Nuestros hijos y la tecnología

Las mamás y los papás nos sentimos muchas veces preocupados y hasta presionados por el uso que nuestros hijos hacen de la tecnología. Es un tema complejo con varias aristas. Desde luego, la tecnología está presente en nuestra vida cotidiana de una manera que no podemos ignorar. Y nos ayuda, nos ayuda mucho la mayoría de las veces. Mi hija aprendió sobre la etapa azul de Picasso mirando Youtube y cocinó unos deliciosos bastones de queso azul gracias a Instagram.
Hay muchos expertos que reivindican su uso como una herramienta de aprendizaje y desarrollo, siempre que la exposición de los menores a las pantallas tenga, por supuesto, sus límites y su acompañamiento. Porque después está la otra cara de la tecnología y de las redes sociales, la del ciberacoso, la del sexting, la de la adicción a las pantallas, la que a su vez reduce la interacción de las familias.

Esta semana tuvimos el privilegio de escuchar cara a cara a uno de los principales expertos en neurociencia de Estados Unidos, un catedrático de primer nivel que dedicó su vida a estudiar a fondo las emociones y el aprendizaje socioemocional. Vino a Asunción a compartir sus conocimientos con cientos de docentes, empresarios, psicólogos y formadores de opinión.

Daniel Goleman cuenta que gracias a la tecnología los científicos han obtenido imágenes muy detalladas del cerebro que, al ser proyectadas, permiten identificar las regiones que se activan durante una determinada interacción social. De esta forma es posible desvelar los mecanismos neuronales que participan en distintas situaciones de nuestras vidas: podemos saber lo que ocurre en nuestro cerebro cuando escuchamos la voz de alguien muy querido o cuando tenemos un ataque de ansiedad antes de una prueba académica, por ejemplo.

Pero el gran descubrimiento de la neurociencia es que nuestro cerebro está programado para conectarse con los demás: cuando dos personas se comunican se inicia una suerte de danza emocional, se activan ciertas regiones, se segregan hormonas y se disparan las conexiones neuronales. Se aprenden habilidades sociales.

En este escenario, el tiempo que nuestros hijos pasan mirando pantallas es un tiempo prácticamente perdido en términos de aprendizaje de habilidades sociales, de interacción socioemocional. Entonces, es necesario que los ayudemos a que comprendan la importancia de establecer un balance que proporcione espacio para estas interacciones. A estas alturas sé que muchos padres estarán pensando: la teoría está muy bien, pero en la práctica esto no es para nada fácil. Lo sé porque yo también lo enfrento en el día a día. Pero también sé que la tecnología llegó para quedarse.
Entonces, ¿cómo incorporarlas de una manera provechosa para nuestros hijos y nuestras familias? Anya Kamenetz, una periodista experta en educación, escribió un libro sobre cómo las familias pueden crear un balance entre los medios digitales y la vida real. Ella propone que en lugar de poner toda la energía en las restricciones de tiempo, los padres deberían acompañar y ayudar a los hijos a decidir lo que quieren hacer, adoptando un rol creativo. “Debemos demostrar una actitud positiva. Eso significa usar juntos las pantallas para conectar con otros (como videoconferencias con familiares que están lejos, o para que la abuela pueda ver el partido de fútbol de su nieto), para crear, explorar nuevas ideas, divertirse o ver videos en Youtube para mejorar su técnica deportiva, por ejemplo. También significa equilibrar ese uso con el tiempo que se pasa cara a cara con alguien, al aire libre, en comidas familiares, leyendo (…). Hay un tiempo y un lugar para todo. No tiene que ser una cosa o la otra”.

Te invito a que lo pongamos en práctica juntos. Estoy segura de que nos vamos a sorprender gratamente.

Estamos en una época en la cual no podemos vivir de espaldas a la tecnología. Y a su constante y rápido avance. Mas para que su utilización no nos aliene alejándonos del ser humano que somos, preciso es que aprendamos a convivir con ella para enriquecer y profundizar aún más nuestra humanidad.

por Gabriela Teasdale

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