Los halcones y las palomas

Norman Mailer, en Los ejércitos de la noche, explica la guerra de Vietnam como la querella entre dos grupos de la élite política y económica de los Estados Unidos. Uno anticomunista inclemente; el otro un poco menos. Solo tenían diferentes intereses estratégicos. El novelista estadounidense describe esa lucha como las tensiones entre los halcones y las palomas.

Los halcones, por regla general, carecen de sentido del humor. Nada parece preocuparles. Cierto halo de impunidad rodea sus actos. Explotan dos “argumentos” sólidos: su pragmatismo, que azuza y aprovecha el miedo de la gente, y su gran poder económico, relacionado con negocios de la industria de la guerra (o con poderes fácticos). Lo manejan todo con despiadado sentido militar.

Las palomas, a veces, “picotean la simiente de cada argumento” de los halcones. Solo picotean. En ocasiones, a cada uno de los esgrimidos por estos, aquellos ofrecen una crítica mínima –apenas de matiz, aunque parezca de fondo– que vuelca a su favor a la opinión pública. No pocas veces mueven a las masas en el sentido de sus aspiraciones, con sus consignas subrepticias acechando las de los ciudadanos. Estos sienten el falso fuego de una transformación social demasiado fugitiva. Pero también suele pasar que las palomas están divididas. Con un suave gusto por lo grotesco en la dinámica de sus conflictos intestinos, agregaría. En esa guerra particular se desangran. No es raro ver que palomas, otrora tolerantes, se pasen al bando bélico de los Halcones y persigan a sus viejos aliados.

No consta que Mailer, fallecido hace diez años, haya previsto que una de esas Palomas convertidas en Halcones sería el 45° presidente de los Estados Unidos.

“Los halcones eran relamidos y virtuosos; las palomas eludían el verdadero problema”, escribe Mailer en 1968, como si describiera las piezas de un tablero de ajedrez actual en el que se discute una antigua partida.

Hay un tercer grupo: las avispas. Son las corporaciones, las empresas detrás de la política y la economía.

Ahora creo entender por qué el escritor, ilustrador y músico Chester Swann (1942-2012) me insistía para que leyera el libro de Mailer. Escrito como una “novela no ficticia”, Truman Capote recordó con perfidia –en el implacable prefacio de Música para camaleones– que Mailer había considerado al híbrido “un fracaso de la imaginación”. Después incurrió en ese “fracaso” que le hizo ganar mucho dinero, el National Book Award y el Pulitzer.

A pesar de las obvias diferencias de fondo y forma que hay entre halcones y palomas de Mailer y los autóctonos del escenario político paraguayo, la certeza de que la versión nacional escenifica la misma batalla entre las élites que se disputan –cíclicamente y no sin violencia–, la dirección del Estado, es lo que sospecho que Chester quería señalarme. “Con una diferencia”, diría el cáustico Swann: “En Estados Unidos no hay Embajada de Estados Unidos”.

Por Blas Brítez

 

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7 comentarios en “Los halcones y las palomas”

  1. Donald Trump, el enemigo del pueblo estadounidense
    Por DIEGO FONSECA
    10 de julio de 2017

    A mediados de junio, en Bonn, la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca fue premiada con el Freedom of Speech Award durante el Global Media Forum organizado por la cadena alemana de TV Deutsche Welle. El discurso de aceptación de Jeff Mason, el presidente de la WHCA (por sus siglas en inglés), fue recibido de pie por más de 200 periodistas de todo el mundo.

    ¿Qué lo hace especial? En 2015 el reconocimiento fue para Raif Badawi, un bloguero condenado a prisión y 1000 azotes por criticar a las autoridades religiosas de Arabia Saudita, y en 2016 acabó en manos del turco Sedat Ergin, el editor en jefe de Hürriyet, un periódico independiente atacado por el régimen de Recep Tayyip Erdogan. Esto significa que, para el Global Media Forum, una organización que se preocupa por discutir el estado de la política en el mundo, la libertad de prensa en los Estados Unidos de Donald Trump está en un nivel de riesgo similar al de naciones autocráticas y fundamentalistas.

    El mundo renueva a diario su estado de shock ante la evidencia de que el país que imprimió en su constitución la libertad de prensa como derecho central está en manos de un hombre que no dudaría mucho para acabar con ella, si alguien se descuida.

    Gregor Mayntz, el presidente de la Federal Press Conference —una interesante organización de periodistas ante la cual el gobierno alemán da sus conferencias de prensa siguiendo las reglas fijadas por los periodistas, y no las suyas— mostró esa incredulidad en el acto de presentación del premio a la WHCA: “¿Un reconocimiento a la libertad de prensa para colegas de la ‘tierra de los libres’? Esto sí que es difícil de creer”.

