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El evangelio del domingo: Hosannas y caminos correctos

Mt 26,3-5.14 – 27,66.- Celebramos el Domingo de Ramos, cuando Jesús entra en Jerusalén para vivir dramáticamente los últimos momentos de su vida.
El pueblo lo aclamaba efusivamente, gritando “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”. Sin embargo, esta misma gente algunos días después va a gritar: “¡Que sea crucificado!”.

Vemos dos infortunios: el de Jesucristo, que es traicionado; y del pueblo, que sin convicciones, se deja manipular por los dirigentes.

Pero analizando con más profundidad, nos percatamos de que la tragedia más grande es la del pueblo. Y esto porque el Señor sabía lo que estaba haciendo y lo hacía para manifestar su fidelidad al plan de Dios y para concretar la redención del género humano.

La vida de Jesús tenía un camino correcto, expresada tantas veces en sus actitudes, como la de hoy, al entrar en la ciudad montado en un burrito, para enseñar que era rey, pero humilde. En otro momento afirmó que nadie tenía poder para quitarle la vida, sino que él la entregaba voluntariamente. Asimismo, su alimento era hacer la voluntad del Padre, y también, que nadie va al Padre, sino por él. Es la irradiación cristalina de su existencia y el coraje de ser fiel, de no huir de las duras pruebas, con tal de que la gloria de Dios brille cada vez más.

Y justamente por seguir un itinerario preciso, sin descuidos, Jesús es el camino, la verdad y la vida; cielos y tierras pasarán, pero sus Palabras y ejemplos no pasarán.

La falta de coherencia es del ser humano, sea de Pilatos, que lleno de flojera se lava las manos; de los sumos sacerdotes, que con miedo de perder sus privilegios le arman una trampa; sea de los apóstoles, que huyen miedosos y, finalmente, de la multitud, que como un “idiota útil” se presta al juego de los poderosos.

Nosotros debemos sacar lecciones de esta ceremonia, y seguramente la primera es examinar qué sentido estamos dando a nuestras vidas. No podemos participar del Domingo de Ramos de un modo más o menos folclórico, pero sin incidencia en nuestros valores existenciales.

El ejemplo más excelso es el del Señor: aunque nos cueste renuncias, no tengamos reparo en vivir los mandamientos de Dios, aunque sea difícil dominar nuestra vanidad y pereza, procuremos ser más humildes y menos avaros.

Iniciamos la Semana Santa, y ojalá para usted sean días de oración y de participar de las celebraciones en su iglesia, y no solamente una oportunidad especial de turismo y de farra.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “El evangelio del domingo: Hosannas y caminos correctos

  1. “Jesús, el gran Paciente del dolor humano, está con los que hoy sufren como Él”

    09 de abr de 2017
    Ante miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, el Obispo de Roma pronunció su homilía de Domingo de Ramos, que transcribimos a continuación.
    Esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama solemnemente el relato del Evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén.

    Desde hace 32 años la dimensión gozosa de este domingo se ha enriquecido con la fiesta de los jóvenes: La Jornada Mundial de la Juventud, que este año se celebra en ámbito diocesano, pero que en esta plaza vivirá dentro de poco un momento intenso, de horizontes abiertos, cuando los jóvenes de Cracovia entreguen la Cruz a los jóvenes de Panamá.

    El Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11) describe a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una borrica, que nadie había montado nunca; se hace hincapié en el entusiasmo de los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los muchachos y jóvenes de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente, uniéndose al cortejo con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida una fuerza irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les responden: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40).

    Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, no es un profeta «new age», un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano.

    Así, al mismo tiempo que también nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el sufrimiento que Él tendrá que sufrir en esta Semana. Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de espinas… y en definitiva pensemos en el vía crucis, hasta la crucifixión.

    Él lo dijo claramente a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). Él nunca prometió honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros. Siempre advirtió a sus amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para nosotros. Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día.

    Y este Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el «crucifícalo», no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en las fotografías, o incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como Él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, sufren por las enfermedades… Sufren a causa de la guerra y el terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad, descartados…. Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide – nos pide – que se le mire, que se le reconozca, que se le ame.

