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La oposición venezolana está ganando terreno

Cuando entrevisté al presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Julio Borges, a principios de esta semana, en medio de las masivas protestas contra el Gobierno que han dejado por lo menos 26 muertos, una de mis primeras preguntas fue si la oposición será capaz de mantener sus multitudinarias protestas en las calles. Algunos dicen que no.Un artículo del 23 de abril en el diario Financial Times argumentaba que las protestas de la oposición pronto podrían reducirse, como lo hicieron en 2013, 2014 y 2016.

“En un país donde la búsqueda de alimentos y medicinas se ha convertido en un trabajo de tiempo completo para muchos, los costos personales de sostener las protestas son simplemente demasiado altos”, decía el artículo de Daniel Lansberg-Rodríguez, profesor de la Escuela de Administración de Kellogg. “Cuando el mundo deje de prestar atención y la presión internacional comience a menguar, también lo harán las multitudes”.

El artículo dice que “el tiempo, por lo tanto, está del lado de [el gobernante Nicolás] Maduro, aunque el 80 por ciento de los venezolanos no lo estén”. A diferencia de lo que sucedió en Brasil cuando la expresidenta Dilma Rousseff fue expulsada del poder en medio de protestas nacionales, Venezuela no tiene un poder judicial independiente, ni un Congreso que pueda ejercer sus poderes. “El sistema está demasiado roto como para restablecerse por sí mismo”, señala el artículo.

Después de que la oposición ganara las elecciones legislativas de 2015 por una mayoría abrumadora, Maduro abolió casi todos los poderes del Congreso en un golpe de Estado en cámara lenta. Luego suspendió indefinidamente elecciones regionales, e inhabilitó a los principales líderes opositores para ser candidatos por hasta 15 años.

Pero Borges dice que la ola de protestas callejeras no disminuirá, y que la oposición triunfará.

“Hoy tenemos condiciones mucho más favorables, tanto a nivel nacional como internacional”, me dijo Borges. “Hoy tenemos más energía, más motivación y un gobierno mucho más débil”.

En el plano interno, hay cada vez más grietas en el régimen, dijo, citando el caso de la procuradora general Luisa Ortega Díaz, una aliada del régimen de Maduro que recientemente sorprendió al mundo al declarar que el Gobierno había violado la Constitución al recortarle sus poderes a la Asamblea Nacional. Hay grietas similares dentro de las fuerzas armadas, dijo.

En el plano internacional, los países más grandes de América Latina –incluidos México, Brasil, Argentina, Colombia y Perú– han firmado por primera vez un documento conjunto en que denuncian la ruptura del régimen democrático en Venezuela y exigen elecciones libres. Lo mismo ocurre con la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea.

Y a diferencia de lo ocurrido en ocasiones anteriores, el régimen está en bancarrota, en momentos en que Venezuela sigue pasando por una escasez generalizada de alimentos y medicinas. La inflación del país es la más alta del mundo, estimada en más de 700 por ciento este año.

Estos son factores nuevos, me dijo Borges. Es cierto que –a diferencia de lo que ocurrió con Rousseff en Brasil– Venezuela no tiene instituciones independientes que puedan llevar a cabo un juicio político, me dijo Borges. Pero una combinación de factores –incluyendo que las fuerzas armadas exijan que el régimen respete la Constitución, las masivas protestas callejeras y la creciente presión internacional– convergerá para obligar a Maduro a celebrar elecciones libres, agregó.

“No queremos que las fuerzas armadas vengan y ‘salven’ al país. No queremos un golpe de Estado”, me dijo Borges. “Lo que queremos es que se restituya una Constitución a la que el gobierno le ha dado un golpe de Estado”.

Mi opinión: No sé si Maduro durará en el poder un mes, un año o incluso más allá del final de su mandato en 2018. Pero 18 años después de la desastrosa “revolución bolivariana” que convirtió uno de los países más ricos del mundo en uno que está requiriendo ayuda humanitaria, Venezuela ha demostrado que no es otra Cuba.

Los venezolanos no han perdido sus reflejos democráticos, a pesar de casi dos décadas de controles a la prensa, masiva propaganda gubernamental, intimidación y represión. Yo estoy más optimista que antes de que Maduro no durará muchos años en el poder.