    El desprecio de Trump por la prensa se ha intensificado con el tiempo. En la campaña electoral se mofó de un reportero con discapacidades, quiso humillar a Megyn Kelly por sus preguntas y, más de una vez, calificó a los periodistas como “las personas más deshonestas” del planeta. A poco de asumir, declaró estar “en guerra” con la prensa. Unas semanas después dijo que los medios eran “los enemigos del pueblo estadounidense”.

    En todo ese tiempo, Trump trató de desprestigiar a quienes cuestionan su ignorancia e intolerancia acusándolos de distribuir “fake news” y amenazó con acabar con los informantes anónimos. El último episodio fue reproducir en Twitter un video de lucha libre donde golpea a un personaje con el logo de CNN en la cabeza. También atacó a los medios que criticaron su escasa preparación para reunirse con Vladimir Putin durante la cumbre del G-20.

    El camino de Trump es gravemente predecible. Su oratoria agresiva contra la prensa alimenta a los fanáticos y cada vez resulta menos improbable que un energúmeno decida convertir esa oratoria de tiranuelo caprichoso en un ataque real contra la vida de los periodistas. Los autócratas no quieren que nadie reprima su voluntad. Trump quiere ajustar la realidad a su deseo y, como vivió el exjefe del FBI, James Comey, demanda la lealtad de los reyes. Callar a quien cuestiona está en el manual de todo autoritarismo.

    El ataque de Trump a los medios es trascendente porque erosiona las reglas democráticas de convivencia. Una prensa libre, a disgusto de los gobernantes, es esencial para la salud del debate político y la transparencia de la gestión pública. La prensa, en su tradición más liberal y en un plano filosófico, es un mecanismo de control de las desviaciones del sistema. Socavar al periodismo libre es, en sí, un ataque a la democracia. Si Estados Unidos se define como faro de los valores de Occidente, esas creencias están en crisis con la presidencia del Agente Naranja. Trump es el verdadero enemigo del pueblo estadounidense.

    El Partido Republicano, jugando al casino político con cinismo, ha atropellado sus principios por elegir el poder antes que la denuncia de un hombre incompetente para dirigir a la nación más poderosa del planeta. Los elogios del presidente a autócratas como Erdogan o Vladimir Putin relevan de mayores pruebas: el gobierno de Trump entiende la democracia como la realización del deseo del jefe. El mundo sigue, en vivo, el descenso de la nación de Thomas Jefferson a las miasmas hediondas de la degradación moral.

    En su discurso de aceptación del Freedom of Press Award, Mason recordó que la libertad de prensa está protegida por la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos. “Esas no son solo palabras en Estados Unidos: es la ley”, dijo. Pero de inmediato recordó que la prensa debe permanecer vigilante ante todo intento de restricción de la libertad de expresión y prensa o socavar el trabajo de los periodistas. “No podemos tomar esos derechos, o la ley que los garantiza, por garantizados”.

    Es el presidente de Estados Unidos quien tuerce la verdad y fabrica hechos para inventar una realidad que se acomode a sus necesidades. Trump no detendrá sus ataques pues los hechos contradicen su mundo de fantasías. Y la prensa debe mantenerse haciendo su trabajo, corrigiendo sus errores y reporteando con sinceridad, pidió Mason, “para protegernos de las noticias inventadas o falsas, que de hecho existen y son peligrosas para una democracia funcional”.

    La prensa puede y debe combatir el mundo delirante incubado por el cerebro del mandatario de Estados Unidos con una hoja de ruta conocida: el trabajo de siempre. No rendirse, pidió Mayntz en Alemania. Evitar las exageraciones, siguió: “No necesitas construir una interpretación satírica de una reunión de gabinete: lo único que necesitas es cubrir la realidad”.

    La lista también demanda evitar el resentimiento —reconociendo las acciones acertadas del gobierno—, transparencia y resistencia ante la intimidación, intercambio de experiencias con la prensa de otras naciones. Solidaridad ante el abuso. Y, sobre todo, no cambiar las reglas ni el comportamiento: la única lealtad posible, como ya sabe Trump, es con los hechos.

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  2. Trump y Putin o las amistades peligrosas

    A Donald Trump se le ha alborotado el avispero. Culpa a la prensa de sus desgracias, pero no es verdad. Él es el responsable de todas sus desdichas. Si le advirtieron de las andanzas monetarias del general Michael Flynn con los turcos, no debió intentar llevarlo al gabinete. Si durante la campaña pidió y obtuvo ayuda de los rusos – extremo que él niega y debe demostrarse – fue un error vecino al delito y una inmensa deslealtad al país. Si luego le confió a Vladimir Putin y al canciller ruso Sergéi Lavrov una delicada información de la inteligencia israelí, se trató de una severa imprudencia.

