El evangelio del domingo: Resucitar para testimoniar

¡Felices Pascuas de Resurrección, mi hermano y mi hermana! ¡Demos gracias al Señor, porque Él es bueno y porque es eterna su misericordia!
Hemos vivido la Semana Santa como un abismo de amor, fidelidad y sufrimiento, y ahora llegamos a la mañana del domingo de Pascua: ¡es la aurora de una nueva creación!

Jesús es el verdadero Cordero, que quitó el pecado del mundo, muriendo en la cruz destruyó la muerte, y resucitando restauró nuestra vida, y tenemos que testimoniar esta existencia fresca y renovada.

Un cosmos nuevo empezó con la victoria del Señor sobre el egoísmo, la mentira y toda clase de pecado. Ya nadie más debe estar bajo el yugo de estas maldades, dañando a sí mismo, al semejante y deshonrando al Creador.

Una vez Dios creó un lindo universo, que fue estropeado por nuestra caída y, en mañana de la Pascua, Dios lo recrea, lo hace remozado y todos hemos de manifestar esta nueva condición del ser humano.

Dar testimonio de la Resurrección es ser como Jesús, ser ungido por el Espíritu y pasar haciendo el bien a los demás. Hacer el bien dentro de la familia, no solo con un efusivo saludo de “Felices Pascuas”, sino también con la cordura para no lastimar con palabras ofensivas. Incluso, evitemos el mal humor, el pirevai y las repeticiones fastidiosas de algunas quejas.

Testimoniar que somos gente sensata, más responsable en el tránsito, respetando sus normas. No hay que manejar después de tomar unos tragos, pero también no hay que hablar al celular en cuanto se maneja.

Como los apóstoles fueron testigos de todo lo que Jesús dijo e hizo, así debemos ser nosotros hoy. Delante de un mundo secularizado, que se ilusiona pensando que la ciencia, sin la ética, va a resolver todos los problemas, los bautizados han de proclamar el triunfo de Jesucristo.

Esta victoria ilumina a todos los seres humanos y nos estimula a vivir de modo más humilde, a desprendernos de varias tonterías, que nos parecen la cosa más chururu del mundo.

San Pablo exhorta: “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo y no las cosas de la tierra”. Y es esta búsqueda perseverante que nos acredita como testigos de la Resurrección, como gente nueva para un mundo nuevo.

Este es el testimonio que la sociedad espera de los cristianos: personas optimistas, que no basan su esperanza en tramoyas de políticos, pero sí en su amistad con el Señor resucitado, y así construyen un Paraguay más honesto.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

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7 pensamientos en “El evangelio del domingo: Resucitar para testimoniar”

  1. Semana Santa prohibida

    Según cálculos recientes, bajo el simulado y falso estatus de refugiados, hoy residen en España 1.800.000 musulmanes venidos de todas partes; principalmente de Marruecos. En los últimos 20 años, en Londres se instalaron 423 nuevas mezquitas y se cerraron 500 iglesias cristianas. Se estima que para 2020, el número de islámicos orando los viernes en la City superará el número de cristianos en la misa dominical; 683.000 y 679.000, respectivamente.
    En España es donde parecen sentirse mejor. En Cataluña cobran pensiones estatales y suplementos para alquiler de viviendas. En las vascongadas, cobran asistencia social aun estando procesados por delitos. Es que los políticos de izquierda radical, sus protectores, no los ven como cuna de futuros pone-bombas sino de futuros votantes.

    Declaran derechos inalienables de los migrantes musulmanes colarse en los prósperos países cristianos, de religión y cultura que manifiestan odiar, a fin de disfrutar de ese placentero modo de vida que según sus reglas es pecaminoso, recibiendo beneficios especiales de gobiernos que consideran enemigos de los suyos y asistencia gratuita de organizaciones sociales integradas por infieles.

    Los migrantes islámicos radicados en España y Francia, alegando derechos que nunca conocieron bajo las tiranías teocráticas de las que provienen, dicen que les molestan las expresiones católicas tradicionales como procesiones y celebraciones públicas. Las consideran afrentosas a sus creencias. Vale decir, aun viviendo en casa ajena, tienen el tupé de reclamar contra los hábitos y costumbres de sus anfitriones.