Por Andrés Oppenheimer

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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6 comentarios en “La oposición venezolana está ganando terreno

  1. Venezuela: la trampa de los recursos naturales

    Por Miguel Angel Rodríguez

    Parece paradójico el triunfo del populismo chavista en Venezuela, país tan rico en recursos naturales y una de las únicas tres democracias que quedaban en América Latina en los ochenta. Para resolver el acertijo, generalmente se achaca el éxito del presidente Hugo Chávez y el consiguiente debilitamiento del sistema político de ese país, a la corrupción y a las luchas descarnadas por el poder. Ese argumento con facilidad entretiene a la audiencia.

    Pero sin negar que la corrupción y las luchas descarnadas por el poder al interior de los partidos sean elementos causales del chavismo, creo que más importante es la estructura productiva y de gobierno que rige en ese país por estar sustentados ambos en la explotación centralizada del petróleo.

    Venezuela, como todos los países que viven alrededor de la explotación centralizada de un recurso natural, tiene un gobierno que actúa al revés de los demás. En casi todos los países el sector privado produce y el gobierno cobra impuestos para producir los bienes públicos.

    En Venezuela el gobierno genera una gigantesca renta por la exportación de petróleo y determina su distribución y la reparte.

    Eso generalmente produce la llamada enfermedad holandesa.

    Los grandes ingresos provenientes del exterior al nacionalizarse, incrementan la oferta monetaria desproporcionadamente. Una mayor cantidad de moneda comprando la misma canasta de bienes y servicios que se ofrecen en el interior hace subir los precios y los costos de producir para el mercado interno y para exportar. La gran afluencia de divisas hace que baje su precio, y se revalúe la moneda local. Suben las importaciones para satisfacer el consumo y bajan las exportaciones no petroleras, y el déficit comercial se compensa con la renta petrolera. Como se encarecen los insumos y salarios necesarios para la producción, no se generan suficientes buenos empleos pues la industria petrolera solo genera una cantidad limitada de puestos.

    Si, como en la Venezuela democrática, el reparto se hace distribuyendo para el consumo (el gobierno importaba alimentos y los vendía perdiendo, casi regalaba la gasolina en el mercado doméstico, no cobraba los costos por los servicios públicos y repartía dinero con mucha discrecionalidad), y dando grandes poderes al Presidente para hacerlo sin límites ni guías presupuestarias cuando los ingresos provienen de un mayor precio del petróleo al presupuestado, se agrava la enfermedad holandesa y su generación de corrupción y pobreza.

    Además, al no establecer un sistema tributario que lo sostenga, el gobierno no crea las instituciones que lo hacen ser gobierno fuerte, lo que es indispensable para que pueda imponer las reglas de un mercado eficiente, competitivo e inclusivo.

    Paul Collier en su libro The Bottom Billion (El Club de la Miseria) cuando describe las trampas que retienen en la pobreza a los países más pobres, indica:

    “Los conflictos (la primera trampa) no son la única trampa. Una trampa mucho más paradójica es el descubrimiento de recursos naturales valiosos en un país pobre. Uno pensaría que el descubrimiento de riqueza natural sea un catalizador para la prosperidad, y a veces es así. Pero esas son las excepciones. A veces refuerza la trampa de la violencia. Pero incluso cuando el país permanece pacífico, en general no crece; incluso el superávit creado por la exportación del recurso natural reduce significativamente el crecimiento. Los economistas llaman al exceso de ingresos sobre costos normales incluidos las utilidades “renta”; y las rentas parecen ser dañinas. Con el tiempo los países que descubren grandes recursos naturales pueden terminar más pobres, porque la perdida de crecimiento generada por las rentas más que compensa el ingreso neto generado por la explotación de esos recursos”.

    Un país rico como Venezuela se empobrece por: A) falta de generación de empleos buenos por la baja rentabilidad de las empresas industriales y agrícolas causada por el aumento en costos de producción; B) la corrupción que surge de repartir los políticos el botín de oro a su disposición (el que parte y reparte se deja la mejor parte); C) la pérdida de incentivos para trabajar, innovar y emprender cuando es más productivo dedicar el tiempo a pedir participación en la renta petrolera y D) la no creación de un gobierno fuerte que establezca las instituciones necesarias para que operen eficientemente un mercado y un sistema político inclusivo, por la falta de necesidad de un buen sistema tributario.

