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Populismo y ciudadanía

El principal peligro que enfrentan hoy por hoy las democracias y las libertades públicas es el populismo. Así lo han percibido figuras tan distanciadas ideológicamente, pero tan respetables y respetadas como Felipe González y Mario Vargas Llosa, que han mostrado su preocupación y analizado muy similarmente la epidemia de populismo que aqueja al mundo y que ha terminado por infectar gravemente inclusive a las democracias más sólidamente establecidas.

De Trump en Estados Unidos, a Maduro en Venezuela; de Putin en Rusia o Le Pen en Francia, a Evo Morales en Bolivia; desde los que se proclaman la “única” izquierda, hasta los que se declaran la “única” derecha, usurpando ideologías de las que solamente adoptan la retórica, según las conveniencias de su apetencia de poder y las preferencias de su “público electoral”, el populismo está invadiendo cada vez más decisivos espacios políticos.

El populismo es oportunista y carece de verdadera ideología, como el camaleón toma el color que más le conviene en cada entorno. El populismo propone tonterías simplistas como soluciones a problemas complejos. Sus promesas imposibles se transforman en políticas necias, que son la expresión de lo que el escritor alemán Goethe llamó “El mayor mal del mundo: la ignorancia en movimiento”.

El populismo tiene éxito porque es “ignorancia en movimiento” aplicada a la política: en sociedades con amplios sectores descontentos y problematizados por la enormidad y velocidad de los cambios sociales y económicos que se están produciendo, sus promotores adoptan un discurso de ignorantes dirigido a los sectores electorales más irracionales e ignorantes, a los que prometen un retorno imposible hacia un pasado de gloria imaginario.

“La grandeza de Estados Unidos”, Trump; “La gloriosa gesta unificadora de Bolívar”, Chávez; “La Rusia Imperial”, Putin; “El socialismo indígena del Collasuyo de los incas”, Morales. Aún si alguna de estas fantasías pseudohistóricas fueran parcialmente reales, dar marcha atrás al reloj de la historia no es posible y tampoco sería conveniente, sino reaccionario y retrógrado no solo en el sentido ideológico, sino en el más literal de los dos términos.

La paradoja central del populismo es el desprecio que muestra por ese “pueblo” al que se atribuye en exclusiva la potestad de representar. Ingeniosamente Felipe González señala que el discurso de investidura de Trump fue, entre otros despropósitos, una colección de afirmaciones despectivas hacia el pueblo estadounidense que uno solamente podría imaginar en los más furibundos “anti yanquis”… Agregaré que su campaña electoral no fue menos.

Se dice que, aunque el populismo ha existido siempre, una epidemia tan grave y generalizada no tiene precedentes… Sin embargo, tengo suficiente edad y memoria histórica para saber que ya ocurrió en el pasado reciente y su consecuencia más notable fue la trágica Segunda Guerra Mundial.

El populismo propone una confrontación radical entre “pueblo” y “élite”, pero ni define pueblo ni define élite, sino que se limita a trazar una trinchera entre “los que están conmigo” = “pueblo” y “Los que están contra mí” = “Élite”. Los populistas no conocen otra forma de debate que la agresión y la descalificación. No respetan opiniones distintas, que para ellos son solamente “traiciones”. No pueden tolerar ninguna forma de crítica ni reconocer ningún error; cualquier desastre que provocan es culpa de “conspiradores”, “antipatriotas”, “periodistas mentirosos”, etc.

Pero lo más aterrador del populismo es que propone despojar a las personas de su condición de ciudadanos, convertirlos en súbditos de una autoridad omnipotente e incontestable que toma todas las decisiones a las que exige absoluto sometimiento.

Los seres humanos formamos colectivos: somos parte de “la familia”, somos parte de “el pueblo”, somos parte de “la nación”, somos parte de “la humanidad”, inclusive eventualmente somos parte de “la élite”; pero para pertenecer a esos colectivos, para formar parte activa de la sociedad en que vivimos, primero tenemos que ser ciudadanos de pleno derecho.

