La ruina de la dirigencia brasileña

Un año después de la absurda destitución de Dilma Rousseff, Brasil vuelve a sumirse en una crisis. El débil apoyo político del presidente Michel Temer se evaporó después de que se divulgaran las grabaciones de su conversación con Joesley Batista, un magnate de la industria cárnica. En una conversación grabada en secreto en marzo, Batista le contó a Temer las distintas formas en que obstruyó la justicia. Algunos de los principales aliados de Temer en el congreso —incluyendo a Aécio Neves, el senador que perdió por un margen muy estrecho las elecciones presidenciales a favor de Rousseff— también fueron grabados solicitándole sobornos a Batista.

La reciente crisis difícilmente es una sorpresa. Las notorias prácticas de corrupción del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), al que pertenece Temer, eran conocidas por la élite económica y los medios brasileños que respaldaron su ascenso al poder y lo percibieron como una oportunidad de oro para imponer un impopular programa de austeridad. Unos meses después de haber asumido el cargo, seis de sus ministros tuvieron que renunciar debido a su participación en distintos escándalos de corrupción. Solo era cuestión de tiempo para que se conocieran las pruebas de que el mandatario también estaba involucrado en prácticas ilegales.

En la raíz de esta corrupción endémica está la consolidación del poder entre un puñado de grupos que muestran un desprecio total por el proceso democrático y el Estado de derecho. Hoy en día grandes sectores de la sociedad están sujetos a la discriminación racial y una profunda desigualdad económica. Con frecuencia los pobres no tienen acceso a la justicia, y los funcionarios gubernamentales rara vez tienen que rendir cuentas.
A pesar de que se han elegido presidentes progresistas, estos han carecido de una mayoría funcional en el congreso. Esta es una de las más dañinas herencias del sistema político que ha estado en vigor durante las dos décadas anteriores. Los presidentes se han visto forzados a forjar coaliciones —a menudo alianzas extrañas— para garantizar la gobernabilidad. Los grupos de poder arcaicos y corruptos con una gran representación en el parlamento han desempeñado un papel clave en el gobierno. El PMDB de Temer, por ejemplo, ha formado parte de todos los gabinetes desde 1985.

El Congreso Nacional Brasileño es un claro ejemplo de un sistema de representación política distorsionado. Los hombres de negocios de raza blanca controlan casi el 70 por ciento de los escaños. Las mujeres tienen solo un diez por ciento y los brasileños afrodescendientes otro 20 por ciento, en un país donde ambos sectores conforman una mayoría. Las campañas son costosas y los partidos políticos han proliferado (ahora hay 39); con frecuencia estos últimos “venden” su apoyo y tiempo al aire a cambio de beneficios de los partidos gobernantes. Las corporaciones millonarias que se benefician de los grandes proyectos de infraestructura financian de manera rutinaria a ciertos candidatos para proteger sus intereses. Por lo general, el apoyo financiero se da entre bambalinas y no se registra. JBS, el gigantesco conglomerado dirigido por Batista, confesó haber financiado las campañas de casi un tercio de los miembros del actual congreso.

Sin la supervisión y el control adecuados, solo quienes pagan tienen voz. Por ejemplo, se acusa al presidente del parlamento, Rodrigo Maia, de vender su apoyo a las modificaciones a las normas sobre las concesiones del aeropuerto que favorecieron a una constructora, a cambio de respaldo para su campaña. Casi el 35 por ciento de las modificaciones propuestas en las recientes reformas a la ley laboral no se concibieron en el legislativo sino en las oficinas de las federaciones brasileñas de la industria, las finanzas, el comercio y el transporte. La poderosa camarilla de cabildeo agrícola de Brasil logró que se aprobara un informe impactante que recomienda el desmantelamiento de la agencia para asuntos indígenas, la FUNAI, la revisión de las normas sobre concesión de tierras y el enjuiciamiento de activistas de derechos indígenas. Ni siquiera se permitió que los grupos indígenas entraran a las sesiones en las que se discutió el informe.