    Lo expresa sin ambages el imán británico de origen iraní, Anjem Choudary, quien recientemente anunció que accionará ante la Corte de Estrasburgo para impedir las celebraciones de Semana Santa en España, ya que, opina, es un estado aconfesional donde deberían prohibirse esos rituales; más aún porque ofenden a la confesión del Profeta y sus prosélitos. “El Islam -asegura el imán- en unos años, será la principal religión del continente. Ya es hora de decir bien alto ¡Europa, aquí estamos!”.

    Aunque no se quiera creer, el partido hispano Podemos (marxista, bolivariano y pro iraní) ya se había anticipado a Choudary reclamando la supresión de las solemnidades de Semana Santa, así como las demás que se realizan en plazas, calles y explanadas. Pretenden que el Estado expropie las catedrales y otros monumentos vinculados al catolicismo (después irán a por las sinagogas y templos evangélicos).

    ¿Alguien imagina Andalucía sin las procesiones de Semana Santa? Los extremistas y los invasores moros, sí. No obstante, en el sur de España los inmigrantes musulmanes reclaman para sí la libertad de celebrar sus ritos del Ramadán orando en la vía pública, con clausura de calles y veredas. Por si faltara más, algunos jóvenes militantes de Podemos se enfrentan a la Iglesia católica defecando y orinando en catedrales madrileñas.

    El insólito consorcio entre inmigrantes islámicos e izquierdistas radicales está produciendo una situación de intolerancia que puede acabar de la peor manera. Por ejemplo, si sucediere que el gobierno de España cayera en manos de los podemitas, para celebrar una misa en la catedral o un ritual en la sinagoga, los sacerdotes católicos y los rabinos tendrían que solicitar autorización al Ministerio de Culto, cuyo titular bien podría ser un imán marroquí nacido en Lleida o un muftí nacionalizado.

    “España ha dejado de ser católica”, anunció Manuel Azaña en 1931, refiriéndose a supresión de la confesionalidad católica del Estado. Pocos años después sería violenta y trágicamente contradicho por la historia. Hoy día, el partido Podemos repite tontamente la proclama fallida, aunque con mayor insolencia, porque a los republicanos de los años 30 no se les ocurrió ir a evacuar sus excrementos a la catedral de La Almudena.

    Alá es grande; pero en Europa occidental hay algo más grande: la candidez ante la irrupción islámica. Novecientos años después, la orientación de las Cruzadas se está invirtiendo. ¿Continuarán los izquierdistas radicales siendo los porteros que franquean la entrada a los invasores? ¿Les obsequiarán la cuerda con la que los han de ahorcar a todos? En Occidente ya tenemos suficientes religiones para odiarnos unos a otros -parafraseando a Jonathan Swift-, no necesitamos refuerzos.

    Por Gustavo Laterza Rivarola

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  2. El Día Vacío

    Por Alex Noguera

    Los ancestros llamaban a este sábado “el Día Vacío”, que es cuando Dios está muerto y aún no ha resucitado. Hoy María reposa, incrédula, recuerda cómo ayer asesinaron a su hijo de 33 años y siente en cada poro el dolor que su niño padeció injustamente. Trata de comprender lo sucedido. No puede.

    Según dicen, Jesús –a pesar de ser Dios– “descendió a los infiernos” para poder crearlo, porque hasta ese momento las almas de todos los muertos iban a un lugar llamado limbo. A partir de entonces, los malos irían al infierno y los justos al cielo.

    Pero en el Día Vacío, Dios está muerto y las almas vagan sin control. Por eso en Semana Santa, según la tradición, este sábado ni siquiera se debe hablar en voz alta. Es día de miedo, de inseguridad, de desgracia, de incertidumbre hacia un futuro desconocido.

    Ese sábado, María reflexiona. En medio de su inmenso dolor trata de recordar las palabras de su hijo, quien anunciaba su resurrección sin adelantar ningún plazo. Ahora le aseguran que los hombres que acompañaban a Jesús están temerosos. No saben si ellos también serán perseguidos. Uno, incluso, se ha colgado de un árbol. María intuye que pronto cada uno de los once que quedan seguirá su camino y todos olvidarán al maestro.

