Un nombre cualquiera

Cambiaba de nombre cada día. Como quien cambia de humor o de camisa. Hoy era Sófocles y mañana, Igor. Ayer fue Moctezuma. Pasado será Carmelo, Stefan, Sinmore o Tukik. Cuando le fallaba la imaginación o la memoria echaba mano unas veces del santoral, otras del periódico, el Ulises, la Ilíada, El Silmarillion, Cien años de soledad, la guía telefónica o La lista de Schindler. En el Registro le prohibieron la entrada. Por loco y por coñazo. Cinco meses después ya ni lo intentaba. Asumió su condición de alzado, prófugo de la onomástica, insumiso de la partida, el certificado, el padrón y el DNI. En casa lo llamaban Tú, si se dirigían a él directamente, o Él cuando no era Tú. Los niños lo llamaban don Usted y en la calle nadie se atrevía a llamarlo, lo saludaban con gestos o muecas hasta que él mismo se presentaba. Hola, soy Daniel –o Harold, Ares, Pólux, Daichi, Casto, Cristo Manuel…– Y así vivió, de apelativo en apelativo diario hasta el fin de sus días. Su muerte provocó en la familia un enorme dilema. ¿Qué grabar en la lápida? Tú o Él les parecía poco apropiado. Su nombre original bien podría considerarse un agravio. La retahíla interminable de denominaciones que fue adoptando cada día haría necesario una lápida inmensa o una sucesión interminable de lápidas. Finalmente optaron por la incineración. Vertieron las cenizas en una jarra rotulada José y la colocaron junto a un ejemplar raído de Todos los nombres, de un tal Saramago.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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