“Cuentos de amor”, de Junichiro Tanizaki

“Usted no está enamorado de mí, sino de una mujer misteriosa, la mujer de un sueño”

“Las historias japonesas no nacen de la nada ni concluyen en la nada, sino que nacen de algo y terminan en algo…


Esta recopilación de once historias de uno de los grandes autores de la modernidad japonesa abarca un cuarto de siglo de producción literaria de lo mejor de Tanizaki. La traducción de Akihiro Yano y Twiggy Hirota es muy buena, por lo menos para mí, que no hablo japonés; pero sí castellano y sé lo que es padecer la lectura de un mal traductor.

El editor, Carlos Rubio, resume muy bien los temas que obsesionaban a Tanizaki: “La fascinación por la belleza destructora, la caprichosa crueldad de la mujer amada, la búsqueda del ideal de la madre perdida y la pasión amorosa transgresora”. Ah, y “la presencia del pie femenino como culto fetiche de varios de sus protagonistas. Combinados, retratan el asunto universal del amor con un dibujo de inquietante perversidad”. Sobre todo perversidad. No te acerques a este libro si estás buscando una lectura romántica al estilo Occidental. Hay amor, pero a lo japonés: fetichismo, engaños, transgresiones, aunque en la exquisita prosa del autor casi casi parece y todo “amor”. El maestro Tanizaki nos conduce con ironía, sensualidad y una dosis de sabiduría a todas las facetas del amor y sus ramificaciones más retorcidas.

Es interesante el ritmo que te impone su lectura: pausado, con calma. También trastoca nuestro esquema lineal “principio-clímax-fin” de la narrativa occidental. “Las historias japonesas no nacen de la nada ni concluyen en la nada, sino que nacen de algo y terminan en algo… Más que acabarse, se detienen”. También es una inmersión a una escritura de mucha visualidad, para lo cual siempre hace uso de personajes que son pintores o de pinturas dentro de la historia.
En el clásico “El tatuaje” tenemos la creación de una belleza cuasi diabólica, maléfica e hipnótica. Una mujer hermosa padece durante horas la creación en su espalda de una araña gigantesca que le confiere poderes de seducción letales. El fetichismo más puro en “Los pies de Fumiko”, exaltación de la belleza del pie desnudo en el ideal japonés. La pureza del amor en “El fulgor de un trapo viejo”, ese amor de los despojados, de los descastados. Un poco de novela negra en la tormentosa señora Orlov y su cabello rojo fuego en “El mechón”, el amor más enfermizo y destructivo en “El caso del baño Yanagi”.
Ya había leído y adorado la belleza simple y profunda de “El segador de cañas”, un triángulo amoroso platónico con sus hermosas referencias a antiguos haikus – “¿Por qué han de ser preferibles las tardes de otoño?”. Pero me sorprendió gratamente la sorpresa del final: “La gata, el amo y sus mujeres”. La relación triangular entre un hombre, indeciso entre dos mujeres –en realidad, entre dos mujeres y una gata– y la obsesión de una de ellas por “recuperarlo”, que se ve casi “recompensada” con el único afecto real que existe en toda esa maraña de relaciones: el de la gata por su nueva ama. Como amante de los gatos que soy, no pude dejar de sentir una reconfortante sensación cuando la vieja Lili duerme ronroneando junto a la solitaria Shinako.

POR OLGA DIOS

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