“Astrid y Veronika”, de Linda Olsson

“Mantenía el pasado a raya. No había futuro, y el presente era un vacío en calma donde existía físicamente, pero sin presencia emocional… Durante mucho tiempo había navegado a la deriva en aguas estancadas, aguardando pacientemente la resaca final. Y ahora esto: una leve ondulación de la superficie”.


Una amistad poco común entre dos mujeres muy dife­rentes. Una amistad que se gesta, como las fresas silves­tres del jardín de Astrid, en el invierno, para culminar en la primavera.

Veronika es una escritora de 31 años que vuelve a Suecia después de haber pasado un tiempo en Nueva Zelanda, donde sufrió una pérdida trágica. Alquila una casita en un pueblo pequeño, cercano a un bosque en el interior de Sue­cia, el lugar ideal para la soledad, el aislamiento que busca, porque cualquier contacto le duele en carne viva. Veronika ha viajado por casi todo el mundo, pero ahora solo tolera la reclusión. Nada puede tener en común con su única vecina: Astrid, de 80 y algo de años, que nunca ha salido del pue­blo, donde es conocida como “la bruja”. No solo el paisaje es gris e invernal, la narración adopta esa sensación, que se presta para el carácter intimista y melancólico necesario para contar las dolorosas vidas de estas mujeres.
Por la ley de la atracción, “la tristeza ama la com­pañía”, aún sin saberlo, se intuyen, y empiezan a hablar, a pasar tiempo jun­tas, recorriendo esos bos­ques que esconden el dolor de Astrid y arropan el de Veronika.
Astrid ha sufrido la falta de libertad de las mujeres de su generación. Una madre desaparecida en circunstancias extrañas, un padre abusador, que la marca desde niña y luego, pretendiendo asegurar su futuro la obliga a casarse con un hombre básico y cruel, que pasa a ser dueño exclusivo de la casa, la granja y todo lo que Astrid ha conocido en su vida como hogar. Después de 70 años de una vida misera­ble, en la que hasta ha sufrido la pérdida de su hija infante, ese hombre yace semiconsciente en un asilo esperando la muerte. Esa muerte que le devolverá a la anciana la propie­dad de lo que siempre fue suyo, de lo único que conoció. Los derechos sobre su casa y su propia vida.

Veronika, por su parte, ha tenido la vida de una mujer nacida a mediados de los 70 en un país como Suecia, con toda la libertad de elegir su destino, su carrera, su pareja y su domi­cilio. Tiene una relación distante con su madre; pero la que lleva con su padre ha sido siempre excelente. Por la carrera de él recorrieron medio mundo juntos, y luego de hacerse adulta, ella sigue viajando sola, hasta que conoce ese amor con mayúsculas que marca una vida entera, y esto la lleva a vivir en Nueva Zelanda, una temporada idílica que se corta abruptamente con una inesperada y dolorosísima pérdida.

Pero tienen que contarse esos secretos: cada una es la caja de resonancia que la otra necesita para ponerlos en voz alta y expurgarlos. Para sobrevivirlos y liberarse. Es esa empá­tica comparación entre dos vidas tan diferentes; admitiendo que el dolor no es ajeno a ninguna, y que crea vínculos que cambian nuestra existencia, lo convierten a esta novelita en un sublime canto a la amistad.

por Olga Dios

 

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