El cerebro no es solo materia

“El cerebro no es solo materia, ya que es capaz de generar espiritualidad, un concepto más amplio que el de religión. La espiritualidad es una facultad mental más, como la inteligencia o el lenguaje, una proyección de lo que genera el cerebro, que puede o no conducir a la religión”. Con estas palabras comienzan recientes declaraciones del famoso investigador neurólogo, Dr. Francisco Rubia, vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias.


Significa, continúa diciendo, que el cerebro, compuesto de materia consistente en células nerviosas, sus conexiones y las sustancias químicas que actúan como neurotransmisores, ese cerebro también es “espíritu” capaz de generar espiritualidad.

Cuando hablamos de espiritualidad la solemos asociar a la religión o a la religiosidad, pero esto es solo en parte correcto, pues si es cierto que no se concibe la religión sin espiritualidad, sí se concibe, y de hecho existe, espiritualidad sin religión, como lo muestran las que se han llamado “corrientes filosóficas”, como el budismo, el jainismo, el sintoísmo, el taoísmo, el confucianismo y algunos formas de hinduismo, que no tienen dioses y que, por tanto, no se consideran religiones.

Francisco Rubia extiende y profundiza su análisis hasta llegar a la conclusión de que en realidad la neurología de nuestro cerebro no puede investigarse como si se tratara de una pieza o un órgano pura y exclusivamente material, puesto que tiene productos espirituales; eso sería seguir manteniendo el clásico dualismo materia y espíritu en el ser humano, que tantos problemas y dificultades nos crea para poder comprendernos. Formamos una unidad totalmente integrada. Por eso Rubia propone un nuevo planteamiento, comprender al ser humano desde la “espiriteria”, una palabra (un neologismo), que él crea al unir las palabras espíritu y materia refiriéndose a la misma realidad.

La palabra “espiriteria” es nueva, pero la idea referida a la realidad existente en los seres que tenemos dimensión espiritual no es nueva. No solo esas filosofías orientales recién citadas, sino la comprensión de los místicos cristianos, ya desde San Pablo, es una convicción mantenida durante siglos.

Él mismo Dr. Rubia alude al gran místico moderno francés, Pierre Teilhard de Chardin, quien además de haber expresado su convicción de la unidad espíritu-materia en el ser humano en distintos libros suyos, lo cita porque Chardin ha sido y sigue siendo reconocido como uno de los grandes científicos del siglo XX. En su libro “El corazón de la materia”, tras un análisis profundo con rigor científico sobre la materia se atrevió a escribir que en el Universo no existe ni el Espíritu ni la Materia, existe el Espíritu-Materia.

Lógicamente en esta columna de opinión no voy a tratar de debatir sobre esta interesante propuesta de ambos científicos, solamente recojo el tema porque las declaraciones del Dr. Rubia son verdaderamente importantes para quienes tenemos el compromiso de comprender a todo el ser humano, para poder asumir con responsabilidad la vocación de educadores profesionales.

Los educadores tenemos la obligación de conocer qué es, cómo es todo ser humano, que lleva consigo ayudar a desarrollar todas las potencialidades del cerebro humano de esos niños, niñas, adolescentes y jóvenes que los padres confían a nuestra profesión.

Las investigaciones científicas que nos demuestran qué es el cerebro humano, cuáles son sus funciones biológicas, psicológicas, sociales, espirituales, etc. nos obligan a precisar cómo nos entendemos a nosotros mismos, cómo nos desarrollamos y, desde luego, cómo enseñamos y educamos a nuestros educandos.

Si como dice el Dr. Rubia, “el cerebro también es espíritu, capaz de generar espiritualidad” ¿por qué nuestros planes de educación, nuestros diseños curriculares no programan la educación y el desarrollo de la dimensión y potencialidad espiritual del ser humano?

Lo que ahora nos dicen los neurólogos sobre la potencialidad espiritual del ser humano, ha sido dicho desde hace veintitantos siglos por muchos pensadores, sabios y místicos de oriente y occidente, lo ha recogido la historia de la antropología, la historia de las culturas, la arqueología, el arte, la historia de las religiones, etc. ¿Por qué la educación formal se resiste a educar a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes en todas sus potencialidades, excluyendo su potencial espiritual? ¿Cuál es la ventaja? ¿No será que el desarrollo de la espiritualidad nos hará más humanos?

