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Garnacha Pop

El abogado racionalista pedía las llaves del hotel, las había perdido en el bar número 3, luego del incidente en el bar número 1 y el intercambio de palabras con el mequetrefe del bar número 2, el muchacho que consideraba que el gin servido con pepino “Puesssh esho esh ashunto de gaitash & mandolinash”. Asumiendo que esto se trataba de un simple madrileño homofóbico el abogado racionalista, (llamemoslo El Alonsito por motivos de brevedad narrativa) siendo un hombre de particular apertura mental y un flamante defensor de los derechos humanos intentó comprobar la benevolencia del pepino hecho gin y – como quien no quiere las cosas – testear la paciencia de un seseoso hombre de las cavernas, invitándolo con una copa de este elixir de tiempos modernos. Para demostrar la verdadera intención de concretar el brindis Alonsito no tuvo mejor idea que poner con ímpetu su tarjeta (o sea llave) sobre la barra y sin sacar los ojos de “Madrizz” exclamó: “¡Barmenwumen!, ¡derrame un Hendricks para mi foráneo amigo!”.

Quince minutos más tarde y sin entender por qué nos encontrábamos en la vereda del establecimiento (nos explicaron que tuvo algo que ver con falta de fondos de la “tarjeta” de Alonsito, aparentemente no pagamos el homofóbico gin ni las heterosexuales copas previas).

Desde mi no muy atenta óptica sigo creyendo que todo esto tenía algo que ver con la insistencia de Alonso en vociferar “¡Rayá de vuelta loco! ¡hay fondo hasta para el fondo blanco, José Guadalupe del orto!”

“Yo le culpo a la garnacha” decía el abogado, ya algo más calmado y dando paso al frío de las veredas del Distrito Federal. Con la manos en la “tricota” caminábamos con rumbo incierto, portando solo aquella historia del bar 2 para el barman 3.

Todo había iniciado aproximadamente 15 horas antes, cuando mi primo, un gran transeúnte del DF había donado su domingo mejicano para convertir a dos paraguayos en “chavos cabrones”.

Salvador Felix Troche, un nombre tan “padre” que suena a apodo. Por motivos de veracidad narrativa llamémoslo “El Chavo Chava”. “Muchachos, empezamos el recorrido, pero antes de echarnos unos mezcalitos nos comemos una garnachita aquí donde el gordo del mural enamoró a la chavita de bigotes conquistadores”, onomatopeya mejicana del Chavo para describir el barrio que Frida Kahlo & Diego Rivera alguna vez llamaron hogar.

“Garnacha es como le decimos a la comida de calle, a la comida de verdad, nada de esa gringada de restaurante buey. En este mercado nos hacemos una basecilla , así le decimos aquí, y luego MEZCALITO para seguir el camino”. Una frase que me daba la tranquilidad de saber que estábamos no solo en buenas manos de nuestro guía, sino que compartíamos la misma necesidad y palabra (con esa hermosura diminutiva que imprimen los mejicanos) para nombrar al acto de abastecerse de alimentos para consecuentemente beber en desproporción, una especie de brindis de año nuevo sin respetar el equinoccio. La Base, o como dice el Chavo “la basecilla”, un lindo nombrecillo para saber que tu guía sabe de crudas y de chelas.

Quesadilla de Huitlacoche cargadas de macanadas innombrables, tostadas de pancita (el mondongo de tierras de Chespirito) con un baño entreverado entre una salsa agria y un picante digno de gritar “¡Viva México Cabrones!”. Simplemente un suculento centro al paladar para bañar esta basecilla con una gaseosa de guayaba cuyo nombre BOING!, parece resumir esta experiencia culinaria de la manera más correcta posible. Por si todavía está con la pregunta “¿Qué carajo es un huitlacoche?”, permítame iluminarlo estimado lector. El Huitlacoche o cuitlacoche (en náhuatl) es un parásito del maíz, del género Ustilago, especie Maydis en otras palabras… un Hongo. Pero, de rico estamos hablando. Con un aspecto negro grisáceo producido en todo México este hongo nos llevó a un literal viaje que describe de cierta manera la comida azteca, un sabor que te hace acordar a la tierra, que te hace sentir calor en las venas, rubor en el rostro y por sobre todo un sabor que te deja el estómago listo y tilingo para pedir ¡la primera chelita helada compadre!

14 horas y 45 minutos más tarde, el bar número 3 nos despide con las palabras “Ahorita nos vemos trovadores del Paraguay!”. “Ahorita”, aquel tiempo indefinido definido en un diminutivo, la breve sensación que DF te da cuando un plato se convierte en copa y una copa en una historia que contar.

¡Ahí nos vidrios chavos y chavitas!

Por Esteban Aguirre Barrail

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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