Vale la pena que los paraguayos comencemos a pensar en todo esto seriamente, porque también está ocurriendo aquí: uno de los más dañinos efectos del debate sobre la reelección es que ha puesto en marcha la mayoría, si no todos los mecanismos de presión y descalificación que caracterizan al populismo.

Por Rolando Niella

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

6 comentarios en “Populismo y ciudadanía

  1. Colapso

    El desgaste de un gobierno es posible medirlo en la concentración y el esfuerzo que realiza para resolver un problema. Cuando mayor es el compromiso, la sensibilidad aflora no solo en asumir lo que está mal solamente, sino en la capacidad que muestra en buscar opciones y alternativas válidas. Se ha estudiado que eso se corresponde al primer quinquenio y que en el segundo la estructura se agrieta y el conflicto de mantenerse en el poder o trabajar para la gente se decanta por la primera de las opciones.

    De esto surge la idea de reducir el tiempo de mandato a unos cuatro años y optar por una reelección alternada, como el caso de Chile y Uruguay que se corresponden a dos modelos de gestión menos cuestionados desde el punto de vista administrativo de los mandatos. Tanto Bachelet como Tabaré Vázquez han vuelto al poder luego de un receso de funciones, pero con el recuerdo aún fresco de haber hecho algo que merecía que el electorado los premiara con una nueva oportunidad.

    En el caso chileno, la presidenta Bachelet ha tenido que enfrentar problemas de corrupción que en otros países latinoamericanos hubieran sido considerados de importancia menor, como que parte de su familia accediera a información oficial que le permitió hacer inversiones inmobiliarias favorables para ella. Los mexicanos fueron todavía mas drásticos y luego de una dura confrontación establecieron que no habría reelección en ningún caso pero que el gobernante duraría un sexenio. Hoy se discute si es una cantidad acorde a la dinámica que tiene que enfrentar un gobernante para resolver los problemas ciudadanos. Los franceses tuvieron que reducir el largo mandato de 7 años, que tuvo Mitterrand, por ejemplo.

    La duración de los mandatos no es solo el simple temor a que el gobernante se mantenga mucho tiempo y que eso conlleve a un modelo autoritario que se sostenga sobre la base del miedo o la persecución, sino es asumir la naturaleza misma del poder en un tiempo de cambios y de velocidades absolutamente diferentes a los conocidos. Se han buscado modelos de gestión que permitieran estar a la altura de las realidades y en todos los casos se comprobó que la velocidad de las demandas ciudadanas choca frontalmente con la lentitud exasperante de una burocracia diseñada para un tiempo absolutamente distinto. Ante la comprobación de esta realidad solo queda asumir ajustes estructurales que puedan hacer coincidir oferta de administración con demandas populares. Deberíamos pensar en modelos mixtos de gestión, en desconcentración y descentralización del poder e incluso formas que se correspondan más a modelos de gestión corporativa que a las clásicas maneras de entender la administración en democracia.
    Son necesarias una mayor creatividad y audacia para los tiempos que corren. Vertiginosos y cambiantes que prueban a fondo modelos sostenidos sobre bases hoy claramente obsoletas que no resisten la dinámica de los cambios. Estamos frente al colapso de un modelo que para algunos se corresponde a la lógica mecanicista que guio la revolución industrial y que hoy confronta contra un modelo cuántico donde cada persona concentra más información y mayor impacto de su poder frente al modelo antiguo conocido.

