Escenas #1

¿Qué esperan dos hombres sentados en un banco de la avenida bajo la difusa luz de la tarde que se escabulle, como se escabullen sus miradas del todo al suelo y las miradas furtivas de los transeúntes que fingen no verlos? El banco que está a diez metros de la cafetería iluminada ya a esas horas. De la que entran y salen individuos y parejas, sonrientes o circunspectos, que fingen no ver. Los hombres también fingen que no los ven. En realidad no están. Sus miradas nunca se cruzan, se repelen. La cafetería es el hogar pasajero de los que buscan calor y pueden pagárselo. En el banco no hay luz, sólo el halo frío de la tarde que expira. Los hombres beben agua de botellas de plástico casi vacías y rebuscan entre sus bolsas el medio bocadillo o la manzana. Quizá sean mendigos, o extranjeros. Su aspecto es descuidado y no se hablan. Miran al suelo, fuman y rebuscan entre sus cosas. A esas horas, los amantes aguardan con ansia el crepúsculo, los adolescentes se reúnen en plazas, esquinas y escaleras, los viejecitos se acuestan, los niños ultiman sus deberes o cenan soñando quizá con el sueño inmediato, los juegos de mañana, la gente se recuesta en sus sofás y se conecta a la tele o al PC o al móvil. Los artistas se dejan invadir por el instante y pergeñan bocetos preñados de naranja y púrpura, las tiendas cierran, el ruido cesa, la ciudad entera se dispone a hibernar. Yo paso en la guagua y los veo sentados, de espaldas, en un banco de la avenida. Pero, ¿qué piensan? ¿Qué esperan esos dos hombres en el gris de una calle gris de una ciudad gris que bosteza bajo la difusa luz de la tarde que declina? ¿La noche? ¿El próximo amanecer? A mí me da la impresión de que no esperan nada.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

 

Ñiaaaaccc

Cada noche, al abrir la puerta, el mismo espanto. Y luego, al intentar dormir, el ruido del viento meciendo con mano invisible los goznes y la madera. Aquel sonido estremecedor. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. La casa se había poblado de fantasmas, espectros inmundos que no le dejaban conciliar el sueño. Almas torturadas y quejumbrosas crujiendo al unísono con la puerta. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Seres de ultratumba, demonios resabiados, espíritus recluidos. Ya podía abrir o cerrar los ojos, rendirse a la vigilía o refugiarse en el sueño que todo, todo era pesadilla. Por allí pasaron mediums, videntes, parapsiólogos, gurús, zahoríes, sacerdotes, santeros y exorcistas, unos con estrafalarias máquinas de manivela, lámparas y luces ultravioleta, otros con sahumerios y escapularios, péndulos, ingenios radiestéteticos adaptados, patas de gallina, grabadoras, cámaras, detectores de ectoplasma, cruces, estacas… En vano. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Día tras día. Mes tras mes. Año tras año. Hasta que un frío atardecer de invierno sintió una llamada, algo o alguien lo reclamaba desde la distancia como en un eco lejano, un murmullo gutural e indescifrable. Desesperado, siguió el rumor por calles y plazas, en sórdida penumbra, hasta darse de bruces con una ferretería. Allí, entre cajas de tuercas y testigos acerados, le fue amablemente revelado un antiguo secreto. Untó con aceite, atornilló lo desatornillado, ajustó lo desigualado, siguiendo al pie de la letra las indicaciones del maestro ferretero. Y cuentan que a partir de esa noche el hombre pudo al fin descansar, pues no solo desapareció el maléfico ñiaaaaccc ñiaaaaccc sino, como por arte de sortilegio, toda la caterva de espantajos que otrora lo atomentaban.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

 

 

La mosca

Una imagen fija. El tipo siempre sentado en la puerta del garaje. Sucio y desaliñado. No pedía. Se limitaba a permanecer allí, sentado, con su tetrabrik de vino blanco a un lado y su pila de cartones y cochambrosas mantas al otro. Su única ocupación del día consistía en espantar a la mosca. Literal. Una mosca en concreto. Nadie podría asegurar que fuese la misma. Pero o era la misma o se turnaban para atormentarlo. Por que era una. Una cada día. Una jodida mosca.

