El evangelio del domingo: Ser amigos de Cristo

Mt 13,44 -52.- Con las tres parábolas de hoy completamos un total de siete, las cuales constituyen el “Discurso de las parábolas”, que empezamos a reflexionar el día domingo 16.
Jesús cuenta las parábolas del tesoro escondido, del negociante de perlas finas y de la red que se echa en el mar.

El título es muy agradable: “ser amigos de Cristo”, ya que todos queremos tener amigos sinceros, lo que es como hacer un gran negocio.

Sin embargo, este camino es resbaloso y si uno no se percata, en vez de perfeccionar su relación, la daña de modo desastroso. Las tentaciones del mundo son fascinantes y pueden despistarnos en horas y modos menos pensados.

Justamente para evitar que sus amigos sean engañados, Jesús habla del tesoro escondido en el campo, y la persona que lo encuentra no duda en vender todo lo que tiene para adquirir el campo. Es interesante notar que en este caso se da un hallazgo inesperado.

Sin embargo, en la parábola del negociante que busca perlas el hallazgo es algo afanosamente buscado.

Hay dos características comunes en estas parábolas: ambos protagonistas terminan con profunda alegría y ambos cambian lo que poseen por la nueva riqueza encontrada. Es decir, para hacer el mejor negocio de nuestra vida no hemos de dudar: los valores del Reino de Dios son más importantes y cuando hay conflictos de intereses, los criterios del Reino deben prevalecer.

Ahora, nos toca aplicar en la vida concreta estos principios de Jesucristo.

En un primer instante, está la sabiduría de ir más allá del aspecto material de la existencia, pues hay que tratar de captar la fascinación que es vivir como hijo de Dios, de modo que uno se convenza de que vale la pena sacrificar varias cosas, con tal de alimentar una tierna amistad con el Señor. En otras palabras: permitir que Dios sea nuestro compañero y vivir como su compañero las 24 horas del día.

Sabemos que la amistad supone diálogo constante, exige sinceridad y es necesario posponerse, de vez en cuando, para acercarse más al amigo. Es no querer manipular al otro, sino discernir con él las mejores opciones.

En este clima de amigos tengamos la seguridad de que el Señor es siempre fiel al brindarnos su afecto, pues Él sabe que únicamente así lograremos hacer el mejor negocio de nuestra vida, pues si perdemos a Cristo no vamos a reemplazarlo por nada mejor.

Finalmente, los Capuchinos celebramos hoy el día de San Leopoldo Mandic, con muchas actividades en su capilla: más informes al (021) 310 581.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

 

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3 pensamientos en “El evangelio del domingo: Ser amigos de Cristo”

  1. La red barredera

    Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 13, 44-52:
    El Evangelio de la Misa nos presenta diversas parábolas acerca del reino de los cielos: el tesoro escondido, la perla de gran valor que encuentra un comerciante en perlas finas, la red barredera que echan en el mar y recoge toda clase de peces, unos buenos y otros malos. Al final se reúnen los buenos en un cesto y los malos se tiran. Esta red echada en el mar es imagen de la Iglesia, en cuyo seno hay justos y pecadores.

    En otros lugares el Señor enseña esta misma realidad: en su Iglesia, hasta el fin de los tiempos, habrá santos y quienes se han marchado de la casa paterna, malgastando la herencia recibida en el bautis- mo; y todos pertenecen a ella, aunque de diverso modo.

    El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “[…] ¿Qué es el reino de los cielos? Jesús no se preocupa por explicarlo. Lo enuncia desde el comienzo de su Evangelio: ‘El reino de los cielos está cerca’…

    […] Las dos parábolas sobre las cuales queremos reflexionar nos hacen comprender que el reino de Dios se hace presente en la persona misma de Jesús. Él es el tesoro escondido, es él la perla de gran valor. Se comprende la alegría del campesino y del comerciante: ¡lo han encontrado! Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia de Jesús en nuestra vida.

    Una presencia que transforma la existencia y nos hace abiertos a las exigencias de los hermanos; una presencia que invita a acoger a cada una de las demás presencias, incluso, la del extranjero y del inmigrante. Es una presencia acogedora, alegre, fecunda: así es el reino de Dios dentro de nosotros.

    Ustedes podrían preguntarme: ¿Cómo se encuentra el reino de Dios? Cada uno de nosotros tiene un itinerario especial, cada uno de nosotros tiene su camino en la vida. Para alguno el encuentro con Jesús es algo esperado, deseado, buscado por largo tiempo, como nos lo muestra la parábola del comerciante que da vueltas por el mundo para encontrar algo de valor. Para otros ocurre de forma improvisa, casi por casualidad, como en la parábola del campesino. Esto nos recuerda que Dios se deja encontrar de una manera o de otra, porque es él el primero que desea encontrarnos y el primero que busca encontrarnos: vino para ser el ‘Dios con nosotros’.

    Jesús está entre nosotros, él está aquí hoy. Lo dijo él: cuando se reúnen en mi nombre, yo estoy entre ustedes. El Señor está aquí, está con nosotros, está en medio de nosotros. Es él quien nos busca, es él quien se deja encontrar incluso por quien no lo busca. A veces él se deja encontrar en sitios insólitos y en momentos inesperados.

    Cuando encontramos a Jesús quedamos fascinados, conquistados, y es una alegría dejar nuestro acostumbrado modo de vivir, tal vez árido y apático, para abrazar el Evangelio, para dejarnos guiar por la lógica nueva del amor y del servicio humilde y desinteresado. La Palabra de Jesús, el Evangelio.