    La gran pregunta es cuánto tiempo puede llevarle a un gobierno reconocer el cambio de funcionalidad del sistema y qué daño podría hacer en su camino en términos de libertad, oportunidad y bienestar, que son de los que finalmente se trata vivir en democracia. El malestar contra el sistema democrático actual se explica en el colapso de un modelo que se resiste a morir y a dar paso al nuevo que no termina de emerger.
    Benjamín Fernández Bogado

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    Publicado por jotaefeb | 21 marzo, 2017, 11:30
  2. Acabar con la indiferencia y complicidad con las tiranías

    Datos de la realidad objetiva prueban el ejercicio dictatorial y la ausencia de democracia en Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, pero hay líderes democráticos de la región que mantienen una política de tolerancia que les otorga “normalidad” a las dictaduras. Sin embargo, es tiempo de señalar como vergonzosas las posturas de indiferencia, temor o complicidad de los presidentes de los países americanos frente a las dictaduras.
    Las violaciones a los derechos humanos, los presos y exiliados políticos, emplear el sistema de justicia como instrumento de represión, la corrupción, el fraude, la comisión de delitos de Estado, narcotráfico, abusos de poder e impunidad para aplicar las leyes en Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua son tan evidentes que los ciudadanos de las democracias se preguntan por qué sus presidentes, cancilleres y embajadores callan. Ellos observan a sus gobiernos indiferentes, complacientes, cómplices o atemorizados ante el sistema dictatorial del Socialismo del Siglo XXI (SSXXI).

    Pero acaso lo más grave de todo eso sea no entender que el sistema del SSXXI es una amenaza real a la estabilidad de todos los gobiernos democráticos. Los presidentes de las democracias de la región que prefieren adoptar una relación de “amiguismo” y discreta subordinación, se hacen cómplices de las dictaduras.

    En la declinación y crisis irreversibles del SSXXI existen datos importantes como la recuperación democrática de Argentina con la derrota de Kirchner, el triunfo de la oposición y posterior control de la Asamblea Legislativa en Venezuela, el cambio de gobierno en Brasil, la continuidad democrática en Perú, la derrota de Evo Morales en el referéndum del 21F de 2016 en Bolivia; el informe del Secretario Almagro en la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre Venezuela que activó la Carta Democrática Interamericana; el destape de la corrupción del Foro de Sao Paolo con el escándalo Odebrecht; el triunfo del pueblo ecuatoriano sobre el fraude electoral que llevará a una segunda vuelta electoral el próximo mes de abril, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al recibir a la esposa del preso político Leopoldo López, como muestra de interés en el asunto.

    Pero estos avances resultan insuficientes o están incompletos, porque la región continúa dividida en “dos Américas”: la democrática y la dictatorial. Para recuperar la democracia es necesario que el compromiso original del presidente Macri y del presidente Kuczynsky, y las expresiones de interés del presidente Donald Trump, por la libertad de los presos políticos venezolanos y la recuperación de la democracia, sean efectivas con el apoyo de todos los presidentes de la región haciendo operativa la Carta Democrática Interamericana y respaldando al Secretario General de la OEA con mayoría de votos.

    Debe reconocerse que, además de Venezuela, hay presos y exiliados políticos del Ecuador y Bolivia y que los jueces terminaron con la “oposición real” y la “libertad de prensa” en dichos países y también en Nicaragua; explicar que la base de la permanencia en el poder de Castro, Maduro, Correa, Morales y Ortega es la violación del Estado de derecho, la suplantación constitucional y la violencia institucionalizada por “leyes infames”, con “sentencias infames” y “jueces verdugos” del sistema castrista de control social basado en el miedo y las amenazas.

    La dictadura cubana no puede seguir ejerciendo el liderazgo de Latinoamérica negociando “estabilidad a cambio de tolerancia”. Los países del Petrocaribe no deben continuar con la vergonzosa entrega de sus votos al liderazgo castrista en la OEA y la ONU, a cambio del petróleo venezolano.

    La región no puede seguir inundada de cocaína, incrementando el consumo de droga ni la peligrosidad criminal, formación, sostenimiento de pandillas y lavado de dinero por la política narco que tiene como eje a los gobiernos de Venezuela, Bolivia y a las FARC con la “mediación” de Cuba y la participación del Ecuador y Nicaragua. No puede aceptarse que para evitar una guerrilla o un alzamiento social o armado organizado por el castrismo deba tolerarse el oprobio dictatorial en Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Ni tampoco soslayar las conexiones del SSXXI con el terrorismo de origen islámico.