    Claro que la enfermedad holandesa se puede combatir. El mejor ejemplo es Noruega que pone sus rentas petroleras en un fondo que se dedica a la inversión, no se puede tocar su capital, sino solo y con límites los intereses y dividendos ganados y, excepcionalmente, el principal. En nuestro continente es ejemplar el fondo del cobre chileno.

    Pero en Venezuela políticos y ciudadanos se enviciaron con el reparto para consumo de la renta petrolera, y la fuerza de esos diversos intereses no permitió que tuvieran éxito algunos intentos para eliminar los efectos de la enfermedad holandesa. Y así llegó el chavismo a un país muy pobre para ser tan rico, y llegó para empobrecerlo mucho más a pesar de disfrutar un gran incremento en los precios del petróleo. El mal uso de las rentas petroleras causó la perdida de fe en los valores democráticos y la aceptación del populismo chavista.

    No dudo de que haya habido muchos casos de corrupción con una olla tan llena de oro y tan desprotegida. Tampoco dudo que eventos circunstanciales disparan los efectos de causas estructurales subyacentes. Pero esas no son las causas principales de la pérdida de la democracia venezolana.

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    Publicado por jotaefeb | 8 mayo, 2017, 09:38
  2. Lo que debe hacer Trump en Venezuela

    Por Andrés Oppenheimer

    El presidente Trump ha permanecido sorprendentemente silencioso sobre los últimos acontecimientos en Venezuela, que ha acelerado su marcha hacia una dictadura sin tapujos en las últimas semanas. Es hora de que haga algo para ayudar a restablecer la democracia en ese país.

    En las últimas semanas, el gobernante venezolano Nicolás Maduro ha restringido algunos de los últimos poderes que le quedaban a la Asamblea Nacional, de mayoría opositora. Además, anunció que entregará 500.000 rifles a las milicias civiles progubernamentales, se rehusó a convocar elecciones regionales que debían haberse realizado el año pasado, e inhabilitó al líder opositor Henrique Capriles a presentarse a cargos públicos por 15 años.

    Para empeorar las cosas, el 1 de mayo, en medio de masivas protestas contra el Gobierno que ya dejaron 29 muertos y más de 500 heridos, Maduro anunció que convocará una convención constituyente de “trabajadores, campesinos e indígenas” para redactar una nueva Constitución. En otras palabras, quiere imponer una constitución al estilo cubano que aboliría todas las instituciones democráticas.

    ¿Qué debería hacer Trump? Hablar más fuerte contra Maduro no ayudaría: Trump se ha ganado la reputación de ser un mentiroso patológico, y cualquier cosa que diga contra Maduro podría ser contraproducente.

    Algunos analistas de Washington quieren que Trump suspenda las compras estadounidenses de petróleo venezolano, que es la mayor fuente de ingresos de Venezuela. Pero eso tampoco sería una gran idea.

    Cortar las importaciones de petróleo estadounidense o imponer sanciones a la compañía petrolera venezolana Citgo, que contribuyó con 500.000 dólares a la ceremonia inaugural de Trump, ha sido una opción que han considerado varios gobiernos anteriores de Estados Unidos. Pero siempre se descartó, entre otras cosas, por temor de que haría subir los precios internacionales del petróleo y dañaría la economía estadounidense.

    Aunque esas circunstancias han cambiado –hoy hay una sobreoferta de petróleo en los mercados mundiales–, un embargo petrolero le daría al régimen de Maduro munición política para proclamarse una víctima del “imperialismo”. Y podría acabar perjudicando más al pueblo venezolano que a la dictadura.

    Otros en Washington están pidiendo sanciones individuales contra más funcionarios venezolanos que violen los derechos humanos o están involucrados en el narcotráfico. El expresidente Obama ya había ordenado sanciones de negativa de visas y congelamiento de fondos a más de una docena de funcionarios venezolanos en 2014, 2015 y 2016.