Por Jesús Montero Tirado

 

7 comentarios en “El cerebro no es solo materia”

  1. Cuando la vista nos traiciona

    Dr. Miguel Ángel Velázquez

    Muchas veces nuestro cerebro no ve lo que tenemos enfrente. Y no son los ojos los que nos engañan, sino el propio cerebro en su afán de presentar algo que sea coherente y razonable. Es como que el cerebro quisiera construir, usando las imágenes obtenidas por la vista, un libreto con significado, para lo cual directamente “borra” o elimina lo que no encaja en el libreto, pese a ser parte de la realidad. Esto explica muchas de las cosas que suceden en la Neuromátrix (concepto que explico en mi libro “Cerebra la vida” y del que ya hablé en otras entregas de esta columna), probablemente les explique a ustedes mucho más lo que suelo querer significar cuando digo que cada persona construye su propia realidad cerebral y que probablemente la realidad que creemos real no sea tal para todos. Complejo aún, ¿verdad?

    Busquen alguna de las imágenes que muestran esos juegos infantiles de “encuentre las siete diferencias” y vean que sucede. Al principio, el cerebro procesa ambas imágenes como idénticas, pero en realidad debe trabajar un poco para encontrar las siete diferencias, y darse cuenta de que no es tal y como las procesó al principio. De esta manera, construye lo que llamamos un relato coherente.

    También es de destacar que al cerebro no le gusta el vacío. El cerebro tiene una gran capacidad de crear realidades, lo cual afecta nuestra percepción del entorno, y nos hace construir nuestra propia Neuromátrix, es decir, la realidad que perciben nuestros sentidos. Estas realidades, que aparecen como información visual, “llenan” los espacios vacíos y generalmente “aciertan” con respecto al contenido real de lo que se ve. Un ejemplo claro de este fenómeno sucede con el llamado “punto ciego” de la visión, que corresponde en la retina al lugar donde emerge el nervio óptico y que no posee capas que capten la luz desde el exterior. Esta zona de visibilidad ausente existe en todas las personas. Sin embargo, nadie se queja de que tiene zonas ausentes de visión en su campo visual. Esto sucede porque el cerebro “llena” esas zonas con los colores de fondo de lo que se está observando, pese a ser bastante grande (si estuviésemos en la observación de un cielo nocturno, el punto ciego equivaldría a la superficie de nueve lunas llenas en el firmamento).

    Otra curiosidad es la siguiente: tenemos dos ojos. Lo razonable es que veamos dos imágenes. Y en realidad, así es. Pero ¿por qué no vemos doble?

    El cerebro tiene la posibilidad de corregir las dos imágenes que llegan de cada uno de los ojos, las cuales tienen diferencias sutiles (pero diferencias al fin) en la profundidad de las imágenes. La capacidad de corregir estas diferencias se denomina estereoscopía, y es lo que nos hace ver en tres dimensiones: alto, ancho y profundo. Algo similar ocurre con el tacto: si tocamos un objeto con las dos manos, percibimos un solo objeto y no dos, pese a recibir informes sensoriales de ambas manos, porque el cerebro se encargó de corregir este hecho.

    Como vimos recién, el cerebro “completa” las porciones faltantes en los puntos ciegos. Hace lo propio cuando en la estereoscopía le faltan trozos de coherencia a las imágenes, completándolas con lo que se posee en el banco de memoria para tener así un resultado coherente que proyectar a la mente.

    Por raro que pueda parecer, se puede tener estereoscopía solamente con un ojo… o sino, pregúntenmelo a mí que por una cirugía correctiva de estrabismo a los dos años, perdí la posibilidad de manejar sincrónicamente los dos ojos. Con un solo ojo alternativamente, tengo buenísima estereoscopía y realicé toda mi vida neurocirugías con microscopio. De hecho, la estereoscopía puede ser procesada por una vía diferente a la vía visual respecto a la visual tradicional, pero esto está aún en observación. Es la vía neuronal paralela que da vueltas alrededor de la corteza visual de la percepción consciente de los objetos, proyectándose directamente sobre centros cerebrales que guían la mano como si de un GPS se tratase, sin necesidad de que se “vea” lo que se está haciendo.

    Cosas locas de los sentidos, hoy el de la vista, y que nos tienen “de la cabeza”…

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  2. El cerebro riendo

    Dr. Miguel Ángel Velázquez

    La risa es un mecanismo cerebral que dispara en respuesta a situaciones que nos parecen disparatadas o a comentarios o contenidos que tienen gracia. Es un vínculo de relacionamiento social, porque cuando reímos sinceramente con alguien, lo estamos aceptando en nuestro círculo de amistades. El sentido del humor es diferente en cada persona, y es la capacidad de que algo sea más o menos gracioso para cada uno.

