Macron

Este artículo aparecerá el mismo día 7 de mayo en que los franceses estarán votando en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Quiero creer, como dicen las encuestas, que Emmanuel Macron derrotará a Marine Le Pen y salvará a Francia de lo que hubiera sido una de las peores catástrofes de su historia. Porque la victoria del Front National no solo significaría la subida al poder en un gran país europeo de un movimiento de origen inequívocamente fascista, sino la salida de Francia del euro, la muerte a corto plazo de la Unión Europea, el resurgimiento de los nacionalismos destructivos y, en última instancia, la supremacía en el viejo continente de la renacida Rusia imperial bajo el mando de Vladimir Putin, el nuevo zar.

Pese a lo que han pronosticado las encuestas, el triunfo de Emmanuel Macron, o, mejor dicho, de todo lo que él representa, es una especie de milagro en la Francia de nuestros días. Porque, no nos engañemos, la corriente universalista y libertaria, la de Voltaire, la de Tocqueville, la de parte de la Revolución Francesa, la de los Derechos del Hombre, la de Raymond Aron, estaba tremendamente debilitada por la resurrección de la otra, la tradicionalista y reaccionaria, la nacionalista y conservadora –de la que fue genuina representante el gobierno de Vichy y la de que es emblema y portaestandarte el Front National–, que abomina de la globalización, de los mercados mundiales, de la sociedad abierta y sin fronteras, de la gran revolución empresarial y tecnológica de nuestro tiempo, y que quisiera retroceder la cronología y volver a la poderosa e inmarcesible Francia de la grandeur, una ilusión a la que la contagiosa voluntad y la seductora retórica del general De Gaulle dieron fugaz vida.

La verdad es que Francia no se ha modernizado y que el Estado sigue siendo una aplastante rémora para el progreso, con su intervencionismo paralizante en la vida económica, su burocracia anquilosada, su tributación asfixiante y el empobrecimiento de unos servicios sociales, en teoría extraordinariamente generosos pero, en la práctica, cada vez menos eficientes por la imposibilidad creciente en que se encuentra el país de financiarlos. Francia ha recibido una inmigración enorme, en buena medida procedente de su desaparecido imperio colonial, pero no ha sabido ni querido integrarla, y esa es ahora la fuente del descontento y la violencia de los barrios marginales en la que los reclutadores del terrorismo islamista encuentran tantos prosélitos. Y el enorme descontento obrero que producen las industrias obsoletas que se cierran, sin que vengan a reemplazarlas otras nuevas, ha hecho que el antiguo cinturón rojo de París, donde el Partido Comunista se enseñoreaba hace todavía diez años, sea ahora una ciudadela del Front National.

Todo esto es lo que Emmanuel Macron quiere cambiar y lo ha dicho con una claridad casi suicida a lo largo de toda su campaña, sin haber cedido en momento alguno a hacer concesiones populistas, porque sabe muy bien que, si las hace, el día de mañana, en el poder, le será imposible llevar a cabo las reformas que saquen a Francia de su inercia histórica y la transformen en un país moderno, en una democracia operativa y, como ya lo es Alemania, en la otra locomotora de la Unión Europea.

Macron es consciente de que la construcción de una Europa unida, democrática y liberal, es no solo indispensable para que los viejos países del Occidente, cuna de la libertad y de la cultura democrática, sigan jugando un papel primordial en el mundo de mañana, sino porque, sin ella, aquellos quedarían cada vez más marginados y empobrecidos, en un planeta en que Estados Unidos, China y Rusia, los nuevos gigantes, se disputarían la hegemonía mundial, retrocediendo a la Europa “des anciens parapets” de Rimbaud a una condición tercermundista. ¡Y Dios o el diablo nos libren de un planeta en el que todo el poder quedaría repartido en manos de Vladimir Putin, Xi Jinping y Donald Trump!