    Y el gobierno de Trump anunció en febrero sanciones por narcotráfico y lavado de dinero contra el vicepresidente venezolano, Tareck El Aissami. El decreto ejecutivo de Trump vino tras una investigación del Departamento de Justicia de varios años.

    Michael Fitzpatrick, un alto funcionario del Departamento de Estado, dijo a los periodistas el martes que el gobierno de Trump está considerando nuevas sanciones individuales contra funcionarios venezolanos, y que la investigación a El Aissami ya ha descubierto “cientos de millones de dólares” en el sistema financiero estadounidense. Añadió que no sabía la cantidad exacta, ni otros detalles.

    Mi opinión: Lo mejor que podría hacer Trump sería ordenar a su Departamento de Justicia que revele los detalles de estos “cientos de millones de dólares” de El Aissami y otros altos funcionarios venezolanos en Estados Unidos.

    En general, al Departamento de Justicia de Estados Unidos no le gusta divulgar este tipo de detalles, porque quiere guardarlos para la etapa del proceso legal. Pero estas no son circunstancias ordinarias. Nombrar y exponer públicamente a los corruptos que han secuestrado la democracia venezolana sería clave para ayudar a la oposición democrática a mantener la presión en las calles y restaurar la democracia en Venezuela.

    Según me dicen fuentes que conocen bien las reglas del gobierno de Estados Unidos, Trump puede dar esa orden al Departamento de Justicia. Bajo las leyes actuales, no puede pedirle al Departamento de Justicia que divulgue detalles sobre las sanciones contra funcionarios venezolanos en casos de negación de visa, pero sí puede hacerlo en casos de narcotráfico o lavado de dinero.

    ¿Qué está esperando? No habrá nada mejor para exponer la corrupta dictadura de Maduro que dar a conocer las cuentas bancarias congeladas y las fotos de las mansiones que los altos funcionarios de Venezuela tienen en Estados Unidos.

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    Publicado por jotaefeb | 5 mayo, 2017, 08:22
  3. Convocatorias

    Para muchos gobernantes el poder resulta cada vez más difícil de sostenerse en las fórmulas tradicionales. A la falta de respeto a las normas, violación contumaz de la Constitución, agresión a los demás poderes del Estado y una tendencia a menoscabar cualquier crítica, se responde con convocatorias al diálogo, concertación o consenso cuando en realidad esto último es la fase más elevada de una conversación cívicamente responsable.

    La tendencia a echar mano al Vaticano, que se muestra cada vez más interesado en terciar en la conversación política en América Latina como lo muestra un papa muy metido en la política interna de su país o en Paraguay y Venezuela recientemente, prueba que los mecanismos internos no están funcionando como debieran.

    A los 100 días del gobierno de Trump este no escatimó agravios hacia la Constitución de su país que es tomada como un pacto contractual enormemente beneficioso para el desarrollo de su nación. Afirmó que impide gobernar por la cantidad de frenos, contrapesos y balances que supone la ingeniería del poder. Este y otros mandatarios quieren gobernar en democracia, pero con modelos autoritarios. No quieren contrapesos y contra ellos van cuando se les oponen, cuando en realidad el problema es más simple: no saben vivir en democracia. No pueden tolerar los balances del poder y toda institución que surja en su camino es sujeta de las más viles formas de agresión, como el caso del Congreso venezolano por el régimen de Maduro. Cercado este por las tremendas manifestaciones de coraje cívico, convoca (cuándo no) a un diálogo infructuoso, al que el Vaticano en cierta forma lo consiente cuando de forma errónea afirma que el problema está en la división opositora a Maduro. El problema es más sencillo: el pueblo no quiere más la revolución chavista y está pagando con vidas ese rechazo. La situación no puede extenderse más en un diálogo inútil que tiene que ser resuelto con la salida del gobierno que oprime y mata. Desconfían con razón de la propuesta de Francisco y ahora van por una nueva convocatoria: ¡una constituyente! Todo esto solo pretende disminuir la presión, ganar tiempo y seguir gobernando.