¿Adónde llegará Brasil después de esta nueva ola de escándalos? Se considera que la caída de Temer es inevitable debido a la cantidad de pruebas en su contra. Sin embargo, la coalición en el poder lo está manteniendo en su cargo mientras se encuentra a un sustituto creíble para implementar las medidas de austeridad y contener las investigaciones sobre corrupción. Sin embargo, el resultado es impredecible. Las tensiones crecen conforme grupos cada vez más grandes de la sociedad civil cuestionan la legitimidad del actual gobierno. Ya hay violencia y represión en las protestas urbanas, así como en áreas rurales de Mato Grosso y Pará, donde se han asesinado a campesinos por disputas sobre la tierra.

En este contexto, la única forma de avanzar es identificar a una nueva dirigencia con la legitimidad necesaria para restaurar el respeto a la práctica de gobernar y realizar elecciones directas. Sin embargo, la Constitución de Brasil establece que el congreso debe realizar unas elecciones indirectas para remplazar al presidente en caso de que el cargo quede vacante en los últimos dos años de un periodo presidencial, como sucede ahora. Por decir lo menos, darle poder a un congreso con un tercio de sus miembros bajo investigación criminal representa una continuación desmoralizante —y peligrosa— del corrupto statu quo.

Los cuestionamientos legales y políticos de llevar a cabo unas elecciones indirectas ya se habían presentado al congreso mucho antes de esta crisis. Sin embargo, han sido bloqueados por la mayoría de los miembros que no están dispuestos a renunciar al poder, y por la élite económica, que está asustada por el posible retorno de la izquierda si hay elecciones directas.

La amarga lección aprendida es que la corrupción seguirá siendo una amenaza sistemática hasta que haya una revisión cuidadosa de la ley electoral y a menos que la rendición de cuentas sea rutina para todos. El financiamiento público de las campañas y los topes de costos podrían contener la abrumadora presión de los cabildeos económicos. La calidad de la representación podría mejorar al establecer un umbral electoral para la representación estatal y en el congreso para que refleje la actual distribución demográfica. Desafortunadamente, todas estas soluciones requieren que el parlamento actúe y los legisladores se las han arreglado una y otra vez para dejarlas atrás, y así evitar que su poder se debilite.

Cualesquiera que sean las soluciones que se encuentren a corto y largo plazo, la política brasileña seguirá sufriendo de inestabilidad hasta que se permita a los votantes desalojar a una dirigencia política en quiebra de los poderes ejecutivo y legislativo, y recuperar el control de su democracia.

Paulo Sérgio Pinheiro es politólogo y jefe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre la República Árabe Siria de la ONU, con sede en Ginebra.

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3 pensamientos en “La ruina de la dirigencia brasileña”

  1. ODEBRECHT, LA PUNTA DEL ICEBERG

    Cuando Brasil revele este mes los nombres de los funcionarios y políticos en 11 países sobornados por Odebrecht, paralizará aún más a varias de esas naciones. Provocará además nuevas preguntas acerca del funcionamiento y naturaleza de lo que el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha llamado “El caso de soborno internacional más grande de la historia”. Estamos por darnos cuenta de que lo que sabemos de Odebrecht es solamente la punta del iceberg.
    Lo que sabemos es que desde la década pasada la empresa constructora brasileña Odebrecht pagó miles de millones de dólares en coimas para ganar contratos multimillonarios de infraestructura y obras públicas en 12 países (diez en América Latina y dos en África). Así llegó a corromper a la administración y a las finanzas públicas, a la justicia y a los partidos y campañas políticas a lo largo de la región.

    Sabemos también que la empresa y los políticos involucrados se enriquecieron con el apoyo oficial e ilícito del Estado brasileño. A través de Petrobras se ganaron contratos de manera ilegítima, y a través del banco estatal de desarrollo BNDES se apoyaron numerosos proyectos financieramente cuestionables. Tal como documentó Mary O’Grady del Wall Street Journal, para el 2014, el apoyo financiero del banco a Odebrecht fuera de Brasil se disparó a US$ 1.000 millones.

