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Juan Goytisolo, el escritor que transgredió todas las fronteras

En abril del año pasado Juan Goytisolo estuvo hospitalizado en Barcelona. Desde su cama podía ver los edificios, las calles, los colegios de Sarrià y la Bonanova que constituyeron el escenario de su infancia. Nunca los había contemplado desde aquella perspectiva. De hecho, nunca se había alojado allí, en la parte alta de la ciudad, en toda su vida adulta. Siempre que venía desde París o desde Marrakech su base de operaciones era el Hotel Oriente de las Ramblas, tan cerca del Barrio Chino y de los rincones canallas de Jean Genet.

En aquella clínica de la zona de su ciudad natal que siempre rechazó, pudo recuperarse de sus dolencias. Él no quería morir allí, ni en España, de modo que enseguida regresó a su casa en Marrakech. Llegaron otras dolencias y acabaron con él un año después en Marruecos, su país de adopción, cuando ya hacía demasiado tiempo que la vida había perdido sentido, pues no podía leer ni escribir.

Es el punto final coherente de un viaje que comenzó hace setenta años, cuando descubrió el sur. Lo encontró primero en la Barceloneta y el Raval de Barcelona; lo persiguió en Almería (Campos de Níjar y La Chanca dan testimonio de ello) y en los barrios populares de París (donde supo que deseaba los cuerpos de los árabes y de los turcos); decidió pasar una temporada en Tánger y allí no solo nació un libro mítico (Reivindicación del conde don Julián), sino la obsesión por conocer la cultura y la geografía del norte de África y del Mediterráneo (dedicaría textos a los santos de Marruecos, a la política algeriana, a la Ciudad de los Muertos de El Cairo, al Estambul otomano o a los bailarines sufíes; y aprendería, hasta hablarlos, el turco y árabe dialectal).
Ese viaje personal y literario dio lugar a una de las biografías y una de las obras más fascinantes de la literatura del siglo XX, ambas marcadas por un giro radical. A principios de los años sesenta, tras haberse labrado un espacio de prestigio con varias novelas de realismo social, con un trabajo soñado como editor de literatura en español en Gallimard, decide dejarlo todo y dedicarse a escribir al margen de las modas y de las ventajas de la acción política directa. La autobiografía en dos volúmenes (Coto vedado y En los reinos de taifa), donde habla de cómo supo que era homosexual y de su diálogo íntimo, intelectual y sincero con Monique Lange (la mujer de su vida) y con Genet (su gran maestro), supone su gran aportación a la literatura testimonial de nuestra lengua. Y las novelas que provocó aquella decisión suponen su gran legado a la literatura contemporánea.

Sus Obras completas —editadas para Galaxia Gutenberg con la exquisita ayuda de Antoni Munné y que él siempre llamó “mis obras incompletas”— permiten recorrer en su tercer volumen las páginas de sus novelas más importantes como si se tratara de una sinfonía única. Así, la prosa de Señas de identidad se rompe o se deshace de pronto en versos, y como un poema se alarga por Don Julián, Juan sin Tierra y Makbara, hasta ser el monólogo lírico y crítico de un expatriado que conduce el español hasta la orilla desintegradora del desierto.

La frontera entre la poesía y la ficción es una de las muchas que transgredió con su vida y su obra. También ignoró los límites entre la teoría y la novela, no solo incorporando digresiones ensayísticas en sus ficciones, sino también acompañándolas de libros de artículos que explicaban el contexto de lecturas en que habían sido creadas. Y la barrera entre la ficción y la realidad, en todas sus novelas, siempre con un alto grado de autoficción, y en textos emblemáticos como Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, preciosa hibridación entre cuento y crónica de viaje.

Contra un régimen franquista que propugnaba la unión de la España nacional y católica, Juan Goytisolo creó una obra que reivindicaba una España plurinacional, judía y árabe, que se abre al Meditérraneo como lo hace la obra de Cervantes. Contra los muros que han separado a la Península Ibérica de Europa y de África, el autor de El exiliado de aquí y allá se sintió parte de la tradición de Fernando de Rojas, el Arcipreste de Hita, Blanco White, Américo Castro o Luis Cernuda, que criticaron que España fuera única o grande, pero intentaron con todo su talento que fuera profundamente libre.