    Les hago una pregunta, pero no quiero que me la respondan a mí: ¿cuántos de ustedes leen cada día un pasaje del Evangelio? Y cuántos de ustedes, tal vez, tienen prisa por acabar el trabajo con el fin de no perder la telenovela… Tener el Evangelio entre las manos, tener el Evangelio sobre la mesilla, tener el Evangelio en la cartera, tener el Evangelio en el bolsillo y abrirlo para leer la Palabra de Jesús: así viene el reino de Dios. El contacto con la Palabra de Jesús nos acerca al reino de Dios.

    Piénsalo bien: un Evangelio pequeño siempre al alcance de la mano, se abre en un punto por casualidad y se lee lo que dice Jesús, y Jesús está allí…

    … Cuando una persona descubre a Dios, el verdadero tesoro, abandona un estilo de vida egoísta y busca compartir con los demás la caridad que viene de Dios”.

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal)

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  2. XVII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

    “El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre lo vuelve a esconder y, de tanta alegría, vende todo lo que tiene para comprar ese campo” Mt 13, 44

    En este domingo Jesús continúa hablándonos a través de parábolas. Y la primera que él nos cuenta es esta del tesoro escondido. Yo creo que con esta parábola Jesús nos quiere hablar de lo mucho que ganamos cuando encontramos este tesoro que es la fe, que es la Iglesia, que es la vida cristiana.

    En nuestros días existe una ideología muy fuerte que intenta convencernos de que el cristianismo, la Iglesia y la fe, son cosas que nos oprimen, porque es exigente, o porque dicen que muchas cosas están prohibidas, o porque quieren controlar demasiado la vida de las personas… y por eso existen muchos que predican que se debe abandonar. Algunos llegan hasta a decir que salir de la Iglesia es como una liberación…

    Escuchar estas cosas, me da mucha pena, porque como cristiano que soy, no me siento para nada oprimido por mi fe, ni por mis valores, ni por mi Señor, ni por mi Iglesia, sino que, al contrario, me siento amado, promovido y sostenido. Y como soy, además un sacerdote, un consagrado, soy alguien que está buscando entregar toda mi vida cada día, con todas mis fuerzas, con mis capacidades, con todo mi corazón… Y esto lo hago seguramente no porque me gusta sufrir, o porque no tengo ninguna otra posibilidad, o porque me decidí ser un estúpido en la vida…Es verdad, que he dejado muchas cosas, pero solo hice esto porque descubrí que en la Iglesia existía un tesoro y que podría ser mío. Yo solo acepté dejar todo el resto porque encontré una perla preciosa que estoy seguro no se encuentra en ningún otro lugar, que es mucho más valiosa de todo lo que he dejado. Lo que yo recibo de mi fe, de mi Dios, de mi Iglesia es sin dudas mucho, pero mucho, más de todo lo que dejé…

    Es por eso que me da mucha pena, ver o escuchar a estas personas, pues me doy cuenta que ellas aun no descubrieron este tesoro. Son personas que creen que las joyas del mundo son preciosas, solo porque aún no vieron esta gran perla. Viven en una ilusión. Yo creo que solo puede decir que la fe les quita la libertad, quien aún no experimentó lo libre que podemos ser en Cristo. Solo puede decir que la Iglesia es un lugar de opresión quien aún no se dio cuenta de cuantas cadenas lleva en su cuerpo y de las cuales esta madre puede libertarlo. Solo puede acusar la doctrina católica de controladora y dominante, quien aún no hizo la experiencia de ser profundamente amado y protegido por alguien que te conoce más que tú mismo.

    Yo creo, que nadie que está en la Iglesia y que haya personalmente experimentado el amor de Dios manifestado en Jesús será capaz de pensar o de afirmar, que en ella se pierde mucho y se gana poco. Lo que Dios nos da aquí, no se puede comparar con las cositas que renunciamos. Y esto sirve para todos, no solo para los sacerdotes y los consagrados. Cada persona, sea casada o no, sea trabajador, estudiante, jubilado… que descubrió la belleza de la fe, que se deja conducir en su vida por Dios y por su palabra, sabe que el Señor nos da mucho más de lo poco que le ofrecemos. Él, y solo él, nos puede dar algo que nadie más lo puede: la verdadera alegría, la felicidad y la paz.

    Es el enemigo, quien siempre nos quiere convencer de que estando con Dios nosotros solo perdemos. Es así que él consiguió quitarnos del paraíso enseñándonos a ser desobedientes, y así que de nuevo nos quiere quitar del Reino de Dios, insistiendo que el mundo tiene cosas mejores para darnos. No nos olvidemos que su propaganda es engañosa.

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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  3. Decimoséptimo Domingo del tiempo ordinario

    Primer Libro de los Reyes 3,5.7-12.
    El Señor se apareció a Salomón en un sueño, durante la noche. Y le dijo: “Pídeme lo que quieras”.
    “Señor, Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un muchacho y no sé valerme por mí mismo.
    Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular.
    Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?”.
    Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido,
    y Dios le dijo: “Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud,
    yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti.”

    Carta de San Pablo a los Romanos 8,28-30.
    Hermanos:
    Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio.
    En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos;
    y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.

    Evangelio según San Mateo 13,44-52.
    Jesús dijo a la multitud:
    “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
    El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas;
    y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.”
    El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces.
    Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
    Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos,
    para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
    ¿Comprendieron todo esto?”. “Sí”, le respondieron.
    Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”.

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