    Ella ya no tiene fuerzas para más llanto. La fuente de sus lágrimas está seca. Ha llorado demasiado. Ahora solo respira, apenas, y quieta con la mirada perdida percibe los sonidos a su alrededor, pero no oye. Solo piensa. Piensa. Piensa en una palabra que constantemente repetía su hijo, como si fuera la llave mágica hacia un nuevo mundo: ¡Perdón!

    ¿Cómo podría ella perdonar a esos soldados que torturaron la carne de su carne? ¿Cómo perdonar al gobernador o a los sacerdotes mentirosos? Ellos habían complotado y asesinado a su hijo. Y lo peor era que él sabía que eso sucedería. Y ese nuevo y desconocido botín llamado perdón nació en la sangrienta jornada.

    Frente a su chimenea, Carlos extiende sus pies tratando de conseguir calor. Por vanidad le gusta que le llamen Kirito. De joven inició su empresa y se convirtió en ladrón. Robó, mintió y engañó, se creyó más astuto que todos y abusó de la inocencia de muchos… pero hoy está viejo y enfermo. Tras una vida de desenfreno y egoísmo, sentado en el sillón, no puede callar a su conciencia y esta le susurra viento frío al oído.

    María está sentada en silencio. Afuera, la quietud respetuosa de los amigos y las risas paganas de los extraños disputan el silencio como en el mar las aguas a la playa, como el pecado y el perdón, como el tiempo que carcome cada segundo de la vida a favor de la muerte.
    Se niega a aceptar que lo juzguen, pues él es “el señor”. El pasado quedó atrás, se dice, pero no es así. La muerte está cada vez más cerca y a ella no la puede engañar. Por eso, ahora con desesperación busca el botín que nunca pudo alcanzar, a pesar de tener tanto dinero: la paz llamada perdón.

    En el Día Vacío las almas están sueltas. Vagan. Recorren la tierra. No hay Dios. Él resucitará mañana. Mañana habrá paz de nuevo, pero hoy no. El remordimiento es amasijo de gusanos que muerden el alma de los vivos en pena.

    Allá va otro ladrón. Según él, “solo robó cien mil”, nada más. No sabía que con mucho esfuerzo y privaciones el hermano había juntado ese dinero para pagar la cuenta de la electricidad. El mal hermano salió de juerga con el dinero ajeno y al otro le cortaron la luz. La carne que había comprado para hacer empanadas para un evento social se le echó a perder en el congelador sin energía.

    No pudo cumplir con el encargo y el evento fue un fracaso. Los clientes no escucharon excusas y no recibió más pedidos. Lo tacharon de informal y su nombre fue evitado para nuevos contratos. Fue a la quiebra, pero para el malhechor, él “solo tomó cien mil” y no se hizo responsable de la cadena de desgracias que sobrevinieron por su acción.

    El Día Vacío nos recuerda que la vida tiene un límite y que nadie lleva algo a la tumba, pero por sobre todo que la muerte comienza antes, cuando las articulaciones duelen y los gusanos comienzan a morder el alma. Un día como hoy, en el que Dios está muerto, debemos reflexionar sobre nuestra vida y de lo que nos espera.

    María está sentada en silencio. Afuera, la quietud respetuosa de los amigos y las risas paganas de los extraños disputan el silencio como en el mar las aguas a la playa, como el pecado y el perdón, como el tiempo que carcome cada segundo de la vida a favor de la muerte.

    El Día Vacío nos recuerda cuánto cuesta llevar una vida de justos, pero también cuánto habremos de pagar por las malas acciones y sus consecuencias. Hoy vagan las almas en pena, hoy el remordimiento clava sus colmillos para despertarnos y dejar de mentir a los demás y a nosotros mismos, ya que el perdón no llega como un regalo, sino que hay que ganarlo.

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  3. La crucifixión

    P0r Emilio Agüero, Pastor

    Históricamente no ha existido una forma de morir más dolorosa, lenta y humillante que la crucifixión. Esto era peor que morir ahogado, quemado o decapitado. Esos métodos solo duraban segundos o minutos, y todo acababa.

    Sin embargo, la crucifixión implicaba estar horas o incluso días colgado de pies y manos de una cruz. Significaba pasar sed extrema, calor o frío insoportable (se les colgaba desnudos), calambres, cansancio, desangrado, infecciones en las heridas, incómoda posición, dificultad para respirar, etc.

    La muerte debía llegar de forma “natural”, sin importar cuánto tiempo tardase (hay registros de reos muertos luego de siete días de estar colgados agonizando).