Azul-verde metalizado. Enorme y ruidosa como un helicóptero de combate. El tipo se pasaba el día bregando con ella. Maldiciéndola en voz alta. Esgrimiendo servilletas, pañuelos, alambras, palos, lo que tuviese a mano para repelerla. Maldecía a la mosca y se maldecía a sí mismo. A su estado de abandono. A su olor. Al polvo que lo rodeaba. A la suciedad con la que convivía. Al alcohol. Pero la mosca… La mosca era su Voldemort, su gran rival, su tormento, su amenaza cotidiana. Así se pasaban el día. El tipo y la mosca. Al caer la noche, se establecía una especie de tregua. La mosca desaparecía y el hombre desplegaba sus mantas y sus cartones, y dormía hasta que clareaba la mañana. Todo cambió la noche en que se lo llevaron los servicios sociales. Una semana después retornó hecho un palmito. Bañadito, con el pelo cortado y afeitado. Ropa limpia, olor neutro. Dijo que ahora le permitían dormir en un albergue y que allí lo obligaban a ducharse y asearse cada mañana. Que estaba bien. Comía caliente y había comenzado a disminuir la ingesta de vino. Nadie entendió por qué regresó. Ni por qué siguió regresando día tras día a la puerta del garaje. Se sentaba y esperaba. Ahora se pasaba el día así. Melancólico. Mirando a un lado y a otro. Al cielo, al aire, a las esquinas, la basura, los rincones. Nadie entendía. Pero él sabía muy bien qué buscaba. La mosca. Aquella mosca que, de tanta refriega y tanto roce se le había metido en el alma. El tipo estaba allí por la mosca. Su mosca. Con el tiempo comenzó a llamarla. Hasta le puso nombre: Fabiola. ¡Fabiola! ¡Fabiola! ¡No me dejes, vuelve! ¡Ven, Fabiola! Comenzó a verter miel a su alrededor, a trocear comida. Comenzó a dejarse ir otra vez, a abandonarse. Volvieron el olor y el polvo, los tetrabriks y los cartones. Pero nunca volvió Fabiola. Y el tipo murió al poco. Allí mismo. En la puerta del garaje. Para unos de viejo, para otros de pesar y para lo más, de mero delirium. Tremens.

Un saludo,

Manuel M. Almeida
Pabellón B. Celda 13

Todo sucedió de forma muy lenta. Al principio sólo pude apreciarlo en la expresión irascible de mi hermana. Luego, como un virus zombi o una estrategia de posesión de cuerpos y almas ejecutada por seres de otro planeta, el mal se fue extendiendo, poco a poco, primero a mi círculo más cercano y luego, como una onda que se proyecta en el agua, a todo aquel con el que me relacionaba. Mi hermana llegó a llamarme idiota. Jamás se había dirigido a mí en esos términos. Decía que no le hablaba, que no le respondía. Y yo no paraba de hablar. Se vuelven como sordos o autistas. No sé exactamente qué ocurre ni cuál es el proceso. Pero los incapacita. Luego, mi madre. Mi esposa. Mis amigos más queridos, los del jueves en el bar y las tardes de domingo, comenzaron a mirarme con esa misma expresión turbada. El vecino, el sanitario, el de la ambulancia, el neurólogo, el psicólogo, el tipo que se quiso hacer pasar por psiquiatra. Todos se se habían vuelto víctimas de aquel mal. En todos ellos, aquella especie de locura epidémica se fue manifestando de forma progresiva. No oyen ni escuchan. Se sitúan ante mí, me examinan y callan. Yo les hablo. Pero ellos no paran de pedir que les hable. ¿Y qué podía hacer yo? Quizá la única persona sana sobre la faz de la tierra. ¿Qué podía hacer más que hablar y hablar aunque todos me ignoraran? Así fue como sucumbí a la ofensiva. Con la cabeza bien alta. Quise huir, pero no pude. ¡Son tantos, y tan agresivos! Ahora, que sé que la civilización toca a su fin, permanezco en esta celda aislada a la espera del momento oportuno, la menor distracción o descuido, para escabullirme. Huir al monte o al mar. Y allí poder proseguir con este monólogo eterno que la humanidad contaminada es incapaz de escuchar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