    Hay de los que dicen que en la estrategia de negociación hay que dejar siempre un pequeño espacio que permita que el presionado tenga una salida. Al gobierno venezolano la realidad le ha cerrado todos los caminos. Desabastecimiento criminal de sus hospitales, criminalidad rampante, grupos violentos armados por el propio Gobierno demuestran que han rebasado todos los límites que pueden establecerse para una convivencia democrática. El propio gobierno de Maduro acabó por cavar su propia fosa. Sus antiguos amigos y aliados de la OEA, como el caso del secretario general Almagro, le han dado la espalda y hoy no da signos de batirse en retirada.

    Lo que percibimos con claridad es la diferencia entre gobiernos que pueden entender el sentido de la democracia de aquellos que solo comprenden que la misma se reduce a la elección circunstancial que les posibilita acceder al poder. Después no tienen argumentos que les permitan comulgar la idea de los poderes como contrapeso y luchan violentamente por permanecer en su sitio incluso a costa de asesinar a sus propios compatriotas.

    La única convocatoria que les queda es la de reconocer en muchos casos su fracaso, saber que es el tiempo de marcharse y pedir piedad a su pueblo por el costo en vidas que ha supuesto no comprender el sentido y valor de la democracia.

    Benjamín Fernández Bogado

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    Publicado por jotaefeb | 4 mayo, 2017, 09:11
  4. ¡Ay, los organismos!

    Por Danilo Arbilla

    Caramba, Nicolás Maduro resolvió salirse de la Organización de Estados Americanos (OEA).

    Era una amenaza o promesa incumplida desde hace rato.

    Además, insultó al secretario general, Luis Almagro, lo que también se da desde tiempo atrás.

    ¿Qué efectos puede tener esto? Dejemos de lado reacciones como las del papa Francisco, que tras los últimos 30 muertos se ha referido a Venezuela para decir que la oposición está dividida, o el expresidente español Rodríguez Zapatero, a quien la oposición y la opinión independiente acusa de estar al servicio de Maduro.

    El primer elemento a señalar es que es un trámite –el de retirarse– que puede durar hasta 24 meses.

    Ello lleva a pensar que no habría que hablar de nada definitivo: ¿durará tanto Maduro?

    Difícil, aún con la ayuda pontificia y de los mediadores.

    Quizás ya ni con la nueva maniobra que puso en marcha de convocar a una asamblea constituyente, para lo cual ya se vislumbran los mecanismos básicos de elección que le aseguran al Gobierno la mayoría del cuerpo.

    Notoriamente, Maduro va por la vía boliviana: Evo Morales hizo modificar la Constitución para poder seguir en el poder.

    Que Maduro se vaya de la OEA en los hechos implica una positiva inyección para la imagen de la organización. Esta vez, la OEA está del lado de los buenos, de los dignos. Esto resalta aún más si se recuerdan los indignos roles que cumplió cuando el caso Honduras e incluso el paraguayo.

    Eran las épocas de José Miguel Insulza, de tan triste memoria para la Secretaría y para la organización.

    Por fin la OEA comenzó a ganar puntos. No tanto como el Mercosur, que tiene suspendida a Venezuela, pero va por buen sendero.

    Lo mismo pasa con una serie de países que ya no están dispuestos a seguir siendo sostén, ni por omisión, del régimen bolivariano.

    Hay que destacar estos avances; pero ello no quiere decir que se ignoren otras situaciones inexplicables, particularmente con países como Argentina, Brasil y Paraguay, que han sido firmes en el Mercosur, y otros como Perú, Chile, Costa Rica y México, que han marcado su posición en la OEA. Se trata de la presencia y el respaldo de estos países a otras organizaciones –claramente sellos– como la CELAC y la Unasur.

    La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños fue un invento de Hugo Chávez, al servicio propio y de Cuba.

    La Unión de Naciones Suramericanas en tanto fue, en términos generales, un invento de Lula mediante el cual Brasil podía intervenir en los asuntos de sus vecinos sin necesidad de dar la cara.

    Salvo para esos fines específicos y alguno otro de ese tipo, ¿para qué sirven estas organizaciones? Solo para los burócratas internacionales. ¿En qué más beneficia a países democráticos integrar esas organizaciones? Seguir haciendo de pantalla, dando credibilidad a cuerpos creados con objetivos tan poco plausibles.

