La Navidad que permanece

Los seres humanos no somos “espejos” de la realidad, sino que la interpretamos, le damos nuestra perspectiva. Si lo fuéramos, toda la realidad sería vista como idéntica por todos. Pero no es así. Nuestra libertad es tal que permite esa mirada hacia las cosas, unos ven una realidad, otros otra. El “filtro” de nuestra experiencia tiñe las cosas. De ahí que pretender una suerte de neutralidad en donde todo se pueda conocer de una vez para siempre –el gran sueño del racionalismo ilustrado– es una ilusión. Como asimismo es una quimera ese anhelo a veces insoportable de algunos cristianos que critican a otros que no ven lo que para ellos les parece obvio.

Es que los seres humanos no somos meros “espejos” de la realidad.

Por eso, nuestra perspectiva sobre la realidad, sobre el mundo y sobre Dios exige que alguien aclare, explique y, por sobre todo, se presente como testigo. Y ese alguien es un ser humano con un modo propio, el modo de ser persona, con un mundo interior y una subjetividad donde se experimenta y se es consciente de lo que se vive. Esa es la perspectiva cristiana, una experiencia vivencial y concreta, de lo que testimoniamos de las cosas.

Por eso es propio afirmar que, si no somos “espejos”, sí somos “testigos”, testigos que vemos los que otros no ven. Pero esa posibilidad de “ver” en la realidad los signos del Misterio, no es fruto de un presunto talento, superioridad o capacidad inusitada, sino un regalo, una Gracia. Esa es la fe, que viene de lo Alto y mueve nuestra persona. Ese es, creo, el significado de la Navidad que permanece. La realidad de Dios que misteriosamente mueve la experiencia de la persona y muestra los vestigios, de manera discreta, de la presencia de Dios.

Más de un lector, seguramente, se sonreirá incrédulo ante semejantes afirmaciones. O invocará alguna objeción burlona. Y no dejará de tener razón si, además, se arriesga en sostener que ese Dios cristiano está silencioso. Cruel silencio, frente al sufrimiento gratuito de los inocentes. No hay vuelta de hoja que darle: el mal y la miseria morales que nos rodea y nos agobia, hace incomprensible y hasta inmoral una afirmación de su existencia. ¿Creer en la felicidad dada por un Dios impasible?

Pero el dato del Misterio aunque esté ahí, no se refleja en todos, no es automático. Insisto, no somos meros espejos. Somos personas que deben querer, deben desear. La creencia en el absoluto empieza, después de todo, en el asombro como lo advertía Aristóteles. Es que la voz de Dios, no es evidente, no se “oye” como si fuéramos un eco mecánico que reflejamos su existencia. Solo se nota su presencia en la apertura del corazón de nuestra persona hacia la realidad, apertura que nos provoca a “interpretar” las cosas con una nueva luz, la de la fe.

Yo creo que ese es el prejuicio del cual no puede deshacerse nuestro mundo actual: el pretender que sea Dios el que se deba hacer evidente a sí mismo para que uno lo crea. Y así, la Navidad no permanece. Es una excusa. Nuestra alegría de recibir al Dios que se hace hombre y nos salva de la muerte, entonces, se ignora o no se comprende, y el momento se torna en excusa para tomarnos unas vacaciones playeras o beber hasta el cansancio o ir a un viaje “merecido”. Total, la vida es breve y entonces, ¿por qué esperar?

Pero el punto es, en cambio, uno mismo, nuestro yo, el que debe abrirse al misterio para que la realidad del mismo se nos revele. Por eso la Navidad permanece. Y sorprende. Pero exige que, como personas, abramos los ojos a su realidad. Así como, justificadamente, con una exclamación de gozo inmenso, sorprendió al anciano Simeón que esperaba la noticia del Salvador por años y sintió que podía morir con alegría y en paz al ver su cumplimiento, pues la promesa del Salvador para todos los hombres se había consumado (Lc. 2.29).

Se nos olvida que nuestra vida, como pedía nostálgicamente el gran Unamuno, solo se colma con regalos; algo que viene de sorpresa y estamos dispuestos a abrir los ojos. ¡Y esa es la Presencia de la Navidad!

Por Mario Ramos-Reyes

Un comentario en “La Navidad que permanece”

  1. Un nacimiento extraordinario

    Por Emilio Agüero Esgaib
    El apologista Josh Mc. Dowell se planteó lo siguiente: “Si Dios se hiciera hombre, entonces ¿cómo esperaríamos que fuese?”. Y dio nueve características: 1) Aparecería en la tierra de manera inesperada, extraordinaria e inimaginable; 2) No tendría pecado, sería perfecto; 3) Haría milagros demostrando su autoridad sobre las leyes de la naturaleza; 4) Hablaría palabras que todos entendieran y serían profundas llenas de sabiduría; 5) Tendría una influencia permanente y universal; 6) Sería de un carácter notoriamente distinto a todos; 7) Satisfaría el hambre espiritual de la humanidad; 8) Ejercería poder sobre la muerte;9) Marcaría la historia de la humanidad.

    Y cada una de estas características la cumplió Jesús: “El nacimiento virginal (ser concebido sin la participación de un hombre es una manera desacostumbrada de aparecer en la tierra), pero no solo eso. Apareció de manera inimaginable para un Dios todopoderoso y eterno. En humildad: antes de Jesús, casi ningún autor pagano utilizó la palabra “humilde” como cumplido.

    Sin embargo, los evangelios relatan el nacimiento de un Rey y Dios en un pesebre, en la más absoluta pobreza y austeridad, perseguido y desterrado, entre animales y pastores, con una pareja de adolescentes temerosos como padres, sin dinero y lejos de su tierra y parentela. Parece que Dios buscó las circunstancias más humillantes posibles para su entrada en la Tierra, de manera que nadie lo pudiera acusar de favoritismo.

    Dios visitó nuestro mundo en la persona de un bebe indefenso y en la pobreza de un hediondo establo: “Comenzó en un pesebre y acabó en una cruz y en toda su vida no encontró dónde recostar su cabeza”. Como dijo John Stott: “Si no fuese por la cruz, no creería en Dios. No podría concebir un Dios que no se identifique con el dolor de la gente en un mundo tan duro”.

    Cuando el misionero jesuita Mateo Ricci fue a China en el siglo XVI, se llevó ejemplares de arte religioso para ilustrar y enseñar a los chinos sobre el cristianismo. Los chinos acogieron de inmediato a la Virgen María, pero cuando les mostró los cuadros de un Jesús crucificado, desnudo y azotado, y trató de explicarles que ese era Dios, el auditorio reaccionó con repugnancia y horror. A esto se refiere cuando hablamos de un Dios que entra de manera inimaginable y desacostumbrada a la historia de la humanidad.

    En el evangelio de Lucas, capítulo dos, vemos que José, al ver que inminentemente daría a luz María, busco un mesón para alojarla, pero por el empadronamiento posiblemente estaba todo abarrotado de gente y terminaron dando a luz en un establo. Acá podemos ver metafóricamente cómo trataría la humanidad a su salvador; no tendrían lugar para él. No seas como el mesón que no tenía lugar para Cristo. Recíbelo en tu corazón y que nazca hoy en él.

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