    Pero lo más grave es la incapacidad de Trump para no distinguir el papel de Moscú en los asuntos mundiales. Putin, progresiva y deliberadamente, ha ido situando a Rusia como el gran adversario de Estados Unidos y de Occidente. No quiere restaurar el bolchevismo, pero sabe que el pueblo ruso añora el rol de gran potencia que obtuvo desde que en 1815, tras la derrota de Napoleón, durante el Congreso de Viena, Rusia fue reconocida como una de las naciones clave del planeta y así se le percibió hasta el fin de la Guerra Fría.

    Durante la década de los noventa del siglo XX, tras la desaparición de la URSS y de haberse disuelto el partido comunista, cuando gobernaba Boris Yeltsin, hubo una oportunidad de atraer ese país a la órbita occidental, entonces desorganizado, desorientado y muy pobre, pero Bill Clinton no supo, no pudo o no le interesó hacerlo, acaso porque fue incapaz de prever que la nación más extensa de la Tierra acabaría chocando con Estados Unidos.

    Hoy Rusia rechaza la presencia de la OTAN en Europa y se opone al despliegue de los sistemas antimisiles norteamericanos. Respalda a los ayatolas iraníes, creadores de la siniestra organización terrorista Hizbolá. Intenta perjudicar, cada vez que puede, a la democracia israelí. Apoya militarmente a la asesina satrapía siria. Protege diplomáticamente a Corea del Norte en dupla con China. Arma al ejército chavista y realiza operaciones conjuntas con su marina. Rehace sus vínculos con Cuba y le envía petróleo cuando flaquean los suministros venezolanos. Y, además, establece una absurda carrera armamentista en Centroamérica, la región más pobre de América Latina, al adiestrar a las FF.AA. nicaragüenses, país al que le ha vendido 50 tanques de combate, y donde tiene varios centenares de asesores apostados que les dan servicio a los buques de guerra que envía periódicamente al Caribe y al Pacífico.

    Putin podrá ser simpático con Donald Trump, y es cierto que al ex KGB (que detestaba a Hillary Clinton), le convenía que el multimillonario llegara a la Casa Blanca con su auxilio, pero, objetivamente, el ruso es un enemigo de los intereses y los valores de Estados Unidos, y el presidente de este país no puede caer en la ingenuidad de tratarlo como si fuera un aliado. Pecado, por cierto, que también cometió Barack Obama en su trato deferente a la dictadura cubana, ignorando que, mientras negociaban el deshielo, los Castro le jugaban cabeza y apertrechaban clandestinamente a Corea del Norte.

    Peor aún: los cubanos retuvieron 19 meses un misil ultra secreto norteamericano llegado a La Habana desde Europa, supuestamente “por error”, aunque untado con el tufo inequívoco de ser una operación maestra de la DGI cubana.

    Se trataba de un AGM 114 Hellfire guiado por láser, capaz de ser disparado desde un dron o desde un helicóptero. Diecinueve meses era un periodo más que suficiente para haber compartido la tecnología con Irán, Corea del Norte y Rusia, como los Castro hicieron en el pasado con inteligencia militar muy importante captada por sus bien aceitados servicios de espionaje.

    Francamente, el mayor riesgo que entraña la presidencia de Donald Trump no es su utilización infantil del Twitter, sus vengativas y pintorescas rabietas contra la prensa o su grandiosidad narcisista, típica de los caudillos populistas, sino no entender quiénes son los enemigos de la sociedad que lo eligió. Eso sí pone los pelos de punta.

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  3. Amenazas ciertas

    De todas sus amenazas y promesas electorales, con las que más consecuente y cumplidor ha sido el presidente Donald Trump es con las referidas a la prensa y los periodistas. Él considera que los periodistas son los “seres más deshonestos” de la Tierra, que “deben callarse la boca” y una serie de insultos y descalificaciones más. Al tren que va en cualquier momento supera al ecuatoriano Rafael Correa.
    Y Trump avanza y hace cosas impensables: discrimina, impide que periodistas entren a reuniones de prensa y los descalifica públicamente (ver como antecedentes del mismo tipo a Chávez, Maduro, Correa, Morales, Ortega y los Kirchner; todos, enemigos de la libertad de prensa).

    Antes de llegar al poder, en el llano, Trump utilizó a la prensa. Y se jactaba de ello. “Los periodistas aman odiarme, pero me necesitan porque yo les doy titulares, les mejoro el rating”. En buena medida, fue así: la prensa y los periodistas fueron el instrumento para que Trump fuera conocido en toda la nación que es la primera e imprescindible etapa a cumplir para cualquier político. Y de nada sirvió que en gran parte de esa “promoción involuntaria” de Trump fuera presentado como un ridículo, un desaforado y un desprolijo en todas las materias y temas delicados o sensibles (mujeres, inmigración, diferencia de razas y religiosas). Podría mostrárselo como un “loco suelto”, pero se lo hizo personaje y llegó a presidente de los Estados Unidos.

    Hoy Trump sabe que es noticia, que es el dueño de los titulares y primeras planas y cabezas de página y de los informativos, sin necesidad de decir disparates: es el presidente del país más grande del mundo.

