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El magisterio de América

Alguna vez soñé cumplir el programa de lectura que se fijó Pedro Henríquez Ureña cuando llegó a Nueva York en 1901. Él leía una obra dramática clásica o moderna cada día y, al mismo tiempo, quince novelas o ensayos durante el mes. Huelga decir que mi plan fue un absoluto fracaso. Esa escala imposible era lo único vagamente alcanzable en la vida ejemplar que llevó el autor de Las corrientes literarias en la América Hispánica. Llamarlo maestro no es una mera convención académica: su unanimidad excede el ámbito catedrático.
Hace poco, en un armario antiguo, encontré la primera edición de Plenitud de América, el libro de ensayos publicado en 1952, siete años después de que su autor muriera de un ataque cardiaco en un tren que lo llevaba y lo traía todos los días de la Universidad de La Plata en donde enseñaba, y de la que regresaba –según le contó a Ernesto Sábato, cuando este inquirió el motivo de ese esfuerzo magisterial–, atestado de textos que corregía con empeño apostólico porque –decía– en ellos podía existir la marca de un escritor o una escritora en ciernes. (En una de sus crónicas preferidas por mí, Leila Guerriero reconstruyó el devastador efecto de su muerte en su entorno íntimo el 11 de mayo de 1946).El hallazgo me hizo pensar en “ser” maestro en el sentido de Henríquez Ureña. Su mejor amigo también lo fue: Alfonso Reyes. El ensayista mexicano logró “desasnar a varias generaciones de mexicanos”, escribió Sergio Pitol en un ensayo en que recuerda a ambos. Juntos explicaron cuál era la naturaleza de la literatura que se hacía en América. Dieron a conocer a las nuevas generaciones (que las diseminaron) literaturas foráneas de las que el común de los lectores y escritores apenas tenía noticia.En Paraguay, un intelectual similar –contemporáneo de ellos, aunque no se hayan conocido– fue el español, y paraguayo por opción, Viriato Díaz-Pérez. A comienzos del siglo XX, Henríquez Ureña y Reyes se empaparon de americanismo en México. Díaz-Pérez lo hizo en Asunción. Hasta adoptó algunas señas de identidad políticas del continente. Hace unos días, hablábamos con Guido Rodríguez Alcalá de “imperialismo”, esa palabra proscrita en ciertos ámbitos que él quería tomar como tema de un artículo para el Correo Semanal que, finalmente, se publicó este sábado. Recordé que Viriato, en un homenaje a Manuel Ugarte y con motivo del paso de Theodore Roosevelt por Paraguay, dejó en clara su creencia de que América debía ser no solo americanista, sino también antiimperialista. Revelador: Un escritor no sospechoso de estar inflamado por la fiebre socialista asumía una posición digna de un Martí, la misma que los escritores hoy temen asumir con pavor cómplice. Eran otros tiempos.Testimonios como el de Roa Bastos y Rubén Bareiro Saguier prueban el maestrazgo del autor de Las ideas no se matan, en la vena de Pedro Henríquez Ureña y de Alfonso Reyes.

Por Blas Brítez

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