El europeísmo de Macron es una de sus mejores credenciales. La Unión Europea es el más ambicioso y admirable proyecto político de nuestra época y ha traído ya enormes beneficios para los 28 países que forman parte de ella. Todas las críticas que se pueden hacer a Bruselas son susceptibles de reformas y adaptaciones a las nuevas circunstancias, pero, aún así, gracias a esa unión los países miembros por primera vez en su historia han disfrutados de una coexistencia pacífica tan larga y todos ellos estarían peor, económicamente hablando, de lo que están si no fuera por los beneficios que les ha traído la integración. Y no creo que pasen muchos años sin que lo descubra el Reino Unido cuando las consecuencias del insensato Brexit se hagan sentir.

Ser un liberal, y proclamarlo, como ha hecho Macron en su campaña, es ser un genuino revolucionario en la Francia de nuestros días. Es devolver a la empresa privada su función de herramienta principal de la creación de empleo y motor del desarrollo, es reconocer al empresario, por encima de las caricaturas ideológicas que lo ridiculizan y envilecen, su condición de pionero de la modernidad, y facilitarle la tarea adelgazando el Estado y concentrándolo en lo que de veras le concierne –la administración de la justicia, la seguridad y el orden públicos–, permitiendo que la sociedad civil compita y actúe en la conquista del bienestar y la solución de los desafíos económicos y sociales. Esta tarea ya no está en manos de países aislados y encapsulados como quisieran los nacionalistas; en el mundo globalizado de nuestros días la apertura y la colaboración son indispensables, y eso lo entendieron los países europeos dando el paso feliz de la integración.

Francia es un país riquísimo, al que las malas políticas estatistas, de las que han sido responsables tanto la izquierda como la derecha, han mantenido empobrecido, atrasándolo cada vez más, en tanto que el Asia y América del Norte, más conscientes de las oportunidades que la globalización iba creando para los países que abrían sus fronteras y se insertaban en los mercados mundiales, la iban dejando cada vez más rezagada. Con Macron se abre por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de que Francia recobre el tiempo perdido e inicie las reformas audaces –y costosas, por supuesto– que adelgacen ese Estado adiposo que, como una hidra, frena y regula hasta la extenuación su vida productiva, y muestre a sus jóvenes más brillantes que no es la burocracia administrativa el mundo más propicio para ejercitar su talento y creatividad, sino el vastísimo al que cada día añaden nuevas oportunidades la fantástica revolución científica y tecnológica que estamos viviendo. A lo largo de muchos siglos Francia fue uno de los países que, gracias a la inteligencia y audacia de sus élites intelectuales y científicas, encabezó el avance del progreso no sólo en el mundo del pensamiento y de las artes, también en el de las ciencias y las técnicas, y por eso hizo avanzar la cultura de la libertad a pasos de gigante. Esa libertad fue fecunda no sólo en los campos de la filosofía, la literatura, las artes, sino también en el de la política, con la declaración de los Derechos del Hombre, frontera decisiva entre la civilización y la barbarie y uno de los legados más fecundos de la Revolución Francesa. Durmiéndose sobre sus laureles, viviendo en la nostalgia del viejo esplendor, el estatismo y la complacencia mercantilista Francia se ha ido acercando todos estos años a un inquietante abismo al que el nacionalismo y el populismo han estado a punto de precipitarla. Con Macron podría comenzar la recuperación, dejando solo para la literatura la peligrosa costumbre de mirar con obstinación y nostalgia el irrecuperable pasado.

Por Mario Vargas Llosa

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6 comentarios en “Macron”

  1. Macron en su trono: ¡Salve, Júpiter!

    El presidente francés propicia la renuncia del jefe del Ejército y entra en pugna con los alcaldes. Recorta gastos sin discutirlo y gobierna en forma cada vez más autoritaria. Macron debe madurar, opina Barbara Wesel.

    Quería gobernar como Júpiter, el rey de los dioses romanos; así lo anunció Emmanuel Macron en la campaña electoral. Todo lo contrario del pequeñoburgués Francois Hollande. Los franceses quieren un presidente distante, que emita órdenes desde la altura, según el esbozo del estilo de gobierno de Macron. Pero ahora parece que el juvenil amo del Elíseo exagera y encuentra rápidamente resistencia en el ámbito político interno.