El mes pasado pude visitar en Almería parte de su archivo, custodiado por la Diputación Provincial. Aunque me impactó leer aquellas cartas con interlocutores de la talla de Octavio Paz, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Hans Magnus Enzensberger, J. M. Le Clézio o José Ángel Valente (a quien de hecho convenció para que se mudara a esa ciudad), fue mucho más emocionante recorrer La Chanca en compañía de Pepe el Barbero y Ramón de Torres, el líder vecinal y el arquitecto que —animados por el libro que Juan Goytisolo dedicó al barrio hace 55 años— han transformado radicalmente las condiciones de vida de sus ciudadanos, en gran parte de etnia gitana.

La historia la ha contado muy bien Pepe Criado en La Chanca. Un cambio revolucionario (1940-2000) (Letra Impar Editores, 2017). El prólogo, obviamente, es de Juan Goytisolo (que para todos ellos era, sobre todo, un amigo). Tal vez sea el último texto que escribió. En él dice que los vecinos del barrio se rebelaron contra “la frontera mental que los separa del resto de la ciudad”.

Eso hizo el autor de La saga de los Marx durante toda su vida: luchar contra las fronteras mentales, políticas y, sobre todo, literarias.

Por JORGE CARRIÓN

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Un comentario en “Juan Goytisolo, el escritor que transgredió todas las fronteras

  1. Ese pertinaz don Juan

    Por Mario Vargas Llosa
    Ocurrió a comienzos de los años sesenta, en París, cuando con Juan Goytisolo nos veíamos de tanto en tanto. No sé cómo había llegado a mis manos aquella revista del régimen, con un gran artículo en primera página, Ese pertinaz don Juan, acusándolo de atizar todas las conspiraciones que se tramaban en Francia contra la España de Franco. Se lo llevé y lo leímos juntos en un bistrot de Saint Germain. Pocas veces lo volví a ver tan contento, a él, que era generalmente huraño y reservado. Aquella diatriba le confirmaba que estaba en la buena línea: la disidencia y la rebeldía eran ya su carta de identidad.

    Aunque me llevaba cinco años, habíamos tenido la misma formación intelectual, marcada por el existencialismo francés y las tesis de Sartre sobre el compromiso; sí, escribir era actuar, la literatura podía empujar la historia hacia el socialismo sin por ello rendirse al estalinismo, como (queríamos creer) estaba haciendo la revolución cubana. Sus primeras novelas, las mejores que escribió, Juegos de manos, Duelo en el paraíso, Fiestas, La resaca, La isla, mostraban un realismo voluntarioso, transparente, bien trabajado, y una intención crítica que daba en el blanco. Luego, en la segunda mitad de la década del sesenta, contagiado por las teorías de Roland Barthes y congéneres, que disecarían la literatura francesa de la época, decidió cambiar brutalmente de forma y contenido. En Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián, Juan sin tierra, Makbara y otros libros, intentó reinventarse literariamente, ensayando una prosa rebuscada y litúrgica, de largas sentencias y estructuras gaseosas, en las que las inciertas historias parecían pretextos para una retórica sin vida. Creo que se equivocó y es probable que de esos libros imposibles solo quede el recuerdo de las imprecaciones contra España, recurrentes y atrabiliarias.

    El odio de Juan hacia España se parecía mucho al amor; pese a sus vociferaciones contra el país en el que nació y del que se exilió buena parte de su vida, seguía el día a día de su circunstancia, su acontecer político, sus chismes literarios, frecuentaba sus clásicos con amor de erudito, defendía a Américo Castro a brazo partido contra Claudio Sánchez-Albornoz y rescataba a algunos de sus autores olvidados, como Blanco White, en ensayos espléndidos. Durante algunos años se negó a creer que la Transición hubiera cambiado el país e instaurado una verdadera democracia; sostenía, con su empecinamiento característico, que todo aquello era una delgada apariencia bajo la cual seguían mandando los mismos de siempre.

    Por fortuna, siguió escribiendo esos reportajes y libros de viajes que había iniciado con Campos de Níjar, La Chanca y Pueblo en marcha. Sus informes y recorridos por Sarajevo y los Balcanes, Turquía, Egipto, Palestina, Chechenia, eran documentados y ágiles, originales, análisis generalmente certeros aunque siempre apasionados.

