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Continúa el martirio del pueblo cubano

“El modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros”, fue la respuesta de Fidel Castro al periodista norteamericano Jeffey Goldberg en setiembre de 2010, cuando este le preguntó si aún valía exportar el modelo cubano a otros países. Aunque el fallecido dictador cubano reclamó más tarde que Goldberg había malinterpretado su declaración referida al hecho de que el sector estatal cubano estaba inflado con más de un millón de trabajadores supernumerarios, reduciendo la productividad y eficiencia de las empresas estatales, por lo que al menos la mitad de ellos debía ser eliminada.

Como era de esperar, la muerte del dictador desató especulaciones acerca de lo que sobrevendría en Cuba tras su desaparición. Especialmente en lo económico, la mayoría de los analistas aceptó la visión de que su legado en cuanto a tratar de construir y mantener una economía socialista centralmente planificada había resultado un fracaso, por lo que la única esperanza para el futuro del país era desmantelar el sistema existente y reemplazarlo con uno orientado hacia la libre empresa y el libre mercado, tal como lo habían hecho los países excomunistas de Europa del Este en la década de 1990.

Tomando de sorpresa a muchos observadores de Cuba, su hermano y sucesor en el gobierno de la República, Raúl Castro, se apartó de la rígida línea ideológica socialista reduciendo substancialmente la subsidiada “gratuidad” estatal. “Debemos eliminar para siempre la noción de que Cuba es el único país en el mundo donde uno puede vivir sin trabajar”, declaró el nuevo comandante en jefe de las fuerzas armadas cubanas en una sesión de la Asamblea Nacional en agosto del 2010.

Obviamente, las reformas económicas de Raúl Castro no fueron estructuralmente significativas para paliar la aguda crisis del país, pero fueron lo suficientemente eficaces como para alentar el resurgimiento de la iniciativa privada en la economía doméstica. El restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos fue un factor clave para la dinamización de la microeconomía de la isla, pese a que el expresidente Barack Obama no logró que el Congreso de su país levantara el “embargo”, medida que prohíbe que empresas norteamericanas hagan negocio con Cuba y que las que lo hagan con ese país no lo puedan hacer con Estados Unidos.

Pero el cambio que el pueblo cubano y las naciones democráticas de América esperaban con más expectativa era el político que pusiera fin a la tiranía, que por más de medio siglo mantiene coartada la libertad de los habitantes de la isla caribeña. Lamentablemente, eso no se dio, pese a la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Y ni Obama ni el papa Francisco lograron que el régimen comunista aflojara la camisa de fuerza con la que hasta ahora mantiene aprisionado al pueblo cubano. Por el contrario, la represión contra los disidentes más bien ha recrudecido en la medida en que el pueblo oprimido reclama libertad. De hecho, Raúl Castro ha sido enfático al sostener que no habrá cambio político en Cuba, pese a la presión internacional.

La asunción de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha renovado la esperanza de los cubanos de que, merced a una mayor presión diplomática y económica por parte del Gobierno norteamericano, el régimen comunista podría verse obligado a iniciar una gradual apertura política que ponga fin a la férrea dictadura prevaleciente en la isla. En tal sentido, recientemente, el secretario de Estado de ese país, Rex Tillerson, dijo que “Cuba debe empezar a abordar los desafíos en derechos humanos”, como condición para que Washington mantenga la apertura en las relaciones bilaterales iniciada por la administración de Obama.

En una audiencia ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Tillerson señaló que la apertura de la isla a su relación con Estados Unidos ha conducido a un incremento de visitantes y vínculos empresariales estadounidenses con la isla. Pero agregó: “Creemos que hemos logrado muy poco en términos de cambiar la conducta del régimen en Cuba. (…) el régimen cubano sigue encarcelando a opositores políticos y acosando a disidentes (…) Si vamos a sustentar el lado bueno de esa relación, Cuba debe, absolutamente debe, abordar esos desafíos de derechos humanos”.

