El evangelio del domingo: Quédate con nosotros

“Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba” fue la expresión de los discípulos de Emaús a Jesús resucitado, que caminaba con ellos. Justamente es este el título “Quédate con nosotros, Señor” (Mane nobiscum, Domine), que da el papa San Juan Pablo II a una carta apostólica que escribió. Y es este mismo pedido que repite el espíritu humano delante de tantas vicisitudes de la existencia.
Hacemos constantemente la dura experiencia de que todo pasa en este mundo, sea que nos deja una persona querida, sea que se derrumba nuestro negocio, sea que la propia salud se complica y sentimos que “el día se acaba”.

Vamos circulando por la vida casi siempre golpeados por el peso de la realidad y de repente, Jesús pasa a caminar junto a nosotros. Muchas veces ni siquiera nos percatamos de esto, aunque, algunas veces, sí. Pero el Señor está al lado y toma la iniciativa de acompañarnos.

“Quédate con nosotros” es el grito sofocado de tantas personas que se sienten solitarias y viven la soledad como una cruz. Y no siempre por no tener familia y gente alrededor, sino por no sentirse amparadas en el corazón.

Hasta parece una ironía que con medios tan poderosos de comunicación, como internet y teléfono celular, haya incomunicación. Resulta que para el ser humano no basta la maravilla electrónica, es fundamental el afecto y la sinceridad, que fortalece el alma.

Es cierto que necesitamos del apoyo de los demás, es muy reconfortante tener amistades, en fin, personas con quienes se puede abrir el corazón y encontrar auxilio, que nos vale de mucho cuando las papas queman.

Sin embargo, el ser humano es limitado, caprichoso, a veces, arrastra traumas psicológicos, así que precisamos del gesto del discípulo que pide la cercanía de Cristo. Y Él quiere quedarse con nosotros, pero reitero, hay que invitar al Señor, hay que dedicarle tiempo, es necesario darle espacio.

Cuando permitimos que Cristo esté con nosotros, Él nos explica la Sagrada Escritura, y si realmente queremos encontrarlo, entonces sentiremos arder el corazón.

Asimismo, el Señor “parte el pan” para nosotros y justamente en esta fracción del pan, que llamamos Eucaristía, vamos a reconocerlo: es la fiesta del encuentro con Él y con los hermanos en la fe.

Cuando permitimos que Cristo se quede con nosotros todos los días, ahí termina la soledad, y nos volvemos guapos para enfrentar y solucionar los percances que tenemos por delante.

Recordamos hoy el Día de los Maestros: les enviamos a todos nuestra bendición.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

 

Anuncios

2 pensamientos en “El evangelio del domingo: Quédate con nosotros”

  1. “Ese mismo día, dos discípulos iban de camino a un pueblecito llamado Emaús… mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar a su lado, pero ellos no lo reconocieron.”
    (Lc 24,13-16)

    En este tercer domingo de Pascua, la Iglesia nos ofrece el bellísimo evangelio de los discípulos de Emaús. Es un evangelio muy lleno de significados del cual se pueden hacer muchas meditaciones diferentes. Hoy me gustaría dedicar una pequeña reflexión sobre la pedagogía de Jesús, sobre este gesto de acompañar en el camino a estos dos discípulos.
    Ellos están caminando el día domingo, que es el primer día posible para hacer un viaje, pues Jesús fue muerto en la tarde del viernes y el sábado era el día de reposo para los judíos y nadie podría hacer caminatas largas. Estaban muy tristes por todo lo que sucedió con Jesús en Jerusalén. Aun más, estaban muy desilusionados, pues creían que Jesús debía haber iniciado la gran revolución que llevaría a la liberación de Israel, pero los romanos guiados por los sumos sacerdotes lo humillaron terriblemente y lo clavaron en una cruz. Estaban defraudados, pues pensaban que él podría haber utilizado alguno de sus poderes para defenderse y para llegar al trono del Mesías pues él había sanado a muchos, caminado sobre las aguas, secado una higuera, trasformado agua en vino… pero, al contrario, no se defendió en nada, y se entregó como una oveja que va al matadero. Estaban decepcionados, pues esperaban que Dios Padre fuera a intervenir milagrosamente para salvarlo de la cruz y castigara allí mismo a todos sus malhechores, pero les parecía que hasta el mismo Padre lo había abandonado.
    Así pues, con el corazón lleno de tristeza, de frustración, de amargura y de dolor, ellos habían decidido retornar a sus comunidades de origen. Pensaban tal vez en volver a sus antiguas actividades, rehacer su vida normal. Para ellos, Jesús había sido una ilusión pasajera que había terminado trágicamente. Ahora ellos ya se alejaban de Jerusalén, ya estaban quedando atrás todos los recuerdos, los sueños, las esperanzas. Creían que una vez más, el mal había vencido, y no les restaba otra cosa que acomodarse para continuar sobreviviendo en esta tierra. Jesús era solo un triste recuerdo del pasado.
    Es en esta situación que Jesús se presenta, muy discretamente, y camina con ellos. Jesús sabía que ellos estaban caminando en la dirección equivocada, pero igual camina con ellos. Trata de entrar en su mundo, en su dolor, en sus desilusiones… Primero los escucha.
    Solo después les ha hablado de las escrituras. Les explicó todo lo que en el Antiguo Testamento hablaba del Mesías, especialmente sobre los sufrimientos que él debería padecer. Les decía que, no obstante, haya sido muy triste lo que sucedió en Jerusalén, la historia aún no había terminado. Les intentaba mostrar que ellos se estaban retirando antes de la hora, que el retorno a la vida de antes y el abandonar a los otros apóstoles era una decisión precipitada. Les quería revelar que Dios tiene sus tiempos, y que nosotros debemos confiar aun cuando se hace noche, aun cuando llegan las pruebas…
    Jesús, sin embargo, habló de todo esto, sin decir quién era él. Y ellos aun escuchándolo continuaban su camino hacia Emaús. Cuando llegaron, tuvieron la sensibilidad de invitar a aquella persona que había caminado con ellos para hospedarse en su casa aquella noche. Y cuando estaban a la mesa Jesús tomo el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
    Estos eran los mismos gestos que Jesús había hecho en la última cena, cuando les había dicho que en aquel modo sacramental él continuaría vivo, presente y actuante en medio a ellos. En este momento sus ojos se abrieron y reconocieron a Jesús. Pero, al mismo tiempo él desapareció físicamente, quedando solo su presencia sacramental, que, sin embargo, fue suficiente para hacerlos retornar a Jerusalén.
    Esta es la fuerza de los sacramentos. Nos hacen reconocer la presencia viva y actuante de Jesús en nuestras vidas concretas. A través de la liturgia de la Palabra nos recuerda de las cosas que Jesús hizo antiguamente, pero cuando celebramos los santos misterios las cosas no se quedan solo en los recuerdos, sino que la salvación se hace actual, se abren nuestros ojos, nos llenamos del Espíritu Santo, somos sanados de nuestros males, somos liberados de las opresiones, somos perdonados de nuestros pecados… o sea Jesús repite en nosotros todo lo mismo que ya hizo antes y hasta mucho más…
    Que venga a caminar a nuestro lado. Que Dios nos dé la sensibilidad de invitar Jesús a quedarse con nosotros. Que Dios nos ayude a participar en las celebraciones sacramentales, pues es así que nuestros ojos se abren para reconocer su presencia…
    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino

    Me gusta

  2. domingo 30 Abril 2017

    Tercer Domingo de Pascua

    Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.22-33.
    El día de Pentecostés, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: “Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido.
    Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen,
    a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles.
    Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él.
    En efecto, refiriéndose a él, dijo David: Veía sin cesar al Señor delante de mí, porque él está a mi derecha para que yo no vacile.
    Por eso se alegra mi corazón y mi lengua canta llena de gozo. También mi cuerpo descansará en la esperanza,
    porque tú no entregarás mi alma al Abismo, ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción.
    Tú me has hecho conocer los caminos de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia.
    Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy.
    Pero como él era profeta, sabía que Dios le había jurado que un descendiente suyo se sentaría en su trono.
    Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción.
    A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos.
    Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen.”

    Epístola I de San Pedro 1,17-21.
    Queridos hermanos:
    Y ya que ustedes llaman Padre a aquel que, sin hacer acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras, vivan en el temor mientras están de paso en este mundo.
    Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata,
    sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto,
    predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes.
    Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.

    Evangelio según San Lucas 24,13-35.
    Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.
    En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
    Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.
    Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
    El les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste,
    y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”.
    “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo,
    y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
    Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
    Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro
    y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo.
    Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”.
    Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!
    ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”
    Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
    Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.
    Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. El entró y se quedó con ellos.
    Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
    Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
    Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.
    En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos,
    y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”.
    Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Gregorio Magno (c. 540-604), papa y doctor de la Iglesia
    Homilía 23; PL 76, 1182

    “No os olvidéis de la hospitalidad”

    Dos discípulos hacían juntos el camino. No creían y, sin embargo, hablaban del Señor. De repente éste se les aparece, pero bajo formas que no pudieron reconocerle… Le invitan a compartir su albergue, como se hace con un viajero… Ponen, pues, la mesa a punto, presentan la comida, y Dios, a quien no habían reconocido en la explicación de la Escritura, lo reconocen en la fracción del pan. No es escuchando los preceptos de Dios que se han visto iluminados, sino cumpliéndolos: “No son los que escuchan la Ley los que serán justificados delante de Dios, sino los que ponen en práctica lo que dice la Ley” (Rm 2,13). Si alguno quiere comprender lo que ha escuchado, que se apresure a poner por obra lo que ya ha comprendido. El Señor no fue reconocido mientras hablaba; sino que se dignó manifestarse cuando le ofrecieron algo para comer.

    Amemos, pues, la hospitalidad, hermanos muy amados; amemos el practicar la caridad. San Pablo, refiriéndose a ella, afirma: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos recibieron, sin saberlo, la visita de unos ángeles (Heb 13,1; Gn 18,1s). También Pedro dice: “Ofreceos mutuamente hospitalidad, sin protestar” (1P 4,9). Y la misma Verdad nos declara: “Fui forastero y me hospedasteis”… “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, nos dirá el Señor el día del juicio, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,35.40)… Y a pesar de ello ¡somos tan perezosos ante la gracia de la hospitalidad! Pongamos atención, hermanos, en la grandeza de esta virtud. Recibamos a Cristo en nuestra mesa a fin de poder ser recibidos a su festín eterno. Demos ahora hospitalidad a Cristo presente en el extranjero para que en el juicio no seamos como extraños que no le conocemos (Lc 13,25), sino que nos reciba en su Reino como hermanos.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s