    Los clavos perforaban huesos o nervios, lo que hacía aun más doloroso estar colgado con todo el peso del cuerpo sobre los miembros agujereados. Si había “misericordia”, al condenado se le rompían las piernas con un mazo para dificultar aún más la respiración y apurar la muerte por asfixia.

    “El sufrimiento del Mesías debía ser intenso y total, porque así lo requería la paga del pecado, que es un mal aún no comprendido en su totalidad ni por los espíritus humanos más elevados”.
    O se prendía fuego al pie de la cruz, pero no para quemarlo sino para ahogarlo con el humo. Muchas veces venían las aves rapaces y les picoteaban la cara, los ojos, o los brazos cuando aún estaba vivos.

    Por lo general, si había suficientes cruces para los reos, se dejaban sus cuerpos por días o semanas para que se pudrieran a la vista de todos.

    Pocas veces se puede concentrar en una sola escena toda la maldad del ser humano. Jesús murió así porque todo, su nacimiento en pobreza y marginación, su vida dura y llena de dolor, su ministerio incomprendido y traicionado y su muerte, la peor, nos habla de que su vida entera fue una expiación por los pecados de la humanidad.

    El sufrimiento del Mesías debía ser intenso y total, porque así lo requería la paga del pecado, que es un mal aún no comprendido en su totalidad ni por los espíritus humanos más elevados.

    Creo personalmente que solamente en la otra vida y ante la santidad clara del Señor podremos darnos cuenta de cuanta maldad y dolor hay detrás de la más simple mentira o actitud de orgullo, por rutinaria que sea, porque todo este dolor del mismísimo Hijo de Dios era lo único que podía compensar tanta maldad, y lo hizo.

    Su resurrección nos confirma que era inocente, ya que la Biblia dice que “la paga del pecado es la muerte” y, como él no pecó, debía volver a vivir. También confirma que él, por sobre todas las cosas, fue un sacrificio, aceptó a Dios, y Dios nos lo confirmó resucitándolo de entre los muertos. Acerquémonos a ese trono de gracia para hallar oportuno socorro por nuestros pecados.

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  4. Días santos y preguntas

    Por Gustavo Olmedo
    Dicen que la Semana Santa representa de alguna forma el recorrido de la vida humana. En nuestra existencia todos tenemos nuestro huerto de Getsemaní, del Jueves Santo, en donde es necesario tomar decisiones dolorosas o difíciles, decidir entregar u ofrendar algo, y hasta la propia vida, en un sentido amplio, con miras a un objetivo o ideal más grande y valioso. Como cuando uno tiene que sacrificar o posponer una carrera profesional o un trabajo con mayores ingresos, pero más exigente en tiempo, para acompañar plenamente el desarrollo y crecimiento del hijo, o los ancianos padres o la esposa/o con alguna enfermedad o dilema emocional. Son momentos de reflexión, coraje y valentía, en donde se juega con mayor intensidad nuestra libertad e inteligencia, y que marcan el rumbo a tomar.

    A ningún ser humano tampoco se le ahorra el Viernes Santo, ese día o tramo de la vida en donde el dolor, en mayor o menor intensidad, marca a fuego el transcurrir de las horas, los días y hasta los años. Son momentos de crisis, depresión y grandes dificultades, en donde se pierde para ganar. Y aquí pocas veces valen las palabras, los discursos, ni mucho menos los lacrimógenos versos que circulan por las redes sociales, sino, más bien, la compañía humana, esa mano amiga, ese rostro silencioso que no se aleja como el de la mayoría, esa paciencia que abraza, ese amor que no espera recompensa.

    Y aunque cueste reconocerlo, los viernes santos de la vida son tiempos claves para el crecimiento personal –y hasta colectivo–, siempre y cuando no se rehúya de las preguntas que plantean. Buscar respuesta a los dolores y ausencias de la vida siempre será la posibilidad de descubrir una mirada más amplia respecto a uno mismo y los demás, recordándonos sobre la necesidad que tenemos de un significado y sentido para nuestra existencia; aquello que nos hace humanos.

