¿Cómo se forma un recuerdo?

Entender cómo memorizamos todo lo que aprendemos, vivimos o nos sucede, es algo que realmente puede llegar a ser complejo. El desentrañar el mecanismo de almacenamiento de los datos en el cerebro es uno de los desafíos constantes de las neurociencias, a tal punto de nunca aún terminarse de escribir las investigaciones en cuanto a memoria podamos seguir desentrañando. Hay mucho que descubrir y aprender. Y es que la importancia de la memoria es tal que no seríamos nada si no la tuviésemos: no podríamos ejecutar actos aprendidos, no tendríamos vida de relación al no saber quién es quién en el entorno, y no podríamos siquiera saber quiénes somos por nuestro pasado o presente. Y a la par de esa importancia, es tan poca la atención que le damos a la propia memoria que solo la recordamos (vaya paradoja) cuando olvidamos algo y queremos evocarlo. Increíble, pero cierto.

El cerebro se halla conectado en sus miles de millones de unidades funcionales (las neuronas) por casi infinitas conexiones entre ellas, transmitiendo en forma de impulsos eléctricos la conectividad entre las mismas. Esa capacidad de transmitir impulsos nerviosos es la que precisamente dota al tejido nervioso de una asombrosa propiedad de remodelación constante de su propia arquitectura, construyendo rutas de conexión entre estas células de manera constante, en un proceso dinámico que conocemos con el nombre de plasticidad neural. O sea, la variación constante de la microanatomía neuronal por puentes que se tienden constantemente entre neuronas para pasar nuevos impulsos. Esta es la base del aprendizaje: formar nuevos puentes neuronales armando circuitos en determinadas partes del cerebro, donde cada circuito formado engloba algo que aprendimos, desde el mecanismo de la suma hasta la letra del último tema de nuestro grupo favorito. De esta manera, el cerebro puede relacionarse con el mundo, aprendiendo, cargando información, relacionándose, comportándose de acuerdo a lo que va formando dentro de sí mismo. Aprendiendo.
Para entender cómo almacenamos la información en el cerebro, tenemos que entender primeramente que la información se recibe como estímulos externos que ingresan por los sentidos y deben ser codificados a un lenguaje “eléctrico” para poder ser transmitido de neurona a neurona. Estas transmiten la información ya codificada (por ejemplo una imagen o un sonido) a zonas específicas del cerebro para cada estímulo recibido, las cuales se hallan conectadas entre sí por regiones llamadas “de asociación” o “asociativas”, donde se combinan diferentes tipos de estímulos (por ejemplo la taza de café con el aroma que se percibe y los recuerdos que evocan almacenados en la memoria de aquellos desayunos antes de ir a la escuela). El conjunto de esos estímulos decodificados y asociados son experimentados como un todo y eso es lo que conocemos como recuerdo. Como estos circuitos que conducen los estímulos atraviesan varias zonas del cerebro, van agregando detalles al recuerdo que luego será completamente evocado al nivel consciente. De hecho, si los detalles se almacenan en zonas correspondientes a los diferentes tipos de memoria que tenemos (por ejemplo, la memoria de quiénes somos o autobiográfica, o la memoria procedimental o de procedimientos motores aprendidos como andar en bicicleta o desatornillar un tornillo) enriquecen a lo evocado con esos detalles: si recordamos la taza de café veremos que si humea recordaremos que nos podemos quemar la lengua o los dedos por la memoria de experiencias anteriores y sabremos cómo agarrar la taza de café para no hacerlo, lo cual está guardado en nuestra memoria procedimental. Otras zonas permiten darle valor emocional a la información para almacenarla de esa manera, o darle un valor simbólico cuando se las relaciona con zonas del lenguaje.

Cada recuerdo posee un patrón propio de actividad neural, es decir, una activación de un circuito neuronal específico, cuya activación puede durar, a lo sumo, minutos. Esto visto de esta manera implicaría que un recuerdo se nos olvidaría rápidamente. Sin embargo, hoy sabemos que la posibilidad que tienen las neuronas de formar sinapsis o conexiones entre sí pueden reforzarse continuamente con estímulos que recorran ese circuito permanentemente, lo que llamamos potenciación a largo plazo, y lo que los docentes de aula conocen comúnmente como “repaso”: cualquier conocimiento adquirido si no es reforzado mediante la repetición y la evocación, a más de darle connotación emocional, simbólica y de relación con otras informaciones, se pierde. Esa es la base del aprendizaje: la construcción de una memoria basada en la interacción de diferentes circuitos neuronales que puedan alimentarse entre sí y poder trabajar en conjunto cada vez que son evocados. Las experiencias recibidas desde los sentidos modifican la eficacia de las sinapsis entre las neuronas y en función del grado de activación durante el aprendizaje, las uniones entre determinadas neuronas se fortalecen, otras se debilitan y, en otros casos, surgen nuevos contactos sinápticos.
Los cambios sinápticos se graban en la red neural y esto es lo que conocemos como experiencia. Las redes neurales se modifican con la experiencia y lo aprendido se tiende a estabilizar en cuanto las conexiones neuronales con el correr del tiempo en un proceso de consolidación de la memoria: lo nuevo se ha aprendido y enriquecido con la experiencia. Pero esta fijación es lábil, sensible a otros rastros que podrían fijarse a las mismas sinapsis para formar con ellas otras redes al conectarse con otros circuitos. Y puede perderse si el proceso se interrumpe o se pierde antes de consolidarse, como sucede por ejemplo en las personas que sufren un trauma de cráneo importante, presentando la llamada amnesia retrógrada, en la que la persona no puede recordar lo sucedido antes del golpe. En el período de consolidación se refuerzan las sinapsis y se activan nuevas sinapsis que sirven como señales indicadoras que permiten reactivar el circuito inicial cuando se intenta evocar el recuerdo.

Esta es solo una parte del complejo, pero apasionante mecanismo de la memoria. Así formamos los recuerdos. Así estamos DE LA CABEZA.

Por Dr. Miguel Ángel Velázquez

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