“El último día de Terranova”, de Manuel Rivas

La vida de Vicenzo Fontana giró siempre alrededor de Terranova, la mítica librería de sus padres en La Coruña. Se fue una vez, de joven, para volver en los setenta con una chica argentina que conoció en Madrid. Una chica con mil nombres y ninguno, tantos que solo le creemos el apodo de la infancia “Garúa”, como el tango. Ella huye de la Triple A y la dictadura, pero no puede huir de su juventud y sus ganas de resistir. Garúa, como la lluvia finita que le da nombre, se escapa de entre las manos y su existencia será un misterio.


Pero Terranova es el verdadero foco de resistencia en esta historia, quizás más discreto, pero mucho más constante que un movimiento político o incluso que un régimen. Durante décadas, allí se deshacen valijas mágicas donde van escondidos libros prohibidos en España, libros editados en México, en Argentina, ediciones preciosas y objeto de un tráfico de mano en mano, iluminando mentes, encendiendo fueguitos, alimentando esperanzas. Amaro y Comba, los padres de Fontana, y su tío Eliseo, se autodenominan con orgullo “contrabandistas de cultura”.

“Estoy de pie frente al mar y tengo miedo a girarme, a darles la espalda, y que todo desaparezca para siempre. También ellos. Que cuando me vuelva, solo encuentre un inmenso vacío partido por la Línea del Horizonte, una línea fósil, sin recuerdos que se muevan en ella como ahora lo hace Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas. Que de pronto se encienda de día la linterna del Faro y un destello de luz negra, humeante, recorra la ciudad y enfoque acusador la fachada de Terranova y el letrero del escaparate en el que escribí: LIQUIDACIÓN FINAL DE EXISTENCIAS POR CIERRE INMINENTE”.

Pero a lo único que no puede resistir Terranova es a la implacable voracidad de los especuladores inmobiliarios. Es el año 2014, y tras sesenta años de resistencia, corre peligro de entrar en liquidación. Fontana no es más que eso “un antiguo librero que está por ser desahuciado”, símbolo brutal de los tiempos que corren, de su codicia y su desinterés por la cultura. A partir de ello, el autor reflexiona sobre el presente y el pasado, sobre los libros, sobre las dictaduras que creímos extintas; pero, sutilmente, permanecen a través de los antivalores que nos dejaron.

Pero quizás no todo está perdido, porque en una vieja librería también se acumulan secretos, en los cuales puede estar su salvación. Todavía nos falta entrar a uno de esos santuarios y encontrarnos con un viejo librero, o uno sorprendentemente joven, que te recomienda un libro y te regala un pasaporte a mundos insospechados. O te habla de los clásicos como de parientes cercanos, libreros como Amaro, el padre de Vicenzo, que usaba como santo y seña para los libros prohibidos una frase: “Trece perales, diez manzanos, cuarenta higueras y cincuenta vides”. Los árboles de la huerta de Ulises en Ítaca, el detalle que preserva en su memoria… “la llave, para que lo reconozcan. Porque es Laertes, el padre, ciego, el que cuando oye el nombre y el número de árboles sabe que quien habla no es un impostor. Es la inconfundible boca de la tierra la que al fin habla. Lo que él le había enseñado de niño yendo solos por la huerta.”

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