Venezuela al borde del abismo

Luis Almagro ha vuelto a la carga. Al secretario general de la OEA, como a medio planeta, le pareció repugnante el asalto de las turbas chavistas a la Asamblea Nacional. Quiere congregar a los embajadores para examinar ese vergonzoso episodio. Tal vez para condenarlo, si se logran los votos y consigue adecentar el comportamiento miserable de los islotes caribeños comprados por el chavismo a punta de petrodólares.
¿Por qué Maduro propició estos hechos? Por varias razones.

Es lo que suele hacer el régimen de La Habana. Maduro es un simple brazo del gobierno de Raúl Castro. Se trata de un “acto de repudio” cubano realizado en Caracas. Aunque esta suerte de pogromo es orquestado y dirigido tras bambalinas por los servicios de contrainteligencia, es ejecutado por supuestos “ciudadanos indignados que no consiguen reprimir su cólera ante la perfidia de los enemigos de la patria, siempre al servicio de Estados Unidos”.

Esa es la narrativa. No importa que nadie crea esa versión absurda. Es solo una explicación formal para justificar la represión. La función de estas actividades represivas es castigar a los disidentes, intimidar al conjunto de la sociedad para que no se le ocurra vincularse a los grupos de oposición, y construir una realidad paralela de revolucionarios heroicos contra la ultraderecha fascista.

A Maduro no le importa que la OEA o el Mercosur lo condenen. El mundo tiene poca memoria y se cansa rápidamente de protestar. La dictadura puede vivir con esas censuras. Lo que no puede es vivir fuera del poder. La arroparán los comunistas del mundo entero, comenzando por los españoles de Unidos Podemos (esos personajes sin corazón que piden democracia para ellos y tiranía para los demás), la Rusia de Putin, probablemente China, los hermanos de las FARC, Evo Morales, los sandinistas de Ortega, el Farabundo Martí de El Salvador y el resto de la tribu prototalitaria. ¿Quién recuerda que en 1989 los chinos acabaron a sangre y fuego con las protestas de Tiananmen?

Fidel Castro siempre creyó en la utilización de turbas para lograr sus objetivos. Recurrió a ellas desde que estaba en la oposición a Batista en los años cincuenta. Pero ni siquiera lanzó a sus partidarios de rompe y rasga contra los batistianos. Los usó para amedrentar a los miembros de su propio Partido Ortodoxo que tenían otro concepto de la estrategia de lucha. Fidel Castro, finalmente, decidió morirse hace unos meses, pero dejó como parte de su herencia esa impronta violenta.

Raúl Castro, el heredero, piensa que Nicolás Maduro es un idiota, pero es su idiota. Y la manera de protegerlo es calcando en Venezuela la manera cubana de controlar a la sociedad para que nunca más los venezolanos “contrarrevolucionarios” puedan ganar alcaldías, gobernaciones o la mayoría parlamentaria.

Esto se logra con una Constitución que establezca la sacrosanta primacía de la revolución bolivariana, un sistema de postulaciones que les cierre el paso a los “desafectos” y un modelo electoral de segundo grado que, como sucede en Cuba, garantice que solo ganan los “buenos revolucionarios”.

Es verdad que el noventa por ciento de los venezolanos está en contra de la cubanización del país, incluidos muchos chavistas, pero, en la matemática comunista que maneja Raúl Castro, el 10% que respalda a Maduro alcanza para sellar la jaula. El número mágico de la contrainteligencia, espina dorsal de esos regímenes, es de apenas el 0,5% de la población. De los dos millones de adultos que simpatizan con el chavismo, o que se benefician de él, bastan apenas 150.000 personas para echar el cerrojo definitivo.

Los venezolanos tienen pocos días para impedirlo. ¿Quién puede ayudarlos? Estados Unidos examina una propuesta interesante basada en la pugna que existe entre el poder legislativo, respaldado por el voto popular, y el judicial, artificialmente construido por una maniobra del chavismo.

La propuesta de los demócratas es sencilla: abonar en una cuenta escrow el importe diario de la factura petrolera, que es el único dinero en efectivo que entra a las arcas del país, y dejar que la Asamblea Nacional, depositaria de la soberanía popular, decida el momento en que se efectúen las transferencias reales al tesoro nacional. Esto le daría a la oposición el leverage que necesita para obligar al Gobierno a negociar en serio una salida a la crisis.

Por Carlos Alberto Montaner

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15 pensamientos en “Venezuela al borde del abismo”

  1. Los tiranuelos

    Por Violeta Yangüela

    El presidente Danilo Medina ha tenido la suerte de que el gobierno venezolano y la oposición aceptaran su invitación a la República Dominicana para intentar un diálogo entre las partes en conflicto. El presidente Medina está acompañado por el ex jefe del Gobierno de España José Luis Rodríguez Zapatero.

    Dicen que a la tercera es la vencida. Este es el tercer intento para un diálogo desde el 2013.

    En la conversación han acordado que México, Chile, Bolivia y Nicaragua se integren y, asimismo, la posibilidad de que dos países europeos sean incluidos en la mesa del diálogo.

    Según las informaciones las condiciones de la oposición para establecer un diálogo son: elecciones presidenciales en el 2018, liberación de los presos políticos, levantamiento de la inhabilitación política a dirigentes opositores, respeto a las competencias del Parlamento y atención inmediata a la crisis económica y social.

    Por su parte, el Gobierno de Venezuela quiere la aprobación de la Asamblea Constituyente que le permitiría buscar recursos sin la aprobación del Parlamento de mayoría opositora y, al mismo tiempo, con el poder de la Constituyente podría desconocer los acuerdos alcanzados.

    Dice el presidente dominicano que “avanzamos en la definición de una agenda de los grandes problemas de Venezuela”.

    Mientras, el líder opositor Henrique Capriles afirma que “no es optimista con ninguna negociación con una dictadura que no respeta la Constitución” y agrega que “no está planteado un reconocimiento a la Constituyente fraudulenta”.

    Dice Maduro que “hemos logrado que después de semanas enteras de conversaciones estemos próximos a un acuerdo de convivencia política, de paz y soberanía entre la delegación de Venezuela y la oposición venezolana, estamos cerquita”.

    Agrega el presidente venezolano que “es un importante logro histórico el que haya podido instalarse formalmente y oficialmente la mesa de diálogo para la búsqueda de la paz duradera en el país”.

    Por supuesto, no podía faltar el que Maduro arremeta en contra del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por la convocatoria a una reunión con líderes iberoamericanos para debatir la crisis venezolana.

    Decía Simón Bolívar: “la gran Colombia (luego fragmentada en Colombia, Venezuela y Ecuador) caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos de todos los colores y razas”.

    Parecería que los tiranuelos aún se pasean por los contornos iberoamericanos.

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  2. Crisis en Venezuela
    Todo pueblo es hijo de una historia, con luces y con sombras. La hermana República de Venezuela vive hoy una situación dramática, próxima —lamentablemente— a alcanzar un punto de ebullición impredecible. Por lo tanto, se impone cuanto antes lograr por lo menos un punto de inflexión.

    No se logrará con el empleo de la fuerza, sino con una racionalidad regional que avance sobre islotes de un maligno y radicalizado mesiánico sentimiento de pseudoorientaciones de izquierdas y de derechas, encabezadas por simpatizantes de obsoletas y anacrónicas invocaciones ideológicas.

    Venezuela es una tierra de hombres cuyos nombres están inmortalizados en ciudades, calles y plazas en nuestro país; entre otros, Francisco de Miranda, Bolívar, Sucre y Andrés Bello. Es también un país que nunca olvidó, en momentos cruciales, la intervención en 1902 del Canciller argentino en el gobierno de Roca, doctor José María Drago y su célebre Doctrina.

    La situación venezolana —en un contexto psico-social, político-cultural, económico y militar diferente— nos permite apreciar valores e inevitablemente compararla con la de nuestro país, el que luego de tantas heridas impuestas y autoinfligidas no totalmente superadas ha logrado construir una democracia imperfecta pero vital en los últimos treinta y cinco años.

    Quizá una de las visibles diferencias ha sido el comportamiento de las Fuerzas Armadas argentinas, las que, al igual que la sociedad civil, rechazaron para siempre ejercer un poder omnímodo y arbitrario, creyendo que su vigencia era “de aquí a la eternidad”.

    Con errores, aprendimos a valorar lo que con claridad meridiana expresó Guglielmo Ferrero: “El poder, para sobrevivir, necesita algo más que la fuerza, de bastante más que la violencia, de mucho más que la coacción (…) Precisa del asentimiento, de la obediencia libremente prestada, del consentimiento de los llamados a obedecer”. El drama venezolano tiene décadas de gestación. A partir de fines de la década del ’70, el fracaso de la clase dirigente anterior, manifiestamente oligarca y corrupta, dilapidó fortunas millonarias de la renta petrolera.

    En febrero de 1999, asistí a la asunción del presidente Hugo Chávez, quien en un largo mensaje anunció lo que siguiendo a Raymond Aron, yo calificaría de Revolución Inencontrable: que como algunas otras similares terminan en un psicodrama. Al asumir su mandato, Chávez expresó: “Ojalá que el barril de petróleo no supere en el futuro los diez dólares, así vamos a diversificar nuestra economía”. Es de señalar que durante su presidencia el petróleo llegó a superar los cien dólares. Y la economía continuó deteriorándose seriamente en el presente siglo hasta alcanzar índices dramáticos, a la par que el crecimiento de su PBI es el peor de su historia (-6,6).