    Y, menos mal, también somos llevados y llamados a vivir nuestro Domingo de Resurrección; ese tiempo que marca la victoria de lo positivo y la esperanza sobre la muerte y sus miles de rostros en nuestros días. Es la posibilidad que tenemos todos –al empezar y terminar cada jornada– de encontrar o descubrir aquella alegría que gana a la tristeza de cada día, ese perdón que hace descansar el espíritu. ¿Una utopía? Quizás solo sea cuestión de mirar y seguir a aquellos que entre la muchedumbre parecen vivir algo así, sin renegar ni censurar nada del presente o de la limitada condición humana. Un desafío interesante para estos días santos; ojalá que ellos no solo sean para vivenciar ritos religiosos, sino, más bien, para descubrir las preguntas que estos momentos de la vida –y la muerte– plantean a nuestra mente y corazón.

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  5. Resucitó de entre los muertos

    Hoy meditamos el evangelio según San Juan 20, 1-9. Ayer de noche, mientras participábamos –si nos fue posible– en la liturgia de la Vigilia pascual, vimos cómo al principio reinaba en el templo una oscuridad total, imagen de las tinieblas en las que se debate la humanidad sin Cristo, sin la revelación de Dios.
    En un instante el celebrante proclamó la conmovedora y feliz noticia: La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipa las tinieblas del corazón y del espíritu. Y de la luz del cirio pascual, que simboliza a Cristo, todos los fieles recibieron la luz: el templo quedó iluminado con la luz del cirio pascual y de todos los fieles.

    Es la luz que la Iglesia derrama sobre toda la tierra sumida en tinieblas.

    La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al apostolado: ser luz y llevar la luz a otros. Para eso hemos de estar unidos a Cristo. Se cuenta que Santo Tomás de Aquino, cada año en esta fiesta, aconsejaba a sus oyentes que no dejaran de felicitar a la Virgen por la Resurrección de su Hijo. Es lo que hacemos nosotros, comenzando hoy a rezar el Regina Coeli, que ocupará el lugar del Angelus durante el tiempo Pascual: Alégrate, Reina del cielo, ¡aleluya!, porque Aquel a quien mereciste llevar dentro de ti ha resucitado, según predijo…

    Y le pedimos que nosotros resucitemos en íntima unión con Jesucristo. Hagamos el propósito de vivir este tiempo pascual muy cerca de Santa María.

    “El recorrido del cristiano se realiza en la Resurrección. Lo afirmó el papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Casa de Santa Marta. Al comentar las palabras de San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, el Pontífice subrayó que los cristianos parecen tener dificultades para creer en la transformación del propio cuerpo después de la muerte.

    El Santo Padre centró su homilía en la primera lectura en la que San Pablo realiza una “corrección difícil”, “la de la Resurrección”. El Apóstol se dirige a la comunidad de los cristianos de Corinto, quienes creían que “Cristo ha resucitado” y “nos ayuda desde el Cielo”, pero no era claro para ellos que “también nosotros resucitaremos”.

    “Ellos –dijo Francisco– pensaban de otro modo: sí, los muertos son justificados, no irán al infierno –¡muy lindo!– pero irán un poco en el cosmos, en el aire, allí, el alma delante de Dios, solo el alma”. Esta “tentación de no creer en la Resurrección de los muertos –prosiguió diciendo el Papa– nació en los primeros días de la Iglesia.

    Y cuando Pablo tuvo que hablar de esto a los Tesalonicenses, “al final, para consolarlos, para animarlos, dice una de las frases más llenas de esperanza del Nuevo Testamento:

    ‘Al final, estaremos con Él’”. Así es la identidad cristiana: “Estar con el Señor. Así, con nuestro cuerpo y con nuestra alma”. Nosotros –añadió– “resucitaremos para estar con el Señor, y la Resurrección comienza aquí, como discípulos, si nosotros estamos con el Señor, si nosotros caminamos con el Señor”. Este –reafirmó– “es el camino hacia la Resurrección. Y si nosotros estamos acostumbrados a estar con el Señor, este miedo de la transformación de nuestro cuerpo se aleja”.

    La Resurrección –dijo también el Papa– “será como un despertar”. Y agregó que la identidad cristiana no termina con un triunfo temporal, no termina con una bella misión”, sino que se cumple “con la Resurrección de nuestros cuerpos, con nuestra Resurrección”:

    “Allí está el fin, para saciarnos de la imagen del Señor. La identidad cristiana es un camino, es un camino donde se está con el Señor; como aquellos dos discípulos que ‘estuvieron con el Señor’ toda aquella tarde, también toda nuestra vida está llamada a estar con el Señor pero –al final, después de la voz del Arcángel, después del sonido de la trompeta– permanecer, estar con el Señor”.

