Dictaduras algorítmicas y guerras digitales

Tengo una idea. La inteligen­cia artificial, que ya estaba manejando gran parte de la economía, está tomando el poder político. El contexto social está sufriendo un cambio tectónico de magnitud casi infinita. La cali­dad de la democracia liberal se en­cuentra en zona de peligro. Pongo como ejemplo el tema de Gran Bre­taña de la semana pasada. Gana­ron los conservadores. Y la sombra de ¨Cambridge Analytica¨ está de nuevo sobre la reciente victoria de Boris Johnson. Los nuevos Tories ganaron la batalla. La captura de la mayoría legislativa por parte de los conservadores está sesgada por el hecho de que un personaje del mundo publicitario, que había con­tratado anteriormente a la empresa acusada de manipular datos y redes sociales para direccionar votos, es­tuvo envuelto en el manejo de la campaña conservadora. La primera consecuencia será, sin lugar a du­das, el abandono por parte de Gran Bretaña de la Unión Europea. El Brexit nacionalista y proteccionis­ta será una realidad. Los mercados de bienes y servicios, la integración económica y la libre circulación de los factores de producción, están bajo amenaza. Benjamín Fernán­dez Bogado me advierte: hasta la Premier League, una de las maravi­llas de futbol globalizado, que tiene a jugadores y público del mundo entero, está en zona de conflicto. En mi caso particular, sobre todo esto último, ya me pone angustiado. Como siempre digo, en el mundo del diario 5días, todos somos futbo­listas disfrazados de economistas.

Existe un profundo realineamien­to de la política británica, dice The Economist. Y agrega: el partido de los ricos enterró a los laboristas. Se observa una recuperación de te­rritorio que estuvo en poder de los laboristas por casi todo un siglo. Me estoy refiriendo a un territorio físico, el norte de Gran Bretaña, po­blado tradicionalmente por la clase trabajadora, los habitantes Midlan­ders. Pero, por sobre todas las cosas, estoy hablando del territorio digital, donde acontecen las nuevas (y ver­daderas) disputas un nuevo terreno que expande el espacio público, de una manera tal que no tiene pre­cedentes en la historia de la huma­nidad. Pasó lo del Brasil de Bolso­naro, la clase trabajadora votó a los conservadores. El método fue casi el mismo. Primero se toma el terri­torio digital, el de las redes sociales, donde los soldados son algoritmos que trabajan y batallan día y noche, para que luego vayan cayendo los territorios geográficos. Primero se gana la batalla digital, luego se gana la batalla territorial. Esa es la nueva realidad. Por ejemplo, Blyth Valley, una zona donde los conservadores eran odiados, donde viven mineros o ex mineros, trabajadores de cuello azul, cayó antes de que llegue la me­dianoche. Wrexham, territorio labo­rista durante los últimos 80 años, relata The Economist, fue declara­do territorio conservador a las 2 de la madrugada. Como en las antiguas batallas ganadas a riego de sangre, en los amaneceres de la Gran Bre­taña, entre el jueves y viernes de la semana pasada, el muro rojo de los municipios laboristas estaba siendo demolido, desde el norte de Gales hasta Yorkshire.

Las fuerzas conservadoras lo so­brepasaron tomándolo por asalto, por medio del manejo del Big Data y la microsegmentación. No fueron necesarias las lanzas, los escudos y las espadas. Jeremy Colbyn, perdió con su grupo laborista, como nunca antes habían perdido, desde 1935, cuando la comunicación era radio­fónica.

Existe un verdadero cambio de era – vuelvo a citar a Benjamín Fer­nández Bogado – sólo comparable a cuando Lutero cambió al mundo en 1517, utilizando la imprenta, para expandir sus ideas. Algo similar está ocurriendo en nuestros días. Mi reflexión es la siguiente: desde 1980 en adelante, durante más de 30 años, la televisión monopolizó el proceso de mediación entre la política y la sociedad. Los diarios y la radio en menor medida. Hoy estos medios están fuera de com­bate. Utilizando términos futbo­lísticos: las redes sociales hacen de carrileros; los macrodatos y el microtargeting están haciendo de mediocampo.

Para que se tenga una idea sobre cómo se mueven los jugadores, las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia que manipulan los te­rritorios digitales, veamos algunas cifras: 2,5 cuatrillones de bytes se generan por día en las redes sociales alrededor del mundo; 500 terabytes de información se suben por día en Facebook; Instagram recibe 80 millones de fotos por día y Youtube reproduce 1.000 millones de horas de video a cada 24 horas; por minu­to: se envían 204 millones de mails, se visualizan 10 millones de anun­cios y 4 millones de búsquedas se realizan en Google. Internet mueve 50.000 gigabytes de datos por se­gundo. Y los políticos paraguayos todavía creen que se gana una elec­ción con “3 hurras 3 x 3”, como lo he visto hacer a Enrique Riera (mi amigo, el exministro de Educación) en un video vía redes sociales (que por lo menos saltó del barco justo a tiempo en la semana pasada, para recuperar su dignidad republicana). Pero está el otro lado de la moneda: los ciudadanos, que creen que ellos toman decisiones, cuanto votan sin que las élites económicas, los grupos de interés o los delincuen­tes disfrazados de estadistas, no los manipulen. Error fatal.

Ya decía mi artículo, en esta misma columna, el 2 de setiembre del 2019: ¿Existe democracia en el Paraguay? Luego de leer dos libros el primero de ellos ¨Cómo la democracia llega a su fin¨ de David Runciman de la Universidad de Cambridge, y el se­gundo de ellos ¨Cómo mueren las democracias¨, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, de la Universidad de Harvard – llegué a algunas conclu­siones. La primera, que ¨en la mayo­ría de las democracias funcionales, el pueblo casi siempre se limita al papel de espectador. Asiste a todo, mientras las decisiones políticas son tomadas en su nombre por re­presentantes electos que, después, piden su aprobación en la siguiente elección¨. Es una especie de demo­cracia de platea. Se puede tener una fachada democrática, pero la reali­dad es diferente. Los profesores Le­vitsky y Ziblatt van más lejos. Ellos creen que existen algunas caracte­rísticas individuales que reúnen al­gunos personajes de la vida política, que es necesario identificarlas, para saber cómo andamos en materia de democracia, que los revelan que son autoritarios. La subversión de la democracia ¨dentro de la democra­cia¨, mantiene las apariencias. Pero es posible pillar los sesgos. Los au­toritarios toman decisiones crucia­les por toda una nación, sin querer hablar con las otras partes que com­ponen el escenario político, porque eso exige tener que negociar. La permanente negociación como ca­racterística de la democracia hace de ella un trabajo extenuante. Y todo demócrata debe estar dispues­to a este tipo de jornada. Sin em­bargo, es más fácil manipular a la gente utilizando las redes sociales. La creatividad de los autoritarios es infinita. Y ahora tienen al poder infinito de las redes sociales, los ¨golpes de estado algorítmicos¨ y a la inteligencia artificial de su lado. Y así, no da gusto.

VICTOR RAÚL BENÍTEZ GONZÁLEZ

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