Vándalos

Ahora le tocó el turno a Colombia. Antes había ocurrido en México y en Chile. Los vándalos han destruido una buena parte de Santiago de Chile. Se ensañaron con el sistema de transporte público. Más de dos docenas de estaciones fueron carbonizadas. Esas acciones afectan directamente a los trabajadores más pobres y a las empresas en las que laboran. No pueden llegar a tiempo a sus trabajos. Es verdad que los Estados suelen recoger rápidamente los escombros, pero la indignación contra los vándalos tarda mucho tiempo en disiparse. Mucho más que la humareda de los incendios.
Indirectamente, los vándalos perjudican a toda la sociedad. Los daños infligidos al sector público significan menos servicios de los ya pautados en los presupuestos. Menos comedores escolares. Menos salud y educación. Menos recursos para los pensionados. Menos parques y recreos. Menos inversión. Menos puestos de trabajo. Menos crecimiento. Tal vez, más impuestos para paliar los destrozos. No hay un solo aspecto positivo en el vandalismo, dado que la sociedad suele tomar en cuenta estas actitudes a la hora de las elecciones. Les suelen cobrar en las urnas tanto a las izquierdas suicidas que auspician los desmanes –los Petro de este mundo– como a los gobernantes que no afrontan con firmeza a los vándalos.

Curiosamente, los vándalos originales fueron parte de unas tribus germánicas que entraron en Iberia a principios del siglo V y dejaron su huella genética en Galicia y Andalucía. Los españoles altos, rubios y bien plantados, de ojos azules o verdes, provienen de ese tronco remoto. La fama de destructores es muy posterior. Proviene del saqueo a Roma del año 455, pero no fue hasta el siglo XIII que los escritos eclesiásticos acuñaron la siniestra equivalencia entre los saqueadores y los vándalos. Sin embargo, aquellos vándalos, los originales, actuaban fuera de su territorio. No se les ocurría destruir el entorno propio.

¿Por qué lo hacen estos nuevos vándalos? Evidentemente, porque les gusta quemar y destruir lo que no les pertenece. Hay algo hipnótico y atrayente en el fuego. Por eso la piromanía es un fenómeno universal. El origen puede ser político, pero la mano de obra que se dedica a ello suele estar compuesta por jóvenes que disfrutan el golpe de adrenalina que les recorre el organismo. Son esclavos de los neurotransmisores que controlan nuestra conducta, como estableció muy bien el antropólogo español José Antonio Jáuregui. Especialmente cuando sabemos que el cerebro no madura hasta, aproximadamente, los 25 años de edad.
¿Cómo enfrentarse a estos destructivos ciudadanos? A mi juicio, con mano dura y justa. Tal vez modificando los códigos penales. No basta con solicitarles a las abuelas que castiguen a sus nietos vándalos, como pedía Andrés Manuel López Obrador (AMLO), presidente de México. La sociedad, representada por el Estado, debe hacerlo. ¿Cómo? Acaso responsabilizando a los culpables ante tribunales severos. Si son menores de edad, haciendo que las familias abonen los gastos de la destrucción efectuada por estos canallitas. Creo que algunos pueblos asiáticos tienen medidas de ese tipo que deben imitarse.

Recuerdo el caso de un empresario español, molesto por el grafiti dejado en la fachada de su negocio por un “artista” callejero, averiguó donde vivía el sujeto, fue a su casa y la pintarrajeó con botes de pintura indeleble. El grafitero aprendió la lección y nunca más perjudicó los predios del vengador en cuestión. De paso, la familia, muy disgustada, tuvo que abonar cientos de euros por el costo de repintar su vivienda.

Es muy importante que esas reformas de las penas y castigos se lleven a cabo. Así se evitaría, entre otras anomalías, el ruido de sables que suele terminar muy mal. O las reformas penales las hacen los políticos sensatos, o se las hacen a la fuerza los generales con el beneplácito inicial de las sociedades. Después llega el momento de llorar, pero el origen está en los vándalos y en la pasividad de los gobiernos que los toleran.