    Mucho de lo que sabemos se debe al acuerdo judicial entre Odebrecht y el Departamento de Justicia de EE.UU. que se dio a conocer en diciembre. Sin embargo, Leonardo Coutinho, editor de la revista brasileña Veja y uno de los principales periodistas que investiga el caso, sugiere que ese acuerdo podría estar “lejos de representar la real dimensión” del asunto.

    Basándose en otros testimonios más recientes de ejecutivos de Odebrecht, por ejemplo, Coutinho toma nota de que entre el 2006 y el 2014 la empresa pagó US$ 3.300 millones en sobornos. Pero en algún momento, el valor de las coimas empezó a sobrepasar el valor de las ganancias de la compañía. Documenta Coutinho que en el 2006, Odebrecht pagó US$ 60 millones en coimas y lucró US$ 59 millones. En el 2011, desembolsó US$ 520 millones en sobornos, pero solo obtuvo una ganancia neta de US$ 24 millones. En el 2013, los pagos ilegales llegaron a US$ 730 millones, más de tres veces el valor de las ganancias. Las coimas en el 2014 (US$ 450 millones) más que duplicaron el lucro.

    ¿Dónde se originó ese dinero y para qué sirvió? Parece que para mucho más que lo que hasta ahora se reconoce. El análisis de Coutinho sugiere que Odebrecht podría haber sido una estructura para el lavado de dinero a gran escala. Podría además haber sido usado para fines ideológicos. Odebrecht hizo pagos ilícitos a todo tipo de políticos y gobiernos en la región, pero, según Coutinho, fueron los gobiernos de izquierda los que utilizaron este financiamiento de la manera más astuta.

    Odebrecht financió la campaña presidencial de Mauricio Funes, quien abrió las puertas para que el FMLN se apoderara nuevamente de El Salvador. Allí y en el Perú, Venezuela y Colombia, se enviaron asesores políticos cercanos al presidente brasileño Lula da Silva y se desembolsaron dineros sucios de Odebrecht. El Ecuador de Correa y la Argentina de los Kirchner recibieron US$ 33 millones y US$ 35 millones, respectivamente. Y no solo fue Odebrecht sino otras empresas brasileñas que hacían lo mismo con el respaldo del sistema político brasileño. Estamos por descubrir cuáles otros países, bancos, abogados y demás individuos e instituciones hasta ahora no vinculados a este escándalo también caerán.

    Pese al aspecto ideológico, coincido con Coutinho cuando describe el asunto como “una estrategia político-criminal para llegar a, y principalmente perpetuarse en, el poder”. Ojalá que la condena que pronto recibirá Lula en las cortes brasileñas acelere las investigaciones sobre la corrupción continental que floreció bajo su liderazgo.

    Por Ian Vásquez

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  2. “Brasil tardará 5 años en recuperar su talla mundial”
    BRASIL, LA CRISIS POLÍTICA QUE NUNCA ACABA

    A pesar del crecimiento del 1% del PIB, es muy pronto para decir que el país superó la recesión, dice a DW el economista Marcos Troyjo*. La recuperación de la confianza dependerá de las elecciones presidenciales de 2018.

    DW: Brasil ha registrado dos trimestres seguidos de crecimiento. ¿Salió la economía brasileña de la recesión?
    Marcos Troyjo: Todavía no. Es cierto que en los últimos seis meses reina un ambiente de optimismo entre comentaristas y economistas de que en 2017 termina la crisis. A esto se suma la innegable capacidad de construir mayorías en el Congreso, de las que el gobierno Temer disponía hasta hace poco, y la adopción de muchas propuestas del documento “Puente para el Futuro”. Además, hay otros factores que sugieren que hay una nueva luna de miel entre Brasil y los economistas.

