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La presencia del triunfo

La apreciación es subjetiva. Es indiscutible el impacto que ocasiona su perfil. Hay en la forma de expresarla una cuota inconsciente de su historia. Es así, en cada uno hay marcadas escenas, recuerdos reinterpretados, anécdotas fragmentadas y vueltas a armar, momentos inolvidables, secuencias pasajeras que aglutinan pasos cortos y que en el sumatoria son millones. Es la estirpe de los conquistadores cotidianos. En todos los tiempos ha existido y siempre lo hará; donde hay vida está presente el triunfo.

Las victorias tienen sus causas. Es en el imaginario inherente a uno donde pueden fluir las razones satisfactorias del vivir. Aquellas que le dan sustento al ser y que lo proyectan hacia sus prácticas simples y complejas, unas y otras se transforman en vitales para los fines propuestos, como así también para asumir aquello que sucede durante el andar. Se vive de acuerdo a los intereses que han sido creados, como también conforme a las circunstancias que han sucedido o están vivenciándose. Hacia ellos se avanza, ¿qué escala de valores se construye para poder vivirlos?

¿Qué es triunfar? Es saber equilibrar: lo imaginado con la acción, el movimiento con la prudencia, el ritmo con la quietud, la espera con el proceder. El triunfo tiene un matiz exclusivo. Es propio de quien así lo siente aunque necesita de alguna manera de la presencia de los demás. Es incansable la insistencia de volcar la esencia humana en la otredad, es ella la que ocasiona la dinámica del amor. Por lo tanto, el efecto satisfactorio es como consecuencia del obrar en beneficio del otro. Esa gratificación personal no ha sido la prioridad, es el fruto del desprendimiento al hacer. Por lo cual las victorias están asociadas a las entregas genuinas, a las pequeñas gestiones, al respirar constante, a los afectos indispensables, a las ganas de soñar, a los obstáculos por superar, y a lo que cada uno identifique como tal.

Las victorias necesitan de la humildad. Reconocerlas enorgullece y además enaltecen la virtud de saberse dispuesto a evolucionar, a darle diferentes matices a las lecciones aprendidas durante sus búsquedas. Si las reconocemos como fuentes de estimulación colectiva podemos darles un protagonismo singular. La pluralidad de logros contagia el entusiasmo de quienes están dispuestos a unirse vivencialmente. Aglutinan los ejemplos que honran la existencia.

En lo cotidiano hay glorias que conviven desde el anonimato aunque sus testimonios repercuten en sus entornos cercanos. Las victorias necesitan ser queridas. Para quererlas hay que conocerlas, por lo tanto hay que identificarlas. ¿Cuáles son nuestras victorias diarias? Las enseñanzas viven en todas las circunstancias. Es la conciencia del estado permanente de aprendizaje la que potencializa las hazañas del instante. Entonces se puede recurrir al auge del ahora, a lo que se está viviendo, a lo que nos hace desplegar nuestras notables capacidades humanas. El auge del buen obrar no tiene caducidad. Se impregna en la retina y se consolida en la memoria de largo plazo. Se lo ubica en su tiempo y se respeta su paso, amén de ser convocado cuando se necesita de su fuerza motivante a la hora de continuar.

Por Marcelo A. Pedroza

 

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