Los malditos violentos del fútbol

Los muchachos compraron el asado y aprovecharon los descuentos para la cerveza.

Una final Boca-River de la Libertadores no se da a menudo, y menos dos.

Un clásico monumental, gigantesco, en un país que hizo de los estadios de fútbol casi santuarios.

Pero sin dudas este superclásico quedará para la historia. La lluvia obligó a suspender el primer partido. Resignados hinchas volvieron al otro día a la cancha para una fiesta de nivel mundial. Cientos. Miles. Muchos dijeron que el estadio retumbaba con cada cántico, con cada baile al punto de sentir un pequeño terremoto.

Después del 2 a 2 de la primera vuelta en La Bombonera subieron las apuestas… y la adrenalina. La expectativa fue brutal.

Pero las cosas se descontrolaron.

Cuando el bus de Boca llegaba a la cancha, un grupo de hinchas lo atacó, la Policía intervino y varios jugadores resultaron heridos. A partir de allí todo fue creciendo. Las imágenes caseras de los fanáticos apedreando el colectivo saltaron de teléfono en teléfono, de red en red. De país en país.

El contexto puso a Argentina ante los ojos del mundo. El país de Maradona, Messi, el papa Francisco o Jorge Luis Borges estaba ante la vergüenza de un hecho lamentable. Las imágenes dieron la vuelta al globo y fue el comentario donde quiera que sea.

Pero la violencia en el fútbol no es nueva. No sucede solo en Argentina, ni allí es más grave que en el resto del continente.

Para no ir lejos, solo basta salir a la calle un domingo de fútbol. Entre sortear peajeros pidiendo mil para su entrada, los adictos asaltando y la Policía persiguiendo a las barras por las calles eludiendo baches en el medio, muchos prefieren resignar la fiesta.

La violencia es incontrolable y empaña el juego donde sea. Ya se dijo de todo y se probó de todo. Pero nada parece ponerle freno a este arrebato de fanatismo asesino que te pone una pistola en la cabeza como si fuera una ruleta rusa.

Pero la culpa no la tiene el fútbol. La tienen los que dirigen al fútbol mundial, que ganan millones de dólares con la ilusión y las emociones de los hinchas, pero ignoran la seguridad de sus clientes. La tienen las autoridades y sus deficientes sistemas antidisturbios sobrepasados por violentos delincuentes que encuentran en la fiesta una excusa para desatar el caos de sus propias vidas.

El resto va más allá. La pasión nos mueve, pero la violencia nos detiene. No debería ser así. La magia del fútbol no merece esto… nosotros tampoco. Queremos gritar, cantar y bailar sin temor a que nos maten… y, al final del día, disfrutar de la victoria del club que amamos o dormir cansados de tanto alentar.

por Mariano Nin

 

Un comentario en “Los malditos violentos del fútbol”

  1. Cómo derrotar a la violencia

    Por Guillermo Ramírez

    Desde hace una semana que uno de los temas principales de conversación en todo el mundo es lo que ocurrió con el partido de vuelta de la final de la Copa Libertadores, esa que los medios de prensa, envueltos en el manto de la inocencia fingida, decidieron apodar “La final del mundo”.

    Al final no hubo final porque un grupo de personas decidió que arrojar piedras y botellas a un bus repleto de gente era una buena idea. Que se juega, que no se juega y hoy sabemos que la segunda final de la Libertadores de América se juega en Europa, ese continente del cual nos liberamos en un primer momento. Aprovecho este espacio para levantar mi copa de champaña y brindar por la bella factura de una de las mejores ironías de la historia.

    Volviendo a la suspensión del partido, la prensa en general decidió, como siempre, hablar de la violencia como una excepción dentro del universo que rodea al fútbol cuando en realidad creo que es momento de que hablemos de ella como la norma, la excepción son los partidos en los cuales no hay heridos o incluso muertos. Que el problema son las barras organizadas; no, que son los dirigentes que hacen negocios con esos barras; no, que el problema son las fuerzas del orden que no ordenan y que, encima, terminan desordenando; no, el problema es la sociedad entera, que está podrida y esto es solo un reflejo.

    Las teorías corrieron de aquí para allá en los programas deportivos, que se encargaron de analizar la superficie de la situación, e inclusive en programas de análisis político o social, en donde se intentó escarbar un poco más, pero las respuestas seguían flotando apenas por debajo de lo epidérmico.

    A ver, que todo lo expuesto arriba es cierto, pero para que ello ocurra se necesita de un sistema que permita, primero, la existencia de los barrabravas, que permita que estos formen parte de la estructura de gobernanza de un club social, que permita la inoperancia de las autoridades. Hilando más fino aún, lo único que tenemos que analizar es por qué tenemos barras, porque una barra organizada obtiene dinero, cómo lo obtiene es para otro análisis, y con dinero puede comprar todos los otros puntos. Lo que tenemos que analizar, y no se analiza como se debe en los medios masivos de comunicación, es que el sistema que permitió que le lluevan piedras al bus de Boca Juniors existe gracias a la desigualdad social.

    La desigualdad social es una circunstancia socioeconómica en la que un colectivo o comunidad son tratados de manera diferente por los demás sujetos o grupos de su entorno. Una de las manifestaciones más comunes de la desigualdad es la de acceso a educación y salud, dos componentes básicos para el desarrollo social pleno de una persona. Hay una relación de dependencia muy grande entre la desigualdad en el acceso a salud y educación de calidad y el surgimiento de grupos violentos, como los barrabravas.

    Son chicos que desde muy chicos quedaron “fuera del sistema”, sin acceso a una nutrición temprana adecuada, sin acceso a una educación básica de calidad, y por ello, cuando crecen, no tienen las herramienta necesarias para competir por puestos de trabajo que les permitan mejorar su calidad de vida. El lado obscuro del mundo fútbol recluta a estos chicos abandonados por “el sistema”, vacíos de cualquier propósito, y los llena de la retórica violenta de la identidad tribal que los caracteriza, nosotros versus todos los demás.

    Son estos chicos abandonados por el Estado, en su forma de red de contención para evitar la caída en el infortunio, los que, llevando a la praxis la teoría de la defensa territorial, los que arrojan piedras, rompen barandas, pegan, disparan, matan. Porque la violencia es la expresión de la rabia contenida por saberse unos parias, por reconocerse como los excluidos por todos.

    Y a estos chicos no los vamos a recuperar con pasos por la comisaría o la cárcel, no los vamos a reformar con castigos ni con humillaciones. Los vamos a poder reincorporar cuando les devolvamos la dignidad de ser humanos desde la inclusión a nuestros sistemas, que necesitan ser más eficientes y modernos para poder contenerlos.

    A la violencia, sea la de los barras o la de los guerrilleros no la vamos a derrotar con más violencia, sino con la dignidad de sentirse parte de una sociedad que los quiere y necesita.

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