    Los libros mejores que escribió y que se leerán en el futuro como un testimonio excepcional sobre un periodo particularmente oscurantista de la historia de España son Coto vedado (1985) y En los reinos de Taifa (1986). Valientes y conmovedores, en ellos revela su vida secreta, sus pulsiones más íntimas, el difícil descubrimiento de su identidad sexual. La homosexualidad es solo uno de los datos que comparecen en esta controlada catarsis. Hay varios otros, entre ellos su fascinación baudelairiana por la mugre urbana, los barrios lumpen y rufianescos, los personajes marginales, malditos, como su admirado Jean Genet, el ladrón que saqueaba alegremente las casas de los esnobs que lo invitaban a cenar para oírle jactarse de sus fechorías. Quién le hubiera dicho que el destino arreglaría las cosas para que los enterraran juntos, en el cementerio español de Larache, en Marruecos.

    Juan Goytisolo fue el primer escritor español de su época en interesarse por la literatura latinoamericana, en leer y promover a los nuevos novelistas, y, con la ayuda de su mujer, Monique Lange, que trabajaba en la editorial Gallimard, hacerlos traducir al francés. Fue, también, uno de los primeros en comprender que la literatura en lengua española era una sola, y en esforzarse por reunir de nuevo a esas dos comunidades de escribidores de las dos orillas del océano a los que la Guerra Civil española había apartado e incomunicado. Una de las mentiras que circulaban sobre él es que, por prejuicios políticos, había sido una muralla que frenó las traducciones de escritores españoles en Francia. Me consta que no fue así, y que, en muchos casos, como el de Camilo José Cela, por quien no podía sentir simpatía alguna, movió las influencias que tenía para que fuera traducido.

    En política, seguimos trayectorias bastante parecidas. Al gran entusiasmo por la revolución cubana de los primeros años, siguió la decepción y la ruptura cuando surgió el caso del poeta Heberto Padilla. Ambos lo habíamos tratado y conocíamos su identificación profunda con la revolución; las absurdas acusaciones de agente de la CIA contra él nos sublevaron y nos llevaron a redactar (en mi departamento de Barcelona, junto a Luis Goytisolo, José María Castellet y Hans Magnus Enzensberger) el manifiesto que consumaría nuestra ruptura con la Cuba castrista y la gran división de lo que parecía hasta entonces la sólida fraternidad entre los novelistas latinoamericanos. Recuerdo aquella época, que fue la de la revista Libre (que él animó y que financiaba Albina du Boisrouvray), los incansables manifiestos y las conspiraciones incesantes, como un juego de niños al que jugábamos los grandes sin darnos cuenta que todo lo que hacíamos no servía de gran cosa pues las decisiones de veras importantes se tomaban muy lejos de nosotros, en ese corazón del poder político al que nunca llegan (ni deben acercarse) los verdaderos escritores.

    Cuando murió Monique y Juan se fue a vivir a Marrakech dejamos casi de vernos. Teníamos reuniones esporádicas, siempre cordiales, y yo seguía leyéndolo, con interés sus ensayos literarios y bastante esfuerzo sus textos creativos. Sus artículos de EL PAÍS indicaban que, aunque pasaran los años, él seguía idéntico: belicoso, disonante y arbitrario. En nuestros raros encuentros me animaba a ir a visitarlo y me ofrecía un inolvidable paseo por su amada plaza de Yemaa el Fna, donde alternaban los contadores de cuentos y los encantadores de serpientes.

    Sólo después de su muerte me he enterado de la agonía de sus últimos años, desde que se rompió el fémur al desbarrancarse en una escalera del café, en aquella famosa plaza, al que solía ir en las tardes a ver hundirse el sol en las montañas azules; sus padecimientos físicos y sus apuros económicos. Y de los problemas que hubo para encontrarle una tumba laica, como él quería, en un país donde los cementerios son obligatoriamente religiosos. Conociéndolo, pienso que este final revoltoso, enredado y tragicómico no le hubiera disgustado: de alguna manera reflejaba su manera de ser contradictoria y su vida traumática y peripatética. Juan, amigo, descansa en paz.

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    Publicado por jotaefeb | 18 junio, 2017, 06:46

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