    Pero no le basta.

    Aparentemente, se afilia, a su estilo, a la tesis de Lenin de que los medios de comunicación tienen que ser órganos del partido. Trump, aunque no tiene partido propio, en alguna medida pretende que los medios se comporten de acuerdo a sus gustos y pareceres.

    En una línea ya muy conocida y muy cara a los populismos progresistas y autoritarios de estos lares, Trump amenaza y empuña una ley “antilibelo”. Una ley de prensa; una de las varias formas para vestir y disfrazar “una ley mordaza”.

    Según se asegura, es difícil que la iniciativa prospere. Los medios, la gran mayoría, le darán batalla y, además de ello, sería una ley anticonstitucional que violaría la Primera Enmienda. Pero cuidado: en los últimos tiempos las que más se han dado y concretado son esas cosas imposibles: el propio Trump es uno de los ejemplos más elocuentes e ilustrativos.

    Mas allá de si hay ley o no, plantearla puede ser parte de la estrategia del presidente norteamericano en su guerra contra la prensa. Maneja, como lo han hecho tantos, un buen eslogan: “si un medio escribe algo mal, debe retractarse, y si no, se lo debe juzgar”. (Aquello de la información veraz).

    La cuestión es que el público es receptivo: ¿por qué no quieren corregir algo que fue errado?, se pregunta. No pueden escribir cosas malas todas las veces que quieran, sin ningún freno, reflexiona . Deben y pueden ser juzgados como cualquier otro ciudadano, concluye.

    Un razonamiento difícil de contrarrestar, pese a que la realidad es tan clara: ningún medio, cuando se equivoca, deja de enmendarlo. Y si no lo hace, se encarga de hacerlo la competencia y los que han sido aludidos o afectados. El fin de los medios es informar hechos ciertos y no necesita jueces y tribunales para corregir sus errores. Está en juego su credibilidad, y esta es su única fuerza y riqueza.

    Precisamente ese es el objetivo Trump: afectar la credibilidad de los medios. Y entre su adeptos ya lo ha logrado: el 80% cree lo que Trump dice y solo un 3% de ellos cree en la prensa.

    Es un aspecto que los medios norteamericanos habrán de tener presente y cuidar mucho en su enfrentamiento contra Trump. No perder y, además, recobrar la credibilidad perdida, parte de la cual, quizás, se perdió por haber dado titulares a las parrafadas de aquel desconocido Trump.

    El público, en tanto, no debiera distraerse ni confundirse. Fijarse en la luna y no en el dedo que se la está señalando. Lo que importa no es si “debe retractarse” o si “se le debe juzgar”, sino quién es el que resuelve si lo que “se escribe” está mal o bien. Quien lo dice: ¿Trump? ¿Maduro? Chávez? ¿Ortega?

    Cuidado cuando aparece un dueño de la verdad. El debate libre y democrático funciona cuando se nutre de errores y verdades, de muchas verdades. Se acaba cuando se establece que hay una sola verdad y se le pretende aplicar a todos.

    Por Danilo Arbilla

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  4. El vaticinio del juicio político a Trump

    Poco antes de que el presidente Trump cumpliera sus primeros 100 días en el cargo, llamé al famoso profesor que había pronosticado el triunfo de Trump para preguntarle si todavía cree –como lo vaticinó el año pasado– que Trump será sometido a un juicio político.
    Allan Lichtman, un profesor estrella de American University que ha acertado el resultado de todas las elecciones de Estados Unidos desde 1984, acaba de publicar un libro titulado El caso para un juicio politico.

    Tenía curiosidad por preguntarle si los últimos giros políticos de Trump en algunos temas clave en que ha asumido posturas más moderadas disminuirían la posibilidad de un juicio político. Lichtman me reconoció que, durante la semana pasada, Trump ha “cambiado para mejor”, aunque agregó que no está claro cuánto tiempo durará este giro.

    En días recientes, Trump, entre otras cosas, dejó de elogiar al presidente ruso Vladimir Putin, revirtió sus afirmaciones anteriores de que China es un manipulador de la moneda, e hizo un giro de 180 grados en sus anteriores afirmaciones de que la OTAN era obsoleta.

    “No hay duda de que Donald Trump ha cambiado mucho del Trump de la campaña”, me dijo Lichtman. “Hay dos cosas que han sucedido. Número uno: se tuvo que adaptar al mundo real. Y, número dos: realmente parece haber modificado a su equipo de asesores, y parece estar más influenciado por los generales más estables”.

    “La gran pregunta es si esto es duradero o no”, me dijo Lichtman. “Lo que hace tan peligrosa la presidencia de Donald Trump es que, al igual que Richard Nixon, no tiene principios rectores fundamentales. Lo único que parece haberlo impulsado a lo largo de su carrera es aquello que es bueno para Donald Trump”.