Queda por verse si la intención del Gobierno de Trump de forzar un cambio político democrático en Cuba se traduce en medidas y resultados concretos en el sentido de hacer realidad el sueño hasta ahora incumplido del pueblo cubano tras la muerte de Fidel Castro: el fin de la larga dictadura comunista en la isla. Decimos esto porque las grandes potencias –Estados Unidos incluido– tienen una larga tradición de apoyo a regímenes dictatoriales en aras de intereses estratégicos, tales como recursos naturales, seguridad militar y ganancia financiera. Esa relación envuelve usualmente una impresionante serie de incentivos, incluidos acuerdos bilaterales, ayuda económica en la forma de incentivos fiscales y de asistencia técnica, a más de transferencia de armas y entrenamiento militar. Aparentemente, Cuba no tiene otra importancia política estratégica que no sea la de su proximidad a Estados Unidos, como para merecer tal condescendencia, por lo que las naciones democráticas del hemisferio confían en que la agenda del presidente Trump con relación al régimen comunista de la isla se mantenga con firmeza.

Por más de medio siglo Fidel Castro se pasó proclamando a los cuatro puntos cardinales el eslogan: “Cuba, territorio libre de América”. Es hora de que su hermano y sucesor Raúl haga lo propio proclamando: “¡Cuba, pueblo libre de América!”.

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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4 comentarios en “Continúa el martirio del pueblo cubano

  1. Trump o el arte de provocar caos
    Donald Trump no solo busca dañar a sus enemigos. También la imagen de sus amigos y aliados se ve afectada. En opinión de Miodrag Soric, quien apoya al presidente estadounidense se vuelve su cómplice.

    Nadie se salva del fenómeno Trump, ni sus enemigos ni sus amigos. En 2016, el candidato presidencial y novato político Donald Trump desbarató la campaña electoral de experimentados gobernadores y senadores, llevándose la victoria. El magnate inmobiliario se burló de sus adversarios, les puso apodos denigrantes y dañó profundamente la cultura política estadounidense.

    En esta ocasión, el ministro de Justicia de Estados Unidos, Jeff Sessions, salió en defensa del presidente norteamericano. En su comparecencia ante el Comité de Inteligencia del Senado el pasado martes (13.06.2017), se enfrentó a las insistentes preguntas de los senadores acerca de la influencia de Rusia en las elecciones presidenciales o las razones del despido del exdirector del FBI James Comey.
    El ministro de Justicia no reveló información que pudiera dañar a Trump. Durante su comparecencia, Sessions presentó síntomas de falta de memoria y se rehusó a declarar cuando la situación se puso incómoda. Tiene derecho a negarse, pero esto no contribuye a la transparencia. La declaración de Sessions no fomentó la confianza ni en su persona ni en la administración.
    Muchas preguntas pendientes

    Tras la comparecencia de Sessions, a los enemigos del presidente estadounidense les siguen faltando pruebas de contactos ilegales entre el equipo de la campaña electoral de Trump y Rusia. ¿Acaso los demócratas dejarán de investigar? Seguramente no.
    El fantasma de la injerencia rusa en la campaña del magnate seguirá rondando por los pasillos del Congreso. Los tribunales volverán a rechazar el veto de Trump a la inmigración de personas procedentes de países de mayoría musulmana. Habrá nuevas investigaciones acerca de si Trump incurrió en tráfico de influencias. El presidente, por su parte, se seguirá presentado como el defensor de los intereses de los ciudadanos de a pie, como el único político honesto en Washington.
    Avanzando hacia el pasado
    Sus seguidores celebran la reapertura de una mina de carbón en Pensilvania como modernización de la economía estadounidense. Al mismo tiempo, el Gobierno abandona el Acuerdo Climático de París, pone en entredicho tratados de comercio internacionales y busca construir un muro fronterizo. En lugar de avanzar, Estados Unidos está retrocediendo.
    Donald Trump vive en un mundo de “hechos alternativos”, hechos que solo considera reales cuando le sirven. El presidente norteamericano atrae mágicamente las verdades a medias y posee un instinto innato para provocar caos. En su comparecencia ante el Senado, Jeff Sessions defendió las decisiones tomadas por el presidente y su proceso de toma de decisiones. Esperemos que no se arrepienta algún día.
    Autor: Miodrag Soric (VT/ERS)