    (Del libro y http://es.radiovaticana.va)

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  6. domingo 16 Abril 2017

    Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

    Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43.
    Pedro, tomando la palabra, dijo:
    “Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan:
    cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.
    Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo.
    Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara,
    no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección.
    Y nos envió a predicar al pueblo, y atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos.
    Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre”.

    Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4.
    Hermanos:
    Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.
    Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra.
    Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios.
    Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.

    Evangelio según San Juan 20,1-9.
    El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
    Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
    Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
    Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
    Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
    Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo,
    y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
    Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
    Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Homilía atribuida a San Juan Crisóstomo (c. 345-407), presbítero en Antioquia, obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
    Liturgia ortodoxa de Pascua

    “Entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25,23)

    ¡Que todo hombre piadoso y amigo de Dios se goce en esta bella y luminosa fiesta de Pascua! ¡Que todo fiel servidor entre con alegría en el gozo de su Señor! (Mt 25,23). El que ha soportado el peso del ayuno, que venga ahora a recibir su recompensa. El que ha trabajado desde la hora primera, que reciba hoy el justo salario (Mt 20,1s). El que ha venido después de la hora tercera, que celebre esta fiesta en acción de gracias. El que ha llegado después de la hora sexta, que no tema, no será abandonado. Si alguno no ha llegado hasta la hora novena, que se acerque sin dudar. Si todavía hay alguno que se ha rezagado hasta la hora undécima, que no se avergüence de su tibieza, porque el Maestro es generoso y recibe al último igual que al primero…, tiene misericordia de aquél, y colma a éste. A uno le da, al otro lo favorece…

    Así pues, ¡entrad todos en el gozo de vuestro Amo! Primeros y últimos…, ricos y pobres…, vigilantes y holgazanes…, los que habéis ayunado y los que no lo habéis hecho, alegraos todos hoy. El festín está a punto, venid, pues, todos (Mt 22,4). El ternero cebado está servido, que nadie se marche hambriento. Gozad todos del banquete de la fe, venid a sacar el tesoro del pozo de la misericordia. Que nadie deplore su pobreza, porque el Reino ha llegado para todos; que nadie se lamente de sus faltas, porque el perdón ha brotado del sepulcro; que nadie tema la muerte, porque la muerte del Señor nos ha librado de ella. Ha destruido la muerte Aquél que la muerte le había apresado, ha despojado al infierno, Aquél que ha descendido a los infiernos…

    Ya Isaías lo había predicho diciendo: “El infierno se consternó al encontrarte” (14,9). El infierno se ha llenado de amargura…, porque ha sido abatido; humillado, porque ha sido condenado a muerte; hundido, porque ha sido aniquilado. Quiso arrebatar un cuerpo y se encontró delante de Dios; cogió lo que era terrestre y se encontró con cielo; tomó lo que era visible, y cayó a causa del Invisible. “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1C 15,55). ¡Cristo ha resucitado y tú has sido derribada! ¡Cristo ha resucitado y los demonios han caído! ¿Cristo ha resucitado y los ángeles se gozan! ¡Cristo ha resucitado y he aquí que reina la vida! ¡Cristo ha resucitado y ya no hay más muertos en las tumbas, porque Cristo, resucitado de entre los muertos, es la primicia de los que se durmieron. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén.

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  7. Jesús resucitó! ¡Aleluya!

    Desde el inicio de la historia humana, el hombre empezó a experimentar la muerte, que se presentaba como un límite trágico e insuperable. Ante la muerte el hombre se sentía impotente, derrotado, destruido y sin palabras. La tristeza y la desesperación son sus compañeras. Se sentían así los que veían acercarse la propia muerte, como también los que vivían la muerte de un ser querido.

    El hombre no sabía cómo resistirla. Casi siempre la muerte llegaba en los momentos más inoportunos. A veces de un modo imprevisto, en un accidente, con una enfermedad repentina y fulminante o a causa de un acto violento… Y así terminaba la vida de una persona llena de sueños y de proyectos. Ni el dinero, los bienes o la fama podían prolongar o evitar su llegada. La muerte era el signo de cuánto era estúpida la vida humana en esta tierra. El hombre, que se daba cuenta de su irremediable destino hacia la muerte, era condenado a la angustia, la tristeza, la depresión. Se decía: Para todo se puede encontrar una solución, menos para la muerte.