    Lichtman me dijo que “Donald Trump es el presidente más vulnerable a un juicio político de todos los presidentes estadounidenses en su primer mandato”.

    Hay ocho motivos para un juicio político a Trump, incluidos los contactos de la campaña de Trump con Rusia en momentos en que Rusia estaba llevando a cabo ataques cibernéticos contra la campaña de Hillary Clinton, y los enormes conflictos de interés del Presidente, agregó.

    Cuando le dije que un juicio político sería extremadamente difícil, porque los republicanos controlan el Congreso, Lichtman dijo: “Trump podría cruzar la línea que lleva al impeachment. Incluso un congreso republicano podría estar dispuesto a enjuiciarlo si él se convierte en un problema para ellos”.

    “Recuerda, cada miembro de la Cámara tiene que enfrentarse a su reelección en 2018”, dijo Licthman. “Y recuerda también que a los republicanos les encanta [el vicepresidente] Mike Pence. Trump es un cañón suelto, y Mike Pence es un conservador predecible”.

    Lichtman concluyó que mucho va a depender del resultado de las investigaciones sobre los contactos de la campaña de Trump y Rusia. Si las investigaciones descubren que Trump sabía algo de todo esto, “será muy difícil para él evitar un juicio politico”, señaló.

    Mi opinión: Las últimas declaraciones de Trump dando marcha atrás a algunas de sus posturas más estrafalarias podrían deberse al hecho de que está escuchando más a los generales, o a sus hijos, o a que está tratando de desviar la atención de las investigaciones de Rusia y evitar un juicio político más adelante.

    En sus primeras semanas en la Casa Blanca, Trump ha dado a menudo la impresión de que es el presidente más errático, improvisado e incompetente de la historia reciente de Estados Unidos. Puede que haya decidido hacer algunos cambios después de que sus fracasos con Obamacare y su veda a los viajes de ciudadanos de varios países de mayoría musulmana.

    Quizás sus hijos, alarmados por su caída en las encuestas, lo convencieron de que la “marca Trump” y su grupo empresario podría sufrir daños irreparables.

    Y puede de que se le haya informado de que los impeachments son un fenómeno político, más que legal.

    Lo cierto es que, a menos que algunas de sus aisladas muestras de sensatez se vuelvan la norma –y tengo mis dudas de que eso ocurra–, no se puede descartar que Trump cruce la línea que lleva al juicio político, y que la más reciente profecía de Lichtman se haga realidad, como las anteriores.

    Por Andrés Oppenheimer

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  5. Si EEUU se vuelve más endogámico,será un pésimo negocio para ellos
    LA ETAPA TRUMP SIGNIFICA ERA DE REPLANTEAMIENTOS PARA MÉXICO PERO TAMBIÉN DE OPORTUNIDADES

    El Pacífico Sur mexicano tiene en este momento el reto mayor al desarrollo del mercado interno, por­que los estados más pobres de México son precisamente los que están en el Pacífico Sur mexicano. Con esas palabras Hum­berto Hernández Haddad daba inicio a la entrevista en exclusiva con 5días en Ciudad de México, con el objeto de hacer un aná­lisis político de los dis­tintos escenarios que se exponen actualmente.El Doctor Humberto Hernandez Haddad es un político, diplomático y escritor mexicano de larga trayectoria.Fue diputado por el partido PRI de México a la edad de 21 años, más tarde fue senador a los 30. Además fue cónsul de México en Texas, EEUU, por varios años.

    Trump quiere salir del tratado de libre comer­cio. ¿Qué significará para México que EEUU salga de ese tratado?

    Para EEUU es un pésimo negocio y para México es una dificultad en el ca­mino, pero no es nada que deba hacer ver el fin del mundo, hay vida más allá del TLCAN y vendrá un mejor tratado, en mi opinión, el tratado ac­tualmente tiene zonas que necesitan ser revi­sadas, modernizadas, es necesario pensar en la infraestructura que de­ben aprovechar los tres socios, Canadá, EEUU y México. Pongo un ejem­plo en concreto, hay cerca de 200 presas a punto de reventarse en EEUU en enero se les reventó la de Oroville, California, y em­pezaron a desalojar a 200 mil personas en 24 horas de EEUU, pero como la de Oroville hay como 200. México, por su parte, tie­ne alrededor de 120 pre­sas en toda la república, pero 60 ya cumplieron su ciclo de vida y ni siquiera se ha comenzado a hacer los estudios para pro­yectos de construcción que llevan mínimo tres años en hacerlo, si vemos entonces la situación de agua, energía, vías, fe­rrocarriles, puertos, el reto es enorme y ahí es donde está la oportunidad de generar una política de altos niveles de empleo, ocupación, inversión pro­ductiva, en vez de pensar en construir un muro que es antieconómico, antie­cológico y antihistórico.

    La provocación de Trump de decir “los mexicanos la van a pa­gar”. ¿Cómo caló eso en ustedes?

