El evangelio del domingo: Tener pan es compromiso

 

Jn 6,51 – 58.- Celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, instituida por el papa Urbano IV en el año 1264, con el fin de tributar a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud.
Para agrandar esa reverencia al Señor la Iglesia instituyó las “Horas de Adoración al Santísimo”, la procesión de Corpus Christi y estimuló las visitas al Santísimo.

Todo eso se fundamenta en nuestra invariable convicción sobre la presencia real de Jesús en la Hostia Consagrada, pues Él ha prometido estar con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos.

Es más, Él afirma: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

El desafío del alimento es un dilema para la humanidad, y un estadista hizo esta alarmante constatación: “Es imposible tener paz, cuando en el mundo setenta y cinco por ciento de las personas están enfermas por falta de comida, y veinticinco por ciento está enferma por exceso de comida”.

El pan de la tierra, que simboliza el alimento, la vivienda, el trabajo, la educación y otros elementos para una vida digna, se vuelve un problema serio cuando no nos relacionamos honestamente con el pan vivo bajado del cielo, porque, de un lado, estará el egoísmo que no permite compartir con los otros, y de otro lado, la gula que no conoce límites.

Por eso, tenemos que aprender a compaginar la realidad del “pan” con una conducta de más compromiso con el semejante, con el bien común y con la ecología.

El primer aspecto es valorar el don que Jesús hace de sí mismo, pues nuestro espíritu necesita inmensamente de este alimento, para que no seamos dominados por el materialismo individualista.

Esto nos compromete a participar de la Misa todos los domingos, intensificando nuestra comunión con la Iglesia, especialmente con sus miembros más desprotegidos, pues es “Para la vida del mundo”, que Jesús nos da su cuerpo y su sangre.

Nuestra participación en la Santa Misa no puede reducirse a una experiencia intimista, que dura cerca de una hora, pero debe llevarnos a fraccionar el pan con todos. El pan, los ejemplos edificantes, la firmeza de luchar contra los vicios dentro de casa y fuera también.

Si comprendemos que tener pan es tener un compromiso con la justicia, el Señor nos promete una recompensa demasiado grande: “vivirá eternamente”.

Hoy, Día de los Padres: enviamos a todos nuestra bendición.

 

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

 

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4 pensamientos en “El evangelio del domingo: Tener pan es compromiso”

  1. Ángelus del Papa: En la Eucaristía Jesús alimenta nuestra fe, esperanza y caridad

    18 de jun de 2017
    En el día en que en Italia y otros países del mundo se celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus dominical como es habitual, asomado al balcón del Palacio Apostólico Vaticano. En la alocución previa el Papa meditó sobre el pasaje del evangelio del día, que narra una parte del discurso sobre el Pan de Vida tomado del libro de san Juan, en el que Jesús nos dice: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo”.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    En Italia y en muchos países se celebran este domingo la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo – a menudo se utiliza el nombre latino Corpus Domini o Corpus Christi. Cada domingo la comunidad eclesial se reúne alrededor de la Eucaristía, sacramento instituido por Jesús en la última cena. Sin embargo, cada año tenemos la alegría de celebrar la fiesta dedicada a este misterio central de la fe, para expresar en plenitud nuestra adoración a Cristo que se da como alimento y bebida de salvación.

    El pasaje del Evangelio de hoy, tomado de San Juan, es una parte del discurso sobre el “pan de vida” (cf. 6,51-58). Jesús afirma: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. […] El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”(v. 51). Él quiere decir que el Padre lo envió al mundo como alimento de vida eterna, y que para ello Él se sacrificará a sí mismo, su carne. De hecho, Jesús, en la cruz, ha dado su cuerpo y ha derramado su sangre. El Hijo del hombre crucificado es el verdadero Cordero pascual, que hace salir de la esclavitud del pecado y sostiene en el camino hacia la tierra prometida. La Eucaristía es el sacramento de su carne dada para hacer vivir el mundo; quien se nutre de este alimento permanece en Jesús y vive por Él. Asimilar a Jesús significa estar en él, volviéndose hijos en el Hijo.