    Urge garantizar la transparencia en la segunda vuelta electoral del Ecuador y revisar el fraude electoral de la primera vuelta en cuanto a la dudosa mayoría oficialista alcanzada en la Asamblea. Deben conocerse –y ser publicados– los nombres de quienes recibieron sobornos en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Cuba vinculados al caso “Lava Jato” de las 15 empresas brasileras y no solamente nombrar a Odebrecht. Porque el secretismo, con pretexto de investigación, compromete a los gobiernos democráticos.

    Los dictadores deben saber que cuanto más porfíen en permanecer indebidamente en el poder más lejos estarán de conseguir la impunidad que buscan. Estas, entre otras muchas, son acciones concretas y urgentes que los presidentes democráticos de los países americanos deben a sus pueblos, a sus principios y al sistema que los legitima.

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    Publicado por Anónimo | 19 marzo, 2017, 16:50
  3. Divan

    Después del demoledor informe de un grupo de siquiatras norteamericanos en torno a la salud mental de Donald Trump es mas que evidente que la acción política tendría que ser mirada desde una perspectiva no nueva pero al menos diferente. La calificación de cuadro grave de alteración de pautas de conducta del mandatario de la primera potencia mundial y uno de los que puede ordenar apretar el botón nuclear, lo hace todavía mas peligroso y sume al mundo en un temor mas que elocuente y real. Estamos en manos de gente no normal y para eso habrán que tomar medidas similares.

    Una de las ventajas de los “locos” que llegaron a la presidencia es que sus acciones absolutamente desquiciadas fueron analizadas desde la equivocada perspectiva racional favoreciendo las locuras y agotando a los racionalistas. ¿Cómo lograr descifrar el momento del encuentro de Hugo Chávez con las cenizas de Simón Bolívar por ejemplo, los tuis de Maduro y sus encuentros con el pajarito, las deschavetadas afirmaciones de Correa o de los Kirchners?. Estos simulaban ser serios con acciones absolutamente desprovistas de toda lógica racional pero enderezadas a distraer el debate y la atención sobre los grandes temas del país. Lo hacían casi siempre en los momentos cuando mas operaban contra los intereses nacionales. Los expertos en comunicación sabían bien lo que mandaba el manual y cuando estaban con el inicio de un escándalo, el mandatario protagonizada uno que en apariencia no tenía pies ni cabezas pero que servía a los propósitos destructivos del gobierno de turno.
    Así como es exigencia en algunos lugares el enfrentarse a un polígrafo para observar rasgos de conducta que son vitales para el ejercicio de una función, así también deberíamos obligar a varios mandatarios a pasar por el diván de un buen siquiatra que nos diga sus padecimientos y limitaciones de manera a evitar graves costos para la republica. Alan García reconoció padecer de bipolaridad y lo culpó de sus fracasos en la primera gestión como presidente peruano. Luego de varios años en el exilio y de consultar con un siquiatra colombiano este le recetó litio con el cual logró aminorar los efectos perniciosos de esa enfermedad mental. Si pudiéramos medir el nivel de resentimiento y de odio de nuestros candidatos a presidentes que cantidad de problemas y daños podríamos evitar a nuestros países.
    Es importante desarrollar un instrumento que mida esos niveles y sea imperioso el paso por un control siquiátrico serio que nos evite los malos momentos que supone estar en manos de un presidente con alteraciones mentales. Casi siempre en esos casos lo conocen sus cercanos colaboradores pero las consecuencias las padecemos todos. En esta sofisticado era en que vivimos donde es posible solo con una muestra de saliva conocer los ascendientes de uno, no estaría del todo mal exigir en nombre de la calidad de nuestras democracias conocer la siempre demonizada salud mental de nuestros mandatarios. Los costos de no hacerlo a la larga son mayores y las pagamos todos. Tarde serán los lamentos si padecemos las consecuencias de gobiernos liderados por quienes encarnan todos los miedos y resentimientos de un sector social determinado.

