¿Como será la fiesta de cumpleaños de Rulfo?

lfo”Cuando Juan Preciado, hijo bastardo de Pedro Páramo, pasó a las Yndias y anduvo buscando por esas tórridas regiones del Mal el alma de su padre, encontró tantas ánimas perversas, desposeídas de sus cuerpos corruptibles consumidos por el fuego, que no le fue posible encontrar la de su progenitor”. (Vigilia del Almirante, Augusto Roa Bastos).

Mañana Juan Rulfo cumple cien años. Seguro lo festejará con aquellos que lo quisieron y admiraron, como Gabriel García Márquez, quien le referirá otra vez aquella famosa anécdota en la que Álvaro Mutis sube a zancadas los siete pisos que llevaba hasta el departamento donde vivía en México DF con un paquete de libros, y separando el más pequeño y corto se lo da riendo y diciendo: “¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!”. Era Pedro Páramo. “Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura”, recordará Gabo.

En ese punto de la anécdota, una admirada Susan Sontag, lanzará una bocanada de humo, y dando la razón al colombiano espetará que “no merece la pena leer un libro una vez si no merece la pena leerlo muchas veces”. Asentirán sonrientes y el cumpleañero aprovechará la ocasión para agradecer a Susan el haber cumplido la promesa que ella le hizo en Buenos Aires cuando se conocieron: gestionar una segunda traducción al inglés de su novela, esta vez ya con más precisiones y sin los recortes de la primera. Susan le dirá que fue un honor hacerlo, ya que Pedro Páramo “no es solo una de las obras maestras de la literatura universal en el siglo XX, sino uno de los libros más influyentes del siglo”.

En ese momento, una voz cascada saldrá de entre el humo para reivindicar como suyas tales aseveraciones. Dirá que su nombre es Jorge Luis Borges y, en un pausado acento porteño, consignará: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aún de la literatura”. Les recordará a todos, con esa memoria prodigiosa que le fue dada, que diez años antes que Susan había escrito semejantes palabras. Rulfo, el agasajado, volverá a agradecer humildemente, esta vez al maestro argentino por semejantes asertos hacia su libro.

Susan dirá entonces que se siente emocionada de compartir en el cielo de los escritores con semejantes colegas y nada menos que en el cumpleaños de su admirado Rulfo, un cielo contrario a la idea central de la obra de marras, ya que según ella “la premisa de la novela –una madre muerta que lanza a su hijo al mundo, la busca de un hijo en pos de su padre– se convierte en una estancia coral en los infiernos”.

En ese momento, un invitado paraguayo comentará, a propósito de lo dicho por Susan, que él justamente había comparado la Comala de Rulfo con el Inferno de Dante: “La novela es una novela de amor en que el amor fracasa. La novela dramatiza este fracaso tanto en Pedro Páramo como en Susana San Juan. El amor existe trágico, desesperado, y sin posibilidad de feliz realización. Pero existe”.

Entonces, el Rulfo agradecerá tan agudo análisis a don Hugo Rodríguez-Alcalá, y le pedirá que lo invite a su cumpleaños número cien a festejarse en noviembre. “¡Eso ni dudarlo, dirá el paraguayo, pero antes no olvidemos el de Roa. Otro que llega al club de los centenarios en junio!”.

Por Sergio Mercado

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2 comentarios en “¿Como será la fiesta de cumpleaños de Rulfo?”

  1. Una de dos

    «Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan».
    —Fragmento de ‘Pedro Páramo‘ (Juan Rulfo, en el centenario de su nacimiento)