    Dirá el lector: ¿y qué hacemos con la Naciones Unidas y todas sus metástasis?

    Y la interrogante cabe, en particular si pensamos en el Consejo de los Derechos Humanos (con sede en Ginebra y entre los lagos, como se sabe).

    Arabia Saudita, Cuba y China –qué tres, democráticamente hablando– son miembros continuos de ese Consejo por lo menos desde hace una década.

    Y no es un tema de ahora. Recordemos la dictadura militar argentina, la que prácticamente nunca fue censurada ni cuestionada por este cuerpo del máximo órgano mundial. El general Rafael Videla contaba con el voto y el respaldo de la Unión Soviética y de la Cuba de Fidel Castro. (Cómo la gente se olvida de esas cosas, o decididamente trata de ocultarlas).

    Dado el ejemplo, lo de la CELAC y la Unasur puede resultar “peccata minuta”; sin embargo, no está mal encaminar las cosas, cuanto antes y donde sea y se pueda.

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    Publicado por jotaefeb | 4 mayo, 2017, 08:24
  5. El próximo paso en Venezuela: ¿un “grupo de amigos”?

    Por Andrés Oppenheimer

    A juzgar por lo que me dijo en una entrevista el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Julio Borges, en medio de las protestas multitudinarias que ya han dejado al menos 29 muertos y 400 heridos, el próximo paso en la crisis de Venezuela podría ser la creación de un “grupo de países amigos” para encontrar una salida negociada a la tragedia del país.

    En los últimos días, las naciones más grandes de América Latina –incluidos México, Brasil, Argentina, Colombia, Perú y Chile– han firmado declaraciones conjuntas reclamando la restauración de los poderes constitucionales de la Asamblea Nacional, la liberación de presos políticos y elecciones libres.

    Sin embargo, Borges me dijo que “hay un paso adicional que hay que tomar, y es que los presidentes en persona articulen un grupo de presidentes o de países amigos que verdaderamente presionen para que se logre el desenlace democrático y constitucional, y puedan darse elecciones libres”.

    Ese “grupo de países amigos” reemplazaría el fracasado esfuerzo de mediación del Vaticano y la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), que fue utilizado por el presidente Nicolás Maduro para ganar tiempo mientras llevaba a cabo un golpe, dijo Borges. Durante ese diálogo, el régimen de Maduro abolió prácticamente todos los poderes de la Asamblea Nacional, donde la oposición había obtenido una mayoría abrumadora en las elecciones legislativas de 2015.

    Cuando le pregunté a Borges si la oposición aceptaría las nuevas ofertas de Maduro de un “diálogo” a cambio de terminar las protestas en las calles, el jefe de la Asamblea Nacional me dijo: “Cualquier oferta que haga el gobierno, si no tiene garantías de los gobiernos de la región, de los países más importantes, va a ser de cero confianza para el país”.

    Agregó que “más que un nuevo esfuerzo de mediación, lo que se necesita es garantizar que el gobierno cumpla con la Constitución”.

    La fórmula de un “grupo de países amigos” se ha utilizado para resolver varios conflictos latinoamericanos en las últimas décadas, e incluso fue propuesta para Venezuela en el pasado.

    Pero ahora hay más interés en América Latina en esta idea, tras el anuncio de Maduro el 17 de abril de que dará 500.000 rifles a las milicias civiles para que salgan a defender al régimen en las calles. Muchos vecinos de Venezuela están espantados que esas armas terminen siendo vendidas por los civiles en el mercado negro.

    El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, tuiteó horas después del anuncio de Maduro de que Colombia llevará el tema de la “militarización de la sociedad venezolana” a las Naciones Unidas.

    Borges me dijo: “En las últimas horas y en los últimos días he tenido la oportunidad de hablar con la mayoría de los cancilleres y bastantes presidentes de la región, y ese punto –las armas para las milicias– es el que sale en todas las conversaciones con mayor preocupación. Estas armas acabarán matando no sólo a ciudadanos de Venezuela, sino también a ciudadanos de Colombia, Panamá, Perú y Brasil”.