    Pero si consideramos a hombres y mujeres, encontraremos notorias diferencias entre unos y otros. Los hombres no ríen de las mismas cosas por las que ríen las mujeres. Y con eso, sumamos una diferencia más a las numerosas que presento en mi segundo libro llamado CEREBRA LA SEXUALIDAD.

    Pero… ¿cómo se entiende un chiste? ¿Cómo el cerebro reacciona ante un chascarrillo? Para que el cerebro reaccione se deben activar varias áreas. En primer lugar, las que sirven para decodificar lo que se escucha o se lee, situadas en los lóbulos temporales. Además, se requieren las zonas que procesan las emociones (el sistema límbico) para poder darle un contexto emocional. Y por último, zonas más evolucionadas que son usadas para el discernimiento, y a estas corresponden los lóbulos prefrontales.

    La dopamina es el neurotransmisor que se libera como consecuencia de la emoción placentera que causa la risa por un buen chiste. Este neurotransmisor es la chispa que enciende una zona relacionada al placer en el cerebro, conocida como núcleo accumbens, y desde aquí se dirige a la corteza prefrontal en donde el remate del chiste hace que nos sintamos bien y liberemos una sonora carcajada.

    Con los hombres, influye mucho CÓMO se dice algo, mientras con las mujeres influye QUÉ se dice. Las mujeres analizan más la semántica de las palabras, usan más la memoria de trabajo del cerebro para la captación, la manipulación y la comparación de los elementos del chiste con lo que se tenga almacenado en la memoria. En los hombres, por más que también pasen por este proceso, solamente lo ilógico del chiste hace que en ellos se dispare la carcajada. En las mujeres se requiere que lo ilógico en sí tenga un sentido gracioso y no solamente por lo gracioso dispare la risa. Por eso se dice que las mujeres requieren de mayor contenido intelectual en los chistes para arrancarles una carcajada (algunos machistas dirían que realmente no entienden el chiste, pero de ninguna manera voy a decir yo eso, faltaba más…)

    La risa, fuera del cerebro, es sumamente saludable. Favorece el fortalecimiento del sistema inmune, se tienen menos posibilidades de sufrir infartos o strokes cerebrales, sufren menos dolores y se vive más años. La risa también nos tiene DE LA CABEZA.

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  3. La razón de la estupidez humana (*)

    Por el DR. MIGUEL ÁNGEL VELÁZQUEZ

    En una de las emisiones de nuestro programa “Bar Conspiración”, por Unicanal, el querido Augusto Dos Santos me preguntó por qué el cerebro se puede transformar en situaciones en las que el colectivo prima sobre la individualidad como en un estadio de fútbol o una manifestación, por ejemplo. Sucede. Y con un mecanismo muy interesante.

    La forma en que nuestro cerebro toma decisiones morales es diferente cuando estamos solos y cuando actuamos en grupo. Diversos experimentos han demostrado que las personas pueden cometer actos de vandalismo y brutalidad cuando actúan dentro de la masa que no cometerían como individuos particulares, como si el sentido de la responsabilidad se disolviera en el anonimato colectivo. Pero, ¿cómo pierde uno el contacto con sus propios principios morales para saltárselos a la barrabrava en mitad de una turba o celebración?

    Algunas personas son más propensas a disolver su personalidad entre la multitud. Hay partes del cerebro que están implicadas a la empatía, las decisiones morales y cómo cambian en función de determinadas variantes, hasta el punto de que se pueden manipular mediante un procedimiento llamado estimulación magnética transcraneal, donde con campos electromagnéticos dirigidos desde el exterior a la corteza cerebral se pueden inducir cambios en diferentes funcionalidades del propio cerebro.

    Estudios han demostrado cómo las personas pierden contacto con sus referencias morales individuales cuando actúan en grupo y cómo esto facilita la posibilidad de que agredan a los que no pertenecen al grupo como sucede en los colectivos enardecidos por una idea política o un color deportivo, que ven como enemigo a todo aquello que no condice con sus preferencias personales.

    Un área del cerebro, la zona medial de la corteza prefrontal, se activa siempre que la persona hace valoraciones sobre sí misma y las cosas que piensa, como si fuera una especie de sentido del “yo”. Esta zona se activa mucho durante el juego individual, pero se inhibe cuando se juega en grupo. La gente cambia sus prioridades cuando hay un “nosotros” y un “ellos”, y conocer esto puede servir para comprender mejor por qué algunas personas son más propensas a “perderse a sí mismas” o disolverse dentro de un grupo que compite con otro.