    La paz no reina en Venezuela y algunos agoreros predicen una guerra civil. No hay sustitutos para la paz social. Por sobre el conflicto está la paz, nuestra única conquista. Para un sector del pueblo venezolano Chávez fue un líder carismático. La dificultad es que el liderazgo y el carisma no se trasmiten. El presidente Nicolás Maduro no debe olvidar que la autoridad proviene del pueblo, y que los derechos humanos son anteriores y superiores al Estado, el cual no los otorga, sino que los reconoce , y por lo tanto, es el principal obligado a respetarlos y garantizarlos.

    En la región existen organizaciones que en algunas serias ocasiones pareciera que olvidaron los objetivos que motivaron su creación y solo recurren a inconducentes y vacíos soflamas y sofismas. La Organización de Estados Americanos (OEA) se creó en 1948 para “Fortalecer la paz, seguridad, consolidar la democracia, promover los derechos humanos, apoyar el desarrollo social y económico…”. La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), creada en 2008, entre sus objetivos propone: “Construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión en lo cultural, lo social, lo económico y lo político. Recurrir a diferentes métodos y herramientas para eliminar la desigualdad social, lograr la inclusión social y fortalecer la democracia y la participación ciudadana”. Recientemente, en el 2010, se creó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), heredera del Grupo Río, que “Promueve la integración y desarrollo delos países latinoamericanos y Caribeños, respetando la realidad de cada nación”.

    Se impone una sólida diplomacia que proporcione tanto al cuestionado Gobierno como a la fragmentada oposición venezolana una escalera por la que ambos puedan bajar, desescalar posiciones, con el fin de arribar a un llano común de paz desde donde comenzar a negociar.

    Los organismos regionales citados —que demandan una importante erogación a los países miembros— deben potenciar sus esfuerzos, descartar totalmente cualquier tipo de intervención militar y respetar el principio de no injerencia interna en otros países. De lo contrario, evidenciarían ser más inútiles que los libros de quejas. Ejemplos al respecto sobran.

    Martín Balza
    es ex Jefe del Ejército Argentino, Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica

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  3. VENEZUELA, HOY

    El portavoz del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y alcalde de Valladolid, Óscar Puente, declaró hace unos días que, a su juicio, hay en España “un sobredimensionamiento” de lo que ocurre en Venezuela, porque cuando un país vive el drama que experimenta la nación bolivariana aquello no es solo culpa de un Gobierno, sino “responsabilidad colectiva de los venezolanos”.

    Semejante afirmación demuestra una total ignorancia de la tragedia que vive Venezuela o un fanatismo ideológico cuadriculado.

    Hace falta más de un individuo para deshonrar a un partido, desde luego, habiendo socialistas que, con Felipe González a la cabeza, han demostrado una solidaridad tan activa con los demócratas venezolanos que, pese a los asesinatos, las torturas y la represión enloquecida desatada por Maduro y su pandilla, han impedido hasta ahora que el régimen convierta a ese país en una segunda Cuba.

    Pero que haya en España socialistas capaces de deformar de manera tan extrema la realidad venezolana sin que sean reprobados por la dirección delata la inquietante deriva de un partido que contribuyó de manera tan decisiva a la democratización de España luego de la transición.

    La verdad es que Venezuela fue, por cuarenta años (1959 a 1999), una democracia ejemplar y un país muy próspero al que inmigrantes de todo el mundo acudían en busca de trabajo y que, tanto los gobiernos “adecos” como “copeyanos”, dieron una batalla sin cuartel contra las dictaduras que prosperaban en el resto de América Latina.

    El presidente Rómulo Betancourt intentó convencer a los gobiernos democráticos del continente para que rompieran relaciones diplomáticas y comerciales y sometieran a un boicot sistemático a todas las tiranías militares y populistas a fin de acelerar su caída. No fue respaldado, pero, décadas después, su iniciativa acaba de ser reivindicada por la Declaración de Lima, en la que, invitados por el Perú, todos los grandes países de América Latina –Brasil, Argentina, México, Colombia, Chile, Uruguay y cinco países más de la región–, además de Estados Unidos, Canadá, Italia y Alemania, han decidido aislar a la dictadura de Maduro y no reconocer las decisiones de la espuria Asamblea Constituyente con la que el régimen trata de reemplazar a la legítima Asamblea Nacional donde la oposición detenta la mayoría de los escaños.

    El portavoz socialista no parece haberse enterado tampoco de que las Naciones Unidas han denunciado, a través de su alto comisionado para los Derechos Humanos, las torturas a las que la dictadura venezolana somete a los opositores desde hace varios meses, que incluyen descargas eléctricas, palizas sistemáticas, horas colgados de las muñecas o los tobillos, asfixia con gases, violaciones con palos de escoba, detenciones arbitrarias e invasión y destrozos de las viviendas de los sospechosos de colaborar con la oposición. Más de 5.000 personas han sido detenidas sin ser llevadas a los tribunales, las fuerzas de seguridad han asesinado a medio centenar en las últimas manifestaciones y las bandas de malhechores del régimen, llamadas los colectivos, a 27.

    El asedio sistemático a los adversarios de la dictadura se extiende a sus familias, que pierden su trabajo, son discriminadas en los racionamientos y víctimas de expropiaciones. Y la corrupción del Gobierno alcanza extremos de vértigo, como acaba de denunciar la fiscala Luisa Ortega en Brasil, revelando, entre otros horrores, que el segundo hombre del chavismo, Diosdado Cabello, recibió 100 millones de dólares de soborno de Odebrecht a través de una compañía española.

    Pero, probablemente, con toda la crueldad que denotan las violaciones a los derechos humanos y el saqueo del patrimonio nacional por los jerarcas del régimen, nada de aquello sea tan terrible como el empobrecimiento vertiginoso que la política económica de Chávez y su heredero ha acarreado al pueblo venezolano. Uno de los países más ricos del mundo, que debería tener los niveles de vida de Suecia o Suiza, padece hoy día los índices de supervivencia de las más empobrecidas naciones africanas: la pobreza afecta al 83% de la población, sufre la inflación más alta del mundo –este año alcanzará el 720%- y un PIB que según el Fondo Monetario Internacional cae 7,4%. Solo se libran del hambre y la escasez de todo –empezando por las medicinas y las divisas y terminando por el papel higiénico– el puñado de privilegiados de la nomenclatura –buen número de generales entre ellos, comprados asociándolos a las grandes operaciones del narcotráfico– que pueden adquirir alimentos, medicinas, repuestos, ropa, a precios de oro, en el mercado negro. La gente común y corriente, entre tanto, ve caer sus niveles de vida día a día.

    ¿A cuántos cientos de miles de venezolanos han obligado a emigrar las fechorías económicas y sociales del régimen? Es difícil averiguarlo con exactitud, pero los cálculos hablan de por lo menos dos millones de personas que, agobiadas por la inseguridad, la pobreza, el terror, el hambre y la perspectiva de un empeoramiento de la crisis, se han desparramado por el mundo en busca de mejores condiciones de vida, o, cuando menos, un poco más de libertad. No hay precedentes en la historia de América Latina de un país al que la demagogia estatista y colectivista haya destruido económica y socialmente como ha ocurrido en Venezuela. Lo extraordinario es que la política de destruir las empresas privadas, agigantando el sector público de manera elefantiásica, y poniendo cada vez más trabas a la inversión extranjera, se llevara a cabo cuando todo el mundo socialista, de la desaparecida URSS a China, de Vietnam a Cuba, comenzaba a dar marcha atrás, luego del fracaso de la socialización forzada de la economía. ¿Qué idea pasó por la cabeza de semejantes ignorantes? La utopía del paraíso socialista, una fabulación que, pese a los desmentidos que le inflige la realidad, siempre vuelve a levantar la cabeza y a seducir a masas ingenuas, que, pronto, serán las primeras víctimas de ese error.

    Es verdad que la Venezuela de la democracia contra la que se rebeló el comandante Chávez había sido víctima de la corrupción –un juego de niños comparada a la de ahora– y que, en la abundancia de recursos de aquellos años, los de la Venezuela saudita, surgieron fortunas ilícitas a la sombra del poder. Pero aquello tenía compostura dentro de la legalidad democrática y los electores podían castigar a los gobernantes corruptos mediante unas elecciones, que entonces eran libres. Ahora ya no lo son, sino manipuladas por un régimen que, en las últimas, por ejemplo, se inventó un millón de votos más de los que tuvo, según la propia compañía contratada para verificar los comicios. Pese a ello, la oposición ha inscrito candidatos para las elecciones regionales de gobernadores convocadas por Maduro. ¿Hay alguna posibilidad de que sean unos comicios de verdad, donde gane el más votado? Yo creo que no y, por supuesto, me gustaría equivocarme. Pero, después de la grotesca patraña de la “elección” de la Asamblea Constituyente y de la defenestración manu militari de la fiscala general Luisa Ortega Díaz, ahora en el exilio, ¿alguien cree a Maduro capaz de dejarse derrotar en las urnas? Él ha hecho todos los últimos embelecos electorales, quitándose la careta y mostrando la verdadera condición dictatorial del régimen, precisamente porque sabe que tiene en contra a la mayoría del país y que él y sus compinches tendrían un exilio muy difícil, por sus robos cuantiosos y su estrecha vinculación con el narcotráfico. En la triste situación a la que ha llegado Venezuela es poco menos que imposible –a menos de una fractura traumática del propio régimen– que recupere la democracia de manera pacífica, a través de unas elecciones limpias.