 

Un milagro cotidiano

Nunca se había fijado en el cartero. Sí, lo veía con frecuencia, sabía que acudía a su calle puntual, de lunes a viernes, que llevaba cartas y paquetes, que hacía bien su trabajo… Pero si se lo encontrase fuera de su hábitat natural no lo reconocería. Por eso, cuando aquella mañana le dio por reparar en él, notó de entrada algo extraño. Hubiese jurado que era moreno, bien moreno, pero en realidad el hombre que veía perderse calle abajo era rubio. No le dio mayor importancia.

Hasta ahí puede llegar la despersonalización en esta sociedad enferma de superficialidad e indiferencia, se dijo. Quiso redimirse. A partir de ahora se fijaría más. Incluso se mostró dispuesto a entablar alguna que otra charla con aquel sujeto que veía desde hacía años, pero al que desconocía. Acababa de jubilarse. Ahora tenía tiempo, todo el tiempo del mundo. A la mañana siguiente se apostó en su ventana poco antes de las diez. Sabía que, más o menos a esa hora, el cartero solía llegar a su calle. Al poco pudo distinguirlo dos manzanas más allá, entrando y saliendo de los zaguanes, charlando con algún dependiente en la puerta de un bazar. Lo observó detenidamente mientras se acercaba. No era rubio ni moreno. ¡Era pelirrojo! ¡Pelirrojo! Y lucía una poblada barba del mismo color. ¡Madre mía!, exclamó para sí, ¿cuántas cosas habré pasado por alto en esta vida? Continuó observándolo día a día. Cada mañana. Parapetado detrás de la cortina. Y cada día el cartero era un cartero distinto. Era el mismo, entiéndase bien, pero sus rasgos físicos y su carácter mutaban, de algún modo, jornada tras jornada. Nuestro hombre estaba fascinado. Pensó que aquello nada tenía que ver con los efectos secundarios de una sociedad alienada, con lo insustancial de esa existencia robótica e inhumana a la que el capital les había abocado. No. Estaba siendo testigo de un prodigio, una maravilla urbana. Se obsesionó con el cartero. Se compró unos prismáticos para poder verlo desde muy lejos. De noche lo dibujaba. Tenía ya un cuaderno lleno de carteros. Hasta que un día, sin poderlo evitar, se vio a sí mismo siguiéndolo. Lo acompañó a una distancia prudencial en su recorrido por el barrio, lo persiguió hasta la oficina de Correos, esperó a que saliera y se subió a la misma guagua que tomó el repartidor en su camino a casa. Allí, en un pequeña plazoleta frente al domicilio del cartero, pasó la noche, esperando verlo aparecer transmutado al amanecer, ser el primer testigo de ese increíble milagro cotidiano. Las seis en punto. Allí estaba. ¡Era negro! Negro como el azabache. No lo dudó. Se acercó al funcionario y le preguntó, sin mediar saludo alguno u otra palabra.

– Usted cambia, cada día cambia.

– ¿Y usted no? –respondió su interlocutor, algo desconcertado.

– Pero usted… Usted es un hombre distinto cada día.

– Disculpe, caballero, se me hace tarde para el trabajo –espetó el cartero, volviéndole la espalda como se le vuelve la espalda a un loco o a un hare krishna exaltado.

El hombre se quedó de pie en medio de la acera. Entumecido por la humedad y el frío de la madrugada. «¿Y usted no?». Echó a andar. Apresuró el paso. Luego rompió a correr como un endemoniado. Hasta que finalmente se detuvo frente a la luna de un escaparate. Expectante, se miró en el espejo. Y vio la imagen de un hombre… al que tampoco conocía.

Un saludo,

Manuel M. Almeida

 

Etiquetas

No podía con el microrrelato. Por mucho que lo intentara, jamás le salían menos de once páginas. Comenzó una novela, pero no pudo pasar del primer párrafo. Probó con el guión, pero pronto se percató de que aquello era teatro. Escribir un cuento le minaba la autoestima, pues a cada una o dos frases le asaltaba una rima.