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    Publicado por jotaefeb | 19 junio, 2017, 10:24
  2. El inminente problema de Trump en Cuba
    Por CHRISTOPHER SABATINI

    Muy pronto, tal vez este viernes, se espera que el presidente Donald Trump, junto con el senador Marco Rubio de Florida, anuncien una iniciativa que echará para atrás los esfuerzos que se hicieron durante la época de Obama para suavizar el embargo de 56 años que había tenido Estados Unidos sobre Cuba. ¿Qué tan lejos irá el presidente estadounidense?

    De todos modos, algo más importante aún que el contenido real de los cambios ejecutivos será la reacción del congreso, los empresarios y otros grupos interesados de Estados Unidos ante la revocación que hará Trump de políticas que apoyan un 75 por ciento de los estadounidenses, según el Centro de Investigaciones Pew.

    Del mismo modo, la respuesta del gobierno cubano también es clave. Durante el último medio siglo, el régimen gerontocrático de Cuba ha sobrevivido porque el embargo no solo ha aislado al pueblo cubano de su vecino más próximo —y de sus más de 300 millones de habitantes, incluidos casi dos millones de compatriotas cubanos—, sino que también ha brindado una excusa conveniente para el fracaso económico del régimen.

    A pesar de lo que argumentan los defensores del embargo, la dureza de este nunca se ha relacionado con mejoras en cuestiones de derechos humanos. Las medidas más severas en la historia moderna de Cuba tuvieron efecto en abril de 2003, cuando el gobierno cubano detuvo a 75 activistas de derechos humanos y periodistas independientes para sentenciarlos a un promedio de 20 años de cárcel. Esto sucedió en el punto más alto del embargo, durante la administración de George W. Bush, cuando incluso los cubanoestadounidenses tenían restricciones en cuanto al número de visitas a sus familias en la isla o al envío de dinero (la mayoría de los presos políticos fueron liberados entre 2010 y 2011 gracias a un trato que negoció el Vaticano).

    Estados Unidos carecía de algo que ahora tiene: influencia. Desde que el 17 de diciembre de 2014 el presidente Barak Obama anunció la primera de una serie de reformas drásticas para normalizar las relaciones, Estados Unidos y Cuba han colaborado en la lucha contra el tráfico de narcóticos y el lavado de dinero, cooperaron para mejorar la seguridad en puertos y aeropuertos y lograron concretar las visitas de funcionarios como el relator especial de las Naciones Unidas sobre la trata de personas.

    Los cambios también han ayudado a generar trabajos e ingresos para la economía estadounidense. Desde que el presidente Obama suavizó las restricciones para viajar, el turismo ha prosperado. El año pasado, un estimado de cuatro millones de visitantes fueron a la isla, entre ellos más de 600.000 desde Estados Unidos: un aumento de 34 por ciento en comparación con 2015. Estos viajes han ayudado a impulsar la industria hotelera en los dos lados de los estrechos de Florida. Delta, American, JetBlue y otras aerolíneas vuelan a diario al menos a seis ciudades cubanas y los cruceros Carnival transportan ciudadanos estadounidenses al puerto de La Habana. Airbnb también tiene una lista de cientos de casas privadas donde se pueden alojar los estadounidenses de mente abierta e interactuar con los lugareños. La semana pasada, la empresa dijo que sus conexiones habían ayudado a poner 40 millones de dólares en los bolsillos de los cubanos dueños de hostales.

    En total, el grupo Engage Cuba calcula (en un informe del cual fui parte) que restringir los derechos de los ciudadanos estadounidenses para viajar e invertir en Cuba le costaría 6,6 mil millones de dólares a la economía de Estados Unidos y afectaría 12.295 empleos estadounidenses.