    Agosto de 2017.

    Por Mario Vargas Llosa

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  4. El regalo de Trump para Maduro
    Por MICHAEL SHIFTER
    El presidente estadounidense, Donald Trump dijo recientemente que existe una “posible opción militar” para enfrentar al gobierno de Nicolás Maduro. Credit Jim Watson/Agence France-Presse — Getty Images

    Nadie debería preocuparse por la posibilidad de una acción militar estadounidense en América Latina. La idea es risible.
    Pero la reciente declaración del presidente Donald Trump acerca de una “posible opción militar” para lidiar con el régimen dictatorial del presidente Nicolás Maduro tiene consecuencias reales.

    Esa fanfarronada podría afectar de manera adversa las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos más cercanos y complicar aún más los esfuerzos para resolver la peor crisis del hemisferio.

    A pesar de que la Casa Blanca había dicho que “todas las alternativas estaban sobre la mesa”, pareciera que la referencia explícita de Trump salió de la nada. El actual gobierno estadounidense ha expandido las sanciones dirigidas a altos funcionarios de Venezuela —entre los que se encuentra Maduro— que comenzaron durante la presidencia de Barack Obama.

    Se dice que se sigue analizando la posibilidad de mayores sanciones económicas; incluso podrían interrumpirse las importaciones de petróleo. Como era de esperarse, el extraño comentario de Trump ha tenido una respuesta negativa casi universal, tanto en Estados Unidos como en América Latina.

    El comentario recordó la época de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos realizó intervenciones militares en la región que a menudo tuvieron resultados poco felices y dejaron un mal sabor de boca. La última vez que Estados Unidos utilizó las fuerzas armadas en América Latina fue en Panamá, hace casi tres décadas. Trump no parece estar consciente de que la región —tanto como Estados Unidos— ha cambiado considerablemente desde entonces.

    Además, ningún alto funcionario o figura política estadounidense —ya sea republicana o demócrata— ha respaldado o sugerido que acepta esa alternativa. De hecho, hace pocos días, H. R. McMaster, asesor de Seguridad Nacional, señaló que no esperaba que hubiera una intervención militar foránea en Venezuela.

    Fue un momento bastante desafortunado para decir eso. Primero, los gobiernos de América Latina, cuya respuesta ante el dramático deterioro de Venezuela ha desilusionado por su lentitud y tibieza, hace poco tomaron la iniciativa y asumieron una postura más enérgica. Están redoblando la presión diplomática sobre Maduro para que respete las normas democráticas.

    La semana pasada, el gobierno de Perú convocó una reunión especial de los ministros de relaciones exteriores del hemisferio. Doce de los gobiernos más grandes y más importantes firmaron una declaración notable porque mencionaba que había una “dictadura” en Venezuela y aceptaba trabajar de forma conjunta en acciones más concretas, entre ellas restricciones de envíos de armas a Venezuela y el bloqueo de cualquier nominación venezolana en organizaciones internacionales.

    La ausencia de un representante de Estados Unidos en la cita de Lima refleja que mucha de la buena voluntad entre Washington y gran parte de América Latina se ha disipado.

    Es fácil entender que el hecho de mencionar una posible intervención militar estadounidense en Venezuela no cayó bien entre los gobiernos de la región, que enfatizaron el principio de “no intervención” en el párrafo de apertura de la declaración. Es probable que el comentario de Trump genere un distanciamiento y una desconfianza mayor entre Estados Unidos y Latinoamérica, y complique las iniciativas para realizar acciones multilaterales en Venezuela.

    El comentario de Trump se produjo dos días antes de que el vicepresidente Mike Pence visitara cuatro países de la región con el fin de promocionar los beneficios mutuos de una colaboración constructiva entre Estados Unidos y América Latina y realizar consultas sobre opciones para abordar la crisis venezolana. Sin embargo, el mandatario estadounidense ha debilitado ese esfuerzo.

    El domingo, en Colombia, el vicepresidente Pence se refirió a “la tragedia de la tiranía en Venezuela” e intentó tranquilizar al presidente Juan Manuel Santos, un buen socio de Estados Unidos, explicándole la política del gobierno de Trump sobre Venezuela. Es probable que Pence pase más tiempo del que anticipaba controlando los daños causados por su jefe.

    Tal vez lo más importante es que el comentario sobre una posible intervención militar puede resultar contraproducente en ese país, ya que podría darle al régimen de Maduro el salvavidas político que necesita y dividir aún más a la oposición.

    Hugo Chávez, el carismático líder de la revolución bolivariana que asumió la presidencia en 1999 y murió en 2013, en repetidas ocasiones se refirió al “imperio” en sus ataques hacia Estados Unidos. Funcionó como una consigna muy efectiva, en especial después que la Casa Blanca de Bush apenas ocultó su júbilo por el efímero golpe de Estado en contra de Chávez en 2002.

    Sin embargo, para Maduro, cuya presidencia está signada por una economía que colapsa y una gran represión, la mención del “imperio” ha perdido mucha fuerza entre los venezolanos. Cada vez menos personas creen que Estados Unidos es el culpable de la desgracia y la hambruna generalizadas en ese país.

    Tal vez sin darse cuenta, Trump le ha dado credibilidad al argumento favorito de Chávez para perpetuarse en el poder. Como era de esperarse, Maduro, invocando el principio de soberanía nacional, pidió a los venezolanos prepararse “para defender la paz, con los tanques, aviones y misiles” y ordenó a las Fuerzas Armadas realizar ejercicios el 26 y 27 en todo el país.

    La mención de una intervención militar también puso en aprietos a la oposición venezolana, justo cuando intentaba reagruparse después de la indignante toma de poder que instaló a la Asamblea Nacional Constituyente. Maduro, al igual que lo hizo Chávez antes que él, siempre ha acusado a la oposición de ser una marioneta de Washington. La oposición, que enfrenta una situación muy difícil y que ya estaba dividida por diferencias políticas y de personalidades, se podría fracturar aún más en la medida en que adopte una posición frente a la postura de Trump.

    Si la fanfarronada ayuda a mitigar la profunda crisis humanitaria y de gobernabilidad de Venezuela, entonces Trump se merecerá el crédito por su gran intuición. Pero lo más probable es que suceda lo contrario. Más bien parece que el presidente de Estados Unidos ha enturbiado la política de su gobierno y le ha dado un regalo a Maduro desequilibrando a la oposición, alejando aún más a los aliados de la región y poniendo a su vicepresidente a recoger los platos rotos.

    Y, al final, los venezolanos son los que sufrirán.

    Michael Shifter es presidente de Diálogo Interamericano y profesor de Política Latinoamericana en Georgetown.

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  5. Venezuela, ¿y ahora?

    11 de ago de 2017
    El camino estrecho de la negociación y el trágico del enfrentamiento, en el análisis de Rafael Luciani, estudioso venezolano del pensamiento del Papa Francisco
    Redoblan los tambores de guerra de un madurismo acorralado por el aislamiento internacional y latinoamericano después del autogolpe de la Constituyente, con la cual el heredero de Chávez se dispone a eliminar los últimos restos de la división de poderes. Rafael Luciani los escucha desde su oficina en la Universidad Andrés Bello de Caracas e intenta interpretarlos con una frialdad poco común en estos tiempos y en este lugar del mundo. El pasado mes de febrero Luciani promovió un importante congreso en el prestigioso Boston College de Massachusetts sobre los desarrollos de la teología en lengua española “en tiempos del Papa Francisco”. El profesor Luciani identifica dos posturas de izquierda sobre el caso venezolano que le parecen representativas de otras tantas alternativas contrapuestas. «Para entender esto nos podemos referir a dos posturas de la izquierda sobre el caso venezolano. La que representa el ideólogo cubano Borón, quien sostiene que el conflicto venezolano tiene su origen en la agresión imperialista de Estados Unidos y “si una fuerza social declara una guerra contra el gobierno se requiere de éste una respuesta militar”. Otra postura es la que representa el sociólogo venezolano Edgardo Lander, quien reconoce que hay un cierre de vías institucionales para resolver el conflicto porque el gobierno desconoce a la Asamblea Nacional, no ha permitido el mandato constitucional de cambiar los rectores del Consejo Nacional Electoral, ha cancelado el referéndum revocatorio y pospuso todas las elecciones. Para Lander, “estamos muy lejos de algo que pueda llamarse práctica democrática. Se utilizan todos los instrumentos del poder en función de preservarse en el poder”. Esta es la posición de la Fiscal Luisa Ortega Díaz y de una buena parte del chavismo no castrista que se opone a Maduro y que debe ser integrado necesariamente en cualquier proceso de transición». Pero la magistrada acaba de ser destituida de sus funciones y el chavismo dialogante ha sido amenazado de traición a la patria.

