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El cine como terapia

A poco de llegar a España alquilamos un departamento de acuerdo a nuestras posibilidades económicas, tenía el espacio que necesitábamos y estaba bien ubicado por el colegio al que iba nuestro hijo. A poco de mudarnos, los compañeros de mi hijo el advirtieron que se cuidara, que en los alrededores de nuestra nueva casa había una institución que trabajaba con chicos con problemas de droga, delincuencia y violencia. Tomamos nota. El instituto se llamaba (y se sigue llamando) Santiago Uno.
Vivimos allí unos cinco años sin haber visto nunca algo que pudiera ser llamativo. Los chicos salían a la calle en las horas de recreo, en invierno cruzaban a una pequeña plaza para disfrutar de sol y ciertos días de la semana iban en unos microbuses evidentemente para hacer deporte en algún sitio apropiado ya que allí no había el lugar necesario. Después nos mudamos al otro extremo de la ciudad y nunca más volví a oír hablar de dicho centro.

En el diario El País me encuentro con una página entera dedicada a Santiago Uno. El motivo de tan largo artículo no es insistir en la delincuencia de estos adolescentes, sino la experiencia realizada por un cineasta, Pedro Sara, que tuvo la idea de crear un taller de cine con esos chicos. Inició sus actividades en febrero de 2016 y el resultado de este trabajo se verá ahora cuando se estrene la primera película que han realizado: “Te fuiste al alba”. Aún no fue estrenada pero ya tienen distribuidor para España y para el resto de Europa.

Los chicos escribieron el argumento, el guión, los diálogos, ellos actúan. El protagonista es un adolescente llamado Mario que cuenta su historia en la nota periodística. Una historia de terror donde su madre, incapaz de controlarlo, le dio dos opciones: o ir a parar a la cárcel o ser internado en Santiago Uno. Eligió esto último, y ahora piensa que la actuación puede ser una salida para su futuro.

El director, Sara, cuenta que las sesiones del taller fueron en realidad una suerte de sicodrama donde los chicos sacaban aspectos de su vida que quizá ni ellos mismos conocían y que luego, al ir convirtiendo aquellas experiencias reales en la ficción del cine, eran asumidas y superadas. Tenían así la posibilidad de verse desde afuera.

Si se tratara de un caso aislado podría parecer una aventura sin mucho futuro de un joven idealista, que sería el caso de Pedro Sara. Pero hay antecedentes de que el procedimiento funciona. Hace unos años se estrenó en España “César debe morir” (2012), de los hermanos Paolo y Vittorio Taviani. Es una versión de “Julio César” de William Shakespeare interpretada por los presos de una cárcel de alta seguridad de Roma. Una obra magistral en la que los reos no solo interpretan su papel, sino que, además, durante los trabajos previos y los ensayos van sacando sus propios problemas.

Se trata, en realidad, de sicodrama en estado puro, en su más auténtica expresión, a través del cual no solo asumen sentimientos que llevaban escondidos, o reprimidos, sino además este trabajo les ayudaba a crear el personaje. Es lo que hace un poco más de doscientos años proponía el Marqués de Sade (al que André Breton apodó “el divino Marqués”) con los enfermos mentales del hospital psiquiátrico de Charenton. Se adelantó a su época; no fue comprendido y se creyó que disfrutaba con el dolor ajeno.

Volvamos a Santiago Uno. La reflexión que uno se hace (o se debería de hacer) en estos casos es por qué se derrocha tanto dinero en satisfacer la megalomanía de algunos altos señores alimentando su soberbia y su vanidad, olvidando que hay centenares de adolescentes encerrados en cárceles especialmente creadas para ellos que, en lugar de convertirse en vehículos apropiados para su reinserción en la sociedad, se convierten en verdaderas escuelas de delincuencia, en perfeccionamiento de conductas violentas y semillero de resentimientos contra la sociedad. En lugar de dejarlos rumiando su soledad y su aislamiento, en lugar de hacerles sentir que el mundo se ha olvidado de ellos, alguien tendría que plantearse la posibilidad de recuperarlos, si no a todos, a unos pocos. Aunque fuera uno solo, ya valdría la pena intentarlo.

Por Jesús Ruiz Nestosa

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