    Benjamín Fernández Bogado

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    Publicado por Anónimo | 14 marzo, 2017, 11:29
  4. ¿Estamos en presencia de un gobierno populista?

    Hay que admitir que el populismo suele estar a la derecha y a la izquierda. The Economist, la gran revista británica, describe magistralmente la confusión. El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, que ha liquidado a cientos de vendedores de drogas, es populista. Pero también lo es, y en grado sumo, el boliviano Evo (Ego) Morales, cocalero inveterado que ha multiplicado por cuatro las tierras dedicadas a ese cultivo.
    El populismo son creencias y conductas que hermanan a figuras erróneamente situadas en bandos opuestos. Fidel Castro, comunista hasta el último minuto de su vida, y Juan Domingo Perón, cuasifascista formado en la Italia de Mussolini, en donde fue attaché militar del Gobierno argentino, eran primos hermanos ideológicos y se profesaban una mutua admiración.

    El profesor de Princeton Jan-Werner Müller, en su breve libro What is populism, publicado en el 2016 por la University of Pennsylvania Press de Filadelfia, se acerca al tema acertadamente. De sus páginas extraigo once categorías que distinguen a cualquier sociedad populista, pero hago la aclaración de que no todos estos rasgos deben estar presentes para calificar de esa manera a un gobierno.

    Incluso, se puede ser un demócrata, como fueron el argentino Raúl Alfonsín o el primer Alan García (o el primer Carlos Andrés Pérez), y presentar características populistas. En todo caso, esos datos aislados no son suficientes para calificar a un gobierno de populista. Es necesario que coincidan seis o siete síntomas de los más graves para determinar que se trata de un régimen de esa naturaleza.

    Estos son los once rasgos definitorios:

    1. Antielitismo: se culpa a la élite política, económica, o simplemente urbana, de colocarse de espaldas a las necesidades del pueblo. En Camboya llegaron a ejecutar maestros por saber leer y escribir. En China, durante la Revolución Cultural de Mao, apresaron a personas por llevar lentes. En Cuba hubo épocas, especialmente en los años sesenta, en que el uso de corbatas equivalía a identificarse con la burguesía explotadora.

    2. El exclusivismo: solo “nosotros” (quienes detentan el poder) somos los auténticos representantes del pueblo. Los “otros” son los enemigos del pueblo. Los “otros”, por lo tanto, son unos seres marginales a los que se puede y se debe castigar.

    3. El caudillismo: se cultiva el aprecio por un líder que es el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende y supera a las instituciones, y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria (Hitler, Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez).

    4. El adanismo: la historia comienza con ellos. El pasado es una sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

    5. El nacionalismo: una nefasta creencia en la propia superioridad que conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos y contaminarnos con los diferentes, o el intervencionismo para esparcir nuestro “magnífico” modo de organizarnos, lo que da lugar a sangrientas aventuras.

    6. El estatismo: o la acción planificada del Estado, y nunca el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad y sus emprendedores, lo que supuestamente colmará las necesidades del pueblo amado, necesariamente pasivo.

    7. El clientelismo: concebido para generar millones de estómagos agradecidos que le deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo.

    8. La centralización de todos los poderes. El caudillo o la cúpula dominante controla el sistema judicial y el legislativo. La separación de poderes y el llamado check and balances son ignorados.

    9. El control y manipulación de los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al enloquecido dictado del Ejecutivo.

    10. El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina “traición” cualquier discrepancia.

    11. La desaparición de cualquier vestigio de cordialidad cívica asociado a la tolerancia y la diversidad. Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vendepatria, una persona entregada a los peores intereses.