    El gobierno de Castro obtiene beneficios monetarios gracias al aumento del flujo turístico a la isla, pero se ha resistido a la apertura que viene de la mano de este. Ya no encarcela a la misma cantidad de prisioneros políticos como solía hacer. Su nueva táctica consiste en detener temporalmente a los activistas. Sin embargo, la presa se ha roto.

    Cuando estuve en Cuba el año pasado, y en comparación con la situación que se vivía cuatro años antes, me fue imposible no notar la diferencia en la disposición de las personas para manifestar sus opiniones, la creciente prosperidad de una clase de empresarios independientes y —como también lo informó el Comité para la Protección de los Periodistas— el auge de nuevos espacios en línea para el periodismo independiente y de investigación. Es por ello que los defensores internacionales de derechos humanos apoyan la moderación del embargo.

    Antes de ir a Miami, el presidente Trump necesitará sopesar con cuidado sus opciones. No fue elegido por solo una pequeña parte de la población cubanoestadounidense de Florida y sus acciones permitirán que el gobierno de La Habana utilice la retirada como una excusa para quedarse atascado en la Guerra Fría.

    Sí, el embargo sigue siendo una ley, y Trump puede eliminar los cambios de la era de Obama con solo una firma. No obstante, el congreso no está indefenso ante esta situación. En mayo, un grupo bipartidista de 55 senadores firmó una ley para acabar con las restricciones de los viajes desde Estados Unidos a Cuba.

    Si Trump revierte drásticamente las iniciativas de Obama, las universidades que han disfrutado de la libertad de intercambio académico, los negocios y sus trabajadores, y los millones de ciudadanos que han viajado a la isla y se han relacionado con las comunidades cubanas, deberán alzar la voz. Les corresponde exigir que las políticas actuales sirvan a los intereses de Estados Unidos a largo plazo y promuevan los valores de apertura y confianza en la libertad y el cambio, lo cual finalmente también sirve a los derechos humanos.

    El gobierno cubano tendrá que evitar una reacción excesiva ante la retórica exaltada y las denuncias que acompañarán los cambios. Pero es improbable que pueda resistirse. Si la historia sirve de parámetro, el gobierno de Cuba responderá sacando provecho del antagonismo reciente —como lo hizo en 2003— y restringirá los espacios de independencia e información que han echado raíces los últimos cuatro años. Después de todo, ¿qué autócrata puede resistirse a hacerse la víctima y culpar a los extranjeros de los fracasos políticos y económicos?

    Christopher Sabatini es profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales y Públicas de la Universidad de Columbia y director de Global Americans.

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    Publicado por jotaefeb | 19 junio, 2017, 10:23
  3. Trump y su nueva política cubana

    Por Carlos Alberto Montaner

    El presidente Donald Trump se propone modificar y endurecer la política de Barack Obama con relación a Cuba. Obama, que acertó en ciertos aspectos sociales de su política interna, erró totalmente en su estrategia cubana. Me parece, pues, razonable cambiarla. No todo lo que Trump hace es equivocado. A veces, entre twitters insomnes, acierta.

    Si hay algo que el jefe de cualquier Estado debe tener muy claro, es precisar quiénes son los amigos y los enemigos de la nación a la que le toca proteger. Trump sabe o intuye que los Castro, desde hace décadas, intentan perjudicar a su país por cualquier medio. En 1957 Fidel Castro le escribió una carta a Celia Sánchez, entonces su amante y confidente, explicándole que la lucha contra Batista (la carta está firmada en Sierra Maestra) era sólo el prólogo de la batalla épica que libraría contra Washington durante toda su vida.

    Fidel Castro, que fue un comunista convencido, cumplió esa promesa, luego reiterada docenas de veces oralmente y por la naturaleza de sus acciones. Por eso, cuando Fidel murió, Donald Trump, que había sido electo presidente pocas semanas antes, pero todavía no había tomado posesión, tras calificarlo como un “dictador brutal”, aseguró que: “A pesar de que las tragedias, muertes y dolor causados por Fidel Castro no pueden ser borradas, nuestro Gobierno hará todo lo posible para asegurar que el pueblo cubano pueda iniciar finalmente su camino hacia la prosperidad y libertad”.

