri­gurosamente registrada. En el transcurso de una demanda presentada por padres de jugadores menores de 10 años contra la Federación de Fut­bol de EE.UU., se demostró que en un solo año unos 50.000 jugadores de la escuela secundaria sufrieron algún tipo de conmoción cerebral. Los neurólogos advirtieron que si estos trastor­nos se dan con frecuencia pueden desembocar en cuadros de encefalopatía traumática crónica con potencial pérdida de la memoria y de algu­nas funciones cognitivas. Finalmente, es posible la aparición de síntomas de depresión, insom­nio o ansiedad. Y todo por cabecear una pelota.

Los norteamericanos tienen una larga tradición de deportes de fuerza bruta. El más emble­mático de todos es el futbol americano en el que los jugadores se blindan como caballeros medievales, con coraza y casco. Ojalá que el futbol, nuestro futbol, que combina prepara­ción física con destreza, habilidad y elegancia, no tenga que apelar a semejantes exoesque­letos para seguir vigente en los estadios.

Eso, naturalmente, sin descuidar la salud física y mental de nuestros niños y jóvenes.

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