    Ahora le toca a usted, lector, discernir si el gobierno de su país es a) perdidamente populista, b) moderadamente populista, c) nada o casi nada populista. Vale la pena hacer ese ejercicio.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 14 marzo, 2017, 11:28
  5. Era de esperar

    En algún momento iba a pasar. Ya estaba pasando. La Asociación de la Prensa de Madrid (APM) acaba de denunciar al partido Podemos de querer “controlar” a los periodistas, “a los que amedrenta y amenaza cuando está en desacuerdo con sus informaciones”.

    Qué les parece.

    La más que centenaria (122 años) organización de prensa de Madrid, en un comunicado sin precedentes, exigió a Podemos “que deje de una vez por todas la campaña sistematizada de acoso personal y en redes que viene llevando a cabo contra profesionales de distintos medios, “porque no les gusta cómo informan”.

    La APM denunció que “el acoso de miembros de Podemos se materializa de manera reiterada y desde hace más de un año en ataques a periodistas en sus propias tribunas, en reproches y alusiones personales en entrevistas, foros y actos públicos, o directamente en Twitter”.

    “Estas presiones –añadió– también se realizan de forma personal y privada con mensajes y llamadas intimidantes”.

    Consideró, además, que es “totalmente incompatible con el sistema democrático que un partido, sea el que sea, trate de orientar y controlar el trabajo de los periodistas y limitar su independencia” y, en tal sentido, advirtió que “la estrategia de acoso de Podemos vulnera de una manera muy grave los derechos constitucionales a la libertad de expresión y a la libertad de información y coarta el libre ejercicio del periodismo, que es imprescindible para preservar la salud de una sociedad democrática como la española”.

    “Esta inaceptable campaña, que está creando un estado de miedo entre los periodistas –afirmó la APM–, tiene como fin el de persuadirles de que les conviene escribir al dictado de Podemos, además de tratar de conducirlos hacia la autocensura”.

    De qué extrañarse: igual que en la Venezuela chavista, en la Argentina de los Kirchner, la Nicaragua de Ortega, la Bolivia de Evo Morales y el Ecuador de Correa. Y es natural. Podemos, sus fundadores, sus principales hombres (Pablo Iglesias, Iñigo Errejón, Juan Carlos Monederos, Luis Alegre), sus numero uno, dos y tres, directamente o a través de la CEPS (Fundación Centro de Estudios Políticos) –las fundaciones en casos son mejor “escondite” que los Panamá’s papers–, han asesorado y han sido financiados por prácticamente todos los gobiernos progresistas de los nombrados países. Solo la Venezuela chavista aportó (del 2002 al 2014) más de 5 millones de dólares. Fueron asesores directos de Chávez. Fueron maestros y también discípulos. Han volcado sus ideas y conocimientos y, al tiempo, han bebido de esas fuentes. ¿Por qué entonces extrañarse de esta política y esta conducta de Podemos?

    Pablo Iglesias, un producto de los medios, cuya libertad aprovechó y utilizo a gusto y gana, ha calificado de “reina” a Cristina Kirchner, ha resaltado “la valentía” de Evo, se ha lamentado de la falta del Comandante (Chávez) y ha afirmado que la política bolivariana y “lo que ha ocurrido y está pasando en Venezuela y América Latina (gobiernos progresistas) es una referencia fundamental para los ciudadanos del Sur de Europa”.

    Lo que les espera, si llegan al poder. Que se apronten los españoles.

    Por supuesto que la gente de Iglesias se sorprendió por la denuncia y exigencia de la APM, no la aceptó, la consideró “muy desafortunada”, se “lamentaron” y estimaron “que antes deberían habérselo planteado y conversado con ellos” y, ni qué hablar, acusaron a los medios y a los dueños. Igualito que sus condiscípulos, alumnos y maestros de por acá.