    Borges no quiso adelantar los nombres de los presidentes o países que podrían formar un “grupo de países amigos”. Pero no sería raro que la oposición escoja a la Argentina –que acaba de tomar la presidencia rotativa de Unasur y cuyo presidente, Mauricio Macri, llevó un mensaje regional sobre Venezuela a su reunión del 27 de abril con el presidente Donald Trump– y Colombia o Perú, y que el régimen de Maduro postule a Panamá y Bolivia o Ecuador.

    Mi opinión: Ante el creciente número de muertos por la brutal represión policial a los manifestantes, el creciente aislamiento internacional del régimen tras su suspensión del Mercosur y el anuncio de su salida bajo presión de la OEA, crecientes grietas con el gobierno y una situación económica cada vez más desesperante, puede que Maduro no tenga más opción que aceptar un “grupo de países amigos” para buscar una manera de salvar la cara y salir de esta crisis.

    Si la oposición es capaz de mantener su presión en las calles, Maduro podría no tener otra salida que aceptar una hoja de ruta hacia la redemocratización de Venezuela, con elecciones libres supervisadas por observadores internacionales creíbles este año.

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    Publicado por jotaefeb | 2 mayo, 2017, 08:58
  6. El vigente socialismo en Venezuela

    Por Dr. Víctor Pavón

    La tragedia que hoy padece el pueblo venezolano debido al humillante y deleznable sistema político-económico que se traduce en escasez económica y violaciones a los derechos humanos no es un simple accidente de la política o de la misma historia.

    Es la consecuencia de una idea que pese a sus reiterados fracasos aún persiste y que es preciso repasar cuantas veces sea necesario para conocer sus fundamentos.

    Esa línea de pensamiento está ahí para aparecer y aplicarse toda vez que no se aprenda la lección más importante del último siglo: el socialismo, además de un error intelectual —como acertadamente decían Mises y Hayek—, también es una idea seductora cuyo propósito es destruir los cimientos de la sociedad libre.

    El “socialismo del siglo XXI”, nombre al que apeló la revolución bolivariana de Hugo Chávez, estaba llamado a convertirse en el verdugo de su pueblo.

    Los diferentes rótulos con los que se identifica la ideología colectivista poco importan si se toma en cuenta el sustrato filosófico del cual parten las ideas, en este caso específico, lo que Marx y Engels pregonaban en su “Manifiesto Comunista”.

    Propone el Manifiesto: “Poner en manos del Estado todos los instrumentos de producción e instaurar la dictadura del proletariado, que se erigirá en clase dominante y hará desaparecer a la burguesía”.

    La estrategia utilizada para llevar a cabo este desiderátum fue aplicada de diversas maneras. Desde un comienzo, Marx y Engels se percataron de que las tácticas graduales eran insuficientes, y pronto respaldaron el derrocamiento violento del sistema “liberal capitalista”, para terminar con los “explotadores” y establecer lo que denominaron la dictadura del proletariado, siendo Lenín el más aventajado discípulo.

    Fue así que se puso en marcha el más grande experimento social que la humanidad conozca, iniciado en 1917 con el triunfo del comunismo en Rusia, que duró setenta y dos años, hasta que cayó con el Muro de Berlín en 1989.

    La primera medida consistió en ese entonces en llevar a cabo masivas expropiaciones para terminar con la propiedad privada, y como, desde luego, también lo hicieron Castro y Chávez.

    Lo que al comienzo parecen inocentes y hasta beneficiosas medidas de políticas públicas para congraciarse con las masas, en los hechos, la afectación a la propiedad es la pérdida de la misma libertad, de modo que el ciudadano que desea trabajar en paz y progresar luego se encuentre dependiente de las decisiones de quienes ostentan el poder de turno.

    Luego de su caída, el socialismo siguió mutando, al punto que muchos que se hacen llamar demócratas utilizan el vocabulario colectivista, ya sea para afectar la propiedad o para acallar la libertad, especialmente de expresión y de prensa.

    El pueblo venezolano se enfrenta en estos momentos a una idea puesta en práctica, y de cuyo resultado es preciso tomar nota porque muchos, como también en Paraguay, creen en el ideario programa del socialismo y les encantaría ser parte de su revolución.

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    Publicado por jotaefeb | 29 abril, 2017, 08:12

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