    Rafael Luciani no se hace ilusiones sobre la posibilidad de que el Vaticano regrese a Venezuela para promover una salida no cruenta, aunque considera que la Santa Sede sigue siendo una de las pocas instancias internacionales que todavía “pueden contribuir a mover a la comunidad internacional para que presione al chavismo ideológico castrista a realizar algún tipo de negociación”. El pensamiento se dirige al Papa, cuya posición, para Luciani, siempre “ha sido coherente y ha actuado en comunión con las instancias eclesiásticas venezolanas”. Recuerda la posición más reciente del 4 de agosto, cuando el Papa envió un comunicado a través de la Secretaría de Estado diciendo que la Santa Sede esperaba que todos los actores políticos, y en particular el gobierno, se comprometieran a «asegurar el pleno respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, como también de la vigente Constitución; se eviten o se suspendan las iniciativas en curso como la nueva Constituyente que, más que favorecer la reconciliación y la paz, fomentan un clima de tensión y enfrentamiento». Luciani subraya que las condiciones a las que se refiere la declaración pontificia son las mismas que el Vaticano había exigido en diciembre: «elecciones, restitución de la Asamblea, apertura del canal humanitario y liberación de los presos políticos». Está convencido de que solo el chavismo menos ideológico y ajeno a Cuba, representado por la fiscal Luisa Ortega Díaz y el ex ministro Miguel Rodríguez Torres, pudiera estar abierto a un diálogo sincero para restablecer la Constitución de 1999, que es defendida también por la oposición a Maduro”.

    Le preguntamos si todavía hay alguien con la fuerza suficiente para detener una escalation hacia el puro y simple aniquilamiento de la oposición.

    “La oposición no tiene armas ni ejércitos ni fuerzas paramilitares – responde. La salida a esta crisis ya comienza a verse por la vía de la implosión social y política, pero esto sólo llevará a una continua rebelión popular que profundice la anarquía. Por ello, el camino menos traumático es el de un acuerdo para la transición que incorpore a las fuerzas del chavismo político no castrista, a los militares —garantes de la Constitución de 1999—, y a la oposición democrática. Cualquier otra vía no sólo no será viable sino que correrá con el riesgo de generar más violencia y anarquía, y en pocos años tendremos al chavismo radical de nuevo en el poder”.

    ¿Entonces no hay una salida electoral?

    La elección de los nuevos constituyentistas se realizó por la vía sectorial y comunal, y no por medio del sufragio universal directo y secreto. Se siguió el modelo electoral cubano que no admite disidencia y en el que los representantes de los sectores del país están agrupados en organizaciones gubernamentales y son miembros del partido único. No existe el pueblo sin el filtro político del partido único. Este es el modelo que Maduro usó para la Asamblea Nacional Constituyente, pues como decíamos anteriormente, al no contar con el carisma de caudillo ni con el dinero del petróleo, sólo le queda el sostén militar y el fraude electoral. Esta segunda vía, junto con el fraude electoral, es la que usó para la elección sectorial de los constituyentistas. De hecho, la empresa Smartmatic, proveedora de la tecnología que se usa en el Consejo Electoral Nacional, confirmó al día siguiente de las elecciones que hubo manipulación de la data por parte del ente. Este hecho no sólo pone en cuestionamiento la actual elección, sino todo el sistema electoral venezolano desde que Chávez comenzó a implementar el sistema automatizado de votación. A esto debemos agregar que la mayoría de los partidos opositores se encuentran actualmente “ilegalizados” por decisión del Tribunal Supremo de Justicia y los líderes principales de la oposición se encuentran inhabilitados, detenidos o exiliados. Para ser honestos, haría falta una reforma integral del sistema electoral venezolano si queremos elecciones libres y transparentes. Al menos comenzar por el nombramiento de rectores que sean independientes y que permitan los procesos de auditoría correspondientes. El problema es que estamos en medio de un gran dilema. Si la oposición inscribe a sus candidatos para una elección, entonces, con toda seguridad la Constituyente suspenderá esa elección, porque Maduro tiene un rechazo de más del 80% del país. Pero si la oposición decide no participar, entonces tolerará las elecciones con la seguridad de que sus candidatos ganarán al no tener oposición alguna.

    ¿Se puede hablar de diferentes posturas dentro de la Iglesia venezolana sobre la manera de afrontar la dictadura madurista?

    La posición de todas las instancias que hacen vida en la Iglesia venezolana están en plena sintonía entre sí. No hay fisuras. El 31 de marzo pasado, día en que se realizó el autogolpe del gobierno, la Conferencia Episcopal Venezolana denunció que para el gobierno «todo gira en torno a lo político entendido como conquista del poder, olvidando las necesidades reales de la gente» e instó a que «no se puede permanecer pasivos, acobardados ni desesperanzados». Más aún. La Conferencia Episcopal llegó a plantear si no «es hora de preguntarse muy seria y responsablemente si no son válidas y oportunas, por ejemplo, la desobediencia civil, las manifestaciones pacíficas, los justos reclamos a los poderes públicos nacionales y/o internacionales y las protestas cívicas». A esto se le sumó la voz de la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Venezuela, el 4 de abril, reconociendo «la falta de autonomía entre los cinco poderes públicos: Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral y Ciudadano», y subrayó «la indolencia del gobierno nacional ante la situación crítica que vive nuestro pueblo, demostrando una vez más que solo le interesa la lucha por mantenerse en el poder» en un contexto de «inminente dictadura». Tres días más tarde, el 7 de abril, la Compañía de Jesús en Venezuela, a través de la revista SIC del Centro Gumilla, que representa a la teología de la liberación en Venezuela, hizo pública su posición oficial: «nos enfrentamos a una dictadura como ciudadanos y como cristianos», dictadura que se consuma con «las decisiones asumidas por el Tribunal Supremo de Justicia en Sala Constitucional de fecha 28 y 29 de marzo que suponen un claro golpe de Estado». Hoy en día, luego del fraude electoral que llevó a la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente el pasado 4 de agosto, el jesuita José Virtuoso, Rector de la Universidad Católica, se refirió a esta Asamblea fraudulenta como la “constitucionalización de una dictadura militar socialista”. El rector habló de “transformación de la Constitución para consolidar un régimen autoritario, muy centralizado en la figura del Presidente, con poderes omnímodos sobre el Estado y desde el Estado a la sociedad”. Como ha dicho el teólogo de la liberación Pedro Trigo SJ, hemos vivido, de Chávez a Maduro, el paso del totalitarismo a la dictadura. En conclusión, la posición de la Iglesia, tanto local como universal ha sido en realidad sumamente coherente.

    fuente: Tierras de América

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  6. Pobres por decreto

    El chavismo y el castrismo son como Thelma y Louise: están empeñados en huir hacia delante aunque lo que les espera es un precipicio. La gran diferencia es que las dos heroínas del famoso filme de Ridley Scott se embarcan en un viaje a ninguna parte en busca de la libertad, mientras que Nicolás Maduro en Venezuela y Raúl Castro en Cuba sencillamente ganan tiempo para atornillar sus regímenes despóticos.
    Haciendo oídos sordos al clamor de una consulta popular que votó masivamente contra su plan de reescribir la Constitución, Maduro llevará adelante su Constituyente a pesar de estar completamente deslegitimada. Para él y su entorno de lo que se trata es de perpetuarse en el poder y aniquilar lo que queda de la sociedad civil en Venezuela.

    En cuanto a su aliado –algún día habrá que escribir el libro definitivo sobre la codependencia del chavismo y el castrismo–, Raúl Castro se prepara para su jubilación oficial en febrero de 2018. El hermano menor de Fidel vigilará el destino de los cubanos desde su retiro dorado como una suerte de Reina Madre mientras sus delfines gestionan un continuismo que permita el statu quo. A su manera, lo que pretende Raúl es morir sin sobresaltos, ahorrándose un final a lo Eric Hoenecker en la extinta Alemania comunista. A fin de cuentas, los Castro tienen una prole numerosa que vive de las prebendas de una dinastía familiar que lleva en el poder casi seis décadas. Tamaño patrimonio hay que preservarlo, aunque sea en cuentas ocultas en Suiza.

    Bien, ante la presión de gobiernos extranjeros que instan a Maduro a propiciar un diálogo nacional con el fin de que termine el baño de sangre en las calles, el mandatario venezolano se limita a emplear más fuerza bruta. La Habana lo apoya y lo defiende porque es la táctica que desde el principio puso en marcha la Revolución para consolidar una dictadura comunista que hasta hoy se mantiene en pie por la represión.

    Como era de esperar, en las sociedades donde la iniciativa individual se estrangula y la libertad se convierte en una utopía, la pobreza y el estancamiento se convierten en la rutina de pueblos que día a día se depauperan física y espiritualmente. Cuba le lleva la delantera a Venezuela, pero la revolución bolivariana que instauró Hugo Chávez es discípula aventajada de este modelo político fallido y famélico.

    Es lógico y predecible que así sea. Desde 1959 una de las prioridades del castrismo ha sido la de condenar a la pobreza a los cubanos. Y al cabo de tantos años de escasez y fuga de cerebros en busca de un mejor destino, el Partido Comunista reitera su leit motiv: en Cuba no puede haber ricos. Nadie (salvo la nomenclatura y sus cachorros) puede acumular riqueza o propiedades. Los cuentapropistas son vistos como el enemigo porque florecen al margen de los tentáculos del glotón Estado. Hablando sin rodeos, los cubanos están condenados a ser pobres de solemnidad que deben renunciar a ilusiones ajenas a la mediocridad estatista. Desafortunadamente, no hay sitio para los jóvenes emprendedores que en las sociedades libres se enriquecen y contribuyen a la prosperidad y la creatividad conjunta.