    Y esas reacciones entre sorprendidas y doloridas, persuasivas y amenazantes, no pasan de ahí –que no es poco–, porque aún están en el llano. Si llegan a ser gobierno aplicarán directamente el método venezolano –persecución fiscal, judicial y económica, clausuras–, el ecuatoriano (ley mordaza) o el de los Kirchner, muy similar al de hoy de Podemos, pero desde el gobierno y con total abuso del poder.

    Los españoles saben de eso. Lo vivieron no hace tanto. Por eso extraña que haya tantos nostálgicos. Y en este caso específico, no nos referimos a los franquistas.

    Por Danilo Arbilla

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    Publicado por Anónimo | 14 marzo, 2017, 11:24
  6. El populismo en retirada

    Guido Rodríguez Alcalá
    El populismo está en retirada en América Latina, mientras que cobra fuerza en Estados Unidos y Europa, dice un artículo de The Economist de noviembre pasado.

    Para el Economist, son populistas Donald Trump y Nigel Farage en el Norte; en el Sur, Dilma Rousseff, Cristina Kirchner, Rafael Correa.

    El populismo es el predominio de líderes carismáticos, con poco respeto a la institucionalidad, y esta ha sido la tendencia generalizada en América Latina a partir del gobierno de Juan Domingo Perón, según el artículo.

    Eso me parece una simplificación que ignora otro fenómeno tanto o más influyente: el neoliberalismo.

    El neoliberalismo comenzó con el golpe militar de Augusto Pinochet (1973), efectuado con el apoyo material del Gobierno norteamericano y el apoyo ideológico de universidades norteamericanas.

    En 1976 hubo otro golpe militar en la Argentina, con la misma ideología neoliberal, que en el Norte se impondría años más tarde, con Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

    A partir de entonces, se convertiría en la tendencia dominante a nivel mundial; aunque muy desprestigiada, aún no ha sido reemplazada.

    Para el inglés David Harvey, el neoliberalismo se presenta como una ideología defensora de la libertad y la dignidad humanas; en los hechos, lo que ha traído es una redistribución del ingreso en beneficio de las clases privilegiadas.

    En esto concuerda Harvey con los economistas Joseph Stiglitz y Paul Krugman, ambos ganadores del Premio Nobel.

    América Latina se vio muy golpeada económicamente por la aplicación del neoliberalismo en las décadas de los ochenta y noventa; es comprensible que, hacia principios de este siglo, se rebelaran contra el sistema Argentina, Brasil, Bolivia, Venezuela, Chile, Uruguay y Ecuador, con sus gobiernos de izquierda (populistas para el Economist).

    Eso no significa que esos hubieran podido romper toda relación con el sistema: en el Ecuador, el presidente Correa tuvo que aceptar una decisión tomada antes de su gobierno: que el dólar fuera la moneda nacional.

    En el Ecuador, como en los demás países mencionados más arriba, disminuyó la pobreza con los gobiernos socialistas, dice José Natanson en La nueva izquierda, libro publicado en el 2008 y que presenta un balance objetivo de los logros y fracasos de esos gobiernos.

    El reciente giro hacia el neoliberalismo en América Latina no ha resuelto los problemas económicos que tumbaron a gobiernos socialistas, sino que los ha agravado. En la Argentina, nueve meses de gobierno de Macri han mandado a la pobreza a 1.500.000 personas, según una reciente investigación de la Universidad Católica Argentina publicada en Página 12.

    En el mismo diario, el brillante escritor Mempo Giardinelli publicó su “Carta pública a Mario Vargas Llosa”, sobre las desventuras argentinas.

    En el Brasil, se pierden cada día miles de empleos y se cortan programas sociales: un parlamentario propuso que los pobres no coman todos los días, mientras los parlamentarios quieren jubilación después de dos años de trabajo, y los jueces reciben aumento del 41%.

    Sobre el tema, véase el artículo del New York Times en castellano: “Los líderes en Brasil promueven la austeridad… no para ellos”.

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    Publicado por Anónimo | 13 marzo, 2017, 10:05

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José Saramago.

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