    En la Eucaristía, Jesús, como lo hizo con los discípulos de Emaús, se pone a nuestro lado, peregrinos en la historia, para alimentar en nosotros la fe, la esperanza y la caridad; para confortarnos en las pruebas; para sostenernos en el compromiso por la justicia y la paz. Esta presencia solidaria del Hijo de Dios está en todas partes: en las ciudades y en el campo, en el Norte y Sur del mundo, en países de tradición cristiana y en los de primera evangelización. Y en la Eucaristía Él se ofrece a sí mismo como fuerza espiritual para ayudarnos a poner en práctica su mandamiento – amarnos los unos a otros como Él nos ha amado -, mediante la construcción de comunidades acogedoras y abiertas a las necesidades de todos, especialmente de las personas más frágiles, pobres y necesitadas.

    Nutrirnos de Jesús Eucaristía significa también abandonarnos con confianza en Él y dejarnos guiar por Él. Se trata de recibir a Jesús en el lugar del propio “yo”. De este modo el amor gratuito recibido de Jesús en la comunión eucarística, con la obra del Espíritu Santo, alimenta el amor por Dios y por los hermanos y hermanas que encontramos en el camino de cada día. Nutridos por el Cuerpo de Cristo, nos volvemos cada vez más y concretamente, Cuerpo Místico de Cristo. Nos lo recuerda el Apóstol Pablo: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan».(1 Cor 10,16-17).

    La Virgen María, que siempre ha estado unida a Jesús Pan de Vida, nos ayude a redescubrir la belleza de la Eucaristía, a nutrirnos de ella con fe, para vivir en comunión con Dios y con hermanos.

    Ángelus domini…

    fuente: News Va

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  2. Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo (A)

    “Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre”. (Jn 6, 51)

    La Iglesia nos invita a celebrar en estos días la fiesta de Corpus Christi. En algunos países esta fiesta se celebró este jueves, en otros se celebra en este domingo. De igual modo queremos reflexionar hoy sobre este gran misterio que el Señor nos dejó: la eucaristía.

    Esta fiesta quiere ayudarnos a crecer en el misterio de la comunión con Dios, principalmente a través de este sacramento, que es la fuente y la cumbre de toda nuestra vida cristiana.

    Algunos, cuando se habla de eucaristía, piensan que lo principal es organizar muchas adoraciones e incentivar mucho más la visita al Santísimo, que, sin duda, son acciones muy bonitas, pero el principal objetivo de esta fiesta es ayudar a las comunidades y a las personas a descubrir la fuerza, la gracia y la riqueza de la celebración eucarística, principalmente de la dominical, día en que celebramos la victoria de Cristo y también de su presencia continua en medio de nosotros.

    Hace más de cuarenta años el Concilio Vaticano II nos enseñaba que la participación de los cristianos en la liturgia debería ser activa, consiente y fructífera. Significa que deberíamos participar de la misa y no solo asistirla; que deberíamos conocer los ritos; participar en los cantos, en las respuestas, estar involucrados en la celebración. Creo que mucho ya hicimos. La misa empezó a ser celebrada en nuestras lenguas, en muchas comunidades ya se consiguió que las personas dejen de ser pasivas y participen activamente, pero aún tenemos mucho que mejorar.

    Es muy bello ver en los origines de la Iglesia, como era importante celebrar la eucaristía para los primeros cristianos. Por ejemplo, la expresión: “Sine domenica non possumus!” que puede ser traducido de dos modos: “Sin el domingo no podemos vivir” o entonces “Sin la cena del Señor no podemos vivir”. Esta frase fue pronunciada por algunos cristianos de los primeros siglos que fueron presos cuando salían de una misa y las autoridades paganas les exigían que abandonasen la fe cristiana, que renunciasen a participar de la mesa, pero ellos respondieron que no podrían vivir sin esta. Y estos nuestros hermanos prefirieron morir, para no dejar de vivir.