    Pues es solo eso, una provocación, una prue­ba psicológica, no sé por qué aquí perdieron tanto tiempo en eso, no es más que una provocación.

    Trump prometió tripli­car esa cantidad, Oba­ma deportó 4 millones y Trump promete al menos deportar 11 mi­llones.

    Sin embargo, en los úl­timos meses las deporta­ciones han disminuido.

    Tienen mayor presencia mediática, pero menor estadística.

    Es esta una oportu­nidad para que México se pregunte ¿cómo es posible que tenga a 15 millones de los suyos en ese país? ¿Y que las remesas desde EEUU constituyan una de las tres fuentes de ingre­sos más importantes para México? ¿Habría un nuevo México a partir de Trump?

    Pues me da mucho gus­to que alguien que ve a México con respeto con deseos de que le vaya bien a México diga una verdad que se cae por su propio peso. El destino de México no está en manos de los estadounidenses sino está en manos de los mexicanos, de lo que de­cidamos hacer o dejar de hacer y yo, por lo pronto, diría que una de las cosas que hay que dejar de hacer es perder el tiempo en un pleito tóxico, improducti­vo, que no conduce a nada, y hacer un inventario de las aptitudes, cualidades que el país puede desple­gar y aprovecharlas en toda su potencia. Lo me­jor que en estos momen­tos pudo haberle pasado a México, es que el Gobier­no de los EEUU, el señor Trump, hablara con las provocaciones y retos que ha hecho, porque obliga al país a revisar algo que es fundamental, que cual­quier cosa que se diga de México no nos ofenda si resulta ser cierta. Cuando a mí me han preguntado qué opino de los insultos que alguien desde el ex­tranjero lance a México, mi respuesta siempre ha sido la misma “Cuidemos que no vaya a ser cierto”.

    En cuanto al narcotrá­fico. Después de la de­portación del ‘‘Chapo’’. ¿Cómo enfrentar este grave problema a nivel mundial?

    Pues va creciendo en el pensamiento jurídico que el manejo de las adiccio­nes no puede depender de una estructura aboli­cionista, reglamentaria, sanitaria, policial. Debe de ser tratado como un problema de salud y es un problema de salud que está vinculado a una economía internacional que ha encontrado que es una manera de generar grandes flujos de capital, en donde ya no se sabe en qué momento las ins­tituciones financieras que tocan esos capitales lo hacen sabiendo o des­conociendo el origen de esos flujos. Es un proble­ma que tiene que ver con los problemas sanitarios, educativos y el manejo de las familias.

    Políticamente hablan­do, ¿México está prepa­rado para López Obrador o López Obrador está listo para México?

    Pues no es una pregun­ta que me la haya hecho, México está listo para resolver una larga cade­na de rezagos y no veo el futuro de México depen­diendo de una persona o un caudillo,creo que sería un regreso al siglo XIX. Hacer parecer el destino de México como el resul­tado de un hombre, un líder que decida. Lo que hay que hacer es una re­forma de instituciones, es un rezago institucional, un debilitamiento de ins­tituciones. Yo propongo concretamente dentro de la reforma de las institu­ciones una reforma ur­gente de la Secretaría de la Gobernación de México, la revisión de tres temas como la migración, se­guridad de fronteras y la actuación de las agencias de seguridad nacional que en los últimos años han brillado por su ausencia.

    ¿México perdió una oportunidad para inte­grarse más con América del Sur?

    La geografía tiene peso y estamos hablando de un problema de geografía contra uno de voluntad política y en el caso de Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, la pregunta que tendríamos que ha­cernos es ¿qué ha pasado con el Mercosur? ¿Por qué el Mercosur por razones distintas al TLCAN tam­bién enfrenta sus propios problemas?. Vamos a tener la necesidad de revisar un modelo de desarrollo que ha obligado a tomar deci­siones sociales dolorosas y tenemos unos índices de desigualdad muy altos. La Cepal lleva los índices y la desigualdad en México es la más alta en la región, Latinoamérica, que a su vez es la de mayor des­igualdad del planeta.

    ¿El hecho de que Mé­xico tengan a uno de los hombres más ricos del mundo como Slim es prueba de ello?

    No lo creo, en realidad el fenómeno nuestro de desigualdad no se origina con la cantidad de millo­narios que tenemos sino en cuantas regiones del país han venido obser­vando un rezago como el que hoy muestra México del Norte y México del Sur, yo soy un mexicano del sur y veo que el sur petrolero, el sur hidráulico, está descapitalizado sin infraestructura y las pro­mesas de integración con América del Norte queda­ron muy lejos, todavía no se materializaron. Por eso quizás a la pregunta que has hecho, la geografía impuso sus condiciones y marcó sus tiempos pero en estos tiempos de revi­sión de que vamos a hacer en materia de integración regional es quizás el mo­mento de preguntarle a América Central, a los paí­ses si se sienten prepara­dos y dispuestos política­mente para un proyecto de integración.