Cuando acometía un poema,
era prosa y solo prosa
lo único que surgía
de su mente torturada.
¿Aforismo? ¡Oraciones complejas, descompuestas, descoordinadas e insubordinadas! Si escogía ficción, se sorprendía reflexionando sobre temas de actualidad; y si se daba al ensayo, todo era fantasía.

Un día probó a escribir sin más… ¡Y le supo!

Un saludo,
Manuel M. Almeida

 

 

Egoloquios

Un egoloquio es un ser diminuto, no tanto en cuerpo como en espíritu. A base de no usarla, ha perdido la capacidad de oír y, con ella, aquel órgano vestigial que sus ascendientes llamaban oído. Por contra, ha desarrollado un impresionante aparato fonador, tanto en complejidad, como en alcance. Sus cuerdas vocales sobrepasan de media los cinco centímetros de longitud, lo que ha obligado a su laringe a ensancharse hasta lo grotesco, mientras que labios y lengua se proyectan hacia el exterior como si de picos de ave se tratara. Los egoloquios cultivan una intensa y rica vida social. Se reúnen en grupos, se citan con amigos, acuden a fiestas, exposiciones, charlas, jornadas, conferencias y no paran de hablar. Hablar, junto con la respiración y el alimento, resulta esencial para su existencia. Si dos egoloquios se encuentran, se saludan y se ponen a platicar de sus cosas. Cada uno de las suyas, al mismo tiempo. Como no escuchan, no se interrumpen. Tampoco discuten. Ni ven cuestionadas sus convicciones. Son inmunes a la decepción, la rectificación, la controversia, la sugerencia, la aclaración, el consejo, la advertencia y la censura. El egoloquio y la egoloquia viven en mundos autárquicos, de suficiencia individual. Cuando regresan a sus casas, hablan a su pareja durante la cena, les cuentan cómo les ha ido el día, sus encuentros, dificultades, éxitos y fracasos, anhelos, proyectos y otros muchos de esos asuntos de los que suelen hablar las parejas. Cada uno cuenta lo suyo, al unísono. Al terminar, se sientan frente a la tele y hablan al tiempo que disfrutan de los muchos programas en los que otros egoloquios y egoloquias parlotean sin cesar. Luego se acuestan. Y en sueños también hablan. Mucho. Demasiado. Es una cuestión fisiológica. No pueden dejar de hablar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

 

 

Une petite affaire

Se conocieron una tarde de invierno en el banco más apartado del viejo parque. Él la miraba con los ojos del hambre mientras ella devoraba un sándwich de mayonesa con berros. Congeniaron al instante. Bastó con que ella le lanzara un trozo de pan y le dibujara una sonrisa. Y que él correspondiera con dos o tres cabriolas payasas y desaforados lametones. Allí se veían cada tarde, más o menos a la misma hora. Ella traía dos sándwiches y algunas golosinas. Lo acariciaba, le daba de comer, jugaban y se divertían del modo en que suelen divertirse los perros y los humanos cuando se divierten juntos. Él nunca la seguía. El primer día amagó, pero ella le dejó claro con un gesto firme y una mirada que lo suyo iba a ser una sucesión de encuentros, nunca una relación formal, nada de convivencias. Lo llamaba Canelo, pero él respondía con mayor premura e interés a la voz de Sándwich. Una tarde no lo halló. Solía encontrarlo al llegar, tendido a un lado del banco, a la espera, las orejas tiesas como manecillas de reloj, marcando los segundos con su colita. Lo buscó por los alrededores. Preguntó a todo con el que se cruzó si había visto a un perro vagabundo, melenudo, medio cojo, bizco y desaliñado, de color oscuro tirando a café. Nadie había visto nada. ¡Canelo!, gritó. ¡Canelo!… ¡Sándwich! ¡Sándwich! El silencio del crepúsculo la estremeció y entonces supo que jamás regresaría. Ella tampoco volvió a pisar el viejo parque.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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