    Todo esto, sin embargo, fue impactado por el reciente caso de corrupción del consorcio brasileño JBS, el mayor productor de carne del mundo. Inflación, gestión macroeconómica, gobernabilidad, todo esto ha mejorado, pero la incertidumbre política todavía impide una plena recuperación.
    DW: ¿Puede la crisis política revertir los logros económicos del segundo trimestre?
    Esto va a depender de cuan fuertes sean los efectos del caso JBS, entre otros factores. De si se podrán lograr mayorías parlamentarias pro-reformistas. Asímismo, se debe tener en cuenta si se va a mantener el curso de las políticas en los ministerios de Hacienda y el Banco Central, así como en Petrobras, Eletrobras y BNDES.
    ¿Podría el crecimiento económico contener un poco la crisis política y hacer que Temer, al menos, gane tiempo?
    Es probable. Y muchas fuerzas políticas quisieran ver el cumplimiento de la agenda parlamentaria de las reformas, algunas de ellas impopulares, dada la mala capacidad de comunicación del gobierno Temer.
    Así, la continuidad de la actual administración federal le sirve incluso a los opositores de Temer. Quienquiera que asuma el Gobierno de Brasil a partir del 1° de enero de 2019, no necesitará gastar tanta energía y capital político, si el ajuste fiscal y las reformas estructurales han avanzado durante la presidencia de Temer.
    DW: Hasta hace poco, Brasil era la séptima mayor economía del mundo, pero se rezagó y hoy ocupa la novena posición. ¿En cuánto tiempo puede volver a recuperarse?
    Volver a ser la séptima economía del mundo llevará al menos cinco años, si Brasil logra un crecimiento de su PIB superior al 2,5% anual, entre 2018 y 2022. No hay nada de automático o definitivo en la ascensión y caída de Brasil. El gobierno brasileño necesita convertirse en el arquitecto de las necesarias reformas estructurales. Sólo así la creatividad brasileña se transformará en innovación, el único camino viable para recuperar posiciones en la economía global.

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  3. BRASIL, LA CRISIS POLÍTICA QUE NUNCA ACABA
    Temer: impopular, cuestionado y necesarioBrasil: si se va Temer, ¿quién lo reemplaza?
    “Brasil tardará 5 años en recuperar su talla mundial”Brasil: senado aprueba proyecto que despoja de fueros a los políticos Brasil entrega pruebas de Odebrecht a ocho países latinoamericanos
    Brasil vive desde hace mucho en crisis política: primero Dilma Rousseff y luego Michel Temer. El analista Oliver Stuenkel explica las consecuencias que puede tener para el país la destitución de Temer.

    El Tribunal Superior Electoral (TSE) retoma a partir de este miércoles (6.6.2017) el juicio del proceso por la campaña presidencial de Dilma Rousseff y Michel Temer, dupla ganadora de las elecciones presidenciales en 2014, por abuso de poder político y económico. Sobre ese tema DW conversó con el analista Oliver Stuenkel.

    DW Brasil: ¿Cómo evalúa la más reciente crisis política del gobierno de Temer, tras la divulgación del audio de una conversación entre el presidente y Joesley Batista, de la JBS?
    Oliver Stuenkel: La situación del Gobierno de Temer empeoró. Antes del audio existía la esperanza de que él terminara su mandato realizando una serie de reformas importantes. Es una paradoja, considerando que el Gobierno tiene bajísima aprobación popular, pero alta capacidad de aprobar reformas en el Congreso. Después de la divulgación del audio, aumentó el riesgo de que el Gobierno se viniera abajo, lo que ha originado que crezcan las dudas sobre la capacidad de un próximo líder para aprobar reformas.
    El TSE comienza a juzgar el caso Dilma-Temer esta semana. ¿El Gobierno podrá resistir el juicio?
    Lo que mantiene a Temer en el poder es la falta de consenso sobre quién va a sustituirlo. Ha logrado convencer a la oposición y al resto del Gobierno de que una alternativa sería peor. El juicio en el TSE ocurre también en este contexto. Claro que existen cuestiones jurídicas, pero el TSE ejerce también el papel de estabilizador político. Difícilmente, el TSE va a recomendar la casación si existe un consenso de que esto va a causar una inestabilidad política profunda en el país. Además, Temer puede recurrir al STF (Tribunal Supremo Federal) o incluso un ministro del TSE puede pedir vistas del proceso y retrasar el juicio. Si existe la percepción de que existe una persona que lograría sustituirlo rápidamente sin que el proceso de aprobación de reformas se salga de los rieles, entonces, creo que la casación permitiría una salida honrosa para Temer.
    ¿La casación del caso es, en parte, una solución a la crisis actual?
    En teoría, puede ser el inicio de una solución a la crisis en función del audio divulgado. El problema es que será la primera vez en la redemocratización que un vicepresidente asume y luego es destituido. Así, podemos entrar en un territorio poco explorado constitucionalmente, y eso va a ser una prueba muy grande para la Constitución. Es discutible decir que eso sería una solución a la crisis, ya que generaría cierta inestabilidad. Y esta perspectiva de inestabilidad adicional es una de las bazas de Temer.
    En caso de casación, ¿qué sería mejor para Brasil: voto directo de la población o elecciones indirectas por el Congreso?
    Cada modelo tiene sus ventajas y desventajas. Las elecciones directas requieren un cambio en la Constitución, y yo diría que la mayoría de la población apoya las directas, lo que daría cierta legitimidad al proceso. El problema es que, en el futuro, la población va a pedir elecciones directas siempre que surja cualquier crisis, lo que debilitaría cualquier futuro Gobierno. Desde el punto de vista constitucional, las elecciones indirectas serían más correctas, pero claramente darían como resultado un Gobierno con menor legitimidad que la que Temer tiene actualmente.