    No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de Él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz.

    fuente: Radio Vaticana

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    Publicado por Anónimo | 10 abril, 2017, 11:33
  2. “¡Bendito sea el Rey que viene en el Nombre del Señor!” (Mt 21, 9)

    Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén. El pueblo hace fiesta para recibir a Jesús. Lo aclaman como profeta y adornan su camino como a su rey. Pero Jesús no se alude. Él sabe lo que le espera en Jerusalén. Él sabe que hasta esta manifestación popular instigará aun más a los que no le aceptan y lo quieren matar. Las aclamaciones del pueblo son como un combustible sobre la envidia, la rabia, la ceguera. Nada peor para los que son malos que ver la gloria de aquellos a quienes odian. Y Jesús conocía sus corazones. Sin embargo, Jesús no evita estas manifestaciones. Al contrario, las promueve y entra en Jerusalén solemnemente. Él sabe que su hora ha llegado. Él siente que su misión ya está por culminar. Ya basta de enseñanzas, él quiere ahora manifestar con su vida, con su capacidad de sufrir, la grandeza del amor de Dios por nosotros. Al final es para esto que él vino: para revelarnos hasta que punto Dios nos ama.

    Con palabras se puede decir cuánto se ama. Con sus parábolas, con sus comparaciones, con sus milagros él ya nos había hecho entender que Dios es realmente bueno, nos quiere mucho y desea el bien para todos nosotros. Pero cuando le vemos a él, Dios omnipotente, clavado en una cruz y sabemos que él no necesitaba estar allí, pero lo hizo por nosotros, entonces descubrimos que las palabras son débiles y por más que lo digamos, no podremos describir el amor de Dios. Solamente la contemplación del crucificado puede ser para nosotros una ventana que nos abre al gran misterio del corazón de Dios.

    Por otro lado Jesús sabía que en su cruz, en su sacrificio total, nos daría la medicina para nuestros pecados, para nuestra debilidad. Él sabía que al igual al árbol del paraíso, que tenía un fruto atrayente y que llevó a Adán y Eva al pecado y a la expulsión de la gracia, él mismo sería el nuevo fruto del árbol, ahora plantado en este “valle de lágrimas”. Sabía que él atraería a todos hacia sí y a aquellos que los que se alimenten de él, serían llevados de nuevo al paraíso. Él sabía que en sus heridas nosotros encontramos la curación de todos nuestros males.

    Estimado hermano, estimada hermana: vive profundamente esta semana santa; santifica cada momento. Dentro de tus posibilidades, acércate todos los días a una iglesia, participa de la misa, haz una buena confesión, contempla con los ojos y con el corazón el misterio del amor de Dios. Haz al menos una buena obra de caridad. Realiza un poco de penitencia, muéstrate que eres capaz de dominar tu cuerpo pues solamente así, el próximo domingo, podrás exultar de alegría en el Señor resucitado… y entenderás qué significa su resurrección en tu vida.

    Que Dios te acompañe en la aventura de esta semana santa.

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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    Publicado por Anónimo | 10 abril, 2017, 11:31
  3. Entrada triunfal en Jerusalén

    Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 26,14-27,66. Al entrar el Señor en la ciudad santa, los niños hebreos profetizaban la resurrección de Cristo, proclamando con ramos de palmas: “Hosanna en el cielo”.
    Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se transformó 5 días más tarde en un grito enfurecido: ¡Crucifícale! ¿Por qué tan brusca mudanza, por qué tanta inconsistencia? Para entender algo quizá tengamos que consultar nuestro propio corazón.

    La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén pide a cada uno de nosotros coherencia y perseverancia, ahondar en nuestra fidelidad, para que nuestros propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan. En el fondo de nuestros corazones hay profundos contrastes: somos capaces de lo mejor y de lo peor. Si queremos tener la vida divina, triunfar con Cristo, hemos de ser constantes y hacer morir por la penitencia lo que nos aparta de Dios.

    María también está en Jerusalén, cerca de su hijo, para celebrar la Pascua. La última Pascua judía y la primera Pascua en la que su hijo es el sacerdote y la víctima. No nos separemos de ella. Nuestra Señora nos enseñará a ser constantes, a luchar en lo pequeño, a crecer continuamente en el amor a Jesús.