    También nosotros somos invitados a descubrir la fuente de nuestra fe, que es también la fuente de nuestra vida. Qué bueno sería si en nuestros labios pudiera estar también esta frase: ¡Sin la misa no puedo vivir! ¡Sin consagrar el domingo mi vida no tiene sentido! ¡Sin la comunión con Dios es inútil mi existencia!

    Qué bueno sería si nosotros tuviéramos a Dios en el primer lugar en nuestras vidas; si en el domingo lo más importante para nosotros fuera la participación de la misa, en la comunidad y después dedicarlo a la familia, a la recreación y al reposo. Sin tener que inventar excusas o decir que no tuve tiempo o que estaba muy cansado o que tenía otros quehaceres.

    ¡Sin Dios no somos nada! Sin él no vivimos, solamente vagamos por el mundo.

    Dios se ofrece para estar en comunión con nosotros, pero la comunión entre dos personas no sucede cuando solo uno quiere. La comunión exige voluntad y empeño de ambos.

    Jesús se ofrece como pan vivo bajado del cielo, capaz de transformarnos interiormente y darnos una vida sin límites, pero para “comer de este pan”, para estar en comunión con él yo debo integrarme a su cuerpo, a la Iglesia. Porque es solamente a través de ella, cuando celebra la eucaristía, que yo puedo alimentarme de este pan vivo que nos da vida eterna.

    Querido hermano, querida hermana que Dios nos dé la gracia de fundar nuestras vidas, sea como padres o madres de familia, como jóvenes o ancianos, como sacerdotes o laicos, en la eucaristía. Que ella sea la fuente de nuestro amor, de nuestra paciencia, de nuestra caridad y de nuestra esperanza, y hacia ella concurra todas nuestras fuerzas, todo nuestro empeño y toda nuestra energía.

    Pues así, en nosotros ya habrá empezado la vida eterna.

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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  3. domingo 18 Junio 2017

    Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
    Deuteronomio 8,2-3.14b-16a.
    Moisés habló al pueblo diciendo:
    “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos.
    Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
    No olvides al Señor tu Dios, que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud,
    y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones. No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca,
    y en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres.”

    Carta I de San Pablo a los Corintios 10,16-18.
    Hermanos:
    La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?
    Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.
    Pensemos en Israel según la carne: aquellos que comen las víctimas, ¿no están acaso en comunión con el altar?

    Evangelio según San Juan 6,51-58.
    Jesús dijo a los judíos:
    “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.
    Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”.
    Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
    El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
    Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
    El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
    Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
    Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, (1891-1942), carmelita descalza, mártir, copatrona de Europa
    Poesía “Yo estoy con vosotros”

    “El que coma de este pan vivirá eternamente”

    Nos atrae con poder misterioso,
    nos encierra en sí en el seno del Padre
    y nos da el Espíritu Santo.

    Este corazón palpita para nosotros en el pequeño tabernáculo
    donde permanece misteriosamente oculto
    en aquella silenciosa, blanca forma.

    Este es, Señor, tu trono de Rey en la tierra,
    que tú has erigido visiblemente para nosotros,
    y te gusta ver acercarme a él.

    Tú incas tu mirada lleno de amor en la mía,
    e inclinas tu oído a mis suaves palabras
    y llenas el corazón con profunda paz.

    Pero tu amor no encuentra satisfacción
    en este intercambio que todavía permite separación:
    Tu corazón exige más y más.

    Tú vienes a mí cada mañana como alimento,
    tu carne y sangre son para mí bebida y comida
    y se obra algo maravilloso.

    Tu cuerpo cala misteriosamente en el mío,
    y tu alma se une a la mía:
    ya no soy yo lo que era antes.

    Tú vienes y vas, pero permanece la semilla
    que tú has sembrado para la gloria futura (Mc 4,26; Jn 12,24),
    escondida en el cuerpo de polvo.

    Permanece un resplandor del cielo en el alma,
    permanece una profunda luz en los ojos,
    una suspensión en el tono de voz.

    Permanece el vínculo, que une corazón con corazón,
    la corriente de vida que brota del tuyo
    y da vida a cada miembro (1Co 12,27).