    Es complejo que un nuevo presidente asuma su cargo sin ningún apoyo y en un momento económico delicado. No hay una salida fácil. En mi opinión, lo más correcto sería encontrar, a través de la elección indirecta, a alguien que tenga alguna legitimidad para quedarse hasta las elecciones de 2018. Ahora, el gran problema es que todavía no hemos encontrado a esa persona. Lo más difícil es conseguir imaginar una solución ideal en este momento.
    El PIB registró un alza del 1 por ciento en este primer trimestre. ¿La crisis política afectará la recuperación de la economía?
    Sí. Es una noticia positiva, pero tampoco quiere decir que este año el país crecerá económicamente. Los inversores se preocupan por la situación a largo plazo del país y la crisis actual es una pésima noticia, ya que trae incertidumbre sobre la capacidad del Gobierno para aprobar reformas. Los actores económicos están aguardando el desenlace de la crisis antes de tomar decisiones importantes, como la realización de inversiones.
    Desafortunadamente, creo que, por primera vez, Temer está en una situación en la que los actores económicos están ejerciendo presión para que abandone, porque creen que su permanencia está generando un costo real para la economía. El alza del PIB es una buena noticia, pero, en un escenario de crisis continuas, la economía puede perfectamente entrar en recesión nuevamente.
    Es difícil predecir qué esperar de la economía en 2017…
    Sí. Vivimos en una época en que las democracias proyectan inestabilidad, mientras que los países más autocráticos, como China, por ejemplo, son actualmente más estables. Eso es algo inédito, pero Brasil, en ese sentido, forma parte de esta tendencia global mayor. En el país, la cuestión es más grave debido al caso Lava Jato. Ni con el próximo Gobierno electo habrá una situación más previsible, ya que la investigación no se está acercando a su fin y podrá aún extenderse a otros sectores. El año será de mucha inestabilidad y de dificultad para la labor de los inversores, quienes necesitan algún tipo de claridad para sus negocios.
    Con una crisis tras otra, ¿Brasil ha ido perdiendo su espacio protagonista en América Latina. ¿Cómo puede el país recuperarlo?
    Claramente, Brasil dejó de tener un papel protagonista y eso tiene un impacto negativo en varias cuestiones urgentes, como la crisis de Venezuela, y otras en las que Brasil prácticamente no juega ningún papel relevante en este momento. El liderazgo brasileño nunca fue reconocido y fue más implícito y sutil. No es casualidad que Argentina y Venezuela nunca aceptaron, de hecho, el papel de liderazgo de Brasil. Sin embargo, el país perdió ese liderazgo y estará en manos del próximo Gobierno reiniciar una debate amplio sobre qué tipo de América Latina queremos en el futuro y el papel de Brasil en ella.

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