    En consecuencia, Trump, a los pocos meses de iniciar su andadura, ha retomado el propósito de cambiar el régimen cubano, irresponsablemente cancelado por Barack Obama en abril del 2015, como anunció el expresidente durante la Cumbre de Panamá, aunque, contradictoriamente, tuvo la solidaria cortesía de reunirse con disidentes cubanos que habían viajado desde la Isla, gesto simbólico que hay que agradecerle.

    ¿Por qué Trump ha retomado la estrategia de “contener” a Cuba, como se decía en la jerga de la Guerra Fría? Porque Trump y sus asesores, guiados por la experiencia del senador Marco Rubio y del congresista Mario Díaz-Balart, verdaderos expertos en el tema, piensan que Raúl Castro no ha renunciado a la confrontación, lo que aconseja privarlo de fondos.

    Muy en consonancia con la impronta que Fidel le dejó a su hermano y a su régimen, la revolución cubana continúa siendo enemiga de los ideales e intereses de Estados Unidos, como si la URSS continuara existiendo y el marxismo no se hubiera desacreditado totalmente hace ya más de un cuarto de siglo. Para Cuba la Guerra Fría no ha concluido. Para ellos, “la lucha sigue”.

    Eso se demuestra en la alianza cubana con Corea del Norte, que incluye suministros clandestinos de equipos bélicos, prohibidos por Naciones Unidas, incluso mientras negociaba el “deshielo” con Washington. Es evidente en el respaldo a Siria, a Irán, a Bielorrusia, a la Rusia de Putin, y a cuanto dictador u “hombre fuerte” se enfrenta a las democracias occidentales. Se prueba en la permanente hostilidad contra el Estado de Israel, pero, sobre todo, queda clarísimo en la actuación de Raúl Castro en el caso venezolano.

    Si Obama creía que la dictadura cubana, a cambio de buenas relaciones, ayudaría a Estados Unidos a moderar la conducta de la Venezuela de Chávez y Maduro, se equivocó de plano. La Cuba de Raúl Castro se dedica a echar gasolina al incendio que devora a ese país, con el objeto de no perder los subsidios que le genera la enorme colonia sudamericana.

    Los militares cubanos son el sostén esencial de la dictadura de Nicolás Maduro, personaje formado en la Escuela de Cuadros del Partido Comunista cubano llamada “Ñico López”. Le proporcionan inteligencia y adiestramiento a sus colegas venezolanos para que repriman cruelmente a los demócratas de la oposición. Los muy hábiles operadores políticos cubanos, formados en la tradición del KGB y la Stasi, asesoran a los chavistas y le dan forma y sentido a la alianza de los cinco gobiernos patológicamente “antiyanquis” de América Latina: la propia Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.

    Tiene razón el presidente Trump cuando afirma que Barack Obama (pese a su hermoso discurso en defensa de la democracia pronunciado en La Habana) no debió haber entregado todas las fichas norteamericanas sin que Raúl Castro hiciera concesiones fundamentales en beneficio del pueblo cubano y de su derecho a la libertad y la democracia. Eso es lo que Trump ahora intenta corregir.

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    Publicado por jotaefeb | 17 junio, 2017, 10:48
  4. EL TEATRO DE TRUMP CON CUBA

    El presidente Trump tiene razón en que la apertura del gobierno de Obama hacia Cuba no produjo resultados en materia de derechos humanos o cambios democráticos, pero me temo que su plan de revertir parcialmente la actual política estadounidense hacia la isla solo ayudará a empeorar las cosas.
    La revocación parcial de la apertura de Obama a Cuba, que Trump tiene planeado anunciar con bombos y platillos en Miami el viernes, incluirá la prohibición de que las empresas estadounidenses hagan negocios con compañías afiliadas al Ejército cubano, y restricciones parciales al turismo estadounidense a la isla, según funcionarios estadounidenses.