    Logrado debut internacional

    En materia de política exterior, el presidente francés ha mostrado hasta ahora seguridad y una notable habilidad. Los franceses disfrutaron cuando invitó al jefe del Kremlin al pomposo Versalles y lo criticó allí públicamente. Eso probablemente no haya convertido a Vladimir Putin en su mejor amigo, pero fue algo efectivo y popular.

    También actuó con desenvoltura ante el errático Donald Trump. Ya sea durante el apretón de manos entre dos machos alfa, en el recorrido turístico que incluyó a la Torre de Eiffel, o en la parada militar: el francés lució siempre como el ganador. Sus conciudadanos ni siquiera le tomaron a mal que hubiera invitado al detestado presidente estadounidense a la celebración del Día Nacional de Francia. Lo aceptaron como una jugada astuta. Macron también lo ha hecho todo bien hasta ahora en Europa. Se muestra cordial con Angela Merkel, lanza advertencias a los europeos del este poco democráticos y muestra a los británicos lo que es el eje germano-francés. Hasta ahí, todo bien.

    Viento en contra en casa

    Pero, tras la luna de miel, el presidente aterriza ahora en el duro terreno de la realidad de la política interna. Aunque ya estaba claro desde hacía tiempo, parece haber descubierto de pronto que deberá ahorrar miles de millones en el nuevo presupuesto estatal, para mantenerlo por debajo del límite de nuevo endeudamiento de la eurozona. Eso es importante, porque quiere hacer negocios con Alemania e impulsar la integración económica y monetaria. Y para eso deberá demostrar primero que efectivamente puede reducir el gasto fiscal y llevar a cabo las reformas.

    Ambas cosas tendrán un costo político interno. Y este será tanto más alto, cuanto más intente Macron gobernar como Júpiter con su cetro de relámpagos. En lugar de discutir con el jefe del Ejército, ordenó ahorrar 850 millones y, tras la protesta del popular general, lo sermoneó públicamente, como si se tratara de un escolar. Este no tuvo más opción que renunciar. Fue un muy mal manejo del oficio político y hasta seguidores de En Marche quedaron consternados.

    Falta de debate

    Indignados están también los alcaldes y concejales que tendrán que ahorrar dolorosamente en los próximos cinco años. Naturalmente, la mayoría tiene claro que el Estado debe reducir drásticamente sus galopantes gastos. Pero no le hará bien al presidente decretar los recortes, sin discusión, desde lo alto de su trono. Los franceses se molestan rápidamente. Aún cuando aprecien un poco de alarde monárquico en el presidente, no quieren ser tratados como súbditos.

    Por lo demás, ni siquiera ha comenzado la lucha de los sindicatos, al igual que de los partidos de izquierda y derecha, contra la reforma laboral. Sus preparativos parlamentarios comenzarán la próxima semana. Macron dispone de la mayoría suficiente pero, si quiere sobrevivir políticamente, no debería azuzar la furia de la calle.

    De la superioridad a la ridiculez

    Emmanuel Macron controla su imagen pública como lo hiciera por última vez Francois Miterrand en los años 80. Los franceses lo llamaban “Dios”. Pero, entretanto, los tiempos han cambiado y el presidente es muy joven. De la superioridad a la ridiculez hay solo un paso. Y Macron exagera. Confunde autoridad con autoritarismo y da la impresión de estar embriagado con su propio poder.

    Su trato con la prensa apenas es ya democrático. Francois Hollande hablaba demasiado. Macron ya no dice nada. Ambas cosas son negativas. Hizo saber que sus pensamientos son demasiado sutiles como para discutirlos con periodistas. Eso es ridículo y constituye una exhortación a la sátira.