    Otro tanto puede decirse del chavismo que, por desgracia, se mira en el espejo deformante de la distopía cubana. Sin ir más lejos, hace unos días la excanciller venezolana Delcy Rodríguez clamaba, ‘Nos moriremos de hambre, pero aquí estaremos defendiendo la patria”. El tono habitual de los líderes chavistas con un mensaje pavoroso: que desfallezcan de hambruna los venezolanos con tal de que el gobierno se eternice en medio de la crisis.

    La única receta que el castrismo y el chavismo ofrecen es la de la pobreza por decreto y sin visa para el sueño de avanzar y ser libres. Cuando afirman que está “prohibida la riqueza” lo que ocultan es que nunca se saldrá del hoyo de la pobreza. Matar de hambre no cuesta nada.

    Por Gina Montaner

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  7. El mañana de Venezuela

    Por Viviana Benítez Yambay

    El gobernante socialista Nicolás Maduro organizó para hoy una Asamblea Nacional Constituyente para reformar la Constitución promulgada por su antecesor el fallecido Hugo Chávez, en 1999.

    Venezuela, con la mayor reserva de petróleo del mundo, está sumida en una grave crisis económica —con grave escasez de alimentos y medicamentos— por la caída de los precios del crudo y la inestabilidad política generada a partir de la radicalización autoritaria del chavismo, empotrado en el poder desde hace 18 años y que vio perder su fuerza en 2015 con la contundente victoria de la oposición en las elecciones legislativas.

    Pese a este panorama adverso, ¿por qué no cae la dictadura chavista?

    El gran soporte del gobernante socialista sigue siendo las Fuerzas Armadas, que controlan sectores clave de la economía, entre ellos la distribución de alimentos. En una investigación de la agencia Associated Press (AP) sobre el tema, el general retirado Cliver Alcalá afirmó que “ahora la comida da más que la droga”.

    Además de poder económico, Hugo Chávez otorgó a los uniformados poder político a cambio de su lealtad. El día que se les retire esos “privilegios” la estructura del chavismo se desplomará.

    Para los chavistas -con grietas en su interior- la asamblea de hoy es su última chance de seguir en el poder, y es por esto que el gobierno delineó un “sistema de elección especial” de acuerdo a sus intereses, para asegurarse una mayoría de bancas aunque pierdan el voto popular.

    La oposición decidió no concurrir.

    Así, los candidatos chavistas tienen asegurada la “victoria”.

    El poderoso número dos del chavismo, Diosdado Cabello (más “chavista” que “madurista”) es uno de los principales candidatos; al igual que la excanciller Delcy Rodríguez, la Primera Dama Cilia Flores y Nicolás Maduro (h).

    Estas tres últimas candidaturas fueron puestas por Maduro como contrapeso a Cabello.

    Este exmilitar y legislador tiene aspiraciones presidenciales, mientras que la excanciller no ha mostrado indicios siquiera de querer ocupar el sillón de Maduro y difícilmente Nicolasito se levante contra su padre y Cilia contra su esposo.

    El gobernante dio por sentado que Rodríguez presidirá la comisión que reformará la Carta Magna, cargo que también ambiciona Cabello.

    Maduro es la espinita en el pie de Cabello. En 2002, tras un breve golpe de Estado contra Chávez, el legislador asumió como jefe de Estado por un par de horas. Después, al presidir el Parlamento se ubicó en la primera línea de sucesión por lo que a la muerte del líder del “Socialismo del Siglo XXI”, le correspondía a él volver al palacio de Miraflores. Pero eso no ocurrió, porque Chávez nombró a Maduro como su “heredero”.

    Con esta convocatoria, rechazada por gran parte de la comunidad internacional, el chavismo pretendería disolver instituciones que le incomodan, como el Legislativo y la Fiscalía.

    No es casualidad que esta semana Maduro se haya referido a esta Constituyente diciendo que “es el gran poder que necesitamos para poner orden en Venezuela. Necesitamos un poder que esté por encima de los poderes que sabotean el desarrollo del país”.

    La votación para designar a los 545 asambleístas no contará con presencia de observadores internacionales. Comenzarán a sesionar 72 horas después de “ser elegidos” (el miércoles 2 de agosto), por un “periodo indefinido”.

    Con todo ello, tras este domingo tenso y de gran incertidumbre, millones de venezolanos y la misma comunidad internacional, se preguntan qué pasará a partir de mañana.

    No hay muchas vueltas que darle al asunto. Las ideas radicales no cambian de domingo a lunes.

    El chavismo, que ya venía disfrazando su pseudodemocracia, dirá que “el pueblo habló”, se radicalizará aún más, continuará la opresión sobre quienes expresan ideas contrarias a su “socialismo”, seguirá pisoteando los derechos humanos, continuará negando que existen presos políticos y especulará con la paciencia de los venezolanos.

    Las palabras del secretario general de la OEA, Luis Almagro, llegan en tiempo oportuno: “las dictaduras no caen empujadas desde afuera, caen empujadas desde adentro” y, aunque “No hay Maduro que no se pudra, ni Cabello que no caiga” —como rezaba un cartel en una de las marchas contra el Gobierno— mientras no se produzca una implosión en la cúpula del chavismo, y eso incluye especialmente a las FF.AA., un mejor mañana para Venezuela no llegará tan pronto.

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  8. Venezuela puede terminar como Nicaragua, Cuba o Siria

    Por Andrés Oppenheimer

    La crisis política venezolana se está agravando rápidamente tras el impresionante plebiscito organizado por la oposición para votar en contra del plan del presidente Nicolás Maduro de imponer una Constitución como la de Cuba, y tras la amenaza del presidente Trump de tomar “acciones económicas fuertes y rápidas” contra el régimen venezolano.

    Se cuentan unos 100 muertos en las recientes protestas contra el régimen de Maduro. Y el número podría aumentar si Maduro sigue adelante con su plan de convocar una Asamblea Constituyente con delegados elegidos a dedo el 30 de julio. Si Maduro lleva a cabo su plan, la nueva Constitución declararía clausurada la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, que fue democráticamente electa en 2015.

    ¿Qué pasará ahora? Hay cuatro posibles escenarios:

    – El escenario nicaragüense: una salida democrática, y relativamente pacífica. Tras la masiva consulta popular opositora del 16 de julio, en que más de 7 millones de venezolanos votaron en contra del plan de Maduro para cambiar la Constitución, la comunidad internacional intensifica su presión sobre el régimen venezolano.

    Los países latinoamericanos, la Unión Europea y Estados Unidos hacen un anuncio conjunto de que no reconocerán a ningún gobierno venezolano que salga de una Asamblea Constituyente ilegítima, y que condicionarán todos sus futuros contratos petroleros con Venezuela a la aprobación de la actual Asamblea Nacional.

    Maduro anuncia que cancelará la votación el 30 de julio para su Asamblea Constituyente, y que celebrará elecciones libres supervisadas internacionalmente el próximo año, tras recibir garantías de que ni él ni sus principales colaboradores irán a la cárcel.

    Al igual que ocurrió en las elecciones de 1990 en Nicaragua, la oposición gana, y los altos funcionarios chavistas van a sus casas, o al exilio, sin más derramamiento de sangre.

    – El escenario egipcio: un golpe militar. Maduro convoca su Asamblea Constituyente y cierra la Asamblea Nacional de mayoría opositora. Esta última nombra un gobierno “legítimo” paralelo al de Maduro, y pasa a la clandestinidad.

    Hay una escalada de violencia. El ejército se niega a disparar contra los manifestantes opositores. Un comandante militar arresta a Maduro por violar la Constitución, anuncia la creación de un “gobierno provisional” y promete celebrar elecciones libres en seis meses.

    Eso es lo que hizo el general Abdel Fattah el-Sisi en Egipto en 2013. Más tarde consolidó su poder militar, se presentó como candidato y fue electo presidente en unas elecciones muy cuestionadas.

    Una variación de este escenario sería que un líder militar tome el poder y cumpla con su promesa de celebrar elecciones libres sin postularse él mismo a la presidencia. Sin embargo, hay pocos ejemplos de ese desenlace.

    – El escenario cubano: la consolidación de una dictadura de Maduro. Maduro impone su Constitución al estilo cubano, el gobierno de Trump anuncia un embargo petrolero a Venezuela, el país desemboca en una crisis humanitaria y centenares de miles de refugiados venezolanos se escapan a Colombia, Brasil, Panamá y otros países.

    Venezuela se convierte en una nueva Cuba, con una población cada vez más empobrecida y una élite gobernante apoyada por Rusia y China.

    – Los escenarios de Libia o Siria: Maduro impone su Constitución totalitaria, y algunos comandantes militares regionales se levantan contra el gobierno central. Hay una fragmentación del país, y Venezuela se desliza hacia una guerra civil.

    Mark Schneider, analista del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington DC, me dijo que el futuro de Venezuela dependerá mucho de si Maduro logra celebrar su farsa constituyente del 30 de julio, y cambia la Constitución.

