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El proyecto de Jesús

En el proyecto de Jesús el poder es para el servicio a los demás. Merece conquistarlo quien mejor promueva el bien común, erradique la corrupción y construya comunidad equitativa y solidaria sobre la base de la justicia en una civilización de la vida y el amor. La violencia contra las personas, sus vidas y derechos, contra las leyes y la Constitución no tienen espacio en el proyecto de Jesús.


En nuestra coyuntura sociopolítica, al iniciar la Semana Santa vale la pena reflexionar sobre lo que hacemos confrontado con lo que celebramos.

Jesús, poniendo el poder al servicio de los demás, dijo a dos discípulos de Juan Bautista enviados para indagar su misión: “Díganle lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los rengos andan, los leprosos quedan limpios , los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la buena noticia a los pobres” (Lc 6, 22s).

Repite lo que había dicho a sus paisanos en Nazaret (Lc 4, 16ss). Traía la “Buena noticia”: Dios es amor; y explicaba con obras, palabras y su testimonio personal qué significa amar. Lucas (Hch. 10,38) lo sintetiza diciendo “Pasó por todas partes haciendo el bien”.

En coherencia con la buena noticia, al despedirse en la última cena dijo a los discípulos: “Mi mandamiento es el amor” y por si no les quedaba claro les asegura que “en esto conocerán que son mis discípulos, en que se amen unos a otros como yo los he amado”. Para Jesús, el amor es el principio y el fin de su proyecto, el distintivo y la marca de sus seguidores, el sentido y el contenido sustancial de la vida, y el fruto principal de nuestras fecundidades.

Es impresionante que ante el modo de morir Jesús, el jefe de la centuria romana encargado de ejecutar la muerte de Jesús, al ver cómo moría, cómo Jesús pedía perdón a Dios para sus crueles verdugos que le taladraban las muñecas de sus manos y los empeines de sus pies clavándolos a la cruz, y al escuchar a Jesús cómo entregaba con paz y fidelidad su Espíritu a Dios, diciendo “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”, ese centurión dijo: “Verdaderamente este hombre es hijo de Dios”. Por el contrario, fariseos y sacerdotes viéndolo morir decían: “Si eres hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos en ti”. Aquel descubrió la inmensidad ilimitada del amor de Cristo que revelaba su talla divina; estos se jactaban de haber conseguido torturar y matar cruel y sádicamente a Jesús.

¿Cómo es posible que hayan crucificado en Jesús el proyecto del amor, que hayan rechazado la “buena noticia”? ¿No es amar y ser amados el sueño, la aspiración, la energía más dinámica y esperanzadora de toda nuestra vida? ¿No es la carencia de amor la mayor indigencia, la más triste experiencia vivencial de nuestras conciencias?

Aunque parezca mentira el amor a lo Cristo es actualmente contracultural en muchos ambientes, va contra corriente y se sigue crucificando al verdadero amor en escenarios semejantes a los de la sociedad palestina que crucificó al amor jamás superado como fue, ha sido y seguirá siendo el amor de Jesús.

El proyecto de Jesús no fracasó. Mataron a Jesús, pero resucitó con su amor inconfundible y está multiplicado en maravillosos corazones de seguidores que también entregan la vida por dar testimonio y defender la fe en el Amor. Mataron a Jesús, pero no pudieron matar su Espíritu, ni a Dios, que es amor. Como el grano de trigo, su amor germina en espléndidas y fecundas espigas de miles de amores. Si hay verdugos del amor, también hay Franciscos de Asís y Teresas de Calcuta anónimos y escondidos en hogares e instituciones donde derraman amor incontenible.

Para aprender a amar y perfeccionarlo hay un “camino”, que es conocer el mundo íntimo afectivo de Jesús. Paulo de Tarso, indiscutiblemente inteligente, no convivió con Jesús, pero llegó a conocerlo profundamente. Su famosa apología del amor en la carta a los Corintios es una breve y fantástica síntesis de rasgos fundamentales del modo de amar de Jesús. El proyecto de Jesús no murió en la cruz y sigue vivo para quienes quieren amar como Él.

Por Jesús Montero Tirado

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Un comentario en “El proyecto de Jesús

  1. Nuestra esperanza

    Pr. Emilio Agüero

    Esta semana entramos en la recordación cristiana más importante: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Estoy seguro de que, a pesar de haberse criado la mayoría en una fe cristiana, poco realmente se entiende de este acontecimiento tan trascendental para el ser humano.

    Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, con libre albedrío sin condicionamiento alguno, en libertad absoluta y solo condicionado a tomar una decisión. Esa decisión que tenían que tomar Adán y Eva era, justamente, la prueba de su libertad. Para que alguien pueda tomar su decisión libremente debe haber opciones, si no, no se puede ejercer libertad. Entonces, Dios puso una.

    Les puso un árbol en el huerto, del cual prohibió que consumiesen, bajo la advertencia de las consecuencias de hacerlo: la muerte. La otra opción era hacer caso a la serpiente, que les dijo que era bueno comerlo y que no morirían. Pero hacerlo implicaba desobedecer a Dios y creer a la serpiente.

    Lo que ocurre en estos relatos en Génesis 3 es exactamente la situación que ha vivido el hombre durante toda su historia: obedecería a Dios o decidiría seguir sus propios caminos, ajenos a su Creador. Los resultados están a la vista.

    El resultado de la desobediencia, por supuesto, fue comer del fruto, o sea, desobedecer a Dios y buscar ser como Dios o independientes de Él, siguiendo sus propios caminos.

    Dios, al ver la desobediencia, pidió explicación del actuar de ambos. Luego de que Adán culpara a Eva y Eva a la serpiente (ninguno admitió su culpa sino que responsabilizó a otro, ¿algún parecido con la actitud de la raza humana en general?), Dios maldice a la serpiente y a la tierra, pero no a Adán y Eva. Al contrario, les dice las consecuencias de su desobediencia y les da una esperanza, a la cual tenían que aferrarse en medio de tanto dolor que les esperaba por haber tomado la decisión equivocada.

    Los viste de piel de animal para cubrir su desnudez (ellos se sentían avergonzados de estar desnudos, o sea, tenían vergüenza de quiénes eran; el pecado les robó su identidad). Ese animal muerto es el primer inocente muriendo por los pecadores, y en ese relato ya vemos a Cristo. El inocente (Cristo) moriría en una cruz por los pecadores (nosotros) para quitar nuestro pecado.

    Esa secuencia se ve en todo el Antiguo Testamento. Abel ofreció a Dios un cordero por la expiación de su pecado (Génesis 4). Miles de años después, se realiza el mismo ritual en Egipto para librar al pueblo de Dios de la esclavitud (Éxodo 12). Se estipuló como una ley, y todo esto como un simbolismo del verdadero cordero, Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

    Esta semana recordamos el sacrificio de ese Cordero en Jerusalén, hace casi 2000 años. Y hasta el día de hoy sigue vigente la invitación de Cristo a aceptar esa gracia para salvación del alma, el perdón de pecados y la vida eterna. No hay otro camino (Juan 14.6).

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    Publicado por Anónimo | 10 abril, 2017, 10:00

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