    ¿Es optimista con res­pecto a Latinoamérica?

    Sí, por una razón dejar perder lo que ya se ha ganado no solo sería un crimen contra la Amé­rica Latina misma, sería una manera de renunciar a algo que costó mucho trabajo, mucho sacrificio de generaciones que nos precedieron, sería ignorar nuestra propia historia, yo creo que la juventud latinoamericana va a reac­cionar en defensa de ins­tituciones democráticas, rechazar caudillismos, rechazar prácticas dic­tatoriales, no creo que la juventud latinoamericana se vaya a poner de rodi­llas para someterse a una nueva era de oscuran­tismo en donde se pierda todo lo que se ha ganado en los últimos años. En­tiendo que hay un cierto malestar con los frutos que muestra la democra­cia en Latinoamérica, pero la alternativa es peor.

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  6. La Administración Trump se pone seria

    El 3 de abril un islamista uzbeko originario de Kirguistán hizo detonar una bomba en el metro de San Petersburgo, mientras Vladimir Putin se encontraba de visita en la ciudad. Catorce personas murieron y cerca de medio centenar resultaron heridas. Al día siguiente, el régimen sirio lanzó un ataque con gas sarín contra la localidad rebelde de Jan Sheijun en la provincia de Idlib, provocando la muerte a 80 personas e hiriendo a más de quinientos. ¿Hay una relación entre ambos hechos? ¿Fue esta una repuesta de Moscú a la osadía islamista de atacar en suelo ruso? Washington ha echado el ojo al posible nexo. “¿Cómo es posible”, preguntaba retóricamente un funcionario de la Casa Blanca sobre Rusia, “que sus fuerzas estuvieran acuarteladas junto con las fuerzas sirias que planearon, prepararon y realizaron este ataque con armas químicas en la misma instalación, y no tuvieran conocimiento previo?”.
    Es probable que Putin haya pedido a su protegido Bashar al-Assad que elevase el factor atrocidad en una acción punitiva aleccionadora. Desde el ingreso de Rusia a la guerra en Siria, Moscú ha marcado a los grupos rebeldes moderados –no al radical Estado Islámico– como el principal objetivo de su campaña militar. Desde el primer día el propósito de Putin fue dejar a la familia de las naciones ante la disyuntiva de elegir entre Assad y el Estado Islámico, y eliminar a los rebeldes moderados que pueden desafiar políticamente al clan Assad en un escenario de sucesión en la posguerra. Si Putin efectivamente dio la instrucción de emplear armamento no convencional en el país árabe, eso inevitablemente forzaría un viraje de timón en la capitanía de Donald Trump.

    Y así fue. Abruptamente, la Casa Blanca abandonó las palabras bonitas que venía pronunciando sobre el líder neo-soviet y ordenó el lanzamiento de 59 misiles Tomahawk (a un costo de 800.000 dólares cada uno) contra la base aérea desde la que despegó el avión que arrojó el gas letal sobre Jan Sheijun. Eso alarmó a los sirios, a los iraníes y, especialmente, a los rusos. “Es evidente que las relaciones ruso-norteamericanas están pasando por su momento más difícil desde el final de la guerra fría”, dijo el canciller ruso Sergei Lavrov. “Ahora no estamos teniendo una buena relación con Rusia para nada”, admitió por su parte el presidente Trump.

    Al fin, tras varios desaciertos iniciales, ha comenzado con seriedad el gobierno de Donald Trump. “Hasta hace poco”, observó el comentarista Daniel Henninger, “la ‘presidencia de Trump’ se trataba de una sola cosa: Donald Trump. Ha sido Trump 24/7. El Sr. Trump era dueño de la presidencia de la forma en que el Sr. Trump posee una torre en la Quinta Avenida. Para bien o para mal, la presidencia de Trump era todo acerca de él”. Sus últimas decisiones han mostrado, por el contrario, mayor delegaciones de funciones y mayor profesionalismo, con las figuras de los militares McMaster y Mattis entrando al primer plano. Desde el envío de un portaaviones en dirección a Corea del Norte hasta el lanzamiento de la más potente bomba de su arsenal convencional contra el entramado de túneles de los islamistas en Afganistán, pasando por su reciente bombardeo en Siria, la presidencia Trump logró diferenciarse del peligroso precedente de inacción de Barack Obama, les dio un mensaje a Damasco, Moscú y Teherán de que para esta administración las líneas rojas cuentan y reforzó la proyección de poder de EE.UU. a escala global.