    Para evitar los peores escenarios, “es esencial que la comunidad internacional monte una campaña unificada, aclarándole a Maduro de que no reconocerán a ningún gobierno que salga de su Asamblea Constituyente ilegítima”, me dijo Schneider.

    Mi opinión: Estoy de acuerdo. Todos los escenarios venezolanos son malos, pero el menos catastrófico sería uno que se asemeje a las elecciones de Nicaragua de 1990, en que Maduro se vea presionado para celebrar elecciones libres con autoridades electorales imparciales. En cambio, si la comunidad internacional le permite a Maduro seguir adelante con su plan e imponer una Constitución al estilo cubano, es probable que veamos un mayor deterioro, y muchos más muertos.

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  9. Lo que Trump debería hacer sobre Venezuela

    Por Andrés Oppenheimer

    El presidente Trump ha generado titulares con su amenaza de ordenar “acciones económicas fuertes y rápidas” contra Venezuela, que un alto funcionario de su gobierno dijo podrían incluir un embargo petrolero. Sin embargo, hay otras medidas de Estados Unidos que serían mucho más inteligentes que esa.

    Trump amenazó con sanciones económicas en una declaración escrita emitida por la Casa Blanca el 17 de julio, un día después de que más de 7 millones de venezolanos votaran en un referéndum organizado por la oposición para oponerse al plan del presidente Nicolás Maduro de reemplazar la Constitución por una nueva, semejante a la de Cuba. El 18 de julio, un alto funcionario estadunidense dijo que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluyendo recortes a las compras de petróleo venezolano.

    Venezuela depende del petróleo para el 95 por ciento de sus ingresos de exportación. Y el grueso de las exportaciones petroleras venezolanas –unos 700.000 barriles diarios– van a Estados Unidos.

    Pero fuentes de oposición venezolanas me dicen que un embargo petrolero tendría un impacto devastador en el pueblo venezolano, que ya sufre de una escasez generalizada de alimentos y medicinas.

    Además, daría a Maduro y a su élite narcomilitar una enorme victoria política, porque les permitiría escudarse –como lo viene haciendo Cuba desde hace cinco décadas– tras la excusa de que su crisis económica ha sido causada por la “agresión yanqui”. Y un embargo unilateral de Estados Unidos haría mucho más difícil imponer sanciones diplomáticas internacionales contra el régimen de Maduro.

    En lugar de imponer un embargo unilateral de petróleo, Trump debería tomar las siguientes medidas incrementales:

    – Ordenar a la Casa Blanca y al Departamento de Estado que se involucren activamente en los esfuerzos regionales e internacionales para imponer sanciones diplomáticas colectivas al régimen de Maduro.

    Eso significaría evitar errores del Gobierno de Estados Unidos, como la vergonzosa ausencia del secretario de Estado Rex Tillerson en la reciente reunión de cancilleres de países de la Organización de los Estados Americanos para discutir la crisis venezolana. A pesar del apoyo de 20 países, la reunión no emitió una condena a Venezuela por la oposición de tres pequeñas islas del Caribe, que podrían haber sido persuadidas por Tillerson si hubiera estado allí, dicen diplomáticos latinoamericanos.

    – Imponer sanciones personales adicionales dirigidas contra los altos funcionarios del régimen de Maduro. Trump, al igual que el expresidente Obama antes que él, impuso sanciones de viaje y congeló los activos estadounidenses de varios altos funcionarios, incluido el vicepresidente Tareck El Aissami. Pero Trump podría aplicar sanciones personales contra otros, entre ellos el ministro de Defensa Vladimir Padrino López y el poderoso congresista Diosdado Cabello.

    – Exponer la corrupción masiva del régimen venezolano, divulgando información del Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre los cientos de millones de dólares que según funcionarios estadounidenses son propiedad de altos funcionarios venezolanos en cuentas inmobiliarias y bancarias de Estados Unidos. ¿Por qué no dar a conocer toda esa información lo antes posible?

    – Más importante aún, Trump debería condicionar futuros contratos petroleros de Estados Unidos con Venezuela a la aprobación de la Asamblea Nacional de Venezuela, de mayoría opositora desde que la oposición ganó abrumadoramente las elecciones legislativas de 2015.

    Esto haría que Maduro lo pensara dos veces antes de imponer una nueva Constitución de estilo cubano para abolir la Asamblea Nacional. Y ayudaría a fortalecer al Congreso liderado por la oposición. Otros países podrían seguir el ejemplo de Estados Unidos, y condicionar sus tratos con el Gobierno de Venezuela a la aprobación del legítimo congreso de Venezuela.

    Mi conclusión: Todas estas medidas, especialmente la última, serían mucho más eficaces que un embargo petrolero unilateral de Estados Unidos. Cortar las importaciones de petróleo venezolano afectaría significativamente al valiente pueblo venezolano que está protestando en las calles, ayudaría a Maduro a hacerse la víctima, y rompería el creciente consenso internacional de que es hora de que Maduro convoque a elecciones libres.

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  10. Apocalipsis Venezuela y la ingenuidad patética de Rajoy

    Por Héctor de Lima

    Nadie puede negar la existencia de la lucha de contrarios, la batalla del bien contra el mal, representada como la coexistencia de acciones contrapuestas, la vida contra la muerte, la luz y la oscuridad, Dios y la Bestia, cada uno con su ejército gobernando las leyes del caos y de las probabilidades.

    Los que creyeron que el envío de Leopoldo López con grilletes electrónicos en las piernas y mordaza jurídica que le impide hablar en público, era una demostración de debilidad de la Bestia, deberían constatar el escalamiento inaudito de la represión en los días subsiguientes. Era simplemente un paso atrás para echar tres para adelante, según la expresión de uno de ellos “el gesto de Maduro era para callar la jauría de perros que ladraban en Hamburgo”. Ahora viene la acción demoledora de la Asamblea Nacional Constituyente, como un asalto al último reducto de la democracia, la toma del poder contra una Asamblea Nacional, como originalmente lo concibió la Bestia Eterna desde sus fueros internos.

    Aquellos que creen que el comunismo es solo un movimiento político no han entendido que esencialmente es un movimiento religioso, que se arropa en la acción política para el logro de sus fines. El odio de clases es su esencia para la acción y a base de ese odio quieren construir una sociedad supuestamente igualitaria, donde por supuesto los de arriba son más iguales que los de abajo.

    La doctrina de Jesús por otra parte no es solo la expresión de un pensamiento religioso, es también la concertación de un pensamiento político implícito en la palabra y obras de Jesús, totalmente opuesto al comunismo como expresión de la lucha de contrarios.

    Pero la Bestia no da treguas. Puede permitirse sacar de una celda a una de sus víctimas solo para aparecer después con fuerzas redobladas, persiguiendo abuelos, allanando universidades, arrollando a mujeres embarazadas. El Chavismo es esencialmente la sangre de la Bestia desarrollando su acción rutinaria en las calles de Venezuela.

    Para ello la Bestia utiliza “el odio” para crear, según ellos dicen, la “conciencia de clase”, sin odio de clases es imposible concebir las revoluciones comunistas. Jesús en cambio utiliza “el amor” como pilar fundamental de su iglesia. Odio y Amor son contrapuestos y pertenecen a las categorías superiores del pensamiento cuyas expresiones las vemos en la vida diaria.

    El otro pilar fundamental de la Bestia es la “igualdad” que los comunistas y socialistas exhiben como pináculo de la justicia. Lo contrario a la igualdad es lo diverso, lo distinto, que solo puede darse a través del “libre albedrío”, a través de la Libertad. Estos son entonces los pilares políticos de Jesús, el amor y la libertad. El odio y la igualdad son los pilares políticos de la Bestia. En una sociedad de seres iguales, como en las sociedades totalitarias donde predomina el mismo salario, el mismo uniforme, un solo pensamiento, un solo partido, en cuanto permites un poco de libertad, aparecen las diferenciaciones y cada quien se las ingenia para leer otros periódicos, escuchar otras voces y huyen de esa sociedad buscando la libertad de empresa, libertad de mercado, la libertad de crear y disfrutar de su intelecto y su trabajo.

    Venezuela no escapa a esas influencias, el bien y el mal han batallado durante más de cien días, dejando su estela de sangre en las calles de todas las ciudades. No por casualidad el artículo 333 de la constitución es la antítesis del 666, que según la profecía es el número de la Bestia. En Venezuela adquiere diversos rostros, es el odio punzante y estridente en los gritos de Diosdado Cabello, es la cara paniaguada de la señora canciller con estrofas cínicas aprendidas del abecedario comunista de la guerra fría. Es la espuma en la boca del dictador Nicolás Maduro, amenazando que resolverá con fuego lo que no pudo con los votos.

    Y así lo hace, a pesar de la ingenuidad patética de Rajoy y el Grupo de los Veinte.

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  11. El escandaloso silencio del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre Venezuela

    Por Andrés Oppenheimer

    ¡Qué escandaloso! A pesar de la sangrienta represión del presidente Nicolás Maduro, que ha dejado más de 100 muertos, miles de heridos y cientos de presos políticos en los últimos tres meses en Venezuela, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (CDHNU) todavía no ha dicho una sola palabra sobre la crisis venezolana.