    La muerte era vista, también como el más gran de castigo que se podría dar a una persona. Así algunos para vengarse o las sociedades para punir y protegerse, daban la muerte a quien había hecho el mal. Nada podría ser peor para una persona que morir.

    También al inicio de la revelación, en los primeros siglos del pueblo de Dios, así se pensaba. No se hablaba de resurrección. Se pensaba que los muertos sencillamente habitaban en el Sheol, y pertenecían a un mundo completamente olvidado.

    Sólo en los últimos siglos antes de Cristo es que los judíos empezaron a hablar de la resurrección; pero, esta ocurriría solamente en el último día, o sea al final de la historia. Hasta allí, los muertos todos estarían esperando en el Sheol.

    También los discípulos de Cristo, creían en la resurrección, y esperaban que su maestro fuera a resucitar, pero en el último día, al final de la historia. Una vez muerto, él ya no podía más intervenir en sus vidas. Por eso, cada uno tendría que volver a sus cosas. La muerte de Jesús, para ellos, significaba el fin de todo aquel sueño.

    Las mujeres que van al sepulcro en la mañanita del domingo cuando aún era oscuro, van para dar al cuerpo de Jesús los honores que se hacían a los muertos. Ellas no pudieron hacerlo el viernes por la prisa, ya que tenían que sepultarlo antes del atardecer, pues sería el inicio del sábado, y aquel día no se podía hacer nada. Estaban buscando sólo un cadáver. Ellas querían colocar los aromas, despedirse más sentidamente, y después entregar a Jesús a la tierra para que se descompusiera. Después de esto pensaban, seguramente, en volver cada una a su vida anterior, sabiendo que con Jesús ya no podrían contar más, pues él ahora pertenecía al mundo de los muertos.

    Por eso, cuando escuchan la voz de los ángeles que les dicen: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, resucitó,” sus corazones se llenan de alegría, por dos motivos: en primer lugar, porque Jesús había vuelto de la muerte. Aunque lo habían asesinado, Dios lo había resucitado y él podía continuar interviniendo en la historia. Ellas no tenían que retornar a sus vidas de antes, sino podían continuar con la propuesta de vida nueva que les había hecho Jesús.

    En segundo lugar: porque la resurrección de Jesús cambiaba completamente la relación del hombre con la muerte. En él, todos podrían vencer a la muerte. Lo que Dios hizo con él, puede hacer con todos los hombres que se unen a él. En Cristo, Dios puede hacer nuevas todas las cosas. La resurrección de Cristo hacía cambiar toda la perspectiva de futuro. El hombre ya no viviría la angustia de la muerte, ya no se sentiría impotente y ni la temería. Ahora el dicho tenía que ser cambiado: “Para todo en la vida se tiene una solución, hasta para la muerte.”

    Estaba empezando allí la nueva historia de la humanidad. Los cristianos tenían una buena noticia para dar a todos los hombres: Jesús venció a la muerte. La vida humana en este mundo no es una tragedia. Tiene un sentido, basta saber direccionar. Y los discípulos lo anunciaron por todas partes. Y delante de las amenazas: “¡cállense o les mataremos!”, ellos decían: “la muerte no es más un problema para nosotros. Ni la muerte nos puede paralizar.”

    Es por eso que la resurrección de Cristo es el centro más importante de nuestra fe. Pues por un lado confirma y da autoridad a todo lo que Jesús había predicado antes de su muerte; y por otro lado cambia completamente la perspectiva de la vida humana en este mundo.

    Ciertamente la pregunta que nos debemos hacer en este día de Pascua es:

    ¿Acepto yo, de verdad, la buena noticia de la resurrección de Cristo con todas sus implicancias en mi vida? ¿Ante la muerte, actúo como cristiano o aún como pagano? ¿Vivo sabiendo que también yo puedo –con Cristo– vencer a la muerte, esto es resucitar? O ¿sólo intento huir de la muerte?

    Pascua es esto: ¡resurrección!

    Felices Pascuas…

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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