El futuro del modelo chileno

A pesar de los temores de muchos de que Chile dejará de ser un modelo económico para América Latina tras las violentas protestas que dejaron al menos 24 muertos y terminaron con un acuerdo político para redactar una nueva Constitución, existen razones para ser cautelosamente optimistas sobre el futuro del país.
Es cierto que habrá correcciones importantes, y muy necesarias, a la economía de libre mercado del país. Según el nuevo acuerdo político, habrá un referéndum en abril de 2020 sobre si cambiar la Constitución, que probablemente resultará en reformas sociales que la comunidad empresarial chilena ha resistido durante mucho tiempo.

Hasta ahora, muchos líderes empresariales se habían opuesto a mayores subsidios gubernamentales para la salud, la educación y las jubilaciones. Argumentaban que el sistema chileno era, con mucho, el más exitoso en América Latina, y que cambiarlo sería peligroso.

Y, en términos macroeconómicos, tenían razón. Chile ha reducido la pobreza del 40 por ciento de la población hace 30 años al 8,6 por ciento hoy, según cifras oficiales.
Chile también ocupa el primer lugar en América Latina, y el número 44 entre 189 países, en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. El ranking de la ONU cuenta no solo el crecimiento económico, sino también con los estándares de salud y educación.

Y, contrario a lo que dicen muchos críticos, Chile tiene niveles de desigualdad más bajos que varios otros países latinoamericanos. Según el Índice de Gini, que mide la brecha entre ricos y pobres, la desigualdad en Chile cayó de 0,57 a 0,46 entre 1990 y 2015.

Sin embargo, muchos chilenos están descontentos. Han escuchado a varios de sus presidentes citar cifras macroeconómicas que muestran que Chile está a punto de entrar en el primer mundo, y no ven eso reflejado en sus vidas. A muchos chilenos no les ha ido tan bien como a Chile.
El 15 de noviembre, tras varias semanas de disturbios violentos provocados un alza en las tarifas del transporte, los principales partidos políticos del país acordaron realizar el referéndum constitucional de abril de 2020.

El plebiscito preguntará si la gente quiere una nueva Constitución, y si debe ser redactada por ciudadanos comunes o por una combinación de ciudadanos y legisladores. Los redactores de la nueva Constitución serían elegidos en octubre de 2020.

En una entrevista esta semana, le pregunté al ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Teodoro Ribera, sobre las preocupaciones de algunos economistas de que la nueva Constitución ahuyente a los inversionistas y, tal vez, incluso convierta al país en una nueva Venezuela.

“Yo no conozco a nadie de la gente que haya salido a decir por la calle que quiere volver a un sistema socialista, estatista, o un sistema como el que impera en Venezuela”, me dijo Ribera.

Agregó que “lo que las personas quieren es seguir creciendo económicamente, pero tener seguridades en caso de enfermedad, seguridades para la vejez, seguridades en caso de paro”. Son cosas que se pueden lograr, porque Chile tiene una economía que crece, dijo.

Los pesimistas argumentan que no será fácil, porque la economía se desacelerará. Las empresas serán reacias a invertir en el país hasta que quede claro qué dirá la probable nueva Constitución. E incluso después, las empresas podrían no querer invertir en un país que probablemente aumentará los impuestos corporativos y otorgará más poder a los sindicatos, argumentan los escépticos.

Tal vez soy demasiado optimista sobre Chile, pero creo que el país puede restaurar la confianza de los inversionistas por default, o sea por descarte de otras opciones.

Considerando que el próximo gobierno populista de Argentina probablemente empeorará el crecimiento a largo plazo de Argentina, Bolivia está en crisis, Perú está en un punto muerto político y la economía de México sigue cayendo, ¿a qué otro país irían las compañías multinacionales chilenas?

Si la probable nueva Constitución de Chile garantiza libertades económicas básicas, muchos inversionistas podrían seguir considerando a Chile como un oasis de estabilidad. No sé si lo logrará, pero Chile tiene la oportunidad de convertirse en un modelo económico aún mejor, y más justo, de lo que ha sido en los últimos 30 años.

POR ANDRÉS OPPENHEIMER

Un comentario en “El futuro del modelo chileno”

  1. La democracia capitalista, en crisis

    Por Julían de Diego

    Abraham Lincoln decía que se puede mentir a pocos mucho tiempo, se puede mentir a muchos poco tiempo, pero no se puede mentir a todos todo el tiempo, sobre todo si el engaño tiene como destinatarios a los mismos que han sido defraudados.

    Es sin dudas el caso que hoy exhibe Chile, dentro del contexto de un país aristocrático, el modelo económico de éxito en Améri­ca Latina (ingreso per cápita 28,000 dólares anuales para el 2020, según el FMI), donde la pobreza había llegado a 40% y hoy se estima en 8 por ciento.

    Sin embargo, apareció de la nada la insuficiencia del salario, de las jubila­ciones de 240 dólares, y más de 60% de la población con graves carencias en la atención de la salud, en el alto costo de los servicios eléctricos y del transporte, en los precios de los medicamentos, en el acceso a la educación de calidad, en la aspiración a ocupar los puestos de trabajo disponibles de mayor responsabilidad, que se ha traducido en la parálisis de la movilidad social. Lo cierto es que 10% de la población concentra 80% del ingreso, y 90% de los chilenos se reparte 20% restante.

    Chile tiene su símil en los Chalecos Amarillos de la Francia de Macron, en la rebelión de los bolivianos contra Evo Morales, en las protestas de Hong Kong ante el gobierno chi­no, en las crisis de Perú o de Ecuador, en la bomba de tiempo de Brasil, en las protestas de la Puerta del Sol en Madrid, en la vuelta al populismo, a opciones que se refugian en las ideologías de izquierda, en un déjà vu de la era K en Argentina, en el retorno de la mística marxista, irónicamente, en la catástrofe de Venezuela y de Cuba, después de que todas las fórmulas fracasaron.

    La revisión socialista se encuentra en el mal manejo que han tenido los países que disfrutaron del estado de bienestar cuando la economía se hizo más competitiva, cuando la globalización marcó en el mapa los que pueden jugar en las distintas categorías, y quiénes están excluidos.

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