    El CDHNU, con sede en Ginebra, y cuya misión es promover “los más altos estándares” de derechos humanos en todo el mundo, no ha emitido ni una sola resolución sobre Venezuela, ni ha convocado a una sesión urgente para discutir la crisis venezolana, ni ha pedido siquiera una investigación sobre las muertes de los jóvenes manifestantes venezolanos por guardias nacionales y turbas armadas respaldadas por el gobierno.

    Hay una razón para esa inacción, claro. Casi la mitad de los 47 países miembros del Consejo son dictaduras -incluidos Cuba, China y Arabia Saudita- que se defienden mutuamente de las acusaciones de violaciones de derechos humanos. De hecho, el Consejo es una sociedad de protección mutua de las peores dictaduras del mundo.

    “El Consejo puede convocar una sesión de emergencia sobre Venezuela en cualquier momento, y dado lo que está sucediendo en las calles allí, debería haberlo hecho”, dice Hillel Neuer, director de UN Watch, un grupo no gubernamental con base en Ginebra que monitorea las acciones de la ONU. “Pero nunca lo ha hecho”.

    Lo que es igualmente alarmante, Venezuela fue recientemente reelegida como miembro del Consejo, agregó.

    Ni Estados Unidos ni otras democracias con bancas en el Consejo presentaron mociones para condenar los recientes abusos de los derechos humanos en Venezuela. El gobierno de Trump, aparte de algunas fotos en las que el Presidente posó con figuras de la oposición venezolana y sanciones contra funcionarios de ese país que ya habían empezado en la época de Obama, ha sido en gran parte invisible en la crisis de Venezuela.

    Trump aún no ha nombrado a un embajador estadounidense ante la ONU en Ginebra, que es una de las razones por las cuales no hubo presión estadounidense de alto nivel para debatir el caso venezolano, dicen los críticos. Nikki Haley, la embajadora estadounidense ante las Naciones Unidas en Nueva York, hizo una breve visita a Ginebra durante las sesiones del Consejo en junio, pero sólo hizo un evento paralelo, fuera de las sesiones, sobre Venezuela.

    La inexperiencia e ineptitud diplomáticas del gobierno de Trump fueron también evidentes en la reunión especial de cancilleres de la Organización de Estados Americanos sobre Venezuela en junio. La ausencia del secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, en esa reunión ayudó a que un puñado de pequeñas islas del Caribe pudieran derrotar una condena al régimen de Maduro respaldada por 20 democracias de la región.

    El gobierno de Trump dice que está considerando retirarse del Consejo a menos que este sea reformado. Bajo las reglas actuales, en lugar de ser elegidos en una votación general, los miembros del Consejo son nombrados por sus bloques regionales. Eso permite que los países que desean desesperadamente estar en el Consejo -como Cuba y Venezuela- le hagan favores a sus vecinos a cambio de que los nombren para el Consejo.

    Pero casi todas las organizaciones independientes de derechos humanos coinciden en que sería una mala idea que Estados Unidos se retire del Consejo. Cuando le pregunté si Estados Unidos debería renunciar al Consejo, Neuer me dijo: “Eso es un dilema, pero cuando George W. Bush decidió retirarse, el Consejo no mejoró. Al contrario, empeoró. Lo que Estados Unidos debería hacer es nombrar a un campeón de los derechos humanos como embajador en la ONU en Ginebra”.

    Mi opinión: Estoy de acuerdo, aunque dudo que el gobierno de Trump pueda tener mucha credibilidad en temas de derechos humanos. Trump ha elogiado públicamente a los dictadores de Rusia, China, Arabia Saudita y Egipto, entre otros, rompiendo con la tradición bipartidista de los presidentes de Estados Unidos de criticar los abusos de los derechos humanos en todas partes.

    Hay que presionar al Consejo de Derechos Humanos para que se pronuncie sobre Venezuela, pero la mejor manera de hacerlo es que todas las democracias del mundo lo denuncien como lo que es, una farsa monumental.

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  12. Presión

    Por fin el autoritario y criminal gobierno de Nicolás Maduro ha dado un paso en la dirección que evite un derramamiento de sangre mayor en una Venezuela al borde de una guerra civil. Leopoldo López tiene ahora prisión domiciliaria y para algunos es el resultado de una brava y comprometida manifestación en contra del Gobierno que dura mas de 100 días y lleva casi el mismo número de víctimas. Si la interpretación se queda solo en este gesto no habrá valido para nada la presión ciudadana. Maduro debe acompañar todo esto con un retorno a la verdadera democracia, la que ha privado a su pueblo de tener un órgano de deliberación como el Congreso, al que no ha tenido en consideración ninguna en su trascendencia desde que fue escogido mayoritariamente de signo contrario al suyo. Llegaron al punto de invadirlo con un turba que atacó sus instalaciones y a algunos de sus miembros en una imagen que nos retrotrae a las peores formas de barbarie política conocidas. Ahora le queda al pueblo de Venezuela volver a la democracia, este Gobierno no logra entender el mandato mayoritario de su pueblo y resiste con lo peor que tiene el poder: la fuerza y la injusticia.
    López es el símbolo de la resistencia y de los excesos, pero el verdadero frontón es el pueblo valiente que lleva más de tres meses arriesgando su vida en las calles. Los jóvenes que saben que no tienen presente ni menos futuro en estas condiciones. Los marginales, con los que Chávez construyó su base de poder sobre el argumento retórico de que su pobreza era el resultado de la codicia de los que detentaban el poder político y económico, hoy son sus víctimas propiciatorias. No tienen qué comer y solo son carne de cañón de un régimen que no es sostenible de otra manera que no sea con palos y balas. Maduro está acabado y su régimen, que ya dura más de 15 años, no puede sostenerse en una mascarada falsa de supuesta democracia. Venezuela es una dictadura y eso lo sabemos todos los que vemos que los parámetros para medir este sistema político han sido rebasados por la prepotencia y el autoritarismo. Si pretenden algo de piedad y ahorrar más vidas a su pueblo, Maduro debe emprender la transición de manera urgente y procurarse él y sus colaboradores algún exilio posible en el único país garante de su gestión genocida: Cuba.

    Nadie puede argumentar que lo que acontece ahí es resultado de una conspiración local e internacional. Chávez, primero, y Maduro, después, han llevado a su país al despeñadero más cruel de todo. Han conducido a su pueblo al abismo, llevará años la recuperación, y con toda la fuerza de la presión popular la prisión domiciliaria de Leopoldo López no debe tomarse como una concesión sino como un reconocimiento de que su régimen no da más y es el momento de la partida sin retorno.

    Benjamín Fernández Bogado

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  13. El responsable del ataque al Congreso en Venezuela

    Por Andrés Oppenheimer

    No se equivoquen: el presidente venezolano Nicolás Maduro es directamente responsable del violento ataque del 5 de julio contra la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, y de la mayoría de las 90 muertes que se han registrado en las protestas antigubernamentales de los últimos tres meses.

    Poco después del ataque de unas 200 milicias armadas respaldadas por el gobierno a la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, Maduro condenó el hecho. Hablando poco después de que gobiernos de todo el mundo expresaron su indignación por el incidente, Maduro dijo: “No voy a ser nunca cómplice de ningún hecho de violencia”.

    ¡Qué caradura! Hay docenas de fotografías y videos que muestran cómo la Guardia Nacional de Maduro permitió que las milicias progubernamentales –muchas de ellas con máscaras para ocultar sus rostros– entraran en las instalaciones del Congreso y golpearan a los legisladores, dejando al menos uno de ellos inconsciente. Y durante la golpiza, los guardas miraban sin hacer nada.

    Los guardias nacionales “le daban puerta franca a los manifestantes para que entraran en la Asamblea, y para que hicieran los desmanes que hicieron”, le dijo el congresista Leonardo Regnault, quien fue golpeado en la cabeza, a Fernando del Rincón de CNN en Español esa noche. Al menos cinco legisladores resultaron heridos.

    Las organizaciones de derechos humanos dicen no tener la menor duda de que los “colectivos” –como se conoce a las milicias respaldadas por el gobierno– que atacaron a la Asamblea Nacional están protegidos por Maduro y el vicepresidente Tareck El Aissimi.

    Pocas horas antes del ataque al Congreso venezolano, el vicepresidente El Aissimi se había presentado allí, y dijo que el Congreso “ha sido secuestrado” por la oligarquía. Es difícil no concluir que el ataque fue planeado desde los más altos niveles del gobierno, dicen los legisladores de la mayoría opositora en el Congreso.

    Los “colectivos” suelen patrullar las calles de Caracas en motocicletas, intimidando a la población para que no se una a las protestas de la oposición, dice Human Rights Watch. El uso de milicias civiles respaldadas es una vieja táctica que ha sido utilizada por dictadores como Fidel Castro en Cuba y Benito Mussolini en Italia.

    “Es absurdo que Maduro diga que no sabía lo que estaba pasando”, me dijo el director de Human Rights Watch para las Américas, José Miguel Vivanco. “Estos hechos no ocurrieron en algún lugar remoto de Venezuela. Tuvieron lugar en la Asamblea Nacional, en el corazón de Caracas, frente a la Guardia Nacional”.

    Independientemente de si son empleados del gobierno, parte de la recompensa de los “colectivos” es el saqueo. Regnault, el congresista que fue golpeado en la cabeza en el ataque, dijo a CNN que después de que le pegaron, “me quitaron mis pertenencias”.