    Una vez que te sientes atacado por tu grupo, aunque sea arbitrariamente, cambia tu psicología. La literatura científica coincide en señalar que nuestros cerebros parecen desarrollar un sentido del grupo que nos hace percibir a los otros como extraños e incluso hostiles, y en los casos más extremos, deshumanizarlos.

    Cuando los investigadores emplean la lógica de grupos es frecuente que las personas se alegren secretamente de las desgracias ajenas, una sensación conocida con el término alemán “schadenfreude”. En experimentos con neuroimágenes se ha comprobado que a algunas personas se les activan las zonas de “recompensa” del cerebro cuando el competidor recibe una descarga eléctrica dolorosa o cuando le sucede una desgracia. Y no hay nada que hacer: el ser humano se alegra cuando a otro le sucede una desgracia. Y eso es inevitable.

    En estudios en resonancia magnética funcional se observaron que los estímulos negativos (tu equipo pierde y el rival gana) activaban zonas cerebrales diferentes: la ínsula y la circunvolución cingulada anterior, mientras que los estímulos positivos (tu equipo gana y el otro pierde, incluso con un tercer equipo) activaban el cuerpo estriado, que tiene que ver con el placer (pero también con las tentaciones que los propios sujetos relataban) de golpear a un seguidor del otro equipo. ¿Quiere esto decir que estar en grupo te convierte en una criatura agresiva y sin control? Por supuesto que no. Lo que el estudio apunta es que algunas personas pueden estar más predispuestas que otras a saltarse sus propios límites morales cuando se identifican con un grupo de gente.

    Esto puede tener también consecuencias positivas como demostraba un estudio de 1990, en el que los sujetos eran más propensos a donar dinero para una buena causa cuando estaban en grupo que cuando estaban solos. Los mismos circuitos neuronales, aseguran los investigadores, pueden promover comportamientos prosociales o antisociales, aunque el contexto competitivo tiende a promover el segundo escenario y lo habitual es que, cuando el individuo pierde la referencia de su código moral, su actuación termine siendo desafortunada e irracional.

    La estupidez humana (y también la solidaridad, vaya paradoja cerebral) tiene explicación también. Y nos dejan DE LA CABEZA.

    (*) La columna de esta semana fue extraída del capítulo nuevo añadido a mi libro “Cerebra la vida”, que desde este lunes puede ser adquirido en todos los locales de Libros para Todos y la semana que viene en la Feria Internacional del Libro de Asunción 2019.

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  4. Te amo con toda la fuerza de mi cerebro (parte 1)

    Dr. Miguel Ángel Velázquez

    Cuando llegan los 14 de febreros pululan por todas partes los corazones de flores, con chocolates, dibujos y toda la simbología del amor para celebrar su día. Sin embargo, el error de concepto es total, ya que, al terminar de leer este artículo sabrás que el órgano del amor no es el corazón, sino el cerebro… aunque no parezca nada romántico recibir un cerebro de chocolate en San Valentín. Pero esta es la “verdad verdadera”, aunque mate la esencia.

    El cerebro (ya lo vimos) es el centro de todo lo que somos y sentimos. Por eso, no es de extrañarse que los procesos relacionados al amor se generen en ese gran teatro de entramados neuronales. Pero… ¿qué realmente sucede cuando nos enamoramos? Desde que lancé, el año pasado, mi segundo libro titulado “Cerebra la sexualidad”, mucha gente me dijo que no sabía que estar enamorado era lo más parecido a estar enfermo que uno podía sentir. Y eso es sencillo: el amor estresa. Y el estrés reproduce condiciones de exigencia al cuerpo. El amor también envicia, como si de una droga se tratase, por eso cuesta tanto que nos abandonen o nos dejen de amar, y entramos en una fase muy parecida al síndrome de abstinencia de drogas. Esto va muy en serio.

    Pero, ¿qué pasa cuando nos enamoramos, cuando llega a nuestras vidas esa persona que “nos mueve la estantería” y nos deja sin palabras? El cerebro se inunda de químicos en un baño placentero de sustancias que lo hacen “sentir absolutamente bien”. Inicialmente, ciertas sustancias que se liberan en nuestro torrente sanguíneo hacen que tengamos palpitaciones, enrojecimiento de la cara cuando esa persona se acerca, perdamos el apetito y el sueño, y por momento disminuya la irrigación a lugares como los intestinos para centrarse en otros sitios como el cerebro… por eso aquello de “mariposas en el estómago”… No es casualidad que estas sustancias liberadas en lo que conocemos como “flechazo” del amor sean las mismas exactamente que las que median el estrés en el cuerpo. De hecho, una de las formas de saber si está enamorado es literalmente “si está caliente”, pero en el buen sentido de la palabra: cuando vemos, pensamos o estamos con la persona amada, la temperatura corporal puede subir de 1 a 2 grados… ¡tenemos fiebre…!

    Mientras tanto, el cerebro activa el llamado “centro de recompensa cerebral”, aumentando constantemente su irrigación, por ende, su metabolismo, lo cual funciona exactamente como cuando una persona busca una droga o un dulce. Al mismo tiempo, una sustancia denominada serotonina, responsable de lo que llamamos felicidad, disminuye su concentración, generándose solo en respuesta al contacto o la búsqueda de la persona amada, explicando sobradamente aquello de que “solo tenemos ojos para esa persona” al generar serotonina solo con ella. Este mismo centro se activa también ante desafíos o placeres nuevos, como un viaje, por lo que cuando se recomienda a parejas en crisis reencontrarse con alguna nueva aventura juntos, esta solución es más neurocientífica que romántica. Y su ausencia explica por qué nos “obsesionamos” con esa persona: queremos conseguir serotonina a cualquier precio.

    Probablemente les haya chocado que les contara que cuando nos enamoramos es como si estuviésemos drogados, pero en realidad es así. Hagan la siguiente prueba: lean la frase siguiente:

    “El centro de recompensa es el que trabaja. El adicto presenta un ansia exagerada e irreprimible por conseguir su droga, se mueve largas distancias o realiza grandes pruebas para conseguirla, y cuando consigue tener su droga, la antepone a cualquier actividad social, recreativa o laboral. Su persistencia es tal que cualquier recordatorio a su droga, como lugares o situaciones comunes pueden provocar una recaída aun años después de haber dejado esa droga”.

    Listo. Ahora reemplacen donde dice droga por la palabra amor o el nombre de su “peor es nada”… y ¡voila…! Así funciona el amor: es también una conducta adictiva.

    ¿Por qué nos enamoramos de una persona y no de otra? No todo es químico como pudimos haber pensado por lo anteriormente escrito. Muchos dicen que buscamos rostros con patrones comunes a nuestra experiencia, incluso a nuestro propio aspecto, y ello viene determinado por lo que aprendimos e internalizamos. ¿Y por qué hay personas que forman relaciones estables y duraderas? Porque reproducen patrones aprendidos en la infancia, donde el apego seguro y el relacionamiento estable estuvieron fuertemente enraizados en su propia crianza. Y aquí también juega un papel importante la inteligencia emocional residente en nuestro lóbulo frontal: elegimos el amor de nuestras vidas conforme patrones internalizados como prejuicios, normas y valores.

    En fin: lo que provoca el amor, aunque suene a cero romanticismo, es la perfecta sincronización de la activación de conexiones neuronales de la corteza cerebral con el área de recompensa cerebral y las zonas que motivan el contacto sexual, con la simultánea desactivación de zonas relacionadas al juicio, la emoción negativa y la amígdala cerebral derecha, que es la que nos da el alerta ante situaciones amenazantes: el amor nos hace vulnerables.

    La semana que viene les cuento las fases del enamoramiento y las sustancias involucradas en ellas. Porque el amor, como las neurociencias, nos tiene DE LA CABEZA…

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    1. Te amo con toda la fuerza de mi cerebro (Parte 2 y final)

      por Doctor Mime

      El sábado pasado vimos que el amor es una droga y que, literalmente, puede enfermarnos… o al menos darnos síntomas de una enfermedad: fiebre, palpitaciones, hipertensión arterial, acidez estomacal…, pero esto es solo cuando comienza… ¿qué pasa con el amor después de un tiempo… o el amor eterno… si es que existe? ¿Existe? Lo sabremos ahora.

      Cuando usamos la frase “hay química entre dos personas”, nada más cercano a la realidad. Para que se desencadene el “sublime sentimiento del amor” deben, literalmente, enamorarse químicamente los dos cerebros. Y, obviamente, y como digo en mi libro “Cerebra la sexualidad” en mi primera máxima del amor cerebral, “para que haya física debe primero haber química”. Y esto sucede así: el amor en el cerebro (y en la pareja) tiene cuatro fases bien definidas en la química del sistema nervioso. Cada una con sus neurotransmisores y sus características bien definidas. Conozcámoslas.

      La fase del “flechazo” o enamoramiento: pasa cuando vemos a esa persona, sentimos esa sensación de que el corazón no nos entra en el pecho, la boca se seca, los ojos se nos vuelven con corazones (o sea, las pupilas se dilatan) y estamos en una euforia permanente… todo sinónimo de estrés, pero un estrés muy dulce. Aquí actúa la noradrenalina que nos propicia esa tensión que sentimos cuando intercambiamos miradas o alguna conversación. Aparte de esta sustancia, el cerebro también segrega la dopamina que es el neurotransmisor de la recompensa, el que se activa también con drogas o dulces, y que hace que busquemos permanentemente estar con la persona amada, convirtiendo esta fase en el amor “pegote”, ese que hace que no nos despeguemos físicamente o enviándole mensajes al WhatsApp constantemente (esto explica por qué cuando no estamos con la persona amada, la buscamos con desesperación). A la par, se segrega otra sustancia llamada oxitocina, que es la misma que se segrega en la madre que amamanta, y que en este caso fomenta el apego a la pareja, liberándose en mayor medida cuando hay contacto piel con piel (esto explica por qué buscamos el contacto físico, las caricias y los besos). Igualmente, se produce el neurotransmisor que es mi favorito en esta fase y que tiene un nombre un poco más complejo: feniletilamina. Esta sustancia inhibe una porción del lóbulo frontal, que es la encargada de formar los juicios de opinión sobre personas o situaciones, lo cual hace que la persona amada sea vista sin defectos, y que enfrentemos cualquier vicisitud con tal de gozar de su compañía (esto explica por qué el amor es ciego… y pelotudo). Si sumamos a esto a las feromonas (sustancias que se liberan para producir la atracción sexual) y la serotonina (neurotransmisor de la felicidad), el coctel del flechazo está hecho. Esta fase dura unas semanas, hasta que se llega a la siguiente fase.

      La fase de la confianza: es cuando dejamos de estresarnos por la persona amada, y buscamos afianzar la relación con hechos más concretos que solo encuentros o momentos breves compartidos. Aquí, las situaciones cotidianas son las que más enriquecen a la relación, por lo que el cerebro se halla más atento a la experiencia. La oxitocina, la sustancia del apego, juega un rol preponderante en esta fase, donde buscamos la compañía y el bienestar de la persona amada. Como las preguntas surgen en esta fase, es común la aparición de crisis por dudas respecto a si uno ama y el otro no tanto, o si no existe confianza entre ambos. Y claro, desaparece la feniletilamina y eso hace que nuestra otrora “perfecta pareja”, ahora tenga defectos “que antes no tenía” pero que en realidad el frontal cegado por la feniletilamina no nos dejaba ver. Esto sucede entre los seis meses y los 7 años en promedio, y si se produce el declive de los neurotransmisores descritos, aparecen las famosas crisis de la rutina y los distanciamientos que no llevan a la tercera fase.

      La fase del amor eterno: es cuando la confianza ha ganado a la pareja, y ya no hay noradrenalina que estrese, sino oxitocina que une. Además, la dopamina que produce el estar con esa persona sigue fluyendo, y la serotonina liberada al sentirse amado es la que nos hace felices. Se superan los conflictos, se conceden los espacios, se dan los tiempos, y se elaboran proyectos en conjunto a largo plazo. El cerebro de ambos construye una relación independiente, pero conjunta, y se congratula por tener compañía constante. Es el amor para toda la vida.

      La fase del desamor y el desencanto: no siempre se da, pero cuando el amor termina (o lo que es lo mismo, la neuroquímica se acaba), de golpe y porrazo el cerebro deja de recibir su torrente de oxitocina, serotonina y sobre todo… dopamina. Sí, la misma sustancia que se libera en el consumo de drogas. Por eso es que se entra en una fase de abstinencia literalmente hablando, donde la persona sufre todos los síntomas de un síndrome de abstinencia, sin producir dopamina por no tener quien la estimule, y apareciendo los cuadros depresivos o de bajones anímicos asociados a las rupturas. Eso hasta que termine la fase de “duelo amoroso” y el cerebro vuelva a segregar dopamina en respuesta a otros estímulos… o no lo haga y el desamor no se supere.

      Esto es el amor. Mis disculpas si rompí el encanto platónico del concepto, pero la cosa funciona así: el amor nos tiene absolutamente de la cabeza, y es bueno saber que así sucede para poder disfrutarlo a pleno.

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  5. La generación de la vergüenza
    16/06/2018
    Cuando hace unas horas leí una publicación sobre un trabajo realizado por el Ragnar Frisch for Economic Research de Noruega acerca de que “un estudio sugiere que los humanos son cada vez menos inteligentes” no pude evitar una sonrisa. Recuerdo que cuando era niño “los adultos” debatían temas profundos, incluso los más leídos citaban a los grandes filósofos de la antigüedad, a lumbreras como Platón o Sócrates, y los menos afortunados y autodidactas tenían la sabiduría de un Diógenes, quien sin tener bienes materiales ni poder hizo que se quitara de enfrente nada menos que al amo del mundo de entonces, a Alejandro Magno, “porque le quitaba su sol”.

    Así era la gente de antes. Como no tenían calculadoras, ejercitaban sus neuronas en cada operación. Mientras que los niños usábamos los dedos para contar, ellos hacían comparaciones y relaciones a velocidades asombrosas para obtener los resultados matemáticos o soluciones simples y prácticas. Tampoco tenían celulares y por eso hasta se aprendían los números telefónicos de memoria, algo impensable hoy día.

    Las personas de esta generación más que pensar, sienten. Como piezas de dominó, cuando una hace click en las redes sociales una avalancha de dedos aprietan el mismo “like”. Unos porque realmente les gusta y otros simplemente por contreras y para llamar la atención. Ya casi no se leen libros, sino que se dan play a los vídeos. Y el cerebro se desliza en punto muerto por la pendiente, sin esfuerzo.

    “El coeficiente intelectual humano está en caída libre y muestra una disminución de 7 puntos menos por cada generación”, expone la publicación de Proceedings of the National Academy of Sciences, que utilizó una muestra de 730.000 jóvenes noruegos de entre 18 y 19 años en un período comprendido entre 1970 y el 2002.

    Hoy todos quieren opinar, pero nadie escucha. Todos dicen tener la razón, como si la razón estuviera avalada por el número mayor de “likes” y no por la verdad.

    Hay quienes piensan que el incremento desmedido de la tecnología –sobre todo en informática– en un breve lapso de los últimos años contribuyó a que la mente humana se tornara aburguesada y echara panza. Otros sostienen que toda ciencia siempre es beneficiosa. “Y sin embargo se mueve”, como la frase que falsamente atribuyen a Galileo Galilei.
    Parece que todo está del revés. Me recuerda un chiste-serio que me contaron hace muchos años: Este era un octogenario que formaba fila en un aeropuerto londinense. Se le notaba triste y a la vez furioso. Llevaba unas maletas de cuero que apretujaba contra su pecho.

    Cuando llegó su turno para la inspección, el guardia le preguntó a dónde iba, a lo que él contestó que eso era lo de menos, que lo importante era irse de allí. Sorprendido por la respuesta, el uniformado insistió: ¿Usted no es un patriota? ¿No ama a su país?

    El viejito se calmó un poco y con voz pausada le explicó: “Mire joven, cuando yo era niño los homosexuales eran mal vistos, pero con el paso del tiempo y de la moda los varones comenzaron a usar el pelo largo y las mujeres pantalones. Unos años más tarde ya fue difícil diferenciar a unos de otros. Tuve que aceptarlo. Después fui testigo de cómo los hombres iban tomados de la mano y hasta se besaban en las plazas públicas. Lo que antes hubiera escandalizado a la sociedad se volvió normal. Luego aparecieron los bares gay. ¿Se imagina? Un sitio exclusivo para ellos, donde un ciudadano común no puede entrar a beber un trago. ¡En su propio país! Y eso no es nada. Después comenzaron las movilizaciones, las presiones para que se aprobara el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero no contentos con eso, seguidamente exigieron “el derecho” de poder adoptar niños. ¿Entiende? Por eso me voy de mi amado país, porque a este paso en poco tiempo más puede que se promulgue una ley que nos obligue a todos a ser homosexuales. Me voy antes de que eso suceda…”.

    Aunque parezca homofóbico el cuentito tiene una sombra de verdad, ¿o no fue precisamente esta semana que Ricky Martin dijo orondamente que quería que sus dos hijos, Matteo y Valentino, de 9 años, fueran gay sin que nadie se escandalizara?

    Todo está del revés y esta generación se quedó sin inteligencia. Fue vergonzoso ser testigo de la felicidad de miles de xxx (no sé como definir a este tipo de seres) que celebraron que la Cámara de Diputados en la Argentina aprobó el proyecto que permite el aborto libre hasta la semana 14 de gestación. Si el viejito inglés temía a los “likes” que pudieran presionar sobre su orientación sexual, ¿por cuál aeropuerto debemos escapar de esta aberración que pretende legalizar el asesinato de los propios hijos?
    Me pregunto, ¿a quiénes representa ese Congreso? ¿A los miles de “likes” o a los millones de ciudadanos que no están trastornados? Causa vergüenza esta generación.

    ALEX NOGUERA

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  6. Empresas y espiritualidad
    Empresa y espiritualidad son dos realidades tan diferentes que para algunos resultan antagónicas y nada tienen que ver una con otra. No es de extrañar esta manera de pensar porque todavía la cultura general de mayorías y hasta nuestro mismo sistema educativo en la educación escolar y en la educación suprior siguen anclados y dándonos la visión que en el siglo XVIII tenían Newton y Descartes sobre todo lo existente, dividido en materia y espíritu. Según Descartes la materia es objeto de la ciencia y el espíritu asunto para las Iglesias y religiones.
    Como he recordado en otras oportunidades los grandes científicos de principios del siglo XX, con Einstein a la cabeza, primaron el estudio de la energía y ahí coinciden materia y espíritu, y el espíritu, que es ,energía, empezó y sigue siendo cada vez más objeto de investigación y ciencia. “Las Ciencias del espíritu” (Whilhelm Dilthey, 1883) ya no son solamente tema de filósofos, sino de científicos de diversas ramas de las ciencias, desde la biología, genética, bioenergética, neurología, psiquiatría, psicología, epistemología, pedagogía holística,… hasta la física cuántica.

    Hace tiempo que la ciencia entró en la economía y en las empresas, y sus investigaciones han descubierto, entre otras cosas, el rol de la espiritualidad en las organizaciones, en cualquier tipo de empresa. Copio literalmente el principio de un artículo innovador de Pietro Alvarado Gervasi sobre “Todo el poder del espíritu human al servicio de la rentabilidad y felicidad de las organizaciones”, porque resume brillantemente lo que yo podría decir torpemente:

    “El mundo académico, empresarial y el de consultoría experimenta hoy una nueva dimensión en gestión: la actual tendencia espiritual es quizás la tendencia más significativa y relevante en el mundo de los negocios desde el movimiento del potencial humano de los años 50” (Howard S. MCB University Press). La Academy of Management Harvard Business School, INSEAD, la Universidad de Grandfield, Stanford, Nôtre Dame entre otras han incorporado grupos de estudio, seminarios, cursos de posgrado sobre espiritualidad en las organizaciones. Destacados consultores como Peter Senge, Steven Covey, John Adair, Ken O’Donnell divulgan en conferencias y publicaciones experiencias corroborativas sobre el poder de la espiritualidad en los procesos de cambio organizacional. Empresas del ranking de Fortune 100 (Xerox, Hewlett Packard, Toyota, Exxon, Semco, Ben and Terry’s) integran en su programa de desarrollo y capacitación la dimensión espiritual y han implementado un enfoque espiritual en la gestión de sus empresas”.

    Alvarado Gervasi se suma a otros muchos especialistas que confirman la información y otras experiencias. Quien haya analizado suficientemente lo que significa el desarrollo de la dimensión espiritual de todo ser humano, no necesita los resultados de la investigación y los conocimientos específicos procedentes de las ciencias del espíritu, le basta el sentido común para estar seguro de que las personas que han desarrollado su dimensión espiritual (no necesariamente religiosa) logran mayor productividad en todos sus trabajos. La dimensión espiritual desarrollada y activa genera actitudes, comportamientos, perspectivas, valores, orientación y sentido profundo en todo lo que vive y hace, en sus relaciones humanas, en sus relaciones consigo mismo, con la naturaleza y lo trascendente.

    Actualmente toda persona, sea empresario, empleado, trabajador, socio, consultor… que haya recibido verdadera educación integral, cuenta en sí con la posibilidad de desarrollar su “inteligencia espiritual” y con ella poderes cognitivos superiores para interpretar más profundamente sus entornos y toda realidad, al mismo tiempo que podrá encontrar más alternativas para la solución de problemas.

    Guste o no, la ciencia confirma la experiencia a través de la historia: la espiritualidad agrega calidad y productividad a la acción humana, también en las empresas. Los paraguayos tenemos pruebas históricas evidentes, que enseñamos con orgullo a los turistas. La Reducciones Jesuíticas evidencian que unos pocos hombres, movidos por el espíritu del amor a Cristo, organizados desde una espiritualidad de servicio y amor, animada por la espiritualidad del “contemplativo en la acción”, San Ignacio de Loyola, fueron capaces de producir agricultura, ganadería, arquitectura, arte, música, colegios, imprentas, bibliotecas, redes comerciales, etc…, trabajando con miles de nativos indígenas de distintas etnias, lenguas y culturas ágrafas y a pesar de las limitaciones y obstáculos de la época. No cabe duda, la energía del espíritu ilumina y fecunda.

    Por Jesús Montero Tirado

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