    El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy reflexionó: “Nos puede parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil incluso olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él viene a salvarnos; y nosotros estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo.

    Podemos encaminarnos por este camino deteniéndonos durante estos días a mirar el crucifijo, es la “Cátedra de Dios”. Os invito en esta semana a mirar a menudo esta “Cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y la fama”.

    Extractamos algunas frases expuestas por el papa Francisco por la Jornada Mundial de la Juventud 2017, donde entre otros temas dijo: “Es verdad que tenéis pocos años de vida y, por esto mismo, os resulta difícil darle el debido valor a la tradición. Tened bien presente que esto no significa ser tradicionalistas. No. Cuando María en el Evangelio dice que «El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí» (Lc 1,49), se refiere a que aquellas «cosas grandes» no han terminado.

    Una sociedad que valora solo el presente tiende a despreciar lo que se hereda del pasado, como por ejemplo las instituciones del matrimonio, de la vida consagrada, de la misión sacerdotal. Las mismas terminan por ser consideradas vacías de significado, formas ya superadas.

    Se piensa que es mejor vivir en las situaciones denominadas «abiertas», comportándose en la vida como en un reality show, sin objetivos y sin rumbo. No os dejéis engañar. Dios ha venido para ensanchar los horizontes de nuestra vida, en todas las direcciones. Él nos ayuda a darle al pasado su justo valor para proyectar mejor un futuro de felicidad. Pero esto es posible solamente cuando vivimos experiencias auténticas de amor, que se hacen concretas en el descubrimiento de la llamada del Señor y en adhesión a ella.

    San Martín de Porres, uno de los santos patronos de América Latina y de la JMJ de 2019, en su humilde servicio cotidiano tenía la costumbre de ofrecerle las mejores flores a María, como signo de su amor filial. Cultivad también vosotros, como él, una relación de familiaridad y amistad con Nuestra Señora, encomendándole vuestros gozos, inquietudes y preocupaciones. Os aseguro que no os arrepentiréis”.

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net/)

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    Publicado por Anónimo | 9 abril, 2017, 18:11
  4. domingo 09 Abril 2017

    Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

    Libro de Isaías 50,4-7.
    El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
    El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.
    Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
    Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

    Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.
    Jesucristo, que era de condición divina,
    no consideró esta igualdad con Dios
    como algo que debía guardar celosamente:
    al contrario, se anonadó a sí mismo,
    tomando la condición de servidor
    y haciéndose semejante a los hombres.
    Y presentándose con aspecto humano,
    se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
    y muerte de cruz.
    Por eso, Dios lo exaltó
    y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
    para que al nombre de Jesús,
    se doble toda rodilla
    en el cielo, en la tierra y en los abismos,
    y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
    “Jesucristo es el Señor”.

    Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66.
    Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes
    y les dijo: “¿Cuánto me darán si se lo entrego?”. Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
    Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
    El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: “¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?”.
    El respondió: “Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'”.
    Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
    Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
    y, mientras comían, Jesús les dijo: “Les aseguro que uno de ustedes me entregará”.
    Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: “¿Seré yo, Señor?”.
    El respondió: “El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
    El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.
    Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: “¿Seré yo, Maestro?”. “Tú lo has dicho”, le respondió Jesús.
    Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”.
    Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: “Beban todos de ella,
    porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.
    Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”.
    Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
    Entonces Jesús les dijo: “Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.
    Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea”.
    Pedro, tomando la palabra, le dijo: “Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás”.
    Jesús le respondió: “Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”.
    Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
    Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: “Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar”.
    Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse.
    Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo”.
    Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: “Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
    Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: “¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?
    Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
    Se alejó por segunda vez y suplicó: “Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad”.
    Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño.
    Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
    Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: “Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
    ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.
    Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
    El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo”.
    Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: “Salud, Maestro”, y lo besó.
    Jesús le dijo: “Amigo, ¡cumple tu cometido!”. Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.
    Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
    Jesús le dijo: “Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.
    ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.
    Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?”.
    Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: “¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron”.
    Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
    Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
    Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
    Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte;
    pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos
    que declararon: “Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'”.
    El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?”.
    Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: “Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”.
    Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo”.
    Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: “Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia.
    ¿Qué les parece?”. Ellos respondieron: “Merece la muerte”.
    Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban,
    diciéndole: “Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó”.
    Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Galileo”.
    Pero él lo negó delante de todos, diciendo: “No sé lo que quieres decir”.
    Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: “Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno”.
    Y nuevamente Pedro negó con juramento: “Yo no conozco a ese hombre”.
    Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: “Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona”.
    Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo,
    y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Y saliendo, lloró amargamente.
    Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús.
    Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
    Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos,
    diciendo: “He pecado, entregando sangre inocente”. Ellos respondieron: “¿Qué nos importa? Es asunto tuyo”.
    Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
    Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: “No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre”.
    Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado “del alfarero”, para sepultar a los extranjeros.
    Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”.
    Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas.
    Con el dinero se compró el “Campo del alfarero”, como el Señor me lo había ordenado.
    Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. El respondió: “Tú lo dices”.
    Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada.
    Pilato le dijo: “¿No oyes todo lo que declaran contra ti?”.
    Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
    En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo.
    Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.
    Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: “¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?”.
    El sabía bien que lo habían entregado por envidia.
    Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: “No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho”.
    Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
    Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?”. Ellos respondieron: “A Barrabás”.
    Pilato continuó: “¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?”. Todos respondieron: “¡Que sea crucificado!”.
    El insistió: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Que sea crucificado!”.
    Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes”.
    Y todo el pueblo respondió: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.
    Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
    Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él.
    Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
    Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: “Salud, rey de los judíos”.
    Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
    Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.
    Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.
    Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa “lugar del Cráneo”,
    le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
    Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron;
    y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
    Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”.
    Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

    Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
    decían: “Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!”.
    De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
    “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
    Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: “Yo soy Hijo de Dios”.
    También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
    Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
    Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: “Elí, Elí, lemá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
    Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”.
    En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
    Pero los otros le decían: “Espera, veamos si Elías viene a salvarlo”.
    Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
    Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron
    y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
    y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
    El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!”.
    Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
    Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
    Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús,
    y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran.
    Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia
    y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue.
    María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
    A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato,
    diciéndole: “Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’.
    Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero”.
    Pilato les respondió: “Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente”.
    Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Beato Guerrico de Igny (c. 1080-1157), abad cisterciense
    Sermones para el domingo de Ramos; SC 202, pag. 188ss

    “Bendito el que viene en nombre del Señor”

    La fiesta de hoy presenta a los ojos de los hombres aquel que nuestra alma desea bajo dos aspectos diferentes. (Is 26,9) “el más bello de los hombres” (sal 44,3) Los dos aspectos atraen nuestra mirada; los dos son objeto de nuestro deseo y de nuestro amor, porque en uno y en otro es el Salvador de los hombre…

    Si contemplamos al mismo tiempo la procesión de hoy y la pasión, vemos a Jesús glorioso y sublime y humillado y sufriente. En la procesión recibe los honores de rey y en la pasión es golpeado como un malhechor. Aquí, la gloria y el honor le rodean; allí “sin forma ni hermosura”(Is 53,2). Aquí, él es la alegría de los hombres y el orgullo del pueblo; allí, “oprobio de los hombres, desprecio del pueblo” (Sal 21,7) Aquí es aclamado: “Hosana al Hijo de David. Bendito sea el rey de Israel que viene…”; allí los gritos enfurecidos de la gente que pide su muerte, burlándose del que se hizo rey de Israel. Aquí, la gente sale a su encuentro con palmas en las manos; allí le dan bofetadas y con cañas le golpean en la cabeza. Aquí es colmado de elogios; allí cubierto de injurias. Aquí la gente porfía extendiendo sus mantos ante Jesús; allí es despojado de sus vestiduras. Aquí es recibido en Jerusalén como el Rey justo y el Salvador; allí es expulsado de Jerusalén como un criminal y un impostor. Aquí va montado sobre un asno, envuelto en agasajos; allí es colgado en la madera de la cruz, roto por los golpes, cubierto de llagas y abandonado por los suyos…

    Señor Jesús, en tu rostro resplandece la sabiduría, tanto si aparece glorioso como si se presenta humillado. En él resplandece la gloria de la luz eterna (Sb 7,26) Que brille siempre sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro (Sal 4,7), en la tristeza como en las alegrías… tú eres la alegría y la salvación de todos, tanto si te vemos montado sobre el asno o clavado en la cruz.

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    Publicado por Anónimo | 9 abril, 2017, 18:06

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