Tratarnos bien y mejorar, una cuestión pendiente

En Paraguay no luchamos como se debe contra la informalidad, todavía vivimos en un gran desorden que nos es característico. El vocabulario empresarial provee palabras de moda como fortaleza, impecabilidad, excelencia, responsabilidad con los demás, pero en general y en la realidad distamos mucho de ello.
En todo ámbito, nos cuesta hacer bien las cosas, desde los actos más pequeños y cotidianos hasta los que requieren técnica y compromiso. El ciudadano común que intenta ser amable, limpio, educado, tiene todo en contra, siempre hay otro que se adelanta, otro que consigue lo que él merecía por preparación, corrección y honradez.

Miraba un video en el que un médico argentino explicaba un estudio que hicieron en EE.UU. sobre el contenido lingüístico de los tweets, específicamente sobre el modo de tratarse de la gente, y, resumidamente, decía que en los países donde usan palabras descargadas de ira, desprecio o maldad la tasa de mortalidad es menor y, lo contrario, donde más mal se tratan, la gente muere más. Muy creíble y didáctico, porque efectivamente lo bien hecho, el buen trato prolonga benéficamente la vida. A nosotros nos cuesta sobre todo cumplir las reglas tácitas, con más razón las que “no tienen pago en efectivo”, en la calle y en las redes hay falta de educación, a veces hay que saber dejar pasar ciertas cosas en pos de la paz y la fluidez.

No obstante, pensar en un mundo demasiado amable, lleno de buenos, positivos y correctos también es una utopía de la que se sirven terapias de moda, cuyos resultados adormecen al individuo antes que provocarle un cambio de actitud consciente.

Tenemos mucho trabajo sobre nosotros mismos desde lo personal, familiar y social. Hay que ver por qué hay gente que es muy buena en persona, pero en las redes se transforma, o gente que en su casa tiene mala relación con su familia, pero afuera es un ser simpático, sociable y educado.

Hacer las cosas es hacerlas bien, atemperar nuestro carácter, trabajarnos.

Por supuesto no somos ajenos al entorno, ¿mejoran los sistemas de gobierno la vida de la gente? Pues sí, pero las últimas generaciones no lo hemos experimentado, seguimos zafando con el “así nomás”, cada día peleas en la calle, violencia en la familia, maltrato a los niños, animales y toda la naturaleza. Somos una sociedad que se aferra a sus defectos y eso no nos conviene. Los recursos económicos que tienen algunos les proporcionan buenos colegios, trabajos seguros, mas no garantizan calidad ni educación.

Por otro lado, a nivel común, perdemos valores que caracterizaban a nuestra sociedad, hoy la vida agitada nos hace desconfiar de todos, tener poca paciencia, estar apurados, tratar a la ligera o de manera descortés.

No sabemos cuál sería nuestra expectativa de vida por buenos tratos y por hacer las cosas bien, pero podemos hacer pequeños autoexámenes de conciencia e improvisar alguna amabilidad. Probar una frase amable con quien menos nos simpatiza o contenernos en un momento de ira, cuesta horrores, pero las mejores medicinas suelen ser amargas. Buena gente, por supuesto que hay, pero no es la que más justicia tiene.

“La amabilidad es como una almohadilla que, aunque no tenga nada por dentro, al menos amortigua los embates de la vida” (A. Schopenhauer).

Por Lourdes Peralta

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