Alemania, penando hegemónica

Los seis millones de judíos asesinados por orden de Adolfo Hitler, canciller de Alemania, pesan sobre los alemanes, y se nota: Una menorah con la estrella de David, que podrían haberse construido más estéticamente a tono con los bellos edificios berlineses, se yergue ahora ante la Puerta de Brandeburgo; las veredas de Berlín recogen los cigarrillos que en ellas apaga sin demasiado respeto la inmigración admitida para tratar de mitigar la enorme culpa.
Los monumentos que recuerdan la fundación de Alemania, los que conmemoran sus glorias, yacen escondidos, casi avergonzados. Bismarck, el creador de Alemania, pone su metálica mirada sobre los bulevares de Berlín desde una olvidada esquina de la avenida “17 de junio”.

Es como si los alemanes se negaran a sí mismos por causa del hombre que organizó aquel crimen irredimible, atándole, de paso, todo lo que recuerde a la épica construcción de Alemania.

Imagino a la larga línea de impulsores del antisemitismo que culminó en el Holocausto judío, desde San Agustín y San Juan Crisóstomo hasta el papa Pío XII, sonriendo en los Infiernos donde merecen estar, al ver a los alemanes castigándose a sí mismos por ellos, mientras ellos, y sus ideas criminales, siguen siendo venerados en las catedrales de Alemania y del mundo.
Hitler sigue sin ser excomulgado, seguramente porque, como dice el papa Francisco, “Dios sigue amando a cada hombre, incluso al peor”.

Es verdad que un treinta y tres por ciento de los alemanes votó a Hitler en elecciones, lo que sin tregua se achaca al cien por ciento hasta hoy. Pero el olvido que encubre el voto del Partido del Centro Católico (doce por ciento de los alemanes), impulsado por su líder, el cura Ludwig Kaas, favorito del papa Pío XII, que es el que permitió el establecimiento de la dictadura nacionalsocialista, es llamativo, parece deliberado y resulta sospechoso.

Penar todos por lo que hicieron unos cuantos es demasiado cómodo para esos cuantos, y es una forma de impunidad, de las peores que existen, pues obliga a inocentes a pagar por los culpables.
Pero la culpa general es, notablemente, el discurso oficial del gobierno de la actual canciller Angela Merkel, que lo recita en cada acto en que le es posible hacerlo, como el recientemente desarrollado en el campo de exterminio de Auschwitz, en Polonia.

Notable porque, esgrimiéndolo profusamente, ella ha logrado hacer aceptar, mediante la Unión Europea, los sueños más inalcanzables de Bismarck, los de una Alemania que rige los destinos de Europa Continental y que tiene peso en todos los asuntos del mundo.

El memorial por los judíos asesinados por el nacionalsocialismo se extiende sombrío y solemne a un costado de la Puerta de Brandeburgo: A diferencia de sus antecesores, Merkel no debió disparar un tiro para llegar a donde llevó a Alemania. A diferencia de ellos, Merkel tampoco debió discriminar a nadie para convertir a Alemania en la potencia hegemónica de Europa.

POR ENRIQUE VARGAS PEÑA

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