POR CARLOS ALBERTO MONTANER

Un comentario en “Vándalos”

  1. La amenaza de la inseguridad en la región

    Luigi Picollo
    ,
    En los países vecinos vemos violentos movimientos masivos que desafían el orden público. Los agresores se infiltran en las manifestaciones populares para incitar a la violencia, tomando como cobertura las concentraciones de personas. Los agentes del orden público no pueden contener a tanta gente y terminan por no hacer nada, dejando libre el escenario para la anarquía. No es viable el uso de la fuerza frente a un gran grupo de ciudadanos donde solo unos pocos delincuentes oportunistas son los que causan daños a los bienes públicos y privados. Nuestro temor es que esta modalidad llegue al Paraguay. La gran caída de la inversión directa extranjera es una muestra concreta que el barrio ya es percibido como un área de alto riesgo.
    Para analizar correctamente el problema, hay que definirlo en forma precisa. Esto no es violencia popular de un segmento desfavorecido, pobre e insatisfecho. Este es el nuevo modus operandi de los movimientos de izquierda, muy bien financiados, coordinados inteligentemente, con estrategias cuidadosamente calculadas, para desestabilizar y hacerse de un espacio de poder. Aquí se copia la estrategia del “terrorismo”, pero quien perpetra está bien mimetizado entre ciudadanos, descontentos, pero de ninguna manera salvajes. El caso concreto es Chile, donde un reducido número de delincuentes muy bien financiados por Venezuela, actuando simultánea y coordinadamente con estrategias militares, han sorprendido al Estado de un país civilizado y próspero. No se trata de movimientos populares, es terrorismo ejecutado desde adentro con fines políticos.

    El verdadero enemigo popular no es el motochorro que actúa por su cuenta, sino el “crimen organizado en el ámbito de ideologías políticas”, por falta de una mejor definición. El botín es el país, mismo que el método sea generar una inestabilidad general y un caos económico. Es una nueva forma de guerra, más sucia, mejor disfrazada, sin consideraciones de daños colaterales. Es infiltración violenta en la sociedad pacífica, aprovechándose de la sicología de masas, donde no hay límites. Es hasta peor que el narcotráfico, porque el narcotráfico busca ser discreto, paga para pasar desapercibido, y su éxito está en permanecer debajo del radar.

    Existen grandes bolsones de pobreza en Argentina, Bolivia, Chile, Brasil, etcétera, y por mejor que le vaya a la economía demorarán décadas para salir de esa penosa situación. Pero la inequidad social no constituye en sí un riesgo. El peligro está en no detectar ahora los “movimientos insurgentes organizados” que quieren usar a esta gente necesitada como fachada de sus verdaderas intenciones. La acción del Estado debe estar centrada en hacer inteligencia de campo; en controlar la historia de quiénes pasan por Migraciones y de qué países vienen y van; en monitorear movimientos en las redes sociales que son usadas para convocar a las masas; en detectar la formación de pandillas (que aún no hay); identificar a caudillos que se disfracen de sindicalistas. Aprovechemos que aún no tenemos la industria del piquete como ocurre en la Argentina.

    No hay mejor solución que el desarrollo social, el crecimiento económico para una mayor producción y distribución de riqueza, y una mejor oferta de educación de calidad para todos. Pero eso es un proceso a largo plazo. Aquí el tema es la amenaza táctica de corto plazo, con líderes muy bien entrenados y con vasta experiencia en manipulación masiva y movimientos de desestabilización. El ejemplo de Chile es una muestra de su ya exitosa y bien ejecutada estrategia.

    No debe haber una mínima duda en aplicar las leyes al inicio del menor disturbio. La Constitución Nacional se defiende, mismo que un juez o fiscal corrupto o cobarde no autorice la acción de la fuerza pública. La autoridad que no se ejerce se pierde. La percepción de poder es el mismo poder. Solo se respeta a la autoridad fuerte.

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