    Qué admirables son las maravillas de tu amor,
    sólo nos asombramos, balbuceamos y enmudecemos,
    porque el espíritu y la palabra no puede expresar.

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  4. Prenda de vida eterna

    Hoy meditamos el Evangelio según San Juan 6, 51-58.
    Si alguna vez nos entristece el pensamiento de la muerte y sentimos que se derrumba esta casa de la tierra que ahora habitamos, debemos pensar, llenos de esperanza, que la muerte es un paso: más allá sigue la vida del alma, y un poco más tarde la acompañará el cuerpo, que será también glorificado; como ocurre a quien tiene que abandonar su hogar por alguna catástrofe, que se consuela e incluso se alegra al saber que le aguarda otro mejor, que ya no tendrá que abandonar jamás.

    La Sagrada Eucaristía no solo es anticipo, sino “señal que se da en garantía” de la promesa que nos ha hecho el mismo Señor: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día.

    Mirad con cuidado cómo vivís; no sea como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, pues los días son malos, nos advierte San Pablo en la Segunda lectura de la Misa. Ahora, como entonces, los días son malos, y el tiempo, corto. Es pequeño el espacio que nos separa de la vida definitiva junto a Dios, y las posibilidades de dejarse arrastrar por un ambiente que no conduce al Señor son abundantes.

    El Apóstol nos invita a aprovechar bien el tiempo, el que nos toca vivir. Más aún, hemos de recuperar el tiempo perdido. Rescatar el tiempo –explica San Agustín– “es sacrificar, cuando llegue el caso, los intereses presentes a los intereses eternos, que así se compra la eternidad con la moneda del tiempo”. Así aprovecharemos todos los momentos y circunstancias para dar gloria a Dios, para reafirmar el amor a él, por encima de todo lo que es pasajero y no deja huella.

    El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “Cuando tomamos y comemos ese pan, somos asociados a la vida de Jesús, entramos en comunión con él, nos comprometemos a realizar la comunión entre nosotros, a transformar nuestra vida en don, sobre todo a los más pobres.

    La fiesta de hoy evoca este mensaje solidario y nos impulsa a acoger la invitación íntima a la conversión y al servicio, al amor y al perdón. Nos estimula a convertirnos, con la vida, en imitadores de lo que celebramos en la liturgia.

    El Cristo, que nos nutre bajo las especies consagradas del pan y del vino, es el mismo que nos viene al encuentro en los acontecimientos cotidianos; está en el pobre que tiende la mano, está en el que sufre que implora ayuda, está en el hermano que pide nuestra disponibilidad y espera nuestra acogida. Está en el niño que no sabe nada de Jesús, de la Salvación, que no tiene fe. Está en cada ser humano, también en el más pequeño e indefenso.

    La Eucaristía, fuente de amor para la vida de la Iglesia, es escuela de caridad y de solidaridad. Quien se nutre del pan de Cristo ya no puede quedar indiferente ante los que no tienen el pan cotidiano. Y hoy sabemos es un problema cada vez más grave.

    El papa Francisco, en la Audiencia General del pasado miércoles dijo: “Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. Y una fea esclavitud en la que podemos caer es la de creer que el amor haya que merecerlo. Quizá gran parte de la angustia del hombre contemporáneo deriva de eso: creer que si no somos fuertes, atractivos y guapos, entonces nadie se ocupará de nosotros. Muchas personas hoy buscan una visibilidad solo para colmar un vacío interior: como si fuéramos personas eternamente necesitadas de confirmaciones. Pero, ¿os imagináis un mundo donde todos mendigan motivos para suscitar la atención de los otros, y sin embargo ninguno está dispuesto a querer gratuitamente a otra persona? Imaginad un mundo así: ¡un mundo sin la gratuidad del querer!

    Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? ¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? (responden: el amor) ¡Más fuerte! (gritan: ¡el amor!) ¡Muy bien, muy bien, muy bien todos!

    ¿Y cómo se hace sentir a la persona que la amas? Es necesario sobre todo abrazarla. Hacer sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste. Amor llama amor, de forma más fuerte de lo que el odio llama a la muerte…”

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).

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