    Trump no cerrará la Embajada de Estados Unidos en La Habana, ni restablecerá la política por la cual los refugiados cubanos podían obtener asilo automático si tocaban suelo estadounidense, afirman.

    Sin embargo, el cóctel de medidas planeadas por Trump no le va a hacer un daño económico mayúsculo a la dictadura cubana, y le dará al régimen nueva munición para proclamarse una víctima de la “agresión yanqui”. Y también le dará al régimen cubano una excusa para posponer las más mínimas reformas democráticas más allá del anunciado retiro del presidente Raúl Castro, de 86 años, en febrero de 2018.

    Desafortunadamente, ni la apertura de Obama a Cuba en 2014 ni la revocación parcial de esa política por Trump en 2017 han estado motivadas por el deseo de democratizar a Cuba. En ambos casos, fueron motivadas por cuestiones de política interna estadounidense.

    En el caso de Obama, el expresidente se estaba acercando al final de su mandato sin ninguna victoria importante en política exterior. A pesar de sus muchos logros en política interna, no había logrado la paz en Oriente Medio, y no pudo detener la invasión rusa de Crimea ni la guerra civil en Siria. Necesitaba una victoria en política exterior.

    Las encuestas mostraban que la mayoría de los estadounidenses –incluso muchos exiliados cubanos en Miami– opinaban que el embargo estadounidense a Cuba era inútil. Al igual que Richard Nixon había abierto las relaciones con China, Obama lo haría con Cuba.

    En el caso de Trump, casi todo lo que ha hecho demuestra que la democracia en Cuba, o en cualquier otro lugar, le importa un comino.

    Trump ha roto la tradición de los presidentes republicanos y demócratas de defender los derechos humanos donde quiera que vayan. Ha elogiado a los autócratas de Rusia, Egipto y Turquía, y visitó Arabia Saudí sin pronunciar una palabra de crítica contra la opresión en ese país.

    Trump trató de hacer negocios en Cuba en 1998, según un detallado artículo de Newsweek de 2016. El esfuerzo se llevó a cabo “con el conocimiento de Trump”, a través de una firma de consultoría estadounidense, dijo la revista.

    En septiembre de 2015, cuando le preguntaron sobre la apertura de Obama a Cuba, Trump dijo a The Daily Caller: “Creo que está bien”, aunque “deberíamos haber hecho un acuerdo más fuerte”. En marzo de 2015, Trump dijo a CNN que consideraría abrir un hotel en Cuba.

    Al igual que Obama hace unos años, Trump necesita un titular que demuestre que está haciendo algo en política exterior, después de su fiasco en el Oriente Medio. Durante su reciente viaje allí, no cumplió con su promesa de campaña de trasladar la Embajada estadounidense a Jerusalén, y allanó el camino para un conflicto entre Arabia Saudita y Qatar poco después de su partida.

    La principal razón por la que Trump está pretendiendo preocuparse por la democracia en Cuba es que se lo están exigiendo el senador cubanoamericano Marco Rubio, miembro clave del Comité de Inteligencia del Senado que está investigando la posible colusión de la campaña de Trump con Rusia, y el congresista de Miami Mario Díaz-Balart, miembro clave del comité de asignaciones de la Cámara.

    Mi opinión: Lo de Trump y Cuba es puro teatro político para consumo interno. Las medidas parciales de Trump no van a lograr lo que no pudieron lograr las sanciones estadounidenses a Cuba en las últimas cinco décadas. Peor aun, pueden ser contraproducentes, porque van a desviar la atención mundial de la agresión de la dictadura cubana hacia el pueblo cubano, y la van a volver a centrar en la tan cacareada “agresión yanqui” contra Cuba.

    Por Andrés Oppenheimer

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    Publicado por jotaefeb | 17 junio, 2017, 10:47

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