    Las frivolidades no han desaparecido del todo, desde ya. “Estaba sentado en la mesa, habíamos terminado de cenar y en ese momento estábamos tomando el postre, el más bonito trozo de pastel de chocolate que hayas visto jamás”, relató Trump a Fox Business al describir el momento en que dio luz verde a esa operación militar en Siria, en compañía del presidente chino Xi Jinping desde Mar-a-Lago, Florida. Ni tampoco las desprolijidades se han disipado. “Ni siquiera alguien tan despreciable como Hitler cayó tan bajo como para emplear armas químicas”, declaró insensatamente el vocero Sean Spicer al justificar la respuesta del gobierno a la agresión de Assad. Estas aseveraciones transmiten cero solemnidad y cero seriedad a propósito de una decisión de guerra. Esos 59 Tomahawk lo hicieron en su lugar.

    Así es que habrá que aprender a convivir con una Casa Blanca que podría generar políticas racionales y comunicaciones ridículas en simultáneo. Aunque muchos hagan un gran alboroto por lo segundo, seguirá siendo lo primero lo que verdaderamente cuente estratégicamente.

    Por Julián Schvindlerman

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  7. “¿Se puede matar a la gente con la opinión pública?”

    La inquietante pregunta, que plantea el corresponsal de la agencia EFE en una crónica desde Moscú, publicada por el diario El País, es cada día más frecuente y más inquietante; y, aún más, la respuesta que nos da la crónica de “una muerte anunciada” que relata el cronista.

    El capitán Andréi Nikitin viajaba en el metro de San Petesburgo el día en el que un asesino convertido en bomba asesinó a 15 personas, él mismo entre las víctimas, aunque algunos dirán que se “inmoló”, una palabra que los fanatismos, y los manipuladores han convertido en “mística” para justificar asesinatos en la lucha política, de sectas y de claques que poco tienen que ver con las religiones ni con la política y, mucho menos, con la mística.

    Andréi Nikitin, ciudadano ruso, convertido al Islam, vestía con “abrigo oscuro, gorro turco y la larga barba correspondiente a su manera cultural, la que hoy, por esos efectos paradójicos de la moda, está al uso de una gran parte de los occidentales, sobre todo los glamorosos faranduleros y peloteros, entre otros.

    Los medios de comunicación, los formales y los informales, los profesionales y los particulares se encargaron del resto, pese a que se supo enseguida quién era el asesino y víctima, pronto él pasó a ser el “sospechoso” del atentado, a pesar de que se presentó a las autoridades y que quedó fuera de toda sospecha… falsa realidad de las autoridades que decretaron la inocencia… falsa desconexión de la alarma en nuestros tiempos del cólera mediático, en que todos nos convertimos fácilmente en jueces y fiscales sin tener los conocimientos ni los elementos para ejercer tal función que, por cierto, constitucionalmente está bien determinado quiénes deben ejercerla… es decir, que tantos juzgadores se convierten en violadores de la Constitución todos los días, en Moscú, en San Petesburgo, en Asunción y en Ciudad del Este…

    Pocos días después, tuvo que viajar, pero, identificado por la abundancia de medios informativos mal informados, al subir al avión fue escrachado y bajado violentamente por la policía. Tuvo que viajar a su valle por tierra, donde, de paso, se enteró que le habían echado de su trabajo.

    Consecuencias del acoso de los medios

    La jefatura de Interior en San Petersburgo ha iniciado una investigación interna en busca del responsable de la difusión de la foto del capitán como principal sospechoso del acto terrorista. Probablemente, anticipo, no habrá un medio, ni dos ni tres… miles de medios de comunicación formales e informales, profesionales y aficionados, juzgadores y condenadores.

    Lo más inquietante del título es lo que se planta la víctima, denunciada de victimario: “Se puede matar a la gente con la opinión pública”, dice Nikitin, según el cual quienes creyeron que era el “supuesto asesino” después “no quisieron averiguar más, se quedaron con eso y comenzaron a matarme a mí”.

    Otro acto criminal de asesinato “social y políticamente correcto”. Irresponsablemente irracional e incorrecto, es decir, criminal, en nombre de, supuestamente, todo lo contrario.

    Valga el caso terrorífico para mirarnos en el espejo, pues, en nombre de la competencia con la informaciones, en base a los compromisos políticos mediáticos cada vez más escandalosos y escandalizantes, justificando la violencia en base a prejuicios, informaciones tendenciosas, títulos catástrofes y opiniones interesadas se está conformando una tendencia de opinión que más tiene que ver con las campañas electorales que con la realidad.

    La burbuja política mediática se está queriendo imponer incluso para generar violencia, si resulta necesario para los fines electoralistas, con la justificación pública de la violencia, expresamente prohibida por la Constitución; con la justificación pública y mediática de la agresión a personas y a sus bienes, expresamente prohibida por la Constitución.

    Como en los tiempos de las dictaduras: a los amigos, todo; a los enemigos, con todo. Ya se sabe que los sectarismos se pueden acoplar fácilmente a los tiempos que corren, ya sean dictaduras o democracias. Los poderes fácticos saben convivir con la política, y manipularla y sacarle provecho.

    Por Antonio Carmona

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