    Todavía quedan unos pocos países que dicen que la crisis política en Venezuela es culpa de ambas partes, el gobierno y la oposición.

    ¡Eso es un disparate! Basta escuchar al propio Maduro para convencerse de lo contrario. Maduro, que está propiciando una nueva Constitución al estilo cubano, admitió públicamente en un discurso del 27 de junio que no cree en las elecciones democráticas.

    “Si fuera destruida la revolución bolivariana, nosotros iríamos al combate. Jamás nos rendiremos: lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas”, dijo.

    Dos meses antes, el 17 de abril, Maduro anunció “planes para expandir la Milicia Nacional Bolivariana a 500.000 milicianos”, y proclamó que garantizaba “un fusil para cada miliciano”.

    Mi opinión: La condena de Maduro al ataque contra la Asamblea Nacional es risible. Maduro es el presidente del país, comandante en jefe de las fuerzas armadas y –como él mismo admitió en sus discursos del 17 de abril y del 27 de junio– es el artífice de las milicias armadas que hostigan a la población.

    Aquellos que siguen diciendo que la violencia en Venezuela es el resultado de un choque entre dos bandos igualmente culpables viven en el pasado. Hoy en día, hay una dictadura tambaleante que contrata a turbas armadas para intimidar a la gente, y la gran mayoría de la población que quiere que Maduro y sus asesores cubanos se vayan.

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  14. Poder

    Si algo está en crisis en los tiempos críticos que corren es el poder. Sin embargo, es el que menos reconoce la situación y por lo tanto elude confrontar el dilema trascendente de su misión. En el camino, el que lo ejerce busca encontrar con quién pelear y en ese camino requiere inventar, crear o empoderar a alguien o algo para justificar su presencia.
    Pareciera como si el camino de ejercer el poder como servicio le fuera de tan difícil consecución que solo lo justifica en la pelea contra los otros “poderes”. Esta es una característica repetida en el mundo donde los presidentes han encontrado en la prensa a uno de los enemigos más interesantes de confrontar con todo el aparato del poder a su servicio. Si no son suficientes las amenazas, el cercenamiento de la publicidad estatal (que finalmente es de todos) recurre al poder Legislativo con leyes que cercenan primero la libertad de prensa y luego atacan la de la expresión y si esto no es suficiente van con la justicia para sancionar duramente a quien ose meter las narices para cuestionar el poder y su mala utilización.

    En este sistema de gestión en crisis el desconcierto es tan grande que el poder político solo encuentra justificación no en el objeto ni sujeto de su acción sino en la confrontación con el otro. Ahí está concentrada toda su energía, su tiempo y su esfuerzo cotidiano. “Hay que hacer algo que le duela al otro” parece ser el grito de guerra de un poder desbordado en su propia concepción y que solo se legitima en acabar con el disenso. Tenemos, por eso, en varias mal llamadas democracias, que las calles, las protestas con toda su carga de confrontación y de sangre son los escenarios en donde se disputa el poder. El espacio de las instituciones ha dejado de existir y la manipulación de las mismas es tan abiertamente injusta que la confrontación cuerpo a cuerpo es lo único que queda para desalojar a unos del poder o de los autoritarios a mantenerse con el mismo.

    Pareciera como si el camino de ejercer el poder como servicio le fuera de tan difícil consecución que solo lo justifica en la pelea contra los otros “poderes”.
    Esta secuencia contraria al mismo concepto de democracia que tiene en el diálogo, el disenso y la búsqueda de lo opuesto: el consenso, las claves para su desarrollo se derivan por esa intolerancia del poder en lucha y en muerte. Se ha hecho tabla rasa de las instituciones so pretexto que impedían el desarrollo de la acción del gobernar y se las sustituyeron por espacios intermedios dominados por la chapucería más insultante que se diseñó con el objetivo claro de espantar toda racionalidad posible en el debate. El comportamiento de muchos es en sí mismo una alevosa contestación a la lógica más elemental y disfruta quien ejerce el poder en demostrarlo de forma burda y altanera.

    La crisis del sistema es la crisis del poder, solo que el político en vez de resolverlo lo profundiza y convierte a la imprevisibilidad en un factor que pone en riesgo no solo el sistema del que queda muy poco de su forma original sino de convivencia pacífica entre los miembros de la sociedad. Se ha diseñado un poder autojustificado en la confrontación, desprovista de la capacidad de hacer con el otro y aun menos: de construir consensos.

    La discusión callejera es cada vez más peligrosa y el camino a una guerra civil parece ser irreversible en países como Venezuela, donde el poder Ejecutivo no solo demuestra una absoluta miopía sino que además insulta la racionalidad más elemental, mostrando así su capacidad de expresar el poder de forma violenta y humillante.

    El poder debe volver a sus fuentes primigenias. Desde lo filosófico al sentido del servicio, desde lo jurídico al respeto de las normas, desde lo administrativo a la valorización de las instituciones y desde lo ético a la trascendencia del ser humano en su disidencia más profunda y en su concepción más amplia. Todo lo contrario es simplemente: suicidio.

    Benjamín Fernández Bogado

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  15. Inventando un nuevo juego

    Comienzo proponiéndoles un juego. Se pueden utilizar dados, cartas, pelota, fichas de dominó, lo que se quiera. Nadie sabe cómo se juega más que yo que no doy ningún tipo de explicación. Comienza el juego y a medida que se desarrolla voy explicando cuáles son las reglas, de qué se trata el juego, cómo se deben mover las piezas, las que se hayan elegido y cuáles son las penas para las infracciones que realicen los diferentes jugadores. Yo, como conocedor de todas las reglas, estoy libre de cualquier tipo de sanción. ¿Hay alguien lo suficientemente tonto que se atreva a entrar en este juego donde, evidentemente, todo tiende a que los demás pierdan y solo gane la banca?

    Palabra más, palabra menos, es lo que viene sucediendo en Venezuela desde que se inventó eso de la “revolución bolivariana” de la que acabamos de tener una definición muy precisa dada por el mismo Nicolás Maduro: “Si no conseguimos imponer la Revolución Bolivariana con votos, lo haremos con las armas”. En realidad ya lo están haciendo con grupos parapoliciales que disparan sin piedad contra pacíficos manifestantes que protestan por los abusos de su gobierno, lo que hace que la lista de muertos suba cada día más y se tienen ya cantidades capaces de helarle la sangre a cualquiera. Se calcula que en los últimos meses más de ochenta personas han muerto en la calle a causa de los disparos de encapuchados que se mueven, impunemente, en motocicletas.

    Al mismo tiempo y para evitar cualquier intento de restarle legitimidad al gobierno de Maduro, a través de decretos del poder ejecutivo se sacan y ponen atribuciones a diferentes organismos del Estado, comenzando por el Poder Legislativo controlado por la oposición que fue desposeída de la mayor parte de sus atribuciones, neutralizándolo. Pero este traspaso de poderes, verdadera transmigración de una institución a otra, carece de toda estabilidad, ya que, según soplen los vientos a favor o en contra de Maduro, muy bien pueden cambiar de un día para otro.

    Para no alargar más esta historia y seguir con complicadas explicaciones, la situación es exactamente igual a la del juego que ponía en el primer párrafo de este artículo: Maduro es el dueño del juego, él es quien lo controla, quien dicta las normas del juego que van cambiando constantemente de acuerdo a sus necesidades y siempre en contra de sus oponentes. Y esto no es, desde ningún punto de vista, la manera en que se juega en democracia donde las reglas son claras, de público conocimiento, al alcance de todos los entendimientos, y de aplicación obligatoria en todos los casos, sean ellos favorables o contrarios a los intereses de quien dirige el juego.

    Todos los ojos del continente están puestos en Venezuela, que logra mantener una serie de complicidades con pequeños países del continente a través de una política extorsiva en la que el petróleo es la moneda de cambio. Apartando a estos pequeños países a los que se le suman Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Cuba, Venezuela ha quedado completamente sola y aislada. Según desde qué ángulo se lo mire, esta situación favorece (o desfavorece) a nuestro país, porque pasa desapercibido, en el que el Poder Ejecutivo lleva adelante una política idéntica a la de Nicolás Maduro cambiando las leyes del juego de acuerdo a sus conveniencias, manejando la Constitución Nacional de manera tendenciosa para favorecer sus intereses y dejar fuera de juego a quienes no comparten sus ideas, sus preocupaciones, sus propósitos y sus negocios. Sobre todo esto último: sus negocios.

    La gente se encuentra muy preocupada por la corrupción que impera en diferentes niveles del gobierno, los negocios a través de las obras públicas, el favoritismo a los amigos cercanos y a los parientes, etcétera. Pero se está dejando de lado otra corrupción mucho peor: la corrupción ética, la corrupción de los principios políticos que permiten el enriquecimiento inmoderado de quienes tienen el poder en las manos y no dudan en cometer los más descarados y terribles atropellos a la legalidad para seguir disfrutando de esos inmerecidos privilegios.

    Si en realidad nos escandaliza la inmoralidad y la desfachatez de Nicolás Maduro y su forma de proceder en el gobierno de Venezuela defendiendo lo indefendible, es recomendable que nos detengamos a mirar a nuestro alrededor y pensar dos veces antes de emitir una opinión sobre aquello, porque los mecanismos que se han puesto en marcha son exactamente los mismos.

    Por Jesús Ruiz Nestosa

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