    El forastero contemplaba perplejo que, tal como le habían advertido por el camino, en aquel cementerio sucedía algo extraordinario. Curioseaba desde fuera. Dos puertas. Una en cada extremo del inmenso recinto. Los muertos entraban bien muertos por una y salían bien vivos por la otra. Eso le habían dicho. Era cierto. La multitud a la que acompañaba atravesó el portón principal con el difunto en brazos, desnudo y sin caja, lo depositó sobre la tierra y se alejó santiguándose, musitando plegarias. Al poco, el finado se incorporó y se alejó hasta perderse por el segundo de los portales, como un fulgor, a lo lejos. El forastero se decidió a entrar. Observó. No vio tumbas. Ni tumbas ni nada. Solo tierra. Tierra, polvo y un silencio asepulcral por el que se deslizaban ya las primeras sombras de la noche. Sintió un escalofrío. Se rehízo. Salió por donde había entrado. Bordeó el muro exterior, casi a oscuras por un sendero indómito plagado de rocas y de cactus, hasta alcanzar la otra puerta. Exhausto, se preguntó qué pasaría si entrara por allí, invirtiendo la ruta de los resucitados. «Ni se le ocurra», le habían prevenido. ¿Por qué? ¿Desharía el misterio? ¿Descubriría el engaño? ¿Caería fulminado? Cruzó el umbral. Y, para su asombro, se encontró de pronto en otro cementerio, lo que se dice un cementerio. Con sus cruces, sus fosas y sus lápidas. Algún ciprés, dos panteones, ramos de flores marchitas al pie de los sepulcros y pétalos descoloridos repartidos por el suelo. Se estremeció. Se dirigió, atravesando el inmenso camposanto, a la puerta principal, dispuesto a regresar al pueblo a toda prisa. Traspasó el portón. No se atrevió a mirar atrás. Preguntó a todo el que encontró qué, cómo, desde cuándo, por qué y si no les podía el espanto. Nadie contestó. Los aldeanos bajaban los ojos a su paso, se persignaban y lo rehuían. Como si fuese un loco. Un fisgón. Una aparición. Como si hubiesen visto a un fantasma.

    Un saludo,
    Manuel M. Almeida

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  2. La voz de Abelardo Castillo

    Marqué el número en el móvil. Caminé hacia un callejón oscuro para alejarme del ruido del bar de Palermo en el que bebíamos cerveza y hablábamos de literatura con Diana, mi hermana. En ese entonces había vuelto a vivir en Buenos Aires. Fue en mayo del 2009. Era domingo de noche. También era mi última oportunidad para tentar una entrevista con Abelardo Castillo. Intenté dar con él desde antes de viajar por unos días a la ciudad que Juan de Garay refundó con paraguayos en 1580. Había conseguido el número solo esa misma tarde. Debía volver a Asunción 48 horas después.

    Había leído su novela El que tiene sed, cuyo título deriva de la etimología de la palabra árabe “alcohol”. En la literatura argentina, Castillo es uno de los tres o cuatro cuentistas que más me gustan. Es clásico en el sentido familiar de Chéjov, pero también en el más cosmopolita de Cortázar. Fundó tres revistas que cubrieron décadas de cultura literaria y política rioplatense: El grillo de papel, El escarabajo de oro y El ornitorrinco. Tres insectos y un mamífero. Edgar Allan Poe en el medio, célebre cuentista (y alcohólico, como lo fue Castillo durante varios años y cuya experiencia brutal es recogida en la novela).

    A pesar de la impertinencia horaria y del día de descanso, la voz del escritor contestó, cavernosa como la de cualquier bebedor y fumador, pero también afable:

    —Hola, ¿quién habla?

    Le expliqué lo de siempre: Paraguay, periódico, entrevista.

    —Vení mañana a las ocho, a mi casa. Sé puntual —me dijo, antes de darme la dirección.

    Vivía en Once. No olvido los escalones, el amplio salón en donde había una mesa de ajedrez de piezas enormes y un televisor encendido en donde jugaban Federer y Nadal.

    —¿Federer o Nadal? —le pregunté.

    —Federer, por supuesto.

    La entrevista, con fotos hechas por mi hermana, se publicó en el Correo Semanal de ÚH. Aquella vez me habló de Augusto Roa Bastos, de sus encuentros con el paraguayo y el narrador Vicente Battista en el Café Chambery. Allí proyectaron escribir un cuento entre los tres, cuyo inicio se publicara en una revista y el final en otra. Esa broma transmutó: escribir los tres un cuento con el mismo tema, la traición. Roa Bastos escribió Encuentro con el traidor; Battista, Esta noche reunión en casa, y Castillo, Hombre fuerte. Raramente, en las casi 700 páginas de sus Diarios 1954-1961 menciona a Roa una sola vez.

    Esteban Espósito, su alter ego en El que tiene sed, se graba a sí mismo en casetes mientras habla solo en sus largas noches de borrachera. Olvida sus actos y apenas se reconoce en su voz. Hace años he perdido el casete en que registré la de Castillo. Ha muerto la semana pasada, pero su voz y su literatura viven intactas en mi memoria.

    Por Blas Brítez

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