    Emmanuel Macron debe madurar con urgencia, esquivar el delirio de grandeza y encontrar un camino intermedio entre las poses monárquicas y el ejercicio normal y democrático del poder. Últimamente se constató que los retratos oficiales del presidente, que deben colgarse en todas las reparticiones públicas francesas, son demasiado grandes para los marcos existentes. Un regalo para los caricaturistas. Pero, en realidad, el jefe del Elíseo es lo suficientemente inteligente como para saber que la ridiculez destruye cualquier autoridad.

    Autora: Barbara Wesel (ERS/VT)

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  2. Macrón, primeros tropiezos…

    El presidente recién elegido acaba de reunir el 3 de julio pasado al congreso en Versalles, es decir el Senado y la Asamblea Legislativa (diputados), para explicar el sentido de su actuación política por los próximos cinco años. Hablo únicamente de los temas institucionales y de gobernabilidad, derivadas de su discurso de campaña electoral. La cuota de audiencia de su discurso fue inferior a la retransmisión de la “vuelta de Francia” ciclista.

    Como todo reformista, lastimó a la “negación de la realidad” de los que se oponen a toda forma de evolución de nuestro modelo económico y político (son muchos en Francia), cuando, en el mismo tiempo, el mundo cambia rápido. Habló de libertad, confianza, responsabilidad, progreso. No hubo ningún debate parlamentario pues el discurso era destinado a los franceses y no a la representación legislativa. Nos explicó su método más que sus fines, o sus propósitos, un método de pequeños pasos.

    Finalmente es el más conservador de todos los proyectos. Su ambición es de reconciliar la libertad y la igualdad. Es lo que se trata de “liberalismo” en los Estados Unidos, que intenta tomar el mejor de los dos mundos, el de derecha y el de izquierda: se niega a elegir entre la ambición y el espíritu de justicia. Quiere hacer coexistir estos propósitos aparentemente opuestos: la justicia social de un lado y el éxito individual del otro lado.

    Lo que trata de hacer es de asfixiar la derecha y la izquierda. En efecto, la derecha se le desafía, pues si se opone a su ideal de libertad, de la que se apropió Macron, ella renegó su identidad, y si adhiere a su idea, a su ideal de libertad, en ese caso tiene que ser constructiva, y al final no criticar tanto al presidente Macron. Igual para la izquierda y su ideal de justicia social.

    De repente, los diputados de derecha (partido les Républicains) se dividieron en dos partes, los “constructivos” justamente, que apoyaran al presidente en algunos casos y los otros que se enfrentarán en una oposición frontal, ¿para hacer qué? Sin olvidar que el primer ministro de Macron, Edouard Philippe, y el ministro de la economía, Bruno Le Maire, los dos más importantes ministros, son de derecha y proceden del partido les Républicains!!!…en cuanto a la izquierda, no les va mejor, pues el grupo “la nueva izquierda” cuenta con 31 miembros (28 socialistas), sobre 577 diputados. Les tomara mucho talento a todos para volver. ¡Algunos, de derecha y de izquierda, abandonan la política!!! no es una pena…Abandonar la política antes de tener 80 años , nunca he visto eso en Francia. ¡Gracias señor presidente! ¡Que talento! Sin embargo, con 26% de personas convencidas, ese discurso no creó un entusiasmo delirante.

    Por otro lado, el 4 de julio se celebró el discurso de política general del primer ministro, Edouard Philippe, frente a los diputados: ¡Después del sueño, después de la palabrería, las malas noticias!

    Por Romain de Saulieu

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  3. Un futuro borroso
    16 mayo, 2017

    Por Romain de Saulieu

    De forma deliberada, el futuro presidente no tiene un programa bien claro, y se están descubriendo poco a poco, cada día, algunas medidas que quiere adoptar. Algunos le llaman el candidato del vacío. Esta estrategia funciona en la Francia de hoy, porque su elección se hizo en base al rechazo de la clase política, y es suficiente para provocar una adhesión. Proponer un programa en su caso sería tomar un riesgo inútil. Es por eso que sus primeras medidas son muy consensuales: otorgar el derecho al error en las declaraciones administrativas de las empresas…creación de una “fuerza especial” en la lucha contra el terrorismo…reformar el código del trabajo sin pasar por el parlamento, tomando ordenanzas, etc…

    Sin embargo, no podrá evitar el acoso fiscal a las clases medias, que existe desde tiempo atrás en Francia, quiere hacer subir los impuestos sobre los jubilados, el seguro de vida…pero hace falta una mayoría en el Parlamento para adoptar estos cambios. Según sus últimas declaraciones, quiere dar más lugar a los musulmanes en el espacio público, y de esta manera acelerar la islamización de Francia. Debe reclutar candidatos para estas elecciones (legislativas) porque no tiene ningún diputado ya elegido que podría representarle. Los socialistas que quieren unirse a él, estarán excluidos del Partido Socialista, y del otro lado, prácticamente ningún candidato de derecha se unió a él.

    Por parte de la derecha, “Les Républicains” proponen un proyecto muy similar al que propuso Fillon, y ellos tienen muchos diputados en el Parlamento; pero después de haber llamado a votar a Macron por el segundo turno de la presidencial, será difícil de llamar a oponerse a él, en estas elecciones legislativas… ¿Cómo van a reaccionar los electores? …pero eso no les impide apuntar a la victoria y a la cohabitación con el gobierno Macron.

    Después de su fracaso, Marine Le Pen llamó a reformar en profundidad a su partido. Ella cometió tres errores: abandonar la denunciación de la inmigración, defender la idea de la salida de la unión Europea y del Euro, y ofrecer un programa económico y social de izquierda. Ganó electores de izquierda, pero perdió en el electorado de derecha moderada, asustados por sus proposiciones. Sin embargo, teniendo un solo diputado en el actual parlamento y considerando su resultado de 34 %, el “Front National” tiene un papel que desempeñar en el futuro Parlamento.

    En cuanto al Partido Socialista, después de haber perdido todas las elecciones, municipales, regionales, senado, presidenciales, un fracaso en las legislativas, lo privaría de recursos esenciales para su funcionamiento.

    Pero después de cada descomposición, hay una recomposición. Lo veremos de forma más clara después de las elecciones legislativas previstas para el 7 de junio próximo.

    Por el momento, el futuro se ve borroso.

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  4. Victoria de Macrón, una ola de la marea europeísta
    Luis A. Fretes Carreras

    Macrón ganó las elecciones presidenciales de Francia más “electrizantes” de los últimos tiempos. La posibilidad que Marine Le Pen, sea ungida presidente fue real y contaba con un sólido y creciente respaldo de un electorado cada vez más empobrecido y desempleado. El fenómeno “En Marcha” que encarna Emanuel Macrón fue un verdadero tsunami en el sistema político francés, cuyo resultado aún está por verse pero que sin dudas deja muy maltrecho el sistema de partidos de la V República.
    Si bien el sistema de partidos francés está en crisis, los problemas no se limitan a este aspecto del sistema político. Los grandes temas en disputa en esta campaña fueron la viabilidad de abdicar a la soberanía estatal a favor de un modelo de integración europeo muy criticado, a las políticas de ajustes e incentivos para enfrentar los efectos de la globalización y la virtual guerra civil que sufre como consecuencia de la gestión defectuosa de la migración mayoritariamente musulmana y su integración a la sociedad laica pero cada vez menos tolerante.
    Marine Le Pen y el Frente Nacional encabezaron una oposición radical desde las ideas conservadoras de patria y unidad dispuestas a disolver las políticas de integración europea y adecuación a la globalización, así como incrementar la seguridad y control de la migración que modificaría las políticas continuadas hace decenas de años.
    Con esta contundente victoria, en Francia devuelven la tranquilidad a los europeos que aún confían en las posibilidades del proyecto unionista. Emanuel Macrón, es una estrella fulgurante aún incógnita; en corto tiempo logra la hazaña más espectacular de la historia contemporánea francesa pero necesita de otra victoria electoral a corto plazo para concretar su programa. Solo con un legislativo que le sea favorable podrá poner en marcha su plan liberal que defiende el estado de bienestar en un proyecto de integración europea.
    Creo que Europa resiste y tiene más cerca el triunfo de su modelo: la unión de estados y el sistema social de bienestar.
    Los partidos se están muriendo y reformando para recuperar la participación de los ciudadanos, y el pueblo francés tiene clara conciencia que tanto la derecha como la izquierda extrema no son el camino para garantizar la igualdad, la libertad y la fraternidad en Europa unida.
    El triunfo de Macrón es parte de esa “ola de resistencia” a la corriente conservadora, excluyente y neoliberal más destructiva que se conociera. Primero fueron Portugal y España, ahora con Francia, quienes desde un amplio espectro de la izquierda a la derecha están defendiendo esos valores que permitan avanzar en la consolidación de la Unión Europea y hacer posible un modelo que no renuncie a las garantías sociales de una República democrática.

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  5. Unidos por el espanto

    Los franceses celebran y Europa respira, proclaman los sitios informativos del viejo continente. El triunfo de Emmanuel Macron y su partido En Marcha por el 66% de los votos emitidos en segunda vuelta parece asegurar un clima de estabilidad institucional y, a la vez, algo así como la perspectiva de marchar hacia una “nueva política” de manos del que será el presidente más joven de Francia. Macron quiere no sólo permanecer en la Unión Europea sino fortalecerla, conservar el euro y poner a dieta al servicio público francés reduciendo el número de funcionarios en 120.000 plazas, prohibiendo de paso a los diputados la contratación de familiares.

    El flamante presidente sueña, además, con convocar al Elíseo (sede de la Presidencia) a “lo mejor de la izquierda, lo mejor de la derecha e incluso lo mejor del centro”. Los franceses, que ya han probado el absolutismo monárquico, la revolución sangrienta, los horrores de la ocupación nazi y la cohabitación política, irán ahora por un nuevo ensayo con lo mejor de los tres mundos. Parece que a Francia (con permiso de Jorge Luis Borges), no la unió el amor sino el espanto, el que le generó la sola idea de que la ultraderecha más cerril se le subiera encima, una especie de colisión de asteroides que estuvo mucho más cerca de lo previsto.
    El Frente Nacional tiene en Francia una dilatada historia de triunfos y fracasos. Practicando un nacionalismo de extrema derecha, irrumpió en escena de la mano de su fundador, Jean Marie LePen, con sus propuestas de reinstalar la pena de muerte, salir del euro, repudiar al FMI, el Banco Mundial y la OCDE, abandonar la OTAN y, últimamente ante la riada de refugiados, cerrar las fronteras de Francia no sólo a los migrantes indeseados sino también a productos del exterior aplicando un “proteccionismo inteligente”. En las primeras elecciones en las que participó como candidato a presidente, LePen padre sacó en primera vuelta el 0,74%. No se desalentó. En 1988, catorce años más tarde, obtuvo el 14%, el 15% en 1995 y el 17% en 2002, todos resultados en primera vuelta en el país que inventó el balotaje. Cuando su partido lo expulsó en 2015 tomó el timón su hija, Marine, que llevó el estandarte de la ultraderecha a un terreno desconocido hasta el 7 de mayo pasado: 34% de los votos en segunda vuelta. El Frente parece haber llegado para quedarse, resuelto a competir en las grandes ligas.
    Cuando los franceses se despierten de su juerga poselectoral, tendrán que aprender a lidiar con un inquilino nuevo y agrandado que podría hacerles difícil la convivencia política. Sobre todo, a partir de las elecciones legislativas de junio próximo para las cuales En Marcha no estaría muy bien posicionado dada la fragmentada composición de su voto. LePen tampoco la tendrá fácil, aunque seguro irá por la ruptura de su propio récord, 35 escaños en la Asamblea Nacional en 1986. Quienes crean que el Frente Nacional fue derrotado, harían bien en revisar sus apuntes. Parece ser todo lo contrario. Nunca estuvo mejor

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  6. Partidos en vías de defunción, la crisis es por los “insiders”

    El “certificado de defunción que expidió el pasado martes 9 de mayo el ex primer ministro francés Manuel Valls fue, más que un anuncio, un diagnóstico: “Este partido socialista está muerto”, sentenció.

    Aunque resonó en toda Europa y en el mundo, el certificado no hacía falta; en las recientes elecciones francesas que terminaron con la cantada elección del nuevo presidente de Francia, Emmanuel Macron, el derrumbe socialista había sido más estrepitoso que la “muerte anunciada” por las encuestas, con un insignificante porcentaje de votos, que dejaba en ruinas, desnudo de votantes y de escaños, a un partido acostumbrado por décadas a dirigir o, por lo menos, compartir el poder político de Francia, y la segunda “potencia” más influyente de la Unión Europea.

    Rompiendo con la historia que significó el triunfo de Mitterrand, a principios de los años 80, la reivindicación de la izquierda democrática, tras el derrumbe de los partidos comunistas como representantes de la izquierda totalitaria, de partido único y dictadura del partido, en vez del proletariado, haciendo irrumpir el socialismo democrático como referente de la nueva Europa.

    La caída, en el sentido contrario, hoy deja una gran interrogante sobre quién ocupará ese lugar, es decir, un vació político realmente importante.

    Es, sin duda una catástrofe, no solo del gobierno de Holland, sino que implica también una derrota para la izquierda y para el centro conservador, teniendo encima el avance de votos de la extrema-derechista Le Pen.

    Y un serio aviso para la Unión Europea, que ya tuvo una señal de alerta con el Brexit. Si tomamos el ejemplo de la deserción de Gran Bretaña, que fue principalmente basada en que los votantes que estaban a favor de seguir en la Unión, no votaron, vale la pena mirar a lo que pasó en España recientemente, un país que necesitó sucesivas elecciones, durante un largo período descabezado de los políticos, ya que ninguno de los contendientes lograba la suficiente cantidad de votos para gobernar. Hubo que llegar a un cuasi suicidio del Partido Socialista, porque no tenía otra salida, dado su cada vez más raleado electorado en cada elección sucesiva.

    Es decir, la conclusión no está entre izquierda y derecha, aunque ésta haya ganado en votos –más por el neorracismo generado por el terrorismo, que desgastó a este último gobierno francés– sino en el desgaste de los políticos y en la falta de interés y de credibilidad en las propuestas que representan.

    Una lección que vale tener en cuenta. Más que el desgaste de la política, podemos hablar del desgaste de los partidos.

    ¿Y por casa cómo andamos? Si bien tenemos partidos que crecen en afiliados, en lo que va de la transición no han crecido en votos, ni en fidelidad de los votantes, sino en dependencia de los “outsiders”.

    De hecho, tenemos a los dos partidos tradicionales divididos y, más grave aún, internamente confrontados, y a la tercera vía de la izquierda, tan nueva, tan igualmente conflictuada.

    Las internas están siendo más demoledoras de los partidos que el pensamiento en las elecciones nacionales; las luchas descalificadoras más fuertes que las propuestas de gobierno.

    Hasta ahora hay más candidaturas probables que ciertas, y más candidatos volando que candidato en mano, olvidándonos del sabio refrán que dice que más vale pájaro en mano que cien volando.

    El problema no es de los outsiders, sino de las internas, de los “insiders” de los partidos. Peleando el poder partidario y en el Congreso, cada quien en su carpa, cada quien en pos de su cargo, sin una visión nacional y de cara al futuro. Y así les ha ido durante esta transición, sin un solo presidente “de partido”.

    Y así les va a seguir yendo, mientras sigan pensando en la banquita y los carguitos, y no en el interés nacional.

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