Heavy metal: La persistencia del ser

Hace más de veinte años, un amigo condescendió a grabarme un compilado de heavy metal. Era mi primer casete del género. Era una selección, obviamente, según los gustos de mi amigo. Influenciaron los míos en aquellos días tempranos. Un fan siempre delimita sus gustos.

A pesar del repetido decreto de su muerte, lo que se ha llamado genéricamente heavy metal ha persistido en su ser durante décadas, en lo que el herético Spinoza llamaba en el siglo XVII “conatus”: un poder de autoconservación que el mainstream no ha destruido y que, al mismo tiempo que protege su mapa genético con ímpetu legendario, suele impedir el ingreso de sonidos foráneos detrás de sus líneas. Sobre todo en los headbangers o metalheads. Porque es obvio que los músicos que hacían y hacen heavy metal —desde Mötorhead a Dream Theater— han enriquecido su universo con fronteras más porosas.
El comediante británico Andrew O’Neill ha publicado hace dos meses A history of heavy metal (sin todavía traducción al castellano). Es una historia personal del género. Es un libro que, con un poco de perspectiva y talento, podría escribir cualquier heavy: un poco el trabajo de selección que hace veinte años hizo mi amigo, con un criterio que no ignoraba la historia, pero que distinguía los énfasis y arriesgaba un tácito análisis. Al final de la “Introducción”, O’Neill pide que no se busquen “equivocaciones” en el volumen. Considerarlas así es una “equivocación” muy propia del mundo del metal, un reino de lo subjetivo y de la diatriba fácil.

Cuando la banda brasileña Sepultura grabó en 1995 Roots, bloody roots, algo de lo que O’Neill escarba en el primer capítulo de su libro es lo que habrá buscado sonoramente Max Cavalera: los sonidos primitivos y percutidos de hace miles y miles de años que están en el origen del heavy metal, de la música, de la aparición del Homo sapiens. Por ello, a ese capítulo O’Neill le puso el nombre del álbum que, para avanzar, miró hacia atrás, hacia un presente vivo en la música brasileña: la de las periferias no occidentales; en suma, la génesis del rocanrol y el heavy metal. A muchos no les gustó ese viaje en el tiempo, pero su exacta metáfora arqueológica es innegable.

O’Neill trabajó como vendedor en una tienda de una Unión de Estudiantes. Uno de sus clientes llevaba una remera de Ozzy Osbourne. Le preguntó qué bandas le gustaban. Respondió que ninguna: solo llevaba la remera porque le gustaba. O’Neill intenta explicar en el libro qué pasó en la música y la industria para que ese “sacrilegio” en los códigos tribales de un fenómeno global y underground como el metal fuera posible. El libro, sobre todo y con mucho sentido del humor, habla de música. Mucha música. Está todo el panteón de un género con una de las escenas más persistentes del mundo. Están sus miserias y sus momentos gloriosos. Mucha intrahistoria.

O’Neill es músico, es escritor, es fan: este antiacadémico